La alegría
de darse por amor
Queridos diocesanos:
“Hay más alegría
en dar que en recibir.” (Hch 20,35). Esta hermosa
frase de San Pablo a los presbíteros de Éfeso
es el lema elegido para el Día del Seminario de este
año, que celebraremos el 21 de marzo. Con estas palabras
de Jesús, Pablo se despide de los presbíteros
de Éfeso y les anima a trabajar sin descanso. Como
el apóstol, también ellos han de entregar
su vida con generosidad y alegría a la causa del
Evangelio siguiendo los pasos del Señor.
La persona, la vida y las obras de
Jesús son una continua donación amorosa y
entrega total de sí mismo. Jesús da la vista
a los ciegos, la salud a los enfermos, el perdón
a los pecadores y la esperanza a los decaídos. Jesús
nos entrega su ejemplo, su Palabra, el mandamiento del amor
fraterno, a su Madre, los sacramentos y, en especial, la
Eucaristía, y su Espíritu. Pero, sobre todo,
Jesús se da a sí mismo y se ofrece voluntariamente
al Padre en la cruz para la salvación del mundo y
la vida de los hombres. Él es a la vez el sacerdote
y la ofrenda. La clave de todo ello es el amor: "Nadie
tiene amor más grande que el que da su vida por sus
amigos". (Jn 15, 13). El resto de los dones son
expresión de la donación de sí por
amor, un amor que se hace servicio. Donación y amor,
servicio y entrega, son elementos que no pueden separarse
en la vida de Jesús y en la vida de sus discípulos,
en especial de los sacerdotes.
Jesús sigue eligiendo y llamando
a muchachos y a jóvenes al sacerdocio ordenado para
participar de su misma misión y, configurados con
Él con ayuda de su gracia, entregar la vida por Él
y por la salvación de los hermanos. Los seminaristas
están llamados a crecer en sus años de formación
en el gozo de la donación de la propia vida al servicio
generoso del Reino. Quien experimenta el amor de Cristo
en la llamada al sacerdocio ordenado, la acoge con gratitud
y entrega su propia vida por amor al servicio del Evangelio
y de los hombres. Y en todo momento recuerda sus palabras:
"dichosos seréis si lo cumplís"
(Jn 13.17). La alegría plena viene no de la
búsqueda de sí, sino de la donación
generosa de la propia persona al ministerio. Este es el
manantial de una vida sacerdotal plena, gozosa y feliz.
El ejercicio del ministerio sacerdotal como donación
de la propia persona se convierte así en fuente de
verdadero gozo y felicidad.
+ Mons. Casimiro López
Llorente
obispo de Zamora