Para los católicos
es posible -y aun necesaria- una ética
universal. Baste con aludir aquí a
la arraigada doctrina de la ley natural,
considerada, en cierto sentido, como previa
a la ley de Cristo, y accesible, como principio,
a todos los hombres, cristianos o no.
San
Francisco Javier, en el mejor estilo universitario
parisino del XVI, dedicaba largos días
a disputar con los bonzos del Japón
acerca de la existencia de un Dios omnipotente
y bueno, creador del universo y de todas
las razas humanas. Ellos le argüían
que, de ser así, ese Dios no habría
esperado a la llegada de Javier y de sus
misioneros para darles a conocer a los
japoneses un mensaje tan importante, consolador
y decisivo. El navarro les respondía
que el Creador había grabado en
el corazón de todos los hombres
-también de los antiguos nipones-
su Ley de salvación.
La LOE ha planteado
problemas inéditos en la democracia
al introducir en el sistema educativo una
nueva asignatura llamada Educación
para la Ciudadanía (EpC). Hay quien
escribe ahora que el fondo de la cuestión
consiste en si se puede o no enseñar
una ética universal o si solamente
se pueden enseñar morales religiosas.
Al parecer, la EpC representaría
la ética universal y, por tanto,
común a todos, frente a las enseñanzas
morales de las religiones, que, en el mejor
de los casos, no pasarían de representar
opciones parciales y privadas de algunos.
De ahí deducen algunos que los obispos,
cuando rechazaron la EpC en su Declaración
del pasado 28 de febrero, estarían
propugnando, nada más y nada menos,
que un peligroso escepticismo ético,
ya que se mostrarían apegados a
lo parcial y a lo privado, olvidando lo
universal -¿y verdadero?-.
El problema
de la posibilidad de una ética universal
es ciertamente un asunto importante y concomitante
con la cuestión que nos ocupa. Pero
no es, a mi modo de ver, el nudo del problema
que ahora se plantea. La cuestión
está en si el Estado está legitimado
o no para imponer a todos a través
del sistema educativo una formación
de la conciencia ética obligatoria
y evaluable. Ésa es la infausta
novedad de la EpC. Es curioso que algunos
filósofos que ahora se aprestan
a escribir los libros de texto de la nueva
asignatura no parezcan preocupados por
la inquietante creación de un instrumento
coactivo para uniformar las conciencias
de los jóvenes escolares. ¿Dónde
queda el derecho fundamental de esos ciudadanos,
que son los padres de los alumnos a quienes
se pretende concienciar de esa manera?
La
Constitución Española reconoce
a los padres el derecho originario e inalienable
de ser ellos quienes decidan qué tipo
de educación moral habrán
de recibir sus hijos. El Estado no puede
sustraerles ese derecho arbitrando una
asignatura como la EpC, cuyo objetivo es
una formación moral de las conciencias,
al margen de la libre elección de
los padres. ¿Cómo es posible
que los filósofos aludidos se muestren
tan poco sensibles a este fundamental ejercicio
de libertad y, en cambio, tan solícitos
por asistir al Estado en tal invasión
de las conciencias?
Es probable que
esos escritores crean haber resuelto de
modo incontrovertible qué es lo perteneciente
al ámbito de la ética universal-común
y qué lo restante para el campo
de las opciones parciales-privadas. Siendo
así, se sienten autorizados para
colaborar con ciertos poderes públicos
en la imposición de sus descubrimientos
universales a los ciudadanos que, al menos
hasta ahora, no han sido capaces de moverse
más que en las oscuridades de lo
parcial y de lo privado. La EpC traerá por
fin la luz de lo universal para todos.
Al menos, cuando los autores de los libros
de texto crean en los mencionados descubrimientos.
Pero las cosas son más complejas de lo que parecen. Porque, en primer
lugar, quienes así argumentan no pueden negar el hecho cierto de que al
menos la moral religiosa católica plantea una pretensión de universalidad
asistida de razones no menos concluyentes que las de quienes la tildan de «particular» desde
otra supuesta universalidad. ¿Quién va a dirimir este litigio intelectual? ¿El
Estado o el filósofo colaborador? Y aquí brota enseguida la segunda
fuente de complejidad: es ingenuo, falso (y peligroso) suponer que el Estado
y sus filósofos estén mejor capacitados que la sociedad (padres,
escuelas, iglesias, etcétera) para representar lo verdaderamente universal
y, sobre todo, para hacerlo vitalmente efectivo en las conciencias de las personas.
Ante
estas complejidades tocantes a la fundamentación de la ética, los
ordenamientos democráticos del mundo de la posguerra arbitraron los mecanismos
legales apropiados para tratar de garantizar la libertad de enseñanza
y de conciencia.
La piedra angular
de dichos mecanismos es el reconocimiento
expreso del derecho primordial de la sociedad
(padres y escuelas) a formar la conciencia ética
de las nuevas generaciones. Si este derecho
no se respeta, como sucede en el caso de
la LOE y de los decretos que la desarrollan,
nos encontraremos tal vez con una moral
de Estado (o mejor, de ciertos grupos de
poder) impuesta a todos por la fuerza de
la ley, pero no necesariamente con la moral
universal que responde a la naturaleza
personal del ser humano.
Valgan dos muestras
al respecto, tomadas de las enseñanzas
que serán legalmente obligatorias
para los alumnos de Secundaria de todos
los centros. Las copio de la mencionada
Declaración de la Comisión
Permanente de la Conferencia Episcopal,
titulada La Ley Orgánica de Educación
(LOE), los Reales Decretos que la desarrollan
y los derechos fundamentales de padres
y escuelas:
La primera: «La verdad
no juega papel alguno en los Decretos...».
La segunda: «En cambio, el nuevo
concepto de homofobia forma parte de los
contenidos previstos como enseñanzas
mínimas por los Reales Decretos.
Bajo tal concepto se esconde una visión
de la constitución de la persona
más ligada a las llamadas orientaciones
sexuales que al sexo. De ahí que
el sexo, es decir, la identidad de la persona
como varón o como mujer, sea suplantado
por el género, precisamente cuando
se señalan los criterios según
los cuales se evaluará la conciencia
moral de los alumnos de Secundaria».
Es cierto que la rarísima Ley de reforma del Código Civil en materia
de matrimonio, de junio de 2005, presupone una visión del hombre guiada
por la llamada «ideología del género», sucintamente
caracterizada en el párrafo tomado de la Declaración episcopal.
Por eso nos encontramos hoy en España con que, para el Código,
el matrimonio no es la unión de un varón y una mujer; es decir,
nos encontramos con que el matrimonio no es reconocido por la ley. Pero eso no
quiere decir que la sociedad comparta mayoritariamente tales disposiciones, al
menos, con suficiente conocimiento de causa. Y, aun en el caso de que así fuera,
un filósofo no debería nunca confundir mayoritario con universal,
opinión con verdad. El filósofo sabrá valerse, pero, ¿y
el alumno cuya conciencia haya sido formada según un programa carente
del concepto de verdad?
En definitiva, mientras los instrumentos
para determinar qué ética
universal y qué ciudadanía sean en verdad universales sigan siendo
los que suelen ser, la mejor manera de colaborar razonablemente a la formación
moral de las personas, que han de ser también buenos ciudadanos, será asumir
el papel que a cada uno le corresponde en una sociedad activa y responsable.
Ante
la actual situación legal, los padres
y las escuelas harán
muy bien en defender sus derechos por todos los medios legítimos a su
alcance, incluida, en su caso, la objeción de conciencia, si así lo
juzgan necesario.
Juan
Antonio Martínez Camino
Secretario
General de la Conferencia Episcopal Española