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El Congreso de los Diputados votará próximamente
la llamada Ley de técnicas de reproducción humana
asistida, que suscita una honda preocupación.
El Evangelio es una fuerza divina a favor de la vida humana;
muy en particular, de la vida de los débiles y de aquellos
que no pueden defender por sí mismos su derecho fundamental
a vivir. El Evangelio de la vida, que proclama que todo ser
humano, con independencia de su edad, de su salud o de cualquier
otra circunstancia temporal, está dotado de una dignidad
inviolable, nos obliga a llamar la atención sobre una
Ley que niega la protección jurídica que un ordenamiento
justo ha de dar a la vida humana incipiente.
Las técnicas que suplantan la relación personal
de los padres en la procreación no son conformes con
la dignidad de la persona y arrastran consigo serios males para
las personas, incluídos graves atentados contra las vidas
humanas incipientes, es decir, contra los hijos. Lo explicaba
sucintamente el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal
en su Nota del 25 de mayo de 2004, titulada Por
una ciencia al servicio de la vida humana, en la que se
expresaba también la postura de la Iglesia en favor de
la ciencia que sirve realmente para curar sin dañar ni
destruir la vida de ningún ser humano.
Enumeramos algunos de los aspectos más problemáticos
de la Ley en cuestión.
1. Si no es modificada todavía en las Cortes, esta
Ley pasará a la historia como una de las primeras del
mundo que da licencia para clonar seres humanos, autorizando
la llamada “clonación terapéutica”.
Los adjetivos benévolos no deben inducir a engaño.
Se trata de producir seres humanos clónicos a los que,
además, no se les dejará nacer, sino que se les
quitará la vida utilizándolos como material de
ensayo científico a la búsqueda de posibles terapias
futuras. La Ley permite estas gravísimas injusticias
y, además, quiéralo o no, abre también
la puerta a la futura producción de niños clónicos,
es decir, a la llamada “clonación reproductiva”.
2. Se permite producir embriones humanos no ya para la reproducción,
sino como mero material de investigación. Y se posibilita
la comercialización, tráfico y uso industrial
de los embriones humanos llamados “sobrantes” de
las prácticas de reproducción, ya que no se establece
restricción alguna para investigar con ellos, ni se pone
límite alguno eficaz a la cantidad que de tales embriones
se pueda generar.
3. Se posibilita asimismo la selección eugenésica
en nuevos campos, como el de la producción de los llamados
“bebés-medicamento”, es decir, niños
que nacerán con determinados fines terapéuticos,
después de que otros hermanos suyos, inapropiados para
esos fines, hayan sido seleccionados para la muerte en los primeros
días de su existencia.
4. La Ley en trámite de aprobación legaliza
igualmente la fecundación de ovocitos animales con esperma
humano, una práctica de consecuencias imprevisibles reprobada
en diversos convenios internacionales.
Los intereses económicos y políticos en juego
no están permitiendo un debate sereno de asuntos de tanta
trascendencia como éstos. Somos conscientes de que nuestra
firme denuncia de esta Ley y de las prácticas a las que
se refiere, puede ser presentada falsamente como un prejuicio
religioso de un grupo social contrario al avance de la ciencia.
Estamos, sin embargo, seguros de que alzando nuestra voz contra
la legalización de tan graves atentados contra el ser
humano, cumplimos con el deber que tenemos de anunciar el Evangelio
de la vida y prestamos un verdadero servicio a nuestra sociedad.
Animamos a los católicos a prestar este mismo servicio
en los ámbitos de sus respectivas responsabilidades,
ya sean éstas políticas, científicas, educativas
o de ciudadanos responsables. No será posible a los diputados
católicos apoyar esta ley con su voto. Tenemos que decir
“no”, porque no podemos omitir el “sí”
consecuente a la dignidad humana y a la justicia.
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