Día del Seminario
19/21 marzo 2004     
EL OBISPO DE CÓRDOBA

Carta Pastoral con motivo del día del Seminario

Queridos hermanos sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos de la Diócesis:

1.   El hogar de Nazaret, primer Seminario.

Desde hace muchos años, la Iglesia en España y nuestra Iglesia particular de Córdoba vienen celebrando el día del Seminario en torno a la festividad de San José. Este año lo haremos en el domingo más próximo, el día 21 de marzo, cuarto domingo de Cuaresma. El hogar de Nazaret, que tuvo por cabeza al glorioso Patriarca, evoca fácilmente este otro hogar, el Seminario, corazón de la Diócesis. Son muchas las analogías que existen entre ambos. Bajo la tutela de José y la mirada maternal de María, creció en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52) aquel a quien José, por mandato del ángel, puso por nombre Jesús, porque Él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21). En nuestros Seminarios, con el acompañamiento cercano de los formadores, con el aliento del Obispo y el calor y la oración de toda la Diócesis, se forman los futuros ministros de Jesucristo, llamados a continuar en la historia el ministerio de salvación del mismo Señor. Esta es justamente la finalidad casi única de los Seminarios: ayudar a los jóvenes, que han sentido la llamada de Dios, a prepararse, bajo la acción del Espíritu Santo, para ser pastores de su Pueblo, teniendo como modelo al mismo Jesucristo, Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11).

2.   La donación de Jesús al Padre y a la humanidad.

“Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Este es el lema del Día del Seminario en este año. Esta hermosa frase de Jesús, que no aparece en los Evangelios, procede de la tradición oral que nos transmite San Pablo. El Apóstol hace de ella el norte de su ministerio. Después de conocer al Señor en el camino de Damasco, sabiéndose elegido por Él para ser heraldo y apóstol, entrega su vida con generosidad y alegría a la causa del Evangelio. Estas palabras constituyen el testamento que deja a los presbíteros de Éfeso en los compases finales de su vida.

En ellas ve San Pablo la mejor síntesis del ministerio público de Jesús. Él es, en efecto, el don de Dios por antonomasia, pues "tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único" (Jn 3,16). Toda su vida es una continua donación, una vida auténticamente sacerdotal: da la vista a los ciegos, la salud a los enfermos, la vida a los muertos, el perdón a los pecadores y la esperanza a los decaídos. Nos entrega, además, su ejemplo, su Palabra, el mandamiento del amor fraterno, el regalo de su Madre, los sacramentos y especialmente la Eucaristía, como anticipo de la entrega de su vida entera en el árbol de la Cruz. Entonces, ofreciéndose voluntariamente al Padre para la salvación del mundo, culmina su sacerdocio como sacerdote de su propia víctima. Y como si no bastaran todos estos dones preciosos, nos regala el don de su Espíritu, que unifica, vivifica y dinamiza a la Iglesia, vivificando y divinizando a cada cristiano. El Espíritu de Jesús hace brotar en nosotros “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14), que nos convierte en fuente de vida si permanecemos en Él.

3.   La entrega del sacerdote.

Jesucristo ha querido asociar a su Iglesia la hermosa tarea de dar la vida, que es fruto de su sacrificio redentor. Para ello, elige hombres de nuestro pueblo, para que, como afirma el prefacio de la Misa Crismal, por la imposición de manos, participen de su sagrada misión. Esta es la experiencia que llena de gozo a todo sacerdote, que sabiéndose llamado por el Señor, con la ayuda de su gracia, va configurándose con Cristo al entregar su vida por Él y por la salvación de los hermanos, dando testimonio constante de fidelidad y amor.

Por el sacramento del orden, participación del único sacerdocio de Jesucristo, y la vivencia intensa de la caridad pastoral, el sacerdote entra en la dinámica de donación que palpita en la Eucaristía, de la que es ministro. En el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, inmolado en la cruz y entregado como alimento, encuentra el sacerdote el modelo supremo de su entrega. Experimentando en su propia vida el amor de Dios, ama a los hombres como Él los ama, y acogiendo con humildad y gratitud los dones inmensos que ha recibido, los comunica y comparte con sus hermanos, predicando la Palabra de Dios, celebrando la Eucaristía, acogiendo y reconciliando a los pecadores, consolando a los tristes, sirviendo a los pobres y a los que sufren, sanando y santificando a todos. El sacerdote vive su entrega imitando a Jesucristo en su vida y en su muerte y cumpliendo su palabra: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis... dichosos seréis si lo cumplís” (Jn 13,15.17). Este es el manantial de una vida sacerdotal plena. Este es el manantial de la felicidad del sacerdote, que si es fiel a la especial predilección que el Señor ha tenido con él y al ministerio recibido, hace verdad cada día en su vida las palabras de Jesús, elegidas como lema del Día del Seminario de este año: "Hay más alegría en dar que en recibir" (Hch 20,35).

4.   El Seminario, escuela de donación.

Los candidatos al sacerdocio están llamados también a experimentar, ya en los años de formación, el gozo de la donación. El Seminario es la comunidad de discípulos que viven la alegría honda de saberse elegidos y aprenden del mismo Señor a entregar la propia vida. En las cercanías de Jesús, crece y se desarrolla una relación de comunión, amistad e intimidad profundas con Él. Allí se robustece la adhesión a su persona, que implica y compromete la vida entera y dispone interiormente al elegido a participar de la misión salvífica de Jesús. En el Seminario, los candidatos al sacerdocio, dóciles a la acción del Espíritu Santo, se dejan configurar con Cristo, Buen Pastor, para servir con generosidad a la Iglesia y a las almas. En esta hermosa etapa, que recuerda con emoción todo sacerdote, los seminaristas se preparan para dar una respuesta personal a la pregunta de Jesús a Pedro junto al lago de Tiberíades: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" (Jn 21,15). "Para el futuro sacerdote -dice el Papa en Pastores dabo vobis- la respuesta no puede ser sino el don total de su vida" (nº 42).

5.   La felicidad de la entrega.

Con licencia expresa de sus protagonistas, me permito referir algunos pormenores de una larga conversación que tuve hace algunos años con unos padres cristianos que se resistían a que uno de sus hijos ingresara en el Seminario. Hoy, gracias a Dios, está concluyendo su formación y se encamina feliz hacia el sacerdocio, haciendo partícipes de su felicidad a sus propios padres. Los argumentos de estos padres perplejos eran básicamente dos. El primero se refería al gran bien que pueden hacer en la Iglesia los laicos conscientes y comprometidos. El segundo partía de una piedad hacia su hijo mal entendida. Dudaban que en el sacerdocio pudiera encontrar la felicidad a la que creían que tenía derecho. La renuncia al matrimonio, a los hijos, al dinero, al porvenir halagüeño que dejaba entrever la carrera brillante a punto de concluir, no tenían según ellos parangón con la soledad, las privaciones y el escaso relieve social que tiene hoy la figura del sacerdote.

Es ésta una actitud hoy relativamente frecuente, en la que tiene alguna incidencia el corto número de hijos de tantos matrimonios. Siendo muchos los padres, especialmente de familias numerosas, que consideran un inmenso privilegio que el Señor llame a uno de sus hijos a un seguimiento cercano en el sacerdocio o en la vida consagrada, no faltan otros que lo consideran una fatalidad o una desgracia. Influyen en estas actitudes el ambiente secularizado y materialista que nos envuelve, el hedonismo consumista y la influencia imperceptible pero real del pensamiento débil que no admite verdades objetivas, ni tolera compromisos firmes, estables y definitivos. Son muchos los que despojan a la felicidad de su atuendo espiritual para hacerla radicar en realidades exclusivamente materiales: el dinero, el poder, el confort, el placer, el brillo social, el éxito en la profesión o en los negocios y el disfrute hasta donde sea posible de los pequeños y efímeros sorbos de felicidad inmediata que brinda el momento presente.

Como cabía esperar, este achicamiento de la felicidad, unido al debilitamiento de los valores religiosos y morales, no ha conducido al resultado feliz que algunos auguraban. La felicidad que se encierra y agota en sí misma sólo conduce a la desesperanza, a las crisis de soledad o a la depresión, la llamada enfermedad de nuestro tiempo, que en muchos casos tiene como origen los rasgos de la cultura inmanentista a que acabo de hacer referencia. ¡Cuántas depresiones nos ahorraríamos, si fuésemos capaces de aventurar nuestra vida con la generosidad con que la vivió el Señor!

6.   La alegría de la vida sacerdotal vivida con hondura.

"Hay más alegría en dar que en recibir" (Hch 20,35). Estas palabras fueron escuchadas por San Pablo a los testigos presenciales de los dichos y hechos de Jesús. En ellas, el Señor nos brinda su propia experiencia, la alegría que nace de la entrega al Padre y a la humanidad. Al hacerlas suyas, San Pablo nos da testimonio de que la verdadera sabiduría y, por tanto, la humanidad más plena, realizada con hondura y autenticidad, no consiste en replegarnos sobre nosotros mismos a la búsqueda de una felicidad egoísta. Consiste más bien en vivir en el amor y la verdad que es Cristo y compartir este tesoro con nuestros hermanos. Aquí tenemos el mejor antídoto contra la soledad, la desesperanza, la depresión y la tristeza.

Esto vale para los cristianos laicos y mucho más para los consagrados, los sacerdotes y los que se preparan para serlo. Éste es, por otra parte, el testimonio de los Santos y de tantos sacerdotes diocesanos ejemplares de ayer y de hoy, testigos del amor más grande, de la alegría auténtica, de la paz que el mundo no puede dar, de la esperanza, del gozo recrecido y rebosante y de la felicidad que nace de vivir en el Señor y para el Señor, prolongando su misión salvadora, sembrando felicidad a su alrededor, y siendo para los fieles senda, puente y escalera de su ascensión hacia Dios. ¡Cómo nos edifica el testimonio de alegría de estos sacerdotes santos, enamorados de su vocación, inmensamente felices a pesar de las dificultades, las persecuciones y los sufrimientos por los duros trabajos del Evangelio! En nuestra Diócesis tenemos ejemplos bien cercanos, entre ellos el sacerdote diocesano D. Cosme Muñoz, fundador en el siglo XVII de las Hijas del Patrocinio de San José, y D. Ángel Carrillo Trucio, párroco de Priego y apóstol de las vocaciones sacerdotales, cuyos procesos de canonización en su fase diocesana atisbamos ya para un futuro no lejano.

7.   Nuestros Seminarios Diocesanos.

Vuelvo ahora la mirada a nuestros Seminarios Diocesanos, protagonistas de esta jornada. En esta hora de aguda crisis vocacional, el buen ambiente formativo de nuestro Seminario de San Pelagio, Mayor y Menor, y del Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater, y el número relativamente crecido de seminaristas son motivos de esperanza para el Obispo y para toda la Diócesis. El mérito he de atribuirlo a Dios nuestro Señor, que custodia nuestros Seminarios con su providencia amorosa, pues "si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas" (Sal 127,1). El presente prometedor de nuestros Seminarios es mérito también de mis predecesores, D. José Antonio Infantes y D. Javier Martínez, que se preocuparon eficazmente de estas importantísimas instituciones diocesanas y que me han legado esta espléndida realidad.

A ello han contribuido de forma destacada los superiores y formadores de ayer y de hoy, que han seguido con fidelidad las recientes orientaciones de la Iglesia y que han ejercido sobre los seminaristas un magisterio convincente con su palabra y con su propia vida. Mención especial, llena de gratitud, merecen también el claustro de profesores, los sacerdotes que cultivan la pastoral vocacional en las parroquias y los padres de los seminaristas, que son los primeros en alentarles. Todo ello no hubiera sido posible sin el apoyo de la Diócesis, que sabe que el Seminario es el corazón de nuestra Iglesia particular. Demos gracias a Dios por tantos dones como hemos recibido en los últimos años, que si son para mí motivo de gozo, lo son también de responsabilidad, pues más que nadie estoy llamado a conservar e incrementar la herencia magnífica que he recibido.

En efecto, como nos dice a los Obispos la Exhortación Apostólica Pastores gregis, la formación de los seminaristas, "con todo lo que conlleva de oración, dedicación y esfuerzo, es una preocupación de importancia capital para el Obispo", pues "el Seminario es uno de los bienes más preciados para la Diócesis" (n. 48). Personalmente estoy dispuesto a ejercer la solicitud que se me pide, consciente de que el cuidado del Seminario redundará en muchos bienes espirituales para nuestra Iglesia particular.

8.   Nuestra Diócesis necesita más sacerdotes.

Como he dicho en público y en privado más de una vez en los últimos meses, tengo el mejor concepto de los sacerdotes de la Diócesis. Son efectivamente piadosos, celosos, serenos, alegres y generosos. Pero su número es a todas luces insuficiente para las necesidades de nuestra Iglesia, aún contando con la colaboración de los numerosos religiosos sacerdotes que colaboran admirablemente en la pastoral diocesana. Por ello, muchos sacerdotes están sobrecargados de trabajo, incluso aquellos que han sobrepasado ampliamente la edad de jubilación, a quienes agradezco de corazón su disponibilidad. Por idéntica razón, algunos flancos importantes de la acción pastoral sufren lagunas que deberíamos cubrir cuanto antes. Necesitamos, pues, sacerdotes y sacerdotes santos, enamorados de Jesucristo y de su vocación, dispuestos a entregar su vida al servicio del Señor y de la Iglesia, del anuncio del Evangelio y de sus hermanos. No podemos olvidar, por otra parte, la solicitud por la Iglesia universal y la misión ad gentes, que si urge especialmente al Obispo como consecuencia de su pertenencia al Colegio Episcopal (LG 23), proporcionalmente urge también a los presbíteros y a los laicos. ¡Quiera Dios que en los próximos años podamos cubrir satisfactoriamente nuestras propias necesidades y compartir nuestros dones con otras iglesias más pobres en personal y en medios!

9.   La pastoral vocacional, tarea de toda la Iglesia.

Para ello, necesitamos cultivar prioritariamente en nuestra Diócesis la pastoral vocacional, que debe ser un eje transversal que penetre e impregne todas las demás acciones apostólicas. Como nos dice el vigente Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal, "la pastoral vocacional, inserta en toda la pastoral, se nos reclama como opción prioritaria, si queremos dar respuesta a las exigencias de la nueva evangelización y al desarrollo y atención de la vocación laical" (n. 26). Es esta una responsabilidad que compromete a toda la Diócesis. La vocación sacerdotal es un don de Dios para aquel que la recibe, pero lo es también para la Iglesia. Por ello, toda ella, en este caso nuestra Iglesia particular de Córdoba, está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo (PDV, 41).

En esta tarea tienen un papel muy relevante los padres de familia, que han de pedir al Señor el don de la vocación para alguno de sus hijos, recibirlo con alegría y con gratitud, si el Señor se lo concede, y custodiarlo con esmero. ¡Cuántos sacerdotes deben el don de la vocación a la oración de su madre! También los educadores están llamados a ser mediadores de la vocación de sus alumnos, mostrándoles el sacerdocio como una posibilidad cierta de realización personal y camino de felicidad. La promoción de las vocaciones es obligación también de los movimientos, grupos apostólicos, hermandades y cofradías. La fecundidad vocacional es el mejor termómetro de su tono espiritual y apostólico, como lo es también de la vitalidad de las parroquias y comunidades cristianas.

10.   Tarea peculiar de los sacerdotes

La tarea de la promoción de las vocaciones es obligación principalísima de los sacerdotes. En este sentido, el Concilio Vaticano II dice a los presbíteros que “este deber pertenece a la misión misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo de Dios” (PO, 6). Los sacerdotes, especialmente los que cultivan por encargo del Obispo la pastoral juvenil, los profesores de Religión y los párrocos con los grupos juveniles de confirmación o postconfirmación, no pueden rehuir la invitación explícita a los niños y jóvenes a plantearse un posible futuro vocacional. Si así fuera, quedaría al descubierto una aspecto no desdeñable de la pastoral de la Iglesia, que condiciona gravemente el futuro de la evangelización. A veces, esto no se hace por pudor o por un respeto mal entendido a la libertad personal. Así no servimos a los jóvenes, que necesitan que les mostremos caminos ciertos y verdaderos de realización humana y, sobre todo, a Aquel que puede colmar las más íntimas aspiraciones de sus corazones juveniles. Como institución permanente para el discernimiento vocacional, nuestra Diócesis cuenta con un Preseminario dirigido por los formadores del Seminario Menor. En él se ayuda a los niños y jóvenes, que han escuchado el susurro del Señor que les llama, a prepararse para ingresar en el Seminario. El número de estos preseminaristas es también un motivo de esperanza. De todos depende que crezca y que nos depare muchos frutos vocacionales.

Junto a la invitación explícita es necesaria también la invitación implícita o tácita, pero sugerente, de la propia vida del sacerdote, orante, alegre, entregado en alma y cuerpo a su ministerio, pobre y sencillo. Cuando el sacerdote es así, su testimonio es la mejor catequesis vocacional, una catequesis sin palabras, pero llena de atractivo para los jóvenes, porque deja traslucir el misterio que anima su vida. La integridad de vida del sacerdote, enamorado del Señor y de su vocación, es la mejor campaña vocacional, pues encierra una invitación silenciosa pero elocuente a que los niños y jóvenes se planteen la posibilidad de seguir ese género de vida. Esta es también la convicción íntima del Santo Padre Juan Pablo II, como nos decía en el Mensaje para la Jornada Mundial de las Vocaciones del año 2000, "... nada es más sublime que un testimonio apasionado de la propia vocación. Quien vive con gozo este don y lo alimenta diariamente... sabrá derramar en el corazón de tantos jóvenes la semilla de la fiel adhesión a la llamada de Dios".

11.   El poder de la oración.

Camino inexcusable en la pastoral vocacional y, en concreto, en la celebración del día del Seminario es la oración por las vocaciones. Es el mismo Señor quien nos urge a orar cuando nos dice: "La mies es abundante, más los obreros son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9,38). Efectivamente, la fuerza para suscitar y formar vocaciones está ante todo en la oración. "Las vocaciones necesitan una amplia red de intercesores ante el Dueño de la mies" (PG 48). Si esto es así, ¿no habrá que atribuir lo que algunos han llamado la sequía vocacional o el invierno vocacional a la dimisión de la comunidad cristiana de esta obligación principalísima?.

Por todo ello, invito cordialmente a los sacerdotes, a los consagrados, singularmente a los contemplativos y contemplativas, y todos los fieles a orar por las vocaciones a lo largo de todo el año. Los sacerdotes podrían favorecer en sus parroquias iniciativas concretas en este sentido, por ejemplo, alentando a los grupos de oración a rezar por las vocaciones e incluyendo en la oración de los fieles de cada día y, especialmente del domingo, una plegaria por esta intención. La oración por las vocaciones está singularmente indicada con ocasión del Día del Seminario y en la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Qué bueno sería que, en torno a la festividad de San José, todas las parroquias y comunidades convocaran vigilias especiales para pedir al Señor que conceda a la Iglesia y a nuestra Diócesis muchas y santas vocaciones, seminaristas generosos, conscientes del don singularísimo que han recibido y dispuestos a ofrendar al Señor la vida por la causa del Evangelio.

12.   Catequesis y colecta.

Es también deseable que en las vísperas de la festividad de San José, en las catequesis parroquiales y en las clases de Religión se dedique algún espacio de tiempo a hablar del Seminario y de la hermosura de la vocación sacerdotal. Otro tanto deben hacer los sacerdotes en la homilía del domingo 21 de marzo, para lo que bien pudieran servir las ideas fundamentales de esta sencilla carta pastoral. A todos ellos les ruego humildemente que hagan con todo interés la colecta en favor del Seminario. Soy consciente de que no es éste el aspecto más decisivo de esta Campaña, pero no deja de ser importante. El Seminario necesita medios económicos para asegurar la mejor formación de los seminaristas, sin lujos que están fuera de lugar, y sí con la sencillez y austeridad con que deberán vivir cuando sean sacerdotes. Nuestro Seminario Menor concretamente necesita mejorar sus instalaciones. Al Obispo le corresponde "ocuparse de promover y alentar iniciativas  de carácter económico para la sustentación y la ayuda a los jóvenes candidatos al presbiterado" (PG 48).

Mientras pensamos en iniciativas más audaces, invito a todos los fieles de la Diócesis a ser generosos. Se trata de una causa nobilísima que tiene por objeto nada menos que garantizar al Pueblo de Dios pastores según su corazón, para que continúen en el mundo su misión salvadora. Con nuestras aportaciones económicas y, sobre todo, con nuestra oración, nuestro afecto y simpatía por el Seminario nos hacemos corresponsables de la fecundidad apostólica y eclesial de esta institución vital en la vida de nuestra Diócesis. De este modo, también en nosotros se cumplirá el lema del Día del Seminario de este año: "Hay más alegría en dar que en recibir" (Hch 20,35). El Señor nos recompensará con creces con muchos dones sobrenaturales, pues "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 2,9).

13.   Una palabra final a los jóvenes.

Antes de concluir quiero decir una palabra llena de afecto y amistad a los jóvenes de nuestra Diócesis. Estoy seguro de que muchos de vosotros recordáis todavía con emoción la jornada inolvidable del día 3 de mayo de 2004, en la que los jóvenes españoles tuvisteis el enorme privilegio de encontraros con el Papa. El Santo Padre, que os diría al día siguiente en la plaza de Colón de Madrid que "se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo", en el aeródromo de Cuatro Vientos os invitó a ser hombres de vida interior, a "formar parte de la escuela de María... modelo de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora". Al mismo tiempo, os confió una preocupación fundamental de su ministerio, la necesidad de sacerdotes que hoy tiene la Iglesia. Os repito sus propias palabras: "La evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Es la razón por la que quiero decir a cada uno de vosotros, jóvenes: Si sientes la llamada de Dios que te dice: Sígueme (Mc 2,14; Lc 5,27), no la acalles. Sé generoso; responde como María ofreciendo a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida".

Con el Papa, yo también os invito a responder con valentía y a secundar la acción de Dios, si en algún momento de vuestra vida sentís que el Señor os invita a seguirle. Tened por cierto que en su cercanía y en la entrega de vuestra vida a Jesucristo por la salvación del mundo encontraréis la felicidad a la que aspiran vuestros corazones juveniles, deseosos de plenitud y de vida, como os dijo Juan Pablo II en aquella tarde esplendorosa: "Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del Hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y los hermanos!". Esta es la experiencia del Papa. Esta es también la experiencia de tantos sacerdotes y consagrados. También vosotros estáis llamados a experimentar en primera persona que "hay más alegría en dar que en recibir" (Hech 20,35).

Rezo especialmente por vosotros, queridos jóvenes, para que seáis valientes y generosos. Encomiendo al Señor el presente y el futuro de nuestros Seminarios. Los encomiendo también a la intercesión de San José y de San Pelagio mártir y, muy especialmente, de la Madre del Redentor y Reina de los Apóstoles. Lo hago con la misma oración del Santo Padre Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis:

Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la Cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio
oh Madre de los sacerdotes. Amén.

A todos os envío mi saludo fraterno y cordial y mi bendición.

Córdoba, 23 de febrero de año 2004

+ Mons. Juan José Asenjo Pelegrina
Obispo de Córdoba

Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades (Conferencia Episcopal Española)