Carta Pastoral
con motivo del día del Seminario
Queridos
hermanos sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos
de la Diócesis:
1. El hogar de Nazaret, primer
Seminario.
Desde hace muchos años, la Iglesia
en España y nuestra Iglesia particular de Córdoba vienen
celebrando el día del Seminario en torno a la festividad
de San José. Este año lo haremos en el domingo más próximo,
el día 21 de marzo, cuarto domingo de Cuaresma. El hogar
de Nazaret, que tuvo por cabeza al glorioso Patriarca, evoca
fácilmente este otro hogar, el Seminario, corazón de la
Diócesis. Son muchas las analogías que existen entre ambos.
Bajo la tutela de José y la mirada maternal de María, creció
en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres
(Lc 2,52) aquel a quien José, por mandato del ángel,
puso por nombre Jesús, porque Él salvaría a su pueblo de
sus pecados (Mt 1,21). En nuestros Seminarios, con el acompañamiento
cercano de los formadores, con el aliento del Obispo y el
calor y la oración de toda la Diócesis, se forman los futuros
ministros de Jesucristo, llamados a continuar en la historia
el ministerio de salvación del mismo Señor. Esta es justamente
la finalidad casi única de los Seminarios: ayudar a los
jóvenes, que han sentido la llamada de Dios, a prepararse,
bajo la acción del Espíritu Santo, para ser pastores de
su Pueblo, teniendo como modelo al mismo Jesucristo, Buen
Pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11).
2. La donación de Jesús al Padre
y a la humanidad.
“Hay más alegría en dar que en
recibir” (Hch 20,35). Este es el lema del Día
del Seminario en este año. Esta hermosa frase de Jesús,
que no aparece en los Evangelios, procede de la tradición
oral que nos transmite San Pablo. El Apóstol hace de ella
el norte de su ministerio. Después de conocer al Señor en
el camino de Damasco, sabiéndose elegido por Él para ser
heraldo y apóstol, entrega su vida con generosidad y alegría
a la causa del Evangelio. Estas palabras constituyen el
testamento que deja a los presbíteros de Éfeso en los compases
finales de su vida.
En ellas ve San Pablo la mejor síntesis
del ministerio público de Jesús. Él es, en efecto, el don
de Dios por antonomasia, pues "tanto amó Dios al
mundo que le dio a su Hijo único" (Jn 3,16). Toda
su vida es una continua donación, una vida auténticamente
sacerdotal: da la vista a los ciegos, la salud a los enfermos,
la vida a los muertos, el perdón a los pecadores y la esperanza
a los decaídos. Nos entrega, además, su ejemplo, su Palabra,
el mandamiento del amor fraterno, el regalo de su Madre,
los sacramentos y especialmente la Eucaristía, como anticipo
de la entrega de su vida entera en el árbol de la Cruz.
Entonces, ofreciéndose voluntariamente al Padre para la
salvación del mundo, culmina su sacerdocio como sacerdote
de su propia víctima. Y como si no bastaran todos estos
dones preciosos, nos regala el don de su Espíritu, que unifica,
vivifica y dinamiza a la Iglesia, vivificando y divinizando
a cada cristiano. El Espíritu de Jesús hace brotar en nosotros
“un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”
(Jn 4,14), que nos convierte en fuente de vida si permanecemos
en Él.
3. La entrega del sacerdote.
Jesucristo ha querido asociar a su
Iglesia la hermosa tarea de dar la vida, que es fruto de
su sacrificio redentor. Para ello, elige hombres de nuestro
pueblo, para que, como afirma el prefacio de la Misa Crismal,
por la imposición de manos, participen de su sagrada misión.
Esta es la experiencia que llena de gozo a todo sacerdote,
que sabiéndose llamado por el Señor, con la ayuda de su
gracia, va configurándose con Cristo al entregar su vida
por Él y por la salvación de los hermanos, dando testimonio
constante de fidelidad y amor.
Por el sacramento del orden, participación
del único sacerdocio de Jesucristo, y la vivencia intensa
de la caridad pastoral, el sacerdote entra en la dinámica
de donación que palpita en la Eucaristía, de la que es ministro.
En el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, inmolado
en la cruz y entregado como alimento, encuentra el sacerdote
el modelo supremo de su entrega. Experimentando en su propia
vida el amor de Dios, ama a los hombres como Él los ama,
y acogiendo con humildad y gratitud los dones inmensos que
ha recibido, los comunica y comparte con sus hermanos, predicando
la Palabra de Dios, celebrando la Eucaristía, acogiendo
y reconciliando a los pecadores, consolando a los tristes,
sirviendo a los pobres y a los que sufren, sanando y santificando
a todos. El sacerdote vive su entrega imitando a Jesucristo
en su vida y en su muerte y cumpliendo su palabra: “Os
he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros,
vosotros también lo hagáis... dichosos seréis si lo cumplís”
(Jn 13,15.17). Este es el manantial de una vida sacerdotal
plena. Este es el manantial de la felicidad del sacerdote,
que si es fiel a la especial predilección que el Señor ha
tenido con él y al ministerio recibido, hace verdad cada
día en su vida las palabras de Jesús, elegidas como lema
del Día del Seminario de este año: "Hay más alegría
en dar que en recibir" (Hch 20,35).
4. El Seminario, escuela de donación.
Los candidatos al sacerdocio están
llamados también a experimentar, ya en los años de formación,
el gozo de la donación. El Seminario es la comunidad de
discípulos que viven la alegría honda de saberse elegidos
y aprenden del mismo Señor a entregar la propia vida. En
las cercanías de Jesús, crece y se desarrolla una relación
de comunión, amistad e intimidad profundas con Él. Allí
se robustece la adhesión a su persona, que implica y compromete
la vida entera y dispone interiormente al elegido a participar
de la misión salvífica de Jesús. En el Seminario, los candidatos
al sacerdocio, dóciles a la acción del Espíritu Santo, se
dejan configurar con Cristo, Buen Pastor, para servir con
generosidad a la Iglesia y a las almas. En esta hermosa
etapa, que recuerda con emoción todo sacerdote, los seminaristas
se preparan para dar una respuesta personal a la pregunta
de Jesús a Pedro junto al lago de Tiberíades: "Simón,
hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" (Jn 21,15).
"Para el futuro sacerdote -dice el Papa en Pastores
dabo vobis- la respuesta no puede ser sino el don
total de su vida" (nº 42).
5. La felicidad de la entrega.
Con licencia expresa de sus protagonistas,
me permito referir algunos pormenores de una larga conversación
que tuve hace algunos años con unos padres cristianos que
se resistían a que uno de sus hijos ingresara en el Seminario.
Hoy, gracias a Dios, está concluyendo su formación y se
encamina feliz hacia el sacerdocio, haciendo partícipes
de su felicidad a sus propios padres. Los argumentos de
estos padres perplejos eran básicamente dos. El primero
se refería al gran bien que pueden hacer en la Iglesia los
laicos conscientes y comprometidos. El segundo partía de
una piedad hacia su hijo mal entendida. Dudaban que en el
sacerdocio pudiera encontrar la felicidad a la que creían
que tenía derecho. La renuncia al matrimonio, a los hijos,
al dinero, al porvenir halagüeño que dejaba entrever la
carrera brillante a punto de concluir, no tenían según ellos
parangón con la soledad, las privaciones y el escaso relieve
social que tiene hoy la figura del sacerdote.
Es ésta una actitud hoy relativamente
frecuente, en la que tiene alguna incidencia el corto número
de hijos de tantos matrimonios. Siendo muchos los padres,
especialmente de familias numerosas, que consideran un inmenso
privilegio que el Señor llame a uno de sus hijos a un seguimiento
cercano en el sacerdocio o en la vida consagrada, no faltan
otros que lo consideran una fatalidad o una desgracia. Influyen
en estas actitudes el ambiente secularizado y materialista
que nos envuelve, el hedonismo consumista y la influencia
imperceptible pero real del pensamiento débil que no admite
verdades objetivas, ni tolera compromisos firmes, estables
y definitivos. Son muchos los que despojan a la felicidad
de su atuendo espiritual para hacerla radicar en realidades
exclusivamente materiales: el dinero, el poder, el confort,
el placer, el brillo social, el éxito en la profesión o
en los negocios y el disfrute hasta donde sea posible de
los pequeños y efímeros sorbos de felicidad inmediata que
brinda el momento presente.
Como cabía esperar, este achicamiento
de la felicidad, unido al debilitamiento de los valores
religiosos y morales, no ha conducido al resultado feliz
que algunos auguraban. La felicidad que se encierra y agota
en sí misma sólo conduce a la desesperanza, a las crisis
de soledad o a la depresión, la llamada enfermedad de nuestro
tiempo, que en muchos casos tiene como origen los rasgos
de la cultura inmanentista a que acabo de hacer referencia.
¡Cuántas depresiones nos ahorraríamos, si fuésemos capaces
de aventurar nuestra vida con la generosidad con que la
vivió el Señor!
6. La alegría de la vida sacerdotal
vivida con hondura.
"Hay más alegría en dar que
en recibir" (Hch 20,35). Estas palabras
fueron escuchadas por San Pablo a los testigos presenciales
de los dichos y hechos de Jesús. En ellas, el Señor nos
brinda su propia experiencia, la alegría que nace de la
entrega al Padre y a la humanidad. Al hacerlas suyas, San
Pablo nos da testimonio de que la verdadera sabiduría y,
por tanto, la humanidad más plena, realizada con hondura
y autenticidad, no consiste en replegarnos sobre nosotros
mismos a la búsqueda de una felicidad egoísta. Consiste
más bien en vivir en el amor y la verdad que es Cristo y
compartir este tesoro con nuestros hermanos. Aquí tenemos
el mejor antídoto contra la soledad, la desesperanza, la
depresión y la tristeza.
Esto vale para los cristianos laicos
y mucho más para los consagrados, los sacerdotes y los que
se preparan para serlo. Éste es, por otra parte, el testimonio
de los Santos y de tantos sacerdotes diocesanos ejemplares
de ayer y de hoy, testigos del amor más grande, de la alegría
auténtica, de la paz que el mundo no puede dar, de la esperanza,
del gozo recrecido y rebosante y de la felicidad que nace
de vivir en el Señor y para el Señor, prolongando su misión
salvadora, sembrando felicidad a su alrededor, y siendo
para los fieles senda, puente y escalera de su ascensión
hacia Dios. ¡Cómo nos edifica el testimonio de alegría de
estos sacerdotes santos, enamorados de su vocación, inmensamente
felices a pesar de las dificultades, las persecuciones y
los sufrimientos por los duros trabajos del Evangelio! En
nuestra Diócesis tenemos ejemplos bien cercanos, entre ellos
el sacerdote diocesano D. Cosme Muñoz, fundador en el siglo
XVII de las Hijas del Patrocinio de San José, y D. Ángel
Carrillo Trucio, párroco de Priego y apóstol de las vocaciones
sacerdotales, cuyos procesos de canonización en su fase
diocesana atisbamos ya para un futuro no lejano.
7. Nuestros Seminarios Diocesanos.
Vuelvo ahora la mirada a nuestros
Seminarios Diocesanos, protagonistas de esta jornada. En
esta hora de aguda crisis vocacional, el buen ambiente formativo
de nuestro Seminario de San Pelagio, Mayor y Menor, y del
Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater,
y el número relativamente crecido de seminaristas son motivos
de esperanza para el Obispo y para toda la Diócesis. El
mérito he de atribuirlo a Dios nuestro Señor, que custodia
nuestros Seminarios con su providencia amorosa, pues "si
el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas"
(Sal 127,1). El presente prometedor de nuestros Seminarios
es mérito también de mis predecesores, D. José Antonio Infantes
y D. Javier Martínez, que se preocuparon eficazmente de
estas importantísimas instituciones diocesanas y que me
han legado esta espléndida realidad.
A ello han contribuido de forma destacada
los superiores y formadores de ayer y de hoy, que han seguido
con fidelidad las recientes orientaciones de la Iglesia
y que han ejercido sobre los seminaristas un magisterio
convincente con su palabra y con su propia vida. Mención
especial, llena de gratitud, merecen también el claustro
de profesores, los sacerdotes que cultivan la pastoral vocacional
en las parroquias y los padres de los seminaristas, que
son los primeros en alentarles. Todo ello no hubiera sido
posible sin el apoyo de la Diócesis, que sabe que el Seminario
es el corazón de nuestra Iglesia particular. Demos gracias
a Dios por tantos dones como hemos recibido en los últimos
años, que si son para mí motivo de gozo, lo son también
de responsabilidad, pues más que nadie estoy llamado a conservar
e incrementar la herencia magnífica que he recibido.
En efecto, como nos dice a los Obispos
la Exhortación Apostólica Pastores gregis, la formación
de los seminaristas, "con todo lo que conlleva de
oración, dedicación y esfuerzo, es una preocupación de importancia
capital para el Obispo", pues "el Seminario
es uno de los bienes más preciados para la Diócesis"
(n. 48). Personalmente estoy dispuesto a ejercer la solicitud
que se me pide, consciente de que el cuidado del Seminario
redundará en muchos bienes espirituales para nuestra Iglesia
particular.
8. Nuestra Diócesis necesita
más sacerdotes.
Como he dicho en público y en privado
más de una vez en los últimos meses, tengo el mejor concepto
de los sacerdotes de la Diócesis. Son efectivamente piadosos,
celosos, serenos, alegres y generosos. Pero su número es
a todas luces insuficiente para las necesidades de nuestra
Iglesia, aún contando con la colaboración de los numerosos
religiosos sacerdotes que colaboran admirablemente en la
pastoral diocesana. Por ello, muchos sacerdotes están sobrecargados
de trabajo, incluso aquellos que han sobrepasado ampliamente
la edad de jubilación, a quienes agradezco de corazón su
disponibilidad. Por idéntica razón, algunos flancos importantes
de la acción pastoral sufren lagunas que deberíamos cubrir
cuanto antes. Necesitamos, pues, sacerdotes y sacerdotes
santos, enamorados de Jesucristo y de su vocación, dispuestos
a entregar su vida al servicio del Señor y de la Iglesia,
del anuncio del Evangelio y de sus hermanos. No podemos
olvidar, por otra parte, la solicitud por la Iglesia universal
y la misión ad gentes, que si urge especialmente
al Obispo como consecuencia de su pertenencia al Colegio
Episcopal (LG 23), proporcionalmente urge también a los
presbíteros y a los laicos. ¡Quiera Dios que en los próximos
años podamos cubrir satisfactoriamente nuestras propias
necesidades y compartir nuestros dones con otras iglesias
más pobres en personal y en medios!
9. La pastoral vocacional, tarea
de toda la Iglesia.
Para ello, necesitamos cultivar prioritariamente
en nuestra Diócesis la pastoral vocacional, que debe ser
un eje transversal que penetre e impregne todas las demás
acciones apostólicas. Como nos dice el vigente Plan Pastoral
de la Conferencia Episcopal, "la pastoral vocacional,
inserta en toda la pastoral, se nos reclama como opción
prioritaria, si queremos dar respuesta a las exigencias
de la nueva evangelización y al desarrollo y atención de
la vocación laical" (n. 26). Es esta una responsabilidad
que compromete a toda la Diócesis. La vocación sacerdotal
es un don de Dios para aquel que la recibe, pero lo es también
para la Iglesia. Por ello, toda ella, en este caso nuestra
Iglesia particular de Córdoba, está llamada a custodiar
este don, a estimarlo y amarlo (PDV, 41).
En esta tarea tienen un papel muy
relevante los padres de familia, que han de pedir al Señor
el don de la vocación para alguno de sus hijos, recibirlo
con alegría y con gratitud, si el Señor se lo concede, y
custodiarlo con esmero. ¡Cuántos sacerdotes deben el don
de la vocación a la oración de su madre! También los educadores
están llamados a ser mediadores de la vocación de sus alumnos,
mostrándoles el sacerdocio como una posibilidad cierta de
realización personal y camino de felicidad. La promoción
de las vocaciones es obligación también de los movimientos,
grupos apostólicos, hermandades y cofradías. La fecundidad
vocacional es el mejor termómetro de su tono espiritual
y apostólico, como lo es también de la vitalidad de las
parroquias y comunidades cristianas.
10. Tarea peculiar de los sacerdotes
La tarea de la promoción de las vocaciones
es obligación principalísima de los sacerdotes. En este
sentido, el Concilio Vaticano II dice a los presbíteros
que “este deber pertenece a la misión misma sacerdotal,
por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de
la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra
nunca falten operarios en el Pueblo de Dios” (PO, 6). Los
sacerdotes, especialmente los que cultivan por encargo del
Obispo la pastoral juvenil, los profesores de Religión y
los párrocos con los grupos juveniles de confirmación o
postconfirmación, no pueden rehuir la invitación explícita
a los niños y jóvenes a plantearse un posible futuro vocacional.
Si así fuera, quedaría al descubierto una aspecto no desdeñable
de la pastoral de la Iglesia, que condiciona gravemente
el futuro de la evangelización. A veces, esto no se hace
por pudor o por un respeto mal entendido a la libertad personal.
Así no servimos a los jóvenes, que necesitan que les mostremos
caminos ciertos y verdaderos de realización humana y, sobre
todo, a Aquel que puede colmar las más íntimas aspiraciones
de sus corazones juveniles. Como institución permanente
para el discernimiento vocacional, nuestra Diócesis cuenta
con un Preseminario dirigido por los formadores del Seminario
Menor. En él se ayuda a los niños y jóvenes, que han escuchado
el susurro del Señor que les llama, a prepararse para ingresar
en el Seminario. El número de estos preseminaristas es también
un motivo de esperanza. De todos depende que crezca y que
nos depare muchos frutos vocacionales.
Junto a la invitación explícita es
necesaria también la invitación implícita o tácita, pero
sugerente, de la propia vida del sacerdote, orante, alegre,
entregado en alma y cuerpo a su ministerio, pobre y sencillo.
Cuando el sacerdote es así, su testimonio es la mejor catequesis
vocacional, una catequesis sin palabras, pero llena de atractivo
para los jóvenes, porque deja traslucir el misterio que
anima su vida. La integridad de vida del sacerdote, enamorado
del Señor y de su vocación, es la mejor campaña vocacional,
pues encierra una invitación silenciosa pero elocuente a
que los niños y jóvenes se planteen la posibilidad de seguir
ese género de vida. Esta es también la convicción íntima
del Santo Padre Juan Pablo II, como nos decía en el Mensaje
para la Jornada Mundial de las Vocaciones del año 2000,
"... nada es más sublime que un testimonio apasionado
de la propia vocación. Quien vive con gozo este don y lo
alimenta diariamente... sabrá derramar en el corazón de
tantos jóvenes la semilla de la fiel adhesión a la llamada
de Dios".
11. El poder de la oración.
Camino inexcusable en la pastoral
vocacional y, en concreto, en la celebración del día del
Seminario es la oración por las vocaciones. Es el mismo
Señor quien nos urge a orar cuando nos dice: "La
mies es abundante, más los obreros son pocos. Rogad, pues,
al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt
9,38). Efectivamente, la fuerza para suscitar y formar
vocaciones está ante todo en la oración. "Las vocaciones
necesitan una amplia red de intercesores ante el Dueño de
la mies" (PG 48). Si esto es así, ¿no habrá que
atribuir lo que algunos han llamado la sequía vocacional
o el invierno vocacional a la dimisión de la comunidad
cristiana de esta obligación principalísima?.
Por todo ello, invito cordialmente
a los sacerdotes, a los consagrados, singularmente a los
contemplativos y contemplativas, y todos los fieles a orar
por las vocaciones a lo largo de todo el año. Los sacerdotes
podrían favorecer en sus parroquias iniciativas concretas
en este sentido, por ejemplo, alentando a los grupos de
oración a rezar por las vocaciones e incluyendo en la oración
de los fieles de cada día y, especialmente del domingo,
una plegaria por esta intención. La oración por las vocaciones
está singularmente indicada con ocasión del Día del Seminario
y en la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Qué
bueno sería que, en torno a la festividad de San José, todas
las parroquias y comunidades convocaran vigilias especiales
para pedir al Señor que conceda a la Iglesia y a nuestra
Diócesis muchas y santas vocaciones, seminaristas generosos,
conscientes del don singularísimo que han recibido y dispuestos
a ofrendar al Señor la vida por la causa del Evangelio.
12. Catequesis y colecta.
Es también deseable que en las vísperas
de la festividad de San José, en las catequesis parroquiales
y en las clases de Religión se dedique algún espacio de
tiempo a hablar del Seminario y de la hermosura de la vocación
sacerdotal. Otro tanto deben hacer los sacerdotes en la
homilía del domingo 21 de marzo, para lo que bien pudieran
servir las ideas fundamentales de esta sencilla carta pastoral.
A todos ellos les ruego humildemente que hagan con todo
interés la colecta en favor del Seminario. Soy consciente
de que no es éste el aspecto más decisivo de esta Campaña,
pero no deja de ser importante. El Seminario necesita medios
económicos para asegurar la mejor formación de los seminaristas,
sin lujos que están fuera de lugar, y sí con la sencillez
y austeridad con que deberán vivir cuando sean sacerdotes.
Nuestro Seminario Menor concretamente necesita mejorar sus
instalaciones. Al Obispo le corresponde "ocuparse
de promover y alentar iniciativas de carácter económico
para la sustentación y la ayuda a los jóvenes candidatos
al presbiterado" (PG 48).
Mientras pensamos en iniciativas más
audaces, invito a todos los fieles de la Diócesis a ser
generosos. Se trata de una causa nobilísima que tiene por
objeto nada menos que garantizar al Pueblo de Dios pastores
según su corazón, para que continúen en el mundo su misión
salvadora. Con nuestras aportaciones económicas y, sobre
todo, con nuestra oración, nuestro afecto y simpatía por
el Seminario nos hacemos corresponsables de la fecundidad
apostólica y eclesial de esta institución vital en la vida
de nuestra Diócesis. De este modo, también en nosotros se
cumplirá el lema del Día del Seminario de este año: "Hay
más alegría en dar que en recibir" (Hch 20,35).
El Señor nos recompensará con creces con muchos dones sobrenaturales,
pues "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor
2,9).
13. Una palabra final a los jóvenes.
Antes de concluir quiero decir una
palabra llena de afecto y amistad a los jóvenes de nuestra
Diócesis. Estoy seguro de que muchos de vosotros recordáis
todavía con emoción la jornada inolvidable del día 3 de
mayo de 2004, en la que los jóvenes españoles tuvisteis
el enorme privilegio de encontraros con el Papa. El Santo
Padre, que os diría al día siguiente en la plaza de Colón
de Madrid que "se puede ser moderno y profundamente
fiel a Jesucristo", en el aeródromo de Cuatro Vientos
os invitó a ser hombres de vida interior, a "formar
parte de la escuela de María... modelo de contemplación
y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora".
Al mismo tiempo, os confió una preocupación fundamental
de su ministerio, la necesidad de sacerdotes que hoy tiene
la Iglesia. Os repito sus propias palabras: "La
evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas
consagradas. Es la razón por la que quiero decir a cada
uno de vosotros, jóvenes: Si sientes la llamada de Dios
que te dice: Sígueme (Mc 2,14; Lc 5,27), no la acalles.
Sé generoso; responde como María ofreciendo a Dios el sí
gozoso de tu persona y de tu vida".
Con el Papa, yo también os invito
a responder con valentía y a secundar la acción de Dios,
si en algún momento de vuestra vida sentís que el Señor
os invita a seguirle. Tened por cierto que en su cercanía
y en la entrega de vuestra vida a Jesucristo por la salvación
del mundo encontraréis la felicidad a la que aspiran vuestros
corazones juveniles, deseosos de plenitud y de vida, como
os dijo Juan Pablo II en aquella tarde esplendorosa:
"Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando
tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la
mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo
asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo
y, por amor a Él, consagrarse al servicio del Hombre. ¡Merece
la pena dar la vida por el Evangelio y los hermanos!".
Esta es la experiencia del Papa. Esta es también la experiencia
de tantos sacerdotes y consagrados. También vosotros estáis
llamados a experimentar en primera persona que "hay
más alegría en dar que en recibir" (Hech 20,35).
Rezo especialmente por vosotros, queridos
jóvenes, para que seáis valientes y generosos. Encomiendo
al Señor el presente y el futuro de nuestros Seminarios.
Los encomiendo también a la intercesión de San José y de
San Pelagio mártir y, muy especialmente, de la Madre del
Redentor y Reina de los Apóstoles. Lo hago con la misma
oración del Santo Padre Juan Pablo II en la Exhortación
Apostólica Pastores dabo vobis: