RESUMEN
La Instrucción Pastoral Orientaciones
morales ante la situación actual de España
es un documento con el que los Obispos ofrecen su aportación
al discernimiento que hoy es necesario hacer, en unos momentos
de especial complejidad. El texto pretende favorecer la comunión
eclesial y animar a los católicos a participar activamente
en la vida pública, al tiempo que quiere ayudar a todos
a descubrir las implicaciones morales de la situación
actual, con la convicción de que ello es un requisito
indispensable para una sana vida democrática.
La Instrucción consta de tres capítulos, precedidos
por una introducción y culminados con una conclusión,
en los que se describe la situación actual y se analizan
sus causas; se realiza una llamada a superar la desesperanza,
el enfrentamiento y el sometimiento, así como a anunciar
el gran sí de Dios a la Humanidad en Jesucristo; y
se propone un reforzamiento de la identidad católica
para llevar a cabo cualquier acción en la sociedad
y se anima explícitamente a los católicos a
vivir la caridad social para el fortalecimiento moral de la
vida pública.
Capítulo I. Una situación nueva: fuerte
oleada de laicismo
El documento destaca en este capítulo dos datos relevantes
en la historia reciente de España, uno positivo y otro
negativo: el advenimiento de la democracia y el desarrollo
alarmante del laicismo.
Primeramente, elogia los grandes valores morales que, sobre
el trasfondo espiritual de la reconciliación, hicieron
posible la Constitución de 1978, que ha propiciado
treinta años de estabilidad y prosperidad, y subraya
el importante papel que la Iglesia y los católicos
españoles jugaron en el establecimiento de la democracia.
A continuación, llama la atención sobre el peligro
que supone dilapidar los bienes alcanzados y reabrir viejas
heridas con una utilización de la “memoria histórica”
guiada por una mentalidad selectiva.
Por otro lado, la Instrucción Pastoral recalca que
para interpretar y valorar las nuevas circunstancias, es necesario
tener en cuenta el desarrollo del laicismo en nuestra sociedad,
invadida por un modo de vida en el que la referencia a Dios
es considerada como algo negativo. De la mano del magisterio
de Benedicto XVI, el documento critica el relativismo moral
que, paradójicamente, pretende engrandecer al hombre,
colocándolo en el centro de todo y termina por reducirlo
a un mero fruto del azar, impersonal, efímero y, en
definitiva, irracional.
El laicismo radical y excluyente, impulsado por algunos sectores,
está en la base de algunas legislaciones, promovidas
recientemente en España, que deterioran gravemente
el bien común de una sociedad, formada en buena parte
por católicos. El texto expresa el deseo de los Obispos
de que se pueda ir encontrando poco a poco el ordenamiento
justo para que todos podamos vivir de acuerdo con nuestras
convicciones sin que nadie pretenda imponer a nadie sus puntos
de vista por procedimientos desleales e injustos.
En el documento, los obispos realizan un ejercicio de autocrítica
y señalan que también la falta de clarividencia
y de vida santa entre los católicos han contribuido
al oscurecimiento de la fe y al desarrollo de la indiferencia
y del agnosticismo teórico y práctico en nuestra
sociedad.
Capítulo II. Responsabilidad de la Iglesia
y de los católicos
Los obispos alertan de que, en las circunstancias actuales,
hay que evitar el riesgo de adoptar soluciones equivocadas
que, a pesar de sus aparentes claridades, en realidad, se
basan en fundamentos falsos, no cristianos.
Algunas de esas tentaciones son la desesperanza, especialmente
acuciante en un contexto se hace patente la pérdida
de influencia por parte de los católicos, pero que
carece de sentido en una Iglesia que no pone nunca su esperanza
ni encuentra su apoyo en ninguna institución temporal,
sino en Jesucristo, su único Señor; el enfrentamiento,
que lleve a no caer en la cuenta de que las diferencias no
tienen por qué degenerar en conflictos; y el sometimiento,
que ceda a la tentación de diluir la propia identidad
e incluso renunciar a ella para acomodarse al contexto
social. Por el contrario, como dijo Benedicto XVI en Verona,
en estos momentos los católicos seguimos teniendo la
gran misión de ofrecer a nuestros hermanos el gran
“sí” que en Jesucristo Dios dice al hombre
y a su vida, a la amor humano, a nuestra libertad y a nuestra
inteligencia.
Capítulo III. Discernimiento y orientaciones
morales.
Los Obispos señalan que cualquier tarea que los católicos
quieran emprender en esta situación ha de realizarse
desde una identidad católica vigorosa que incluye formación
en la fe, anunciar el evangelio del matrimonio y de la familia,
y cuidar la Eucaristía dominical. Asimismo apuntan
que es necesario estimular a los católicos para vivir
la caridad social y fortalecer así moralmente vida
pública. En este sentido se desgranan en este capítulo
las siguientes cuestiones: democracia y moral, donde
se explica que la democracia y los procedimientos democráticos
no son la última referencia moral de los ciudadanos,
y se ayuda a descubrir que los fundamentos prepolíticos
de la democracia radican en la verdad del ser humano; el servicio
al bien común, como fundamento de valor y de la
excelencia de la vida pública; la mejora de la
democracia, donde se señala que es absolutamente
necesario respetar el recto funcionamiento de las instituciones,
especialmente la autonomía del poder judicial y la
libertad de los jueces; el respeto y protección
de la libertad religiosa, donde se recoge que un Estado
laico, verdaderamente democrático, es aquel que valora
la libertad religiosa como un elemento fundamental del bien
común, digno de respeto y protección; el
terrorismo, intrínsecamente perverso, del todo
incompatible con una visión moral de la vida, justa
y razonable.
En este punto se afirma que es objetivamente ilícita
cualquier colaboración con los terroristas, con los
que los apoyan, encubren o respaldan, y que una sociedad que
quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita
ni implícitamente a una organización terrorista
como representante político legítimo de ningún
sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor
político. Las víctimas del terrorismo ocupan
un lugar destacado en este epígrafe. Los Obispos les
expresan su afecto, respeto y solidaridad, extensibles a sus
familiares, amigos y personas que han sufrido directa o indirectamente
el terrorismo; respecto a los nacionalismos y sus exigencias
morales, se aporta una palabra sosegada y serena que
ayude a orientarse en la valoración moral de los nacionalismos
en la situación concreta de España. La Iglesia
reconoce la legitimidad de las posiciones nacionalistas, siempre
que, como todo proyecto político justo, se justifiquen
en referencia al bien común de toda la población
directa o indirectamente afectada. La unidad histórica
y cultural de España puede ser manifestada y administrada
de muy diferentes maneras. En esta cuestión la Iglesia
se limita a recomendar a todos que piensen y actúen
con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando
la verdad de los hechos y de la historia, considerando los
bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose
por criterios de solidaridad y respeto hacia el bien de los
demás; el capítulo termina con el apartado dedicado
al ejercicio de la caridad que refleja cómo
la Iglesia tiene que ser y aparecer, vivir y actuar, como
una verdadera comunidad de amor; un amor, vivido y practicado
con generosidad y eficacia, especialmente en aquellos casos
de urgencia como pueden ser, en la actualidad,
el fenómeno de la inmigración, los que no tienen
trabajo, los que están solos, o las mujeres víctimas
de la violencia doméstica, entre otros.
La Instrucción Pastoral concluye expresando la voluntad
de todos los católicos de vivir en la sociedad desde
el respeto y libertad para poder proponer libremente la manera
propia de ver las cosas y desde ahí poder colaborar
sinceramente en el enriquecimiento espiritual de la sociedad.