Día del Seminario
19/21 marzo 2004     
EL ARZOBISPO DE TOLEDO

Carta Pastoral con motivo del día del Seminario

D. Antonio Cañizares Llovera 1. NECESITAMOS SACERDOTES

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El mundo actual, lo sabemos bien, está necesitado de esperanza, está necesitado de fe, está necesitado de Dios. Hay que decirlo con fuerza: el mundo que vivimos de nada está tan necesitado como de Dios. Esta hora histórica concreta nuestra está necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos gozosos y valientes del Evangelio en el ministerio sacerdotal. Digámoslo con toda claridad y sin ningún complejo ni tampoco arrogancia: sin sacerdotes auténticamente identificados con Cristo no puede haber renovación profunda de la sociedad y del mundo.

Faltan sacerdotes. Faltan muchos sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo, entregando la vida entera con alegría y esperanza a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a Dios, la realidad más primordialmente necesaria. Sin Él las cosas pierden sentido, y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Los sacerdotes introducen en cada momento de la historia la fuerza renovadora del misterio pascual de Jesucristo, la vida y el amor de Dios, y el fuego del Espíritu Santo. Colocados al frente del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen, a través de la historia hacia Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Necesitamos más de cien mil sacerdotes en el mundo entero para llevar a cabo la misión de evangelizar a todas las gentes y de hacer posible que, evangelizadas, puedan participar de la Eucaristía. No cabe duda que entre las prioridades pastorales hay que colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales. Por eso, la Iglesia nos invita a que dirijamos nuestra mirada al Seminario, a nuestro Seminario diocesano. A nadie se le oculta la importancia que tiene el Seminario para la vida de la Iglesia: en él se forman nuestros futuros pastores. Tenemos necesidad del Seminario. Sentimos la urgencia apremiante de apoyar sin reservas y con todas nuestras fuerzas, decididamente, a nuestro Seminario. Porque tenemos necesidad de sacerdotes. Sin ellos no hay Iglesia, porque sin sacerdotes no hay Eucaristía ni evangelización que hacen la Iglesia. Y la Iglesia es necesaria para la salvación del mundo, para la dicha y libertad de los hombres, nuestros hermanos a los que nos debemos.

2. LA JORNADA ANUAL O "DÍA” DEL SEMINARIO. NECESIDAD DEL SEMINARIO

El l9 de marzo, como todos los años, nos trae de nuevo el recuerdo del Seminario. Una institución fundamental y entrañable en la que nos sentimos implicados toda la Iglesia diocesana. En el Seminario tenemos puestas nuestras esperanzas porque en él se forman los que han sido llamados por Dios al sacerdocio, para que puedan llegar a ser, por el Sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Buen Pastor que ha venido al mundo para dar su vida por todos los hombres, para abrir caminos de esperanza.

Es una jornada que intenta sensibilizarnos a todos sobre la realidad, necesidad y sentido del Seminario. Con ella se pretende que toda la comunidad diocesana, y la sociedad en general, se acerque afectiva y efectivamente al Seminario Diocesano. Que se promuevan nuevas vocaciones sacerdotales entre los miembros más jóvenes de nuestra Iglesia y que toda la Diócesis sienta su propia responsabilidad sobre las vocaciones sacerdotales.

Estos fines debemos conseguirlos por medio de la oración, el apoyo eclesial y social, la relación más estrecha con el Seminario y la colaboración económica. Os pido que oremos por el Seminario, que roguemos a Dios para que suscite vocaciones y envíe obreros a su mies, que nos interesemos por el Seminario, que nos informemos acerca de él, que sigamos su marcha, que atendamos generosamente a sus necesidades económicas.

3. NUESTRO SEMINARIO DIOCESANO: MAYOR Y MENOR

Tenemos, gracias a Dios, un gran Seminario, tanto el Seminario Mayor como el Menor. Las cifras son elocuentes por su abundancia en el conjunto de España, aunque en el Seminario Menor este año hemos descendido un poco y debemos reaccionar -creo que las previsiones para el próximo curso están siendo de nuevo muy buenas-. También en la calidad de la formación podemos estar contentos y dar gracias a Dios: contamos con un excelente presbiterio, joven, con verdadero espíritu sacerdotal y apostólico. El presbiterio con que Dios ha enriquecido a Toledo, es signo de que Dios quiere que se imparta el tipo de formación que viene impartiéndose desde hace varios lustros.

Mis queridos predecesores han llevado a cabo un obra gigantesca en esta institución tan querida,"corazón de la diócesis", con la ayuda de los formadores, profesores y quienes ayudan de tantas formas. Nos duele mucho la escasez de seminaristas que se ven en algunos seminarios. Dios nos bendice, en medio de esta situación de un cierto desierto vocacional, y trae jóvenes a formarse en nuestro Seminario en un número esperanzador. Pero necesitamos más seminaristas. Mejor aún, si Dios nos bendice de esta manera es porque Él espera de nosotros que ayudemos a otras iglesias hermanas y, particularmente, a tierras de misión de donde nos llega un grito desgarrador: "¡Ayudadnos!".

El Seminario Mayor cuenta con la grandísima ayuda del Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", agregado desde el pasado curso a la Facultad de Teología "San Dámaso", de Madrid. La formación que en él se está ofreciendo es de una gran calidad y de una orientación conforme a las directrices de la Iglesia, y en comunión plena con sus enseñanzas. La formación académica que se recibe en el Seminario Menor es de un alto nivel.

Los seminaristas para su mejor educación, para su crecimiento y para su preparación en todos los órdenes y dimensiones necesitan contar con un lugar adecuado en sus instalaciones, aulas, biblioteca, habitaciones, etc. Los dos edificios de nuestros Seminarios Mayor y Menor necesitan una reforma a fondo; prácticamente, se encuentran casi como en los comienzos y han trascurrido muchos años. Es admirable la capacidad de sacrificio que han mostrado nuestros seminaristas al vivir en las condiciones precarias en las que han estado y están viviendo en el Seminario. Es necesaria la austeridad y la pobreza -y no faltarán nunca en el plan de formación- pero nuestros seminaristas necesitan vivir en mejores condiciones de habitalidad. Es de lo que se trata. Por eso se está llevando a cabo una gran obra de restauración, que requiere una importante inversión. Pero no podemos escatimar nada para nuestros futuros sacerdotes, hoy seminaristas, para su mejor formación.

Por eso, permitidme, que os pida encarecidamente, que os suplique casi mendigando, que nos ayudéis a las obras con vuestra aportación generosa. Que familias que puedan tener más medios económicos no escatimen su ayuda al Seminario, que nos ayuden empresas o instituciones. Sed generosos. Necesitamos de vuestra generosidad no sólo para las obras, sino también para el Instituto Superior de Estudios Teológicos, para la Biblioteca, para becas de alumnos que, por diversas causas, no pueden sufragar por sí mismos sus estudios y formación, que no cuentan con ayudas que otros estudiantes tienen, o porque vienen de países muy pobres. Aunque me juzguéis tozudo en el pedir, no me avergüenzo de pediros de nuevo, de apelar a vuestra generosidad y sentido de Iglesia. Necesitamos sacerdotes como los que se forman en nuestro Seminario. Y para ello contamos con vuestra ayuda.

4. POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES

Todos, sin excepción, debemos trabajar en favor de las vocaciones sacerdotales. Es o debe ser, además, una dimensión de toda acción pastoral y educativa de la Iglesia. Toda la Iglesia diocesana es responsable del nacimiento, cultivo, formación y maduración de la vocación sacerdotal en nuestros jóvenes y en nuestros niños. Se está trabajando bien vocacionalmente en el campo de los niños, sobre todo en el trabajo con los monaguillos, en la atención a ellos: de entre éstos están saliendo un buen número de seminaristas del Seminario Menor. En las convivencias vocacionales de los monaguillos, uno no sabe qué admirar más: si la sencillez y ánimo de los monaguillos, o la cercanía, e ilusión de los sacerdotes que los traen y acompañan.

También se trabaja vocacionalmente bastante en el mundo de los jóvenes, de los grupos de pastoral con jóvenes. Hay que felicitar y alentar a tantos sacerdotes que, gozosos en su ministerio, alientan a estos niños o estos jóvenes: casi siempre detrás de una vocación hay un sacerdote ilusionado y gozoso de su ministerio. Igualmente hay que agradecer a tantas familias, las de los seminaristas, que son la mejor tierra y el mejor caldo de cultivo para que surjan y crezcan las vocaciones. Es preciso reconocer lo que están haciendo movimientos de espiritualidad y apostolado seglar con los jóvenes para que en su seno vivan la experiencia cristiana y se despierten a la llamada del Señor. Como así mismo -sólo Dios lo sabe- hay que dar gracias a tantas almas buenas, tantas religiosas consagradas en el claustro, y tantos enfermos que están haciendo lo que sólo Dios conoce en favor de las vocaciones sacerdotales para nuestro Seminario.
Todo esto indica, entre otras cosas, que ningún fiel cristiano puede sentirse ajeno a las vocaciones sacerdotales y, en consecuencia, al Seminario. En él nos va el futuro de la Iglesia: pues sin sacerdotes no puede impulsarse la evangelización de los hombres, necesitados de Jesucristo que es salvación, luz y esperanza para todas las gentes. ¿Qué sería del mundo sin Jesucristo?¿Qué sería, por eso, de los hombres sin los sacerdotes?. Porque Cristo ha querido hacerse presente por los sacerdotes, sacramentalmente, en medio de los hombres y al servicio de los hombres, como pastor de su Iglesia que ha venido para reunir a los hombres dispersos, para alimentarlos con su palabra y con su cuerpo, para otorgarles la reconciliación y hacerles partícipes de su vida y de su paz.

5. PASTORAL VOCACIONAL

Os quiero pedir, de nuevo a todos, sin excepción, que trabajéis en favor de las vocaciones sacerdotales. Todos somos responsables en la Iglesia diocesana de las vocaciones sacerdotales, aunque los grados de responsabilidad sean diversos. Me consta que tanto vosotros como yo sentimos una preocupación grande por las vocaciones. Es hora de gracia, que nos apremia a ponernos manos a la obra y a trabajar por las vocaciones. Conozco vuestro sentido de Iglesia y aprecio vuestro gran amor a la Diócesis. Sé que ese amor y ese sentido os van a llevar a colaborar, cada uno en la medida que pueda, en la promoción de las vocaciones sacerdotales. Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte vitalidad cristiana, que contrarresten el impacto de la sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita o ausenta el sentido cristiano de la vida. Dios, ciertamente, "puede hacer surgir hijos de Abrahán de las piedras", pero no podemos pedir el milagro sin poner de nuestra parte cuanto podemos y debemos hacer.

Quisiera que en cada parroquia hubiese, al menos, un grupo de fieles que mantuviese viva la preocupación por suscitar, acoger y acompañar los posibles candidatos al seminario, y para que, en la oración de la comunidad cristiana, las vocaciones sacerdotales ocupen un lugar preferente. Que no haya Eucaristía en la que no pidamos por las vocaciones sacerdotales, en la oración de los fieles.

Hago mías enteramente las palabras del Papa, cuando dice que "ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra, sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas" (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 39).

Os animo y os invito de manera especial a vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, mis más queridos e imprescindibles colaboradores, a que pongáis en movimiento a toda la parroquia y a sus grupos para que oren por el seminario y por las vocaciones. Tened catequesis vocacionales con los niños y con los jóvenes. Haced celebraciones específicas con ellos en particular, y con toda la comunidad en general. Donde haya grupos de adultos, centraos en la catequesis vocacional, descubriéndoles el significado de la vocación sacerdotal en la Iglesia y de la responsabilidad que, ante Dios y ante los hombres, tiene cada miembro del Pueblo de Dios en el surgimiento y maduración de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Os pido asimismo a los sacerdotes que intensifiquéis vuestra mirada para ver qué chicos presentan signos de una posible vocación. Realizad con ellos un pequeño camino vocacional.

No podemos olvidar que las vocaciones surgen de nuestras familias, de nuestras parroquias, del ambiente en que viven nuestros chicos. Por ello, el Concilio, al referirse a la pastoral vocacional, dice: "La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como el primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes" ( OT 2).

Os invito, queridas familias, a que, desde vuestra fe y vuestra solidaridad con el mundo que anhela salvación, viváis con plenitud vuestra fe, que la viváis con toda su capacidad de generar vida, que la viváis con generosidad y entrega. Tened por cierto que en la medida que el pueblo cristiano viva la fe y su vocación a la santidad, será capaz de ofrecer a los hombres que reclaman una humanidad nueva la respuesta que esperan.

Vivid, queridas familias, con gozo y generosidad, esa fe que dio origen a vuestro matrimonio en Cristo. Vuestros hogares, como iglesias domésticas, son el lugar idóneo para vivir el seguimiento de Cristo con toda alegría y plenitud. Debéis profundizar en el gozo y responsabilidad de la fe. El ejemplo más edificante y conmovedor que los padres podéis dar a los hijos es el de una vida cristiana en la que no falte la referencia permanente a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es en la familia de María y de José, donde Jesús crecía, donde deben mirarse todas las familias. Si vivís así no sólo alimentaréis vuestra propia fe, sino que ofreceréis al mundo, ese mundo necesitado, un estilo capaz de seducir a quienes buscan la verdad del hombre y la plena felicidad de la convivencia humana.

También los grupos apostólicos de infancia o de juventud tienen una especial responsabilidad en la promoción de vocaciones sacerdotales. Todos estos grupos mostrarán su vitalidad cristiana si de su seno salen jóvenes decididos a emprender el camino vocacional. Ruego encarecidamente a los responsables de estos grupos, sobre todo en tiempo de preparación para recibir el sacramento de la Confirmación, que de manera clara y decidida, con toda libertad y osadía, les hagan a los jóvenes la propuesta vocacional. Es uno de los mejores servicios que pueden hacerles. Que los jóvenes tomen conciencia de que el mundo necesita testigos que anuncien la Buena Noticia de Jesús; que los jóvenes se interroguen sobre la llamada que Dios hace a cada uno para realizar la tarea de ser "Apóstoles"; y que los jóvenes se planteen como "posible para cada uno" la vocación al sacerdocio ministerial.

Esta responsabilidad se extiende a las instituciones educativas donde los niños y los jóvenes maduran en su personalidad y se preparan para desarrollar su vida en la sociedad con una misión propia. Pido a los educadores cristianos que pongáis el máximo empeño en plantear la cuestión vocacional, también al sacerdocio, sobre todo en algunos momentos privilegiados del proceso educativo. No renunciéis nunca a proponer a los jóvenes esta forma e ideal de vida.

Y de manera muy particular, ruego a los Colegios de la Iglesia a que hagais de este planteamiento vocacional una de las claves y de los centros de interés de toda vuestra misión escolar en nombre de la Iglesia, cuya vocación e identidad es la evangelización; y no hay evangelización que no lleve a plantear la llamada vocacional. El que de nuestros Colegios de la Iglesia surjan vocaciones al sacerdocio será indicio de que estamos llevando una educación integral cristiana como reclama su propia condición. Ya sé que la pastoral vocacional está en el centro de vuestros proyectos y os animo a que prosigáis en ellos con ilusión y esperanza, llenos de confianza en el Señor.

No puede faltarnos la oración por las vocaciones: Esta es la principal pastoral vocacional. "Sin El no podemos hacer nada". "Rogad al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies". Todos podemos orar. Todos debemos orar por nuestro seminario, por sus necesidades, por los seminaristas que en él se están formando, por los formadores que con ilusión están llevando a cabo tan apasionante como dura labor. El Seminario cuenta con nuestra oración y la agradece.

Quiero tener una mención expresa, llena de agradecimiento conmovido, de los enfermos y de todos los monasterios de vida contemplativa de la diócesis porque me consta con qué intensidad, insistencia y confianza estáis orando a Dios, dador de todo bien, por nuestro seminario y por las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis, y cómo ofrecéis vuestras vidas y sufrimientos por las vocaciones. Que Dios os lo pague: Vuestra oración quedará escuchada y vuestros dolores y sufrimientos no son infecundos.

El Seminario tiene sus puertas abiertas a todos. Mirad el seminario como algo vuestro, algo de todos los que formamos la comunidad diocesana. El seminario es para vosotros y está a vuestro servicio pastoral de manera incondicional. Sentios solidarios de su labor y de su tarea. Hermanos, estoy convencido que si nos empeñamos, tendremos vocaciones. La gracia de Dios nunca faltará.

6. LLAMADA ESPECIAL A LOS JÓVENES

Queridos jóvenes: Ahora me dirijo directamente a vosotros, porque sé que tenéis un corazón grande y generoso, capaces de arrostrar con esperanza una gran aventura, que merece la pena, como os dijo el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid: la de ser sacerdotes, la de seguir a Jesucristo como sacerdotes. La Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres, de jóvenes como vosotros, que vivan entregados enteramente al servicio del Evangelio. Sed vosotros servidores de este Evangelio, sed servidores de Cristo, sed testigos suyos en el mundo en que vivimos. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. ¡Todos tenemos necesidad de Cristo!¡Necesitamos de El para recorrer los caminos de la vida!¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El?¿Qué sería de nuestra humanidad si no se anunciase el Evangelio de la Paz, del Amor y del Perdón?¿Qué sería de nuestro mundo si se apagase la voz y la luz del Evangelio?.

Hay que decirlo con fuerza. El mundo en que vivimos está reclamando el anuncio del Evangelio. Nos sentimos urgidos a una nueva evangelización. Un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo es empresa para la que se necesitan testigos del Evangelio, de Jesucristo, sobre todo como sacerdotes, aunque también seglares, religiosos y religiosas. Por eso, desde aquí, os hago un llamamiento a vosotros, jóvenes. ¡SED GENEROSOS! ¡NO HAGAIS OÍDOS SORDOS A LA VOZ DE CRISTO, EL OS LLAMA A SEGUIRLE! Dios os llama aquí y ahora, en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo. Cristo y la Iglesia os piden afrontar este reto con el poder del Evangelio. Con palabras de San Pablo, debéis empuñar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (cf Ef 6,6-l7). Vuestro testimonio individual y colectivo de la fe debe ser un testimonio que conduzca a los otros a Cristo, un testimonio que no ceda cuando, como nos dice Jesús en el Evangelio, venga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos y la casa se desplome (cf Mt 7,27). Precisamente porque poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la fortaleza de su poder; pertrechados para proclamar el misterio del Evangelio y para dar testimonio de la plenitud de la verdad, que es Jesucristo, Camino y vida de todos los hombres. Confiad en el Señor; confiad en el Señor para llevar a cabo vuestra misión de testigos. Es un momento el que vivimos en el que todos debemos tener gran confianza en Dios y en la fuerza de su Espíritu Santo.

Es bueno caer en la cuenta de que estáis llamados a ser testigos en estos momentos de la vitalidad de la juventud de la Iglesia, a ser testigos de poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita pruebas concretas de que Cristo puede atraer hacia sí mismo a esta generación. Y vosotros debéis mostrar que habéis comprendido el sentido de la vida en el contexto del amor de Cristo y de su llamada. Estáis llamados a testimoniar que, entre las mil y una atracciones y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis sido "cautivados" por Cristo, hasta el punto de convertiros en sus compañeros y discípulos, en sus amigos, para abrazar su misión y, finalmente, su cruz; y para experimentar el poder de su resurrección.

La Iglesia necesita apóstoles, sacerdotes, profundamente enraizados en Dios y conocedores, al mismo tiempo, del corazón del hombre, solidarios de sus alegrías y esperanzas, anunciadores creíbles de propuestas de vida cristiana que sean capaces de dar un alma nueva a la sociedad actual.

Este es el reto que se os presenta hoy a cada uno de vosotros: rendir vuestros corazones y vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo para entregaros libre, total y perseverantemente a Cristo. El Señor Jesús pide la respuesta y la entrega de vuestra libertad. La docilidad a la llamada de Jesús, queridos jóvenes, "no mermará en nada la plenitud de vuestras vidas; al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con vuestro amor los confines del mundo" (Juan Pablo II). Estáis llamados, en efecto, a ser testigos de la victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto, sino como algo que afecta a vuestras propias vidas y consagra y engrandece vuestra propia libertad.

¡No tengáis miedo, jóvenes!¡Echadle una mano a la Iglesia, ayudadle con vuestra respuesta!. Así, el mundo se conservará joven, lleno de vida y abierto a la esperanza. Innumerables hombres, mujeres, jóvenes y niños os mirarán a vosotros para encontrar a Cristo. Desde lo profundo de su ser os dirán con las palabras del Evangelio: "Queremos ver a Jesús". (Jn l2, 2l). Como el Apóstol Felipe, debemos mostrar a Jesús al mundo, a Jesús y no a un sustituto, a un sucedáneo, porque no hay salvación en otro nombre que El. Permaneced en el amor y en la verdad de Cristo hoy y siempre.¿No os animáis a seguir a Jesús como sacerdotes? ¡Animo, que merece la pena!

7. SÚPLICA FINAL

Señor Jesucristo, guía en la verdad a los jóvenes; que no se dejen atraer por nuevos ídolos, sino que vivan con alegría tu mensaje, que es el mensaje de las bienaventuranzas, el mensaje del amor a Dios y al prójimo, el mensaje del compromiso moral para la transformación auténtica de la sociedad; que la fe cristiana anime toda su vida y los haga convertirse , frente al mundo, en testigos valientes de tu misión de salvación, en miembros conscientes y dinámicos de la Iglesia, contentos de ser hijos de Dios y hermanos, contigo, de todos los hombres.¡Ábreles su corazón de par en par!, para que te acojan, te sigan, como los Apóstoles, dejándolo todo, pero teniéndote a Ti, y que un día puedan ser sacerdotes. Los necesitas Tú, como ellos te necesitan a Ti; los necesita la Iglesia, como ellos la necesitan también; los necesita el mundo, porque el mundo tiene necesidad de Ti, de hombres, de sacerdotes, que le ayuden a conocerte y acogerte, de sacerdotes que les entreguen a Ti mismo en persona, en toda tu realidad de vida y salvación.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, y san José, protector de los seminarios, que acogieron la llamada de Dios y se pusieron en sus manos, protejan y acompañen a nuestro seminario y ayuden a los jóvenes y a los niños a responder a la llamada a ser sacerdotes. Que Ella, Madre de Cristo sacerdote, alcance el don de la perseverancia para los seminaristas actuales, tanto los del Seminario Menor, como los del Mayor. Que Ella, y su castísimo esposo, San José cuidador de Jesús, ayuden a los formadores en su importante y delicada tarea. A ella, Madre de Cristo, Buen Pastor, encomiendo nuestro querido Seminario y las vocaciones sacerdotales. Y que Santa Leocadia, Patrona de la Juventud Toledana interceda con nosotros y por nosotros ante el Padre de la misericordia, Dueño de la mies, que envíe abundantes obreros, sacerdotes, a su inmenso campo que tanto le necesita.

Toledo, 3 de marzo de 2004

+ Mons. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Toledo, Primado de España

Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades (Conferencia Episcopal Española)