Carta Pastoral
con motivo del día del Seminario
1. NECESITAMOS SACERDOTES
Queridos hermanos y hermanas en el
Señor:
El mundo actual, lo sabemos bien,
está necesitado de esperanza, está necesitado
de fe, está necesitado de Dios. Hay que decirlo con
fuerza: el mundo que vivimos de nada está tan necesitado
como de Dios. Esta hora histórica concreta nuestra
está necesitando hombres que entreguen su vida a
Dios, que quieran ser testigos gozosos y valientes del Evangelio
en el ministerio sacerdotal. Digámoslo con toda claridad
y sin ningún complejo ni tampoco arrogancia: sin
sacerdotes auténticamente identificados con Cristo
no puede haber renovación profunda de la sociedad
y del mundo.
Faltan sacerdotes. Faltan muchos sacerdotes.
Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo,
entregando la vida entera con alegría y esperanza
a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a Dios,
la realidad más primordialmente necesaria. Sin Él
las cosas pierden sentido, y la totalidad de la vida y de
la existencia se quedan sin luz. Los sacerdotes introducen
en cada momento de la historia la fuerza renovadora del
misterio pascual de Jesucristo, la vida y el amor de Dios,
y el fuego del Espíritu Santo. Colocados al frente
del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen,
a través de la historia hacia Cristo, Camino, Verdad
y Vida.
Necesitamos más de cien mil
sacerdotes en el mundo entero para llevar a cabo la misión
de evangelizar a todas las gentes y de hacer posible que,
evangelizadas, puedan participar de la Eucaristía.
No cabe duda que entre las prioridades pastorales hay que
colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales.
Por eso, la Iglesia nos invita a que dirijamos nuestra mirada
al Seminario, a nuestro Seminario diocesano. A nadie se
le oculta la importancia que tiene el Seminario para la
vida de la Iglesia: en él se forman nuestros futuros
pastores. Tenemos necesidad del Seminario. Sentimos la urgencia
apremiante de apoyar sin reservas y con todas nuestras fuerzas,
decididamente, a nuestro Seminario. Porque tenemos necesidad
de sacerdotes. Sin ellos no hay Iglesia, porque sin sacerdotes
no hay Eucaristía ni evangelización que hacen
la Iglesia. Y la Iglesia es necesaria para la salvación
del mundo, para la dicha y libertad de los hombres, nuestros
hermanos a los que nos debemos.
2. LA JORNADA ANUAL O "DÍA”
DEL SEMINARIO. NECESIDAD DEL SEMINARIO
El l9 de marzo, como todos los años,
nos trae de nuevo el recuerdo del Seminario. Una institución
fundamental y entrañable en la que nos sentimos implicados
toda la Iglesia diocesana. En el Seminario tenemos puestas
nuestras esperanzas porque en él se forman los que
han sido llamados por Dios al sacerdocio, para que puedan
llegar a ser, por el Sacramento del Orden, una imagen viva
de Jesucristo, Buen Pastor que ha venido al mundo para dar
su vida por todos los hombres, para abrir caminos de esperanza.
Es una jornada que intenta sensibilizarnos
a todos sobre la realidad, necesidad y sentido del Seminario.
Con ella se pretende que toda la comunidad diocesana, y
la sociedad en general, se acerque afectiva y efectivamente
al Seminario Diocesano. Que se promuevan nuevas vocaciones
sacerdotales entre los miembros más jóvenes
de nuestra Iglesia y que toda la Diócesis sienta
su propia responsabilidad sobre las vocaciones sacerdotales.
Estos fines debemos conseguirlos por
medio de la oración, el apoyo eclesial y social,
la relación más estrecha con el Seminario
y la colaboración económica. Os pido que oremos
por el Seminario, que roguemos a Dios para que suscite vocaciones
y envíe obreros a su mies, que nos interesemos por
el Seminario, que nos informemos acerca de él, que
sigamos su marcha, que atendamos generosamente a sus necesidades
económicas.
3. NUESTRO SEMINARIO DIOCESANO:
MAYOR Y MENOR
Tenemos, gracias a Dios, un gran Seminario,
tanto el Seminario Mayor como el Menor. Las cifras son elocuentes
por su abundancia en el conjunto de España, aunque
en el Seminario Menor este año hemos descendido un
poco y debemos reaccionar -creo que las previsiones para
el próximo curso están siendo de nuevo muy
buenas-. También en la calidad de la formación
podemos estar contentos y dar gracias a Dios: contamos con
un excelente presbiterio, joven, con verdadero espíritu
sacerdotal y apostólico. El presbiterio con que Dios
ha enriquecido a Toledo, es signo de que Dios quiere que
se imparta el tipo de formación que viene impartiéndose
desde hace varios lustros.
Mis queridos predecesores han llevado
a cabo un obra gigantesca en esta institución tan
querida,"corazón de la diócesis",
con la ayuda de los formadores, profesores y quienes ayudan
de tantas formas. Nos duele mucho la escasez de seminaristas
que se ven en algunos seminarios. Dios nos bendice, en medio
de esta situación de un cierto desierto vocacional,
y trae jóvenes a formarse en nuestro Seminario en
un número esperanzador. Pero necesitamos más
seminaristas. Mejor aún, si Dios nos bendice de esta
manera es porque Él espera de nosotros que ayudemos
a otras iglesias hermanas y, particularmente, a tierras
de misión de donde nos llega un grito desgarrador:
"¡Ayudadnos!".
El Seminario Mayor cuenta con la grandísima
ayuda del Instituto Superior de Estudios Teológicos
"San Ildefonso", agregado desde el pasado curso
a la Facultad de Teología "San Dámaso",
de Madrid. La formación que en él se está
ofreciendo es de una gran calidad y de una orientación
conforme a las directrices de la Iglesia, y en comunión
plena con sus enseñanzas. La formación académica
que se recibe en el Seminario Menor es de un alto nivel.
Los seminaristas para su mejor educación,
para su crecimiento y para su preparación en todos
los órdenes y dimensiones necesitan contar con un
lugar adecuado en sus instalaciones, aulas, biblioteca,
habitaciones, etc. Los dos edificios de nuestros Seminarios
Mayor y Menor necesitan una reforma a fondo; prácticamente,
se encuentran casi como en los comienzos y han trascurrido
muchos años. Es admirable la capacidad de sacrificio
que han mostrado nuestros seminaristas al vivir en las condiciones
precarias en las que han estado y están viviendo
en el Seminario. Es necesaria la austeridad y la pobreza
-y no faltarán nunca en el plan de formación-
pero nuestros seminaristas necesitan vivir en mejores condiciones
de habitalidad. Es de lo que se trata. Por eso se está
llevando a cabo una gran obra de restauración, que
requiere una importante inversión. Pero no podemos
escatimar nada para nuestros futuros sacerdotes, hoy seminaristas,
para su mejor formación.
Por eso, permitidme, que os pida encarecidamente,
que os suplique casi mendigando, que nos ayudéis
a las obras con vuestra aportación generosa. Que
familias que puedan tener más medios económicos
no escatimen su ayuda al Seminario, que nos ayuden empresas
o instituciones. Sed generosos. Necesitamos de vuestra generosidad
no sólo para las obras, sino también para
el Instituto Superior de Estudios Teológicos, para
la Biblioteca, para becas de alumnos que, por diversas causas,
no pueden sufragar por sí mismos sus estudios y formación,
que no cuentan con ayudas que otros estudiantes tienen,
o porque vienen de países muy pobres. Aunque me juzguéis
tozudo en el pedir, no me avergüenzo de pediros de
nuevo, de apelar a vuestra generosidad y sentido de Iglesia.
Necesitamos sacerdotes como los que se forman en nuestro
Seminario. Y para ello contamos con vuestra ayuda.
4. POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES
Todos, sin excepción, debemos
trabajar en favor de las vocaciones sacerdotales. Es o debe
ser, además, una dimensión de toda acción
pastoral y educativa de la Iglesia. Toda la Iglesia diocesana
es responsable del nacimiento, cultivo, formación
y maduración de la vocación sacerdotal en
nuestros jóvenes y en nuestros niños. Se está
trabajando bien vocacionalmente en el campo de los niños,
sobre todo en el trabajo con los monaguillos, en la atención
a ellos: de entre éstos están saliendo un
buen número de seminaristas del Seminario Menor.
En las convivencias vocacionales de los monaguillos, uno
no sabe qué admirar más: si la sencillez y
ánimo de los monaguillos, o la cercanía, e
ilusión de los sacerdotes que los traen y acompañan.
También se trabaja vocacionalmente
bastante en el mundo de los jóvenes, de los grupos
de pastoral con jóvenes. Hay que felicitar y alentar
a tantos sacerdotes que, gozosos en su ministerio, alientan
a estos niños o estos jóvenes: casi siempre
detrás de una vocación hay un sacerdote ilusionado
y gozoso de su ministerio. Igualmente hay que agradecer
a tantas familias, las de los seminaristas, que son la mejor
tierra y el mejor caldo de cultivo para que surjan y crezcan
las vocaciones. Es preciso reconocer lo que están
haciendo movimientos de espiritualidad y apostolado seglar
con los jóvenes para que en su seno vivan la experiencia
cristiana y se despierten a la llamada del Señor.
Como así mismo -sólo Dios lo sabe- hay que
dar gracias a tantas almas buenas, tantas religiosas consagradas
en el claustro, y tantos enfermos que están haciendo
lo que sólo Dios conoce en favor de las vocaciones
sacerdotales para nuestro Seminario.
Todo esto indica, entre otras cosas, que ningún fiel
cristiano puede sentirse ajeno a las vocaciones sacerdotales
y, en consecuencia, al Seminario. En él nos va el
futuro de la Iglesia: pues sin sacerdotes no puede impulsarse
la evangelización de los hombres, necesitados de
Jesucristo que es salvación, luz y esperanza para
todas las gentes. ¿Qué sería del mundo
sin Jesucristo?¿Qué sería, por eso,
de los hombres sin los sacerdotes?. Porque Cristo ha querido
hacerse presente por los sacerdotes, sacramentalmente, en
medio de los hombres y al servicio de los hombres, como
pastor de su Iglesia que ha venido para reunir a los hombres
dispersos, para alimentarlos con su palabra y con su cuerpo,
para otorgarles la reconciliación y hacerles partícipes
de su vida y de su paz.
5. PASTORAL VOCACIONAL
Os quiero pedir, de nuevo a todos,
sin excepción, que trabajéis en favor de las
vocaciones sacerdotales. Todos somos responsables en la
Iglesia diocesana de las vocaciones sacerdotales, aunque
los grados de responsabilidad sean diversos. Me consta que
tanto vosotros como yo sentimos una preocupación
grande por las vocaciones. Es hora de gracia, que nos apremia
a ponernos manos a la obra y a trabajar por las vocaciones.
Conozco vuestro sentido de Iglesia y aprecio vuestro gran
amor a la Diócesis. Sé que ese amor y ese
sentido os van a llevar a colaborar, cada uno en la medida
que pueda, en la promoción de las vocaciones sacerdotales.
Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte
vitalidad cristiana, que contrarresten el impacto de la
sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita
o ausenta el sentido cristiano de la vida. Dios, ciertamente,
"puede hacer surgir hijos de Abrahán de las
piedras", pero no podemos pedir el milagro sin poner
de nuestra parte cuanto podemos y debemos hacer.
Quisiera que en cada parroquia hubiese,
al menos, un grupo de fieles que mantuviese viva la preocupación
por suscitar, acoger y acompañar los posibles candidatos
al seminario, y para que, en la oración de la comunidad
cristiana, las vocaciones sacerdotales ocupen un lugar preferente.
Que no haya Eucaristía en la que no pidamos por las
vocaciones sacerdotales, en la oración de los fieles.
Hago mías enteramente las
palabras del Papa, cuando dice que "ha llegado el tiempo
de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un
valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada
de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes,
no deben temer el proponer de modo explícito y firme
la vocación al presbiterado como una posibilidad
real para aquellos jóvenes que muestren tener los
dones y cualidades necesarias para ello. No hay que tener
ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario,
una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede
ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta
libre y auténtica. Por lo demás, la historia
de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas
incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor
providencial de la cercanía y de la palabra de un
sacerdote; no sólo de la palabra, sino también
de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto
y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones
incluso definitivas" (Juan Pablo II, Pastores dabo
vobis, 39).
Os animo y os invito de manera especial
a vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, mis más
queridos e imprescindibles colaboradores, a que pongáis
en movimiento a toda la parroquia y a sus grupos para que
oren por el seminario y por las vocaciones. Tened catequesis
vocacionales con los niños y con los jóvenes.
Haced celebraciones específicas con ellos en particular,
y con toda la comunidad en general. Donde haya grupos de
adultos, centraos en la catequesis vocacional, descubriéndoles
el significado de la vocación sacerdotal en la Iglesia
y de la responsabilidad que, ante Dios y ante los hombres,
tiene cada miembro del Pueblo de Dios en el surgimiento
y maduración de las vocaciones al ministerio sacerdotal.
Os pido asimismo a los sacerdotes que intensifiquéis
vuestra mirada para ver qué chicos presentan signos
de una posible vocación. Realizad con ellos un pequeño
camino vocacional.
No podemos olvidar que las vocaciones
surgen de nuestras familias, de nuestras parroquias, del
ambiente en que viven nuestros chicos. Por ello, el Concilio,
al referirse a la pastoral vocacional, dice: "La mayor
ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas
familias que animadas del espíritu de fe, caridad
y piedad, son como el primer seminario, y, por otro, las
parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios
adolescentes" ( OT 2).
Os invito, queridas familias, a que,
desde vuestra fe y vuestra solidaridad con el mundo que
anhela salvación, viváis con plenitud vuestra
fe, que la viváis con toda su capacidad de generar
vida, que la viváis con generosidad y entrega. Tened
por cierto que en la medida que el pueblo cristiano viva
la fe y su vocación a la santidad, será capaz
de ofrecer a los hombres que reclaman una humanidad nueva
la respuesta que esperan.
Vivid, queridas familias, con gozo
y generosidad, esa fe que dio origen a vuestro matrimonio
en Cristo. Vuestros hogares, como iglesias domésticas,
son el lugar idóneo para vivir el seguimiento de
Cristo con toda alegría y plenitud. Debéis
profundizar en el gozo y responsabilidad de la fe. El ejemplo
más edificante y conmovedor que los padres podéis
dar a los hijos es el de una vida cristiana en la que no
falte la referencia permanente a Dios, Padre de Nuestro
Señor Jesucristo. Es en la familia de María
y de José, donde Jesús crecía, donde
deben mirarse todas las familias. Si vivís así
no sólo alimentaréis vuestra propia fe, sino
que ofreceréis al mundo, ese mundo necesitado, un
estilo capaz de seducir a quienes buscan la verdad del hombre
y la plena felicidad de la convivencia humana.
También los grupos apostólicos
de infancia o de juventud tienen una especial responsabilidad
en la promoción de vocaciones sacerdotales. Todos
estos grupos mostrarán su vitalidad cristiana si
de su seno salen jóvenes decididos a emprender el
camino vocacional. Ruego encarecidamente a los responsables
de estos grupos, sobre todo en tiempo de preparación
para recibir el sacramento de la Confirmación, que
de manera clara y decidida, con toda libertad y osadía,
les hagan a los jóvenes la propuesta vocacional.
Es uno de los mejores servicios que pueden hacerles. Que
los jóvenes tomen conciencia de que el mundo necesita
testigos que anuncien la Buena Noticia de Jesús;
que los jóvenes se interroguen sobre la llamada que
Dios hace a cada uno para realizar la tarea de ser "Apóstoles";
y que los jóvenes se planteen como "posible
para cada uno" la vocación al sacerdocio ministerial.
Esta responsabilidad se extiende
a las instituciones educativas donde los niños y
los jóvenes maduran en su personalidad y se preparan
para desarrollar su vida en la sociedad con una misión
propia. Pido a los educadores cristianos que pongáis
el máximo empeño en plantear la cuestión
vocacional, también al sacerdocio, sobre todo en
algunos momentos privilegiados del proceso educativo. No
renunciéis nunca a proponer a los jóvenes
esta forma e ideal de vida.
Y de manera muy particular, ruego
a los Colegios de la Iglesia a que hagais de este planteamiento
vocacional una de las claves y de los centros de interés
de toda vuestra misión escolar en nombre de la Iglesia,
cuya vocación e identidad es la evangelización;
y no hay evangelización que no lleve a plantear la
llamada vocacional. El que de nuestros Colegios de la Iglesia
surjan vocaciones al sacerdocio será indicio de que
estamos llevando una educación integral cristiana
como reclama su propia condición. Ya sé que
la pastoral vocacional está en el centro de vuestros
proyectos y os animo a que prosigáis en ellos con
ilusión y esperanza, llenos de confianza en el Señor.
No puede faltarnos la oración
por las vocaciones: Esta es la principal pastoral vocacional.
"Sin El no podemos hacer nada". "Rogad al
Dueño de la mies que envíe operarios a su
mies". Todos podemos orar. Todos debemos orar por nuestro
seminario, por sus necesidades, por los seminaristas que
en él se están formando, por los formadores
que con ilusión están llevando a cabo tan
apasionante como dura labor. El Seminario cuenta con nuestra
oración y la agradece.
Quiero tener una mención expresa,
llena de agradecimiento conmovido, de los enfermos y de
todos los monasterios de vida contemplativa de la diócesis
porque me consta con qué intensidad, insistencia
y confianza estáis orando a Dios, dador de todo bien,
por nuestro seminario y por las vocaciones sacerdotales
en nuestra diócesis, y cómo ofrecéis
vuestras vidas y sufrimientos por las vocaciones. Que Dios
os lo pague: Vuestra oración quedará escuchada
y vuestros dolores y sufrimientos no son infecundos.
El Seminario tiene sus puertas abiertas
a todos. Mirad el seminario como algo vuestro, algo de todos
los que formamos la comunidad diocesana. El seminario es
para vosotros y está a vuestro servicio pastoral
de manera incondicional. Sentios solidarios de su labor
y de su tarea. Hermanos, estoy convencido que si nos empeñamos,
tendremos vocaciones. La gracia de Dios nunca faltará.
6. LLAMADA ESPECIAL A LOS
JÓVENES
Queridos jóvenes: Ahora me
dirijo directamente a vosotros, porque sé que tenéis
un corazón grande y generoso, capaces de arrostrar
con esperanza una gran aventura, que merece la pena, como
os dijo el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos,
en Madrid: la de ser sacerdotes, la de seguir a Jesucristo
como sacerdotes. La Iglesia, la sociedad, los hombres de
hoy tienen necesidad de hombres, de jóvenes como
vosotros, que vivan entregados enteramente al servicio del
Evangelio. Sed vosotros servidores de este Evangelio, sed
servidores de Cristo, sed testigos suyos en el mundo en
que vivimos. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad
de Cristo. ¡Todos tenemos necesidad de Cristo!¡Necesitamos
de El para recorrer los caminos de la vida!¿Qué
sería de nuestro mundo si le faltase El?¿Qué
sería de nuestra humanidad si no se anunciase el
Evangelio de la Paz, del Amor y del Perdón?¿Qué
sería de nuestro mundo si se apagase la voz y la
luz del Evangelio?.
Hay que decirlo con fuerza. El mundo
en que vivimos está reclamando el anuncio del Evangelio.
Nos sentimos urgidos a una nueva evangelización.
Un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de
nuestro mundo es empresa para la que se necesitan testigos
del Evangelio, de Jesucristo, sobre todo como sacerdotes,
aunque también seglares, religiosos y religiosas.
Por eso, desde aquí, os hago un llamamiento a vosotros,
jóvenes. ¡SED GENEROSOS! ¡NO HAGAIS OÍDOS
SORDOS A LA VOZ DE CRISTO, EL OS LLAMA A SEGUIRLE! Dios
os llama aquí y ahora, en las circunstancias actuales
de la Iglesia y del mundo. Cristo y la Iglesia os piden
afrontar este reto con el poder del Evangelio. Con palabras
de San Pablo, debéis empuñar el escudo de
la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu,
que es la Palabra de Dios (cf Ef 6,6-l7). Vuestro testimonio
individual y colectivo de la fe debe ser un testimonio que
conduzca a los otros a Cristo, un testimonio que no ceda
cuando, como nos dice Jesús en el Evangelio, venga
la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos
y la casa se desplome (cf Mt 7,27). Precisamente porque
poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados
en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la
fortaleza de su poder; pertrechados para proclamar el misterio
del Evangelio y para dar testimonio de la plenitud de la
verdad, que es Jesucristo, Camino y vida de todos los hombres.
Confiad en el Señor; confiad en el Señor para
llevar a cabo vuestra misión de testigos. Es un momento
el que vivimos en el que todos debemos tener gran confianza
en Dios y en la fuerza de su Espíritu Santo.
Es bueno caer en la cuenta de que
estáis llamados a ser testigos en estos momentos
de la vitalidad de la juventud de la Iglesia, a ser testigos
de poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar
los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita
pruebas concretas de que Cristo puede atraer hacia sí
mismo a esta generación. Y vosotros debéis
mostrar que habéis comprendido el sentido de la vida
en el contexto del amor de Cristo y de su llamada. Estáis
llamados a testimoniar que, entre las mil y una atracciones
y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis
sido "cautivados" por Cristo, hasta el punto de
convertiros en sus compañeros y discípulos,
en sus amigos, para abrazar su misión y, finalmente,
su cruz; y para experimentar el poder de su resurrección.
La Iglesia necesita apóstoles,
sacerdotes, profundamente enraizados en Dios y conocedores,
al mismo tiempo, del corazón del hombre, solidarios
de sus alegrías y esperanzas, anunciadores creíbles
de propuestas de vida cristiana que sean capaces de dar
un alma nueva a la sociedad actual.
Este es el reto que se os presenta
hoy a cada uno de vosotros: rendir vuestros corazones y
vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del Espíritu
Santo para entregaros libre, total y perseverantemente a
Cristo. El Señor Jesús pide la respuesta y
la entrega de vuestra libertad. La docilidad a la llamada
de Jesús, queridos jóvenes, "no mermará
en nada la plenitud de vuestras vidas; al contrario, la
multiplicará, la ensanchará hasta abrazar
con vuestro amor los confines del mundo" (Juan Pablo
II). Estáis llamados, en efecto, a ser testigos de
la victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto,
sino como algo que afecta a vuestras propias vidas y consagra
y engrandece vuestra propia libertad.
¡No tengáis miedo, jóvenes!¡Echadle
una mano a la Iglesia, ayudadle con vuestra respuesta!.
Así, el mundo se conservará joven, lleno de
vida y abierto a la esperanza. Innumerables hombres, mujeres,
jóvenes y niños os mirarán a vosotros
para encontrar a Cristo. Desde lo profundo de su ser os
dirán con las palabras del Evangelio: "Queremos
ver a Jesús". (Jn l2, 2l). Como el Apóstol
Felipe, debemos mostrar a Jesús al mundo, a Jesús
y no a un sustituto, a un sucedáneo, porque no hay
salvación en otro nombre que El. Permaneced en el
amor y en la verdad de Cristo hoy y siempre.¿No os
animáis a seguir a Jesús como sacerdotes?
¡Animo, que merece la pena!
7. SÚPLICA FINAL
Señor Jesucristo, guía
en la verdad a los jóvenes; que no se dejen atraer
por nuevos ídolos, sino que vivan con alegría
tu mensaje, que es el mensaje de las bienaventuranzas, el
mensaje del amor a Dios y al prójimo, el mensaje
del compromiso moral para la transformación auténtica
de la sociedad; que la fe cristiana anime toda su vida y
los haga convertirse , frente al mundo, en testigos valientes
de tu misión de salvación, en miembros conscientes
y dinámicos de la Iglesia, contentos de ser hijos
de Dios y hermanos, contigo, de todos los hombres.¡Ábreles
su corazón de par en par!, para que te acojan, te
sigan, como los Apóstoles, dejándolo todo,
pero teniéndote a Ti, y que un día puedan
ser sacerdotes. Los necesitas Tú, como ellos te necesitan
a Ti; los necesita la Iglesia, como ellos la necesitan también;
los necesita el mundo, porque el mundo tiene necesidad de
Ti, de hombres, de sacerdotes, que le ayuden a conocerte
y acogerte, de sacerdotes que les entreguen a Ti mismo en
persona, en toda tu realidad de vida y salvación.
Que la Virgen María, Madre
de la Iglesia, y san José, protector de los seminarios,
que acogieron la llamada de Dios y se pusieron en sus manos,
protejan y acompañen a nuestro seminario y ayuden
a los jóvenes y a los niños a responder a
la llamada a ser sacerdotes. Que Ella, Madre de Cristo sacerdote,
alcance el don de la perseverancia para los seminaristas
actuales, tanto los del Seminario Menor, como los del Mayor.
Que Ella, y su castísimo esposo, San José
cuidador de Jesús, ayuden a los formadores en su
importante y delicada tarea. A ella, Madre de Cristo, Buen
Pastor, encomiendo nuestro querido Seminario y las vocaciones
sacerdotales. Y que Santa Leocadia, Patrona de la Juventud
Toledana interceda con nosotros y por nosotros ante el Padre
de la misericordia, Dueño de la mies, que envíe
abundantes obreros, sacerdotes, a su inmenso campo que tanto
le necesita.
Toledo, 3 de marzo de 2004
+ Mons. Antonio Cañizares
Llovera
Arzobispo de Toledo, Primado de España