Carta con
motivo del día del seminario
Madrid, 19 de marzo
de 2004
Queridos
hermanos y hermanas:
Con la mirada del alma puesta en la
próxima celebración de las fiestas pascuales,
estamos recorriendo el camino de la penitencia cuaresmal.
Como en años anteriores, la solemnidad de San José
nos ofrece el modelo del justo que vive de la fe (cf. Rom
1,17), a quien Dios escogió para ponerle al frente
de su familia según la carne. Ciertamente, la figura
del gloriosos Patriarca constituye un modelo estimulante
para cuantos deseamos purificarnos en este tiempo de gracia
APRA vivir con mayor fidelidad bajo la voluntad de Dios
en la obediencia de la fe. Especialmente en este día,
su dedicación paternal al cuidado y la educación
de Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, nos evoca, en
cierta manera, la solicitud por nuestros seminaristas en
la tradicional celebración del “Día
del Seminario”.
Está muy vivo en la conciencia
el recuerdo de la presencia en el pasado mes de mayo, del
Santo Padre entre nosotros para canonizar a cinco nuevos
santos españoles; dos de ellos sacerdotes, cuyo testimonio
de total fidelidad a Cristo enriqueció la vida cristiana
del Madrid de su tiempo: San Pedro Poveda y San José
Mª Rubio. Dos ejemplos de santidad sacerdotal forjada
en circunstancia tampoco fáciles para la vida de
la Iglesia. Dos rostros concretos y cercanos en el tiempo,
que reflejaban el del Buen Pastor. Dos modelos a imitar,
también en nuestros días, por aquellos que
escuchan la llamada del Señor. En la persona del
Papa y en sus palabras se actualizaba el testimonio de estos
santos sacerdotes y se ofrecía como camino de santidad
a cuantos, conmovidos y entusiastas, participábamos
del encuentro con los jóvenes en Cuatro Vientos:
“… la evangelización requiere hoy con
urgencia sacerdotes y personas consagradas. Ésta
es la razón por la que deseo decir a cada uno de
vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios
que te dice: <¡Sígueme!>, no la acalles.
Sé generoso, responde como María ofreciendo
a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida”.
La llamada del Papa nos interpela
a todos los católicos: ¿cómo hacer
posible la respuesta generosa de los jóvenes a la
llamada del Señor? Ante todo, pidiendo en la oración
“al Dueño de la mies que envíe obreros
a su mies” (Mt 9,38). Toda vocación sacerdotal
es un don de la gracia de Dios que debe ser implorado con
confianza, humildad y perseverancia. Así nos lo enseña
el Señor y así lo vienen practicando numerosos
grupos, personas y comunidades religiosas. Os invito a que
en todas las parroquias, personal y comunitariamente, se
ore insistentemente por las vocaciones sacerdotales: por
los actuales seminaristas y por aquellos a los que el Señor
se digne llamar al ministerio apostólico.
Esta oración, además,
puede prestar luz y criterio para crear el marco adecuado
que permita responder a la llamada del Señor. Con
la oración, las familias aprenderán a educar
a los hijos en la escuela de Cristo, y “a vivir como
verdadera <iglesias domésticas> en cuyo seno
se pueden percibir, acoger y acompañar las diversas
vocaciones”, como dice Juan Pablo II en la Exhortación
Apostólica “Ecclesia in Europa” (ee,
40). Si los padres son verdaderamente cristianos, ¿no
se sentirán agraciados si el Señor elige a
uno de sus hijos para el sacerdocio? Si desean procurarles
un futuro feliz, ¿cómo no imaginarlo también
en el servicio sacerdotal a Cristo y a los hermanos?
En la historia de cada vocación
suele aparecer la mediación de un sacerdote, cuyo
ejemplo ha suscitado en los jóvenes la admiración
y el deseo de imitación. A los sacerdote se nos encomienda
el ministerio de la oración a favor de nuestro pueblo
y sus necesidades y en consecuencia, también velar
“por dejar a alguien que tome su puesto en el servicio
sacerdotal” (PDV, 74). Además, en su ejercicio
perseverante renovamos cada día nuestra identidad
y se hace más vivo y transparente el testimonio de
la propia vida. La oración nos permite configurarnos
con los mismos sentimientos de Cristo Sacerdote y servir
de referencia para otros que buscan el designio de Dios
sobre sus vidas. En este sentido advierte el Papa a los
sacerdotes: “En efecto, si la imagen que dan de sí
mismos fuera opaca o lánguida, ¿cómo
podrían inducir a los jóvenes a imitarlos?”
(ee,40). Irradiar un testimonio fiel, convencido y gozoso
del propio ministerio es, sin duda, una excelente animación
vocacional.
La experiencia nos dice que allí
donde se promueve una verdadera y sólida formación
cristiana, surgen las vocaciones. Y no puede haber verdadera
formación cristiana si ésta no se alimenta
de la oración y de la vida de la Iglesia. Los educadores
cristianos, deben tenerlo en cuenta: “Sólo
cuando a los jóvenes se les presenta sin recortes
la persona de Jesucristo, prende en ellos una esperanza
que les impulsa a dejarlo todo para seguirle, atendiendo
su llamada, y para dar testimonio de él ante sus
coetáneos” (ee,39)
En el “Día del Seminario”,
deseo, pues, volver a insistir sobre la urgente necesidad
de incluir la pastoral vocacional en el seno de la vida
cristiana ordinaria como una viva responsabilidad de toda
la Iglesia diocesana. Providencialmente, este día
coincide en el tiempo con los trabajos preparatorios del
Sínodo diocesano, en dónde se somete a la
consideración de todos esta apremiante necesidad:
“¿Qué acciones deben realizarse en parroquias,
asociaciones, movimientos, colegios, etc., para favorecer
las vocaciones sacerdotales, por parte de sacerdotes y laicos?”
(Cf. Sínodo diocesano, Cuaderno 4, pg 89). ¡Sigamos
pidiendo al Espíritu Santo que el don de la sabiduría
nos ayude a suscitar caminos renovados para la Iglesia en
Madrid! ¡También en la promoción de
nuevos y santos sacerdotes!
Dirijamos, pues, nuestra atención
al Seminario. Puede ocurrir que, en el conjunto abigarrado
de una gran ciudad como Madrid, esta institución
pase ordinariamente como el “pequeño rebaño”
del Evangelio (cf. Lc12,32). No debe ser así par
los hijos de la Iglesia, pues en todos y cada uno de los
futuros sacerdotes, el Señor ha sembrado un potencial
de gracia y generosidad que asegura la fecundidad de la
misión en el próximo futuro. Son fruto de
la gratuidad de Dios, y gratuitamente desean dedicarse,
como Jesús, al servicio del Evangelio. Se saben propiedad
de Jesucristo, y desde él, dichosos en su entrega
total y para siempre. Así hacen suyo este dicho de
Jesús que Pablo transmite a sus sucesores en el ministerio,
“Hay más alegría en dar que en recibir”
(Act 20,35), que, como experiencia del sacerdocio apostólico,
preside la campaña del “Día del Seminario”.
Si como antes aludía, es verdad
que “no se puede pasar por alto la preocupante escasez
de seminaristas y de aspirantes a la vida religiosa, sobre
toso en Europa occidental” (EE,39), también
lo es el que la Provincia eclesiástica de Madrid
sigue siendo agraciada con más de trescientos seminaristas
diocesanos. Contemplaros ensancha el corazón, renueva
la esperanza en la fuerza eficaz del Evangelio y, en medio
de las dificultades de los tiempos presentes, actualiza
la palabra poderosa del Señor: “¡Ánimo!,
soy yo; no temáis” (Mt 14,27)
Lejos de instalarnos en la autocomplacencia,
esta realidad nos invita a dar las gracias a Dios, a proseguir
la siembra vocacional, y a cuidar con todo afecto y generosidad
a los futuros sacerdotes. En el “Día del Seminario”
se harán presentes entre vosotros: orad con ellos
y por ellos y ofrecedles vuestra aportación económica
para los múltiples gastos que, hoy, conlleva una
buena formación. Encomendad a la intercesión
poderosa de la Madre de Cristo Sacerdote, Nuestra Señora
de la Almudena, a nuestros seminaristas, a sus formadores,
y a cuantos su Hijo se digne llamar al seguimiento apostólico.
Con mi gratitud por todas las atenciones
que brindáis a los futuros sacerdotes, os bendigo
con todo afecto,
+ Mons. Antonio Mª
Rouco Varela,
Cardenal Arzobispo de Madrid