CELEBRACIONES
GUIÓN LITÚRGICO PARA EL DÍA DEL SEMINARIO
MONICIÓN INICIAL
4º DOMINGO DE CUARESMA (21 de marzo)
Orientándonos hacia la Pascua, la liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma nos invita a vivir la experiencia gozosa de la reconciliación con el Dios bueno que quiere hacer partícipe al hombre de su propia vida.
Con el lema “Hay más alegría en dar que en recibir” nuestra Iglesia diocesana celebra hoy el Día del Seminario, recordándonos la necesidad de que todos colaboremos con la institución que forma a los hombres que el Señor ha querido vincular de una manera especial con el ministerio de la reconciliación.
Oremos y ayudemos para que nunca falten a nuestra Iglesia los sacerdotes que necesita en el desempeño de su misión.
DÍA DE SAN JOSÉ (19 de marzo)
Fiada en la intercesión de San José, nuestra Iglesia diocesana celebra hoy el Día del Seminario con el lema “Hay más alegría en dar que en recibir”. Mirando agradecidos a aquel que encontró su gozo en la entrega fiel al cuidado y educación de Jesucristo, somos invitados a colaborar con nuestra oración y ayuda generosa a la institución que tiene encomendada la formación de los sacerdotes que necesita la Iglesia.
La urgencia permanente de la nueva evangelización está unida a la de muchos y santos sacerdotes, dispuestos a encontrar su gozo en una entrega completa al servicio de Cristo y la Iglesia en el mundo.
PARA MONICIONES A LAS LECTURAS Ó ALUSIONES EN LA HOMILÍA
Primera lectura: Jos 5, 9a. 10-12
La liberación de la esclavitud de Egipto es un acontecimiento que el pueblo judío nunca dejará de recordar y celebrar.
Al entrar en la tierra prometida, los israelitas, guiados por Josué, comen de los frutos de esta tierra y se alegran porque Dios ha cumplido su promesa: el que les liberó de la esclavitud, después de conducirles a través de un inmenso desierto, les ha hecho entrar finalmente en una tierra que mana leche y miel.
Los que hemos venido a participar del banquete de la Eucaristía -la verdadera Pascua- celebramos el poder y la misericordia de Dios, que nos ha liberado del pecado para conducirnos a la tierra de promisión: el cielo, de cuyos dones eternos ya hemos empezado a gustar las primicias.
Como hizo con Josué en el pueblo judío, Dios sigue guiando a su pueblo a través de los pastores de nuestras comunidades, que nos hacen llegar el alimento de la vida eterna y la Palabra salvadora del Señor: "Hoy os he despojado del oprobio de Egipto."
Segunda lectura: 2 Cor 5, 17-21
La misericordia de Dios nos ha hecho renacer a una vida nueva, nos ha vuelto a crear, nos ha dado un nuevo ser: el de los hijos de Dios, reconciliados con su Padre.
Cristo es nuestro Salvador, el único Salvador de la humanidad. Él es quien se entregó por nosotros; Él, quien intercede por nosotros ante el Padre; Él, quien murió y resucitó para nuestra salvación.
Su palabra resuena en la Iglesia, hasta el final de los tiempos, llamando a todos a la conversión. En la palabra y el ministerio de los apóstoles, ha depositado su voz amorosa que a todos busca, que a todos perdona, que a todos consuela: la voz del Buen Pastor.
Pidamos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies, para que nunca falten a la Iglesia los sacerdotes que hagan oír esta voz.
Evangelio: Lc 15, 1-3. 11-32
¿Por qué nos cuesta tanto acoger la misericordia de Dios?, ¿por qué nos resistimos a dejamos perdonar y andamos siempre poniendo excusas, justificándonos a nosotros mismos, o incluso atacando a otros para defendernos?
Hace veinte siglos, los fariseos y los escribas se escandalizaron ante la manifestación de la misericordia de Dios en la persona de Jesús. No nos suceda hoy a nosotros lo mismo. Antes bien, escuchemos con un corazón sencillo la parábola del hijo pródigo, como si fuera la primera vez que la escuchamos.
La Palabra del Señor, poderosa y eficaz, derretirá la dureza de nuestro corazón y nos transformará interiormente. Así podremos recibir con gozo la misericordia del Padre, y seremos misericordiosos con los demás.
PRECES
En esta Cuaresma se hace más clara la necesidad de orar llenos de confianza por las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pidamos al Padre de la reconciliación que atienda nuestra súplica humilde: