| El
anteproyecto de Ley sobre el divorcio aprobado hoy por el Gobierno
pretende salir al paso del gravísimo problema social del
incremento permanente del número de las rupturas de matrimonios
y de los dramas personales que las acompañan. Sin embargo,
los medios que se arbitran suscitan una seria preocupación.
Muy probablemente lo que vendrá serán más
divorcios y más sufrimiento. Porque la Ley no parte de
una buena concepción antropológica del matrimonio
como institución social fundamental, sino más bien
de una ideología individualista que lo reduce a un mero
contrato entre particulares. A este respecto recordamos lo declarado
por la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal en la Instrucción
Pastoral “La
familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad”:
“Evidentemente, si se pierde el sentido sagrado del matrimonio,
se acabará por valorarlo simplemente como un contrato
entre particulares, y, por consiguiente establecido a su arbitrio
y dependiente de su voluntad, la cual puede cambiar y llegar
a romperlo. Tal concepción hace incomprensible la indisolubilidad
del matrimonio. Un compromiso para toda la vida sería
algo prácticamente imposible y podría darse el
caso de que llegara a ser insoportable. En esa óptica,
el divorcio es concebido como un derecho, incluso como una condición
para contraer matrimonio, una cláusula de ruptura. Esta
mentalidad introduce una inestabilidad estructural en la vida
matrimonial, que la hace incapaz de afrontar las crisis y las
dificultades con las que inevitablemente se encontrará”.
“Como ocurre con otros hechos dolorosos de nuestra sociedad,
el modo cultural de presentar el divorcio intenta ocultar el
drama -humano, psíquico, social- del fracaso matrimonial.
Con el lema de ‘reconstruir la vida’ -quizá
con ‘otra pareja’- se pretende solucionar el drama
solventando los problemas técnicos (jurídicos,
económicos), pero sin querer entrar en los verdaderos
problemas antropológicos y éticos”.
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