Es mejor
dar que recibir
Muchos
se extrañarán de esta afirmación. No
es lo que pensamos ni hacemos en la vida ordinaria. Para
los que no lo sepan les diré que ésta es una
palabra del Señor transmitida no por los evangelistas
sino por San Pablo.
El Señor dijo "hay más
alegría en dar que en recibir". Y si nos paramos
a pensar, veremos que la frase tiene un significado real
y profundo. El que da es porque tiene, tiene algo que dar
y tiene también deseos de dar, interés por
el bien de los demás. Cuando recibimos algo podemos
sentirnos contentos por haber remediado una necesidad o
haber conseguido algún beneficio. Pero cuando damos,
tenemos la alegría profunda de remediar la necesidad
de otra persona, nos sentimos justificados, interiormente
engrandecidos por esa riqueza moral de la generosidad.
Este año, para el Día
del Seminario, nos han propuesto esta palabra del Señor
como lema de la campaña. Con ello nos quieren decir
que la vida del sacerdote es una vida entregada para el
bien de los demás. En la vida humana hay siempre
un componente de entrega y generosidad. Los padres por los
hijos y los hijos por los padres, los buenos profesionales
en sus propias obligaciones, en el cuidado de los enfermos
o de los ancianos, en otra muchas necesidades del prójimo,
siempre hay mil ocasiones para dedicar el tiempo y las energías
de nuestra vida a ayudar o aliviar a alguna persona necesitada.
En el caso del sacerdote, la vida
entera está dedicada al servicio de los demás,
de forma generosa, sin buscar la propia ventaja, en el ministerio
de la fe, de la vida espiritual y de la salvación
eterna, que es el servicio más grande que podemos
hacer. El sacerdote deja su familia, sus gustos y aficiones,
renuncia a su posición social y económica,
para ayudar a los demás a conocer y amar a Jesucristo,
a crecer en su vida interior, a asegurar su salvación
y colaborar en el Reino de Dios.
En la decisión de ser sacerdote
influyen dos elementos bien precisos, el primero y principal
es el amor a Jesucristo, el deseo de servirle y de colaborar
con El en la glorificación de Dios y en el anuncio
de su Reino. Dentro de la Iglesia, los sacerdotes continúan
visiblemente la misión del Señor en el anuncio
de la bondad y del amor del Padre, ofreciendo el perdón
de los pecados y ayudando a todos a crecer en la caridad
y a llevar una vida santa. Los sacerdotes son signos vivientes
de la presencia invisible de Jesús como Cabeza y
Redentor de quienes creen en El y del mundo entero.
Y a la vez, algunos jóvenes
se deciden a ser sacerdotes porque se sienten llamados a
entregar la vida por el bien de los demás, para ayudarles
a conocer los dones de Dios, a vivirlos y disfrutar de ellos
en este mundo y en la vida eterna del Cielo. Esta ofrenda
lleva consigo prescindir de otras cosas posibles y concentrarse
en las tareas del ministerio sacerdotal que son las tareas
del Señor.
Nadie sabe la felicidad interior que
se siente cuando uno sabe que su trabajo, sus horas de estudio
y de atención a las personas, las energías
enteras de la vida, están puestas en manos de Jesucristo,
por medio de la Iglesia, para que El, por medio de nosotros,
pueda seguir anunciando su evangelio, consolando a los enfermos,
perdonando los pecados, ayudando a las personas concretas,
con amor y paciencia, a renovar y salvar su vida por el
conocimiento y la aceptación del amor salvador de
Dios.
Aquí se cumple la palabra
del Señor: Es mejor dar que recibir.
Con estas líneas querría
invitar a los jóvenes amigos de Jesús, a que
se pregunten hasta dónde están dispuestos
a entregar su vida por El y con El, por los hermanos y con
los hermanos, para que Dios sea conocido y querido, para
que los jóvenes encuentren en Jesucristo el verdadero
camino y las dimensiones verdaderas de su vida, de sus amores,
de sus proyectos de vida.
Es evidente que hay muchos grados
y maneras de entregarse al Señor y de servir a los
demás, pero es indudable que quien sienta la llamada
de Jesús, quien descubra la grandeza de esta vida
puesta enteramente al servicio del Señor y de la
Iglesia, encontrará en ella una manera insigne de
vivir cerca de Jesús, de compartir con El el peso
de la salvación de los hombres y del mundo en el
conocimiento y reconocimiento de Dios, en el crecimiento
de una vida justa y santa, arraigada en la verdad del amor
y enriquecida con los frutos de la justicia y de la caridad.
Vamos a ver cuántos jóvenes
navarros son capaces de entender esta palabra de Jesús,
cuántos se sienten invitados a mantener viva en Navarra
la palabra de Jesucristo, a ofrecer el mensaje de Jesús
a tantos compañeros que viven a oscuras y malgastan
sus vidas porque no han descubierto a Jesús como
Salvador verdadero.
Nos hacen falta sacerdotes santos
y bien preparados para ayudar a las nuevas generaciones
a creer en Jesucristo, a vivir con la dignidad y santidad
de los hijos de Dios, a construir una sociedad más
fraternal y más espiritual, más humana y más
santa, para que Dios sea glorificado y nosotros alcancemos
la felicidad que nos corresponde en este mundo y en el otro.
Los cristianos tenemos que pedir a
Dios con toda nuestra alma que nos bendiga con nuevas vocaciones
para el ministerio sacerdotal, que se multipliquen las familias
santas en las que puedan nacer y crecer estas vocaciones,
que las comunidades cristianas, con sus sacerdotes al frente,
sientan esta necesidad y hagan posible con una vida santa
este aumento de vocaciones sacerdotales en nuestra Iglesia
de Navarra. Confiamos en la misericordia de Dios y en la
fecundidad de su gracia. Colaboremos nosotros con nuestra
oración y la ejemplaridad de nuestra vida.
+ Mons. Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela