La educación
no es algo que acontezca en la abstracción.
Siempre se lleva a cabo dentro de un contexto
social y cultural determinado. Mirando
a nuestro contexto actual no podemos dejar
de subrayar la masiva presencia, en nuestra
sociedad y cultura, de la "renuncia
frontal a la verdad" como acaba de
decir el Papa en Viena. Esta resignación
frente a la verdad, que se presenta incluso
como negación de la misma o como
incapacidad para ella, en el hombre, "es
el núcleo de la crisis de Occidente,
de Europa", pues "si para el
hombre no existe una verdad, tampoco puede
distinguir el bien y el mal". Con
la negación de la verdad, con la
renuncia a ella, y con la afirmación
generalizada de la incapacidad para la
misma surge el relativismo, particularmente
insidioso para la obra educativa.
Este relativismo, "al
no reconocer nada como definitivo, deja
como última medida sólo
el propio yo con sus caprichos; y, bajo
la apariencia de libertad, se transforma
para cada uno en una prisión, porque
separa al uno del otro, dejando a cada
uno encerrado dentro de su propio yo" (Benedicto
XVI). En ese ambiente relativista no es
posible una auténtica educación,
pues sin la luz de la verdad, antes o después,
toda persona queda condenada a dudar de
la bondad de su misma vida y de las relaciones
que la constituyen, de la validez de su
esfuerzo por construir con los demás
algo en común.
La sociedad
actual, tan dañada y carcomida por
el relativismo, parece que ha dejado de
creer en la verdad; en su lugar, duda escépticamente
de ella y de la posibilidad de acceder
a ella. Considera, de alguna forma, que
la verdad es inaccesible, un bien en sí mismo
inalcanzable y ampliamente fragmentado.
El hombre que debería ser santuario
de la verdad, ha pasado a ser destinatario
y consumidor de fragmentos de verdad. Más
aún, en nuestro tiempo,
la razón movida a indagar de forma
unilateral sobre el hombre como sujeto,
parece haber olvidado que éste también
está llamado a
orientarse hacia una Verdad que lo trasciende.
Verdad que no es otra que Dios mismo, de
la que es inseparable la verdad del hombre
y su realización.
Domina la
persuasión de que no hay verdad última,
de que no existen verdades absolutas, de
que toda verdad es contingente y revisable,
y de que toda certeza es síntoma
de inmadurez y dogmatismo intolerante.
De ahí puede
deducirse que no hay valores universales
que merezcan adhesión incondicional
y permanente, e, incluso, tampoco derechos
fundamentales, de todos y para todos, en
cualquier circunstancia y anteriores a
la normativa jurídica o a
la decisión de los legisladores.
De esta suerte, las formas distintas de
percibir la verdad, los valores, y aun
los derechos, por parte de los individuos
y grupos sociales se hacen objeto de un
cierto consenso, en el cual tiene categoría
de criterio determinante la opinión
socialmente más extendida
y el valor funcional que la acredita.
Individuos
y grupos se ven obligados a renunciar a
convicciones con pretensión
de hallarse objetivamente fundadas, verdaderamente
abarcantes de la totalidad de la existencia,
que aportarían sentido a la vida
por su carácter integrador de todos
los elementos personales y sociales: se
ven, en definitiva, obligados a orientarse
sin esa referencia hacia una verdad última
y universal que los trasciende. Ese es,
a mi entender, el drama de nuestro tiempo
y el cáncer en la educación.
Pero añado
más, y pienso muy directamente en
España. Vemos que se nos está instando
a asumir un horizonte de vida y de sentido
en el que ya nada hay en sí y
por sí mismo verdadero, bueno, justo
en sí mismo y por sí mismo,
porque ya no tiene cabida la existencia
de una verdad última, ni una
realidad verdadera que nos precede, previa
a nosotros e indisponible para nosotros.
Hemos entrado en una mentalidad relativista,
escéptica,
subjetivista que niega la posibilidad y
la realidad de principios estables y universales,
de la verdad, en definitiva, o de acceder
a ella.
La realidad
misma que se impone a nosotros porque es
antes que nosotros, y la tradición
sin la cual no somos, no debería
contar según la mentalidad de
algunos: así sucede cuando en la
misma programación escolar se
prescinde de la historia del país
al que se pertenece, o se le mutila en
partes muy fundamentales que nos muestran
esa tradición, sus orígenes,
sus raíces, sus fundamentos; se
pierde la "memoria" de lo
que somos dentro de la gran tradición
de nuestro pueblo o de la unidad de nuestros
pueblos: quien pierde la memoria, quien
renuncia u olvida su pasado, corre el riesgo
cierto de que otros le hagan su futuro.
En, el fondo, en esta mentalidad, sin verdad,
sin tradición y sin memoria, lo
que debería
contar es lo que yo o con otros quiero
que sea ahora la realidad, lo que yo con
otros queremos construir, lo que yo decido.
Todo dependería de nuestra
decisión, de nuestra libertad: lo
real sería lo que decidimos,
lo verdadero sería lo que construyo
y decido por mí o junto a
otros. El mundo y la historia humana obra
de nuestras manos y nada más,
construcción del hombre conforme
a su decisión
Por supuesto,
en todo ello hay más: hay una concepción
del hombre, autónomo
e independiente, único "dueño" de
sí, en la
que Dios no cuenta ni puede, ni debería
contar, pues nos quitaría
nuestra libertad, nuestro espacio vital.
Quienes profesan esta mentalidad y tratan
de imponerla, piensan que hay que apartar
a Dios, al menos de la vida pública
y de la edificación de nuestro mundo,
y así tener
espacio para ellos mismos. Se diga o no,
en el fondo se está diciendo
que Dios, Verdad última y trascendente,
fuente de toda verdad, Sabiduría
y Razón suprema, no nos deja libertad,
nos limita el espacio de nuestra vida con
sus mandamientos; por tanto debería
desaparecer, si queremos ser autónomos,
independientes; por el contrario, siendo
nosotros autónomos
e independientes, apartando a Dios o dejándolo
al lado como si no existiera, siguiendo
nuestras ideas, nuestra voluntad, nuestras
decisiones, llegaríamos
a ser realmente libres, para poder hacer
lo que nos apetezca o decidamos sin tener
que obedecer a nadie. "Pero cuando
Dios desaparece, el hombre no llega a ser
más grande; al contrario, pierde
el esplendor de Dios en su rostro. Al final
se convierte sólo en el producto
de una evolución
ciega, del que se puede usar y abusar.
Eso es precisamente lo que ha confirmado
la experiencia de nuestra época" (Benedicto
XVI).
Antonio
Cañizares Llovera
Cardenal Arzobispo de Toledo
Primado de España
[Semanario
Alba, nº 146 - del 14 al 20 de septiembre
de 2007]