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marzo
de 2006
Queridos diocesanos:
La fiesta de la Anunciación
del Señor del 25 de marzo nos coloca ante el misterio
de la humanidad del Hijo de Dios. La carne de Jesucristo
es la humanidad que Dios quiso para su Hijo, que se encarnó
en las entrañas de María y nació como
un hombre cualquiera. Desde entonces Dios es prójimo
nuestro y cada uno de nosotros prójimo de Dios.
Esta fiesta, titular de tantas catedrales e iglesias nos
ofrece la ocasión para reflexionar sobre el misterio
de la vida y el prodigio de su transmisión, justo
en este tiempo, cuando son tantas las amenazas que acechan
a la vida humana. Es cierto que el desarrollo de las sociedades
modernas ha logrado frenar la antigua mortandad de la infancia,
y que hoy ya no se arriesga la vida de la madre para poder
dar a luz al hijo que lleva en su vientre. Algo bien distinto
de lo que sucede en las sociedades mantenidas en el subdesarrollo,
o todavía en lento proceso de desarrollo. Son millones
de seres humanos desvalidos e indefensos los que sucumben
a la desnutrición, falta de medicamentos y salubridad,
y a las muchas infecciones, entre las que se encuentra el
flagelo del sida contraído por los padres.
El contraste, sin embargo, no está sólo entre
el primer mundo y el mundo del subdesarrollo. El contraste
es también nota característica del primer
mundo. Los seres humanos que nacen bajo el signo de la protección
vienen al mundo mientras otros son suprimidos en el vientre
de sus madres. La brutal plaga del aborto ha generado en
nuestro país, en poco más de una docena de
años, la escalofriante cifra de tres millones de
víctimas, los niños que nos faltan. Lo sucedido
en estos años debería servir para no empeorar
las cosas más de lo que ya están, pero hay
quienes parecen querer llevar la legislación a la
práctica libre del aborto, proyecto al que, por el
momento, gracias a Dios, no se presta la atención
que reclaman sus defensores.
Nada ha mejorado con un plan laico de supuesta educación
sexual de adolescentes y jóvenes, garantizada como
una iniciación a la “práctica segura del sexo”.
Muy, por el contrario, este plan ha conseguido trivializar
la sexualidad, aumentar la gravedad moral del estado de
la juventud. Se dijo que disminuirían los abortos,
pero han aumentado dándole al fenómeno una
gravedad que, si no se ve, es porque se padece ceguera.
Por si fuera poco, se ha elaborado una ley sobre manipulación
de embriones que no lograr encubrir los intereses reales
de la proclamada finalidad terapéutica. Hay científicos
que han sido claros al decir que se trata de una práctica
poco fiable en sus resultados y, aún así,
no se duda en legalizar una manipulación de los embriones
que es lesiva de la dignidad humana, porque nadie ha de
venir al mundo para servir de instrumento terapéutico
a nadie. Cada ser humano ha sido querido por Dios por sí
mismo, incluso cuando le ha faltado el amor humano.
Lo más grave que encierra el texto de esta ley es
el desprecio de los embriones desechables, una práctica
que nos permite constatar hasta qué nivel ha llegado
la falta de protección de la vida, siendo así
que, en efecto, “todos fuimos embriones”. Los legisladores
católicos, si han de ser fieles a su conciencia moral,
tienen el deber de hacer cuanto esté a su alcance
para garantizar la protección del embrión,
oponiéndose a este tipo de leyes antihumanistas.
Si se deja fuera de consideración que el ámbito
natural de la procreación de la vida es el matrimonio,
y que éste se da sobre la base de la diferenciación
de los sexos y su complementariedad, entonces, tal como
han dicho los Obispos cargados de razón, es que “se
extiende una cultura que oscurece datos antropológicos
fundamentales”, una cultura que atenta de hecho contra las
evidencias más palmarias y universales de la humanidad.
Todas las culturas conocen el significado de las palabras
“padre” y “madre”, que surge del concurso de los sexos en
la procreación de la vida, en su cuidado y defensa,
que se prolonga por obra de la familia, regazo natural del
ser humano, en la educación de la infancia y de la
juventud.
La Iglesia, a pesar de las acusaciones de sus enemigos tópicas
y manidas hasta la saciedad, no se opone al desarrollo científico.
La Iglesia se opone a encubrir bajo la capa de la ciencia
lo que es pura manipulación del ser humano más
débil e indefenso a manos de la llamada “ingeniería
genética”. La Iglesia no se opone a la investigación
con células madre, se opone a que estas células
sean embrionarias si la experimentación con las mismas
supone de hecho la destrucción del embrión
humano. La Iglesia defiende a los débiles, y en situación
de debilidad está el ser humano concebido y en estado
de embrión, igual que lo están el enfermo
y el anciano. La Iglesia se preocupa por las víctimas
de la guerra y el terrorismo y cuida a los enfermos de sida.
Su compromiso por la paz y el desarrollo de los más
necesitados está bien probado. La descalificación
de la voz libre y profética de la Iglesia en defensa
del ser humano y de su dignidad no es inocente ni desinteresada.
Por todo esto, la Iglesia nos recuerda que encarnación
del Hijo de Dios nos descubre el fundamento divino de la
humanidad del hombre. Conviene recordar las palabras del
Vaticano II cuando afirma que “el misterio del hombre sólo
se esclarece a la luz del Verbo encarnado”. La encarnación
del Verbo de Dios nos descubre la condición sagrada
de la vida y nos advierte de que cualquier atentado contra
ella va directamente contra su Creador porque va contra
el hombre creado por Dios.
Con mi afecto y bendición.
Adolfo González
Montes,
Obispo de Almería
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