Día del Seminario
19/21 marzo 2004     
EL ARZOBISPO DE PAMPLONA Y OBISPO DE TUDELA

Es mejor dar que recibir

Muchos se extrañarán de esta afirmación. No es lo que pensamos ni hacemos en la vida ordinaria. Para los que no lo sepan les diré que ésta es una palabra del Señor transmitida no por los evangelistas sino por San Pablo.

El Señor dijo "hay más alegría en dar que en recibir". Y si nos paramos a pensar, veremos que la frase tiene un significado real y profundo. El que da es porque tiene, tiene algo que dar y tiene también deseos de dar, interés por el bien de los demás. Cuando recibimos algo podemos sentirnos contentos por haber remediado una necesidad o haber conseguido algún beneficio. Pero cuando damos, tenemos la alegría profunda de remediar la necesidad de otra persona, nos sentimos justificados, interiormente engrandecidos por esa riqueza moral de la generosidad.

Este año, para el Día del Seminario, nos han propuesto esta palabra del Señor como lema de la campaña. Con ello nos quieren decir que la vida del sacerdote es una vida entregada para el bien de los demás. En la vida humana hay siempre un componente de entrega y generosidad. Los padres por los hijos y los hijos por los padres, los buenos profesionales en sus propias obligaciones, en el cuidado de los enfermos o de los ancianos, en otra muchas necesidades del prójimo, siempre hay mil ocasiones para dedicar el tiempo y las energías de nuestra vida a ayudar o aliviar a alguna persona necesitada.

En el caso del sacerdote, la vida entera está dedicada al servicio de los demás, de forma generosa, sin buscar la propia ventaja, en el ministerio de la fe, de la vida espiritual y de la salvación eterna, que es el servicio más grande que podemos hacer. El sacerdote deja su familia, sus gustos y aficiones, renuncia a su posición social y económica, para ayudar a los demás a conocer y amar a Jesucristo, a crecer en su vida interior, a asegurar su salvación y colaborar en el Reino de Dios.

En la decisión de ser sacerdote influyen dos elementos bien precisos, el primero y principal es el amor a Jesucristo, el deseo de servirle y de colaborar con El en la glorificación de Dios y en el anuncio de su Reino. Dentro de la Iglesia, los sacerdotes continúan visiblemente la misión del Señor en el anuncio de la bondad y del amor del Padre, ofreciendo el perdón de los pecados y ayudando a todos a crecer en la caridad y a llevar una vida santa. Los sacerdotes son signos vivientes de la presencia invisible de Jesús como Cabeza y Redentor de quienes creen en El y del mundo entero.

Y a la vez, algunos jóvenes se deciden a ser sacerdotes porque se sienten llamados a entregar la vida por el bien de los demás, para ayudarles a conocer los dones de Dios, a vivirlos y disfrutar de ellos en este mundo y en la vida eterna del Cielo. Esta ofrenda lleva consigo prescindir de otras cosas posibles y concentrarse en las tareas del ministerio sacerdotal que son las tareas del Señor.

Nadie sabe la felicidad interior que se siente cuando uno sabe que su trabajo, sus horas de estudio y de atención a las personas, las energías enteras de la vida, están puestas en manos de Jesucristo, por medio de la Iglesia, para que El, por medio de nosotros, pueda seguir anunciando su evangelio, consolando a los enfermos, perdonando los pecados, ayudando a las personas concretas, con amor y paciencia, a renovar y salvar su vida por el conocimiento y la aceptación del amor salvador de Dios.

Aquí se cumple la palabra del Señor: Es mejor dar que recibir.

Con estas líneas querría invitar a los jóvenes amigos de Jesús, a que se pregunten hasta dónde están dispuestos a entregar su vida por El y con El, por los hermanos y con los hermanos, para que Dios sea conocido y querido, para que los jóvenes encuentren en Jesucristo el verdadero camino y las dimensiones verdaderas de su vida, de sus amores, de sus proyectos de vida.

Es evidente que hay muchos grados y maneras de entregarse al Señor y de servir a los demás, pero es indudable que quien sienta la llamada de Jesús, quien descubra la grandeza de esta vida puesta enteramente al servicio del Señor y de la Iglesia, encontrará en ella una manera insigne de vivir cerca de Jesús, de compartir con El el peso de la salvación de los hombres y del mundo en el conocimiento y reconocimiento de Dios, en el crecimiento de una vida justa y santa, arraigada en la verdad del amor y enriquecida con los frutos de la justicia y de la caridad.

Vamos a ver cuántos jóvenes navarros son capaces de entender esta palabra de Jesús, cuántos se sienten invitados a mantener viva en Navarra la palabra de Jesucristo, a ofrecer el mensaje de Jesús a tantos compañeros que viven a oscuras y malgastan sus vidas porque no han descubierto a Jesús como Salvador verdadero.

Nos hacen falta sacerdotes santos y bien preparados para ayudar a las nuevas generaciones a creer en Jesucristo, a vivir con la dignidad y santidad de los hijos de Dios, a construir una sociedad más fraternal y más espiritual, más humana y más santa, para que Dios sea glorificado y nosotros alcancemos la felicidad que nos corresponde en este mundo y en el otro.

Los cristianos tenemos que pedir a Dios con toda nuestra alma que nos bendiga con nuevas vocaciones para el ministerio sacerdotal, que se multipliquen las familias santas en las que puedan nacer y crecer estas vocaciones, que las comunidades cristianas, con sus sacerdotes al frente, sientan esta necesidad y hagan posible con una vida santa este aumento de vocaciones sacerdotales en nuestra Iglesia de Navarra. Confiamos en la misericordia de Dios y en la fecundidad de su gracia. Colaboremos nosotros con nuestra oración y la ejemplaridad de nuestra vida.

+ Mons. Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades (Conferencia Episcopal Española)