DIOS VIENE A NOSOTROS EN UNA FAMILIAJornada de la Familia en el Gran Jubileo del año 2000. Nota de la Subcomisión Episcopal de Familia y vidaen la Solemnidad de la Sagrada Familia. (26 de diciembre de 1999)
I. “Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre”.
1. En este año grande del Jubileo, en que celebramos con un gozo inmenso los dos mil años de la Encarnación del Verbo, y de su presencia entre nosotros, nos es más fácil descubrir toda la hondura de la Solemnidad de la Sagrada Familia, que la Iglesia nos propone justamente en el interior de la fiesta grande de la Navidad. Toda la alegría de estos días, en efecto, tiene como fundamento lo que oímos en la liturgia del día de Navidad: “Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre. No por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento, y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, Nuestro Salvador” (Tit 3, 4-6).
2. La celebración del Jubileo, a la luz de este texto, tiene que ver ante todo con la “salvación” del hombre, es decir, con nuestra vida. La “salvación” consiste en que el hombre (cada hombre, cada mujer) pueda alcanzar y vivir la verdad, la belleza y el bien que su corazón espera. Esas exigencias, de una verdad que no sea parcial, de una belleza que no se marchite, y de un bien y un amor que permanezcan para siempre, constituyen lo más radical del ser humano. Sin embargo, la cultura dominante ha instalado hoy una censura absoluta sobre las preguntas más verdaderas de la existencia, y ha sembrado la confusión sobre la posibilidad misma de encontrar una respuesta.
3. Navidad es el anuncio gozoso de que esa respuesta existe, la salvación existe. ¡El Misterio mismo se ha acercado a nosotros! La salvación es un don, es un regalo, como la vida es un regalo. El hombre ha sido creado para la comunión con Dios, para la comunión con todos los hombres y con todo lo creado. Y aun cuando por el pecado se ha oscurecido en el hombre la conciencia de este don originario y se han introducido el mal y el sufrimiento en el mundo, Dios no lo abandonó al poder de la muerte. Como dice la Plegaria Eucarística IV, “por los profetas los fuiste llevando con la esperanza de la salvación, y tanto amaste al mundo, Padre Santo, que al cumplirse la plenitud de los tiempos nos enviaste como Salvador a tu único Hijo”.
4. La salvación es, pues, una persona, y tiene un nombre: se llama Jesucristo, el Hijo de Dios, en quien Dios se ha revelado a sí mismo como amor infinito e incondicional por todos los hombres. En Él, que “ha compartido en todo nuestra condición humana menos en el pecado”, y ha asumido esa condición nuestra hasta la soledad de la muerte, Dios mismo se ha hecho compañero de camino del hombre, y venciendo en su carne al pecado y a la muerte, nos ha abierto de nuevo el camino de la vida verdadera. Esta salvación no es un hecho del pasado, sino un hecho presente, un don y una posibilidad ofrecida a todos los hombres, porque Jesucristo, una vez resucitado, permanece para siempre y ha comunicado el Espíritu Santo a los suyos, para que los hombres de todo tiempo y lugar puedan acoger la Salvación al reconocer la novedad radical que ha introducido en la historia. En Cristo la religión ya no es un “buscar a Dios a tientas” (cf. Hech 17, 27), sino una respuesta de fe a Dios que se revela: respuesta en la que el hombre habla a Dios como a su Creador y Padre.
II. “Nacido de una mujer, nacido bajo la Ley”.
5. La revelación de Dios a los hombres nunca ha sido una simple instrucción moral o una mera iluminación interior, como demuestra la historia del pueblo de Israel. El misterio de la Encarnación es la confirmación clamorosa de esta experiencia: Dios se manifiesta (se comunica y revela al hombre) a través de la humanidad de Jesús, el hijo del carpintero de Nazareth: el rostro humano de Jesús, permite verdaderamente ver al Padre (Jn 14,9). Como afirma la Encíclica Fides et ratio, “El se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos”. Al hacerse hombre en una familia, Dios revela que ésta forma parte de su designio original sobre el hombre. La familia es el instrumento establecido por el Creador para introducir a cada hombre en una relación verdadera con el mundo que le rodea. En la familia el hombre es amado por sí mismo, con una gratuidad total: de esta forma toma conciencia de sí mismo, del significado de su propia vida y de toda la realidad.
6. Por todo ello es el espacio natural donde el ser humano descubre en el misterio del amor de los padres y de los hermanos, el reflejo del amor de Dios, y donde puede verificar positivamente la experiencia humana fundamental de que la vida es un don, y tiene un significado último positivo, cuyo fundamento es Dios mismo. En la relación de los hijos con los padres, cuando esta relación es vivida de forma sana y verdadera, es Dios mismo quien se revela al hombre a través de los signos de la creación, y le va educando en su corazón para acoger el misterio grande de Dios, como don incondicional y gratuito, y como atisbo y deseo de un amor “como el de la familia”, que permanezca siempre. En definitiva, el deseo de lo que se llama en lenguaje cristiano, la vida eterna. Por esto, los dramas de la vida familiar afectan al ser mismo del hombre en su experiencia más honda, a su relación con Dios y con la realidad. La tradición teológica cristiana, con gran sabiduría, ha situado siempre los deberes familiares en el ámbito de la virtud de la religión, porque la familia es el nexo que une a cada hombre con el misterio de la vida, es decir, con Dios.
III. Dios mismo es una comunión de amor, y nos incorpora a su vida “familiar”.
7. Lo que constituye a toda familia es una relación de amor gratuito entre sus miembros, y esta relación es el reflejo creado del Dios que es amor. La confesión de fe en que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos introduce en el misterio insondable de su Ser, y nos ayuda a comprender el verdadero destino del hombre, creado a su imagen y semejanza. De hecho, la concepción del ser humano como persona adquirió su pleno desarrollo a la luz de la revelación de Dios como Uno y Trino. En la experiencia de la familia, el hombre descubre su deseo de una comunión que le haga plenamente feliz, y comienza a experimentar su cumplimiento en el tiempo. Pero también descubre que la vida familiar sólo es verdadera si habla de aquel Misterio del que es reflejo; sólo es sólida si remite a Quien es la fuente de la vida; sólo responde al deseo que ha despertado, si se convierte en camino para participar del amor de la Trinidad.
8. En efecto, la experiencia de una relación verdadera entre los esposos, entre padres e hijos, y entre hermanos, conduce a reconocer que ninguna de esas relaciones son suficientes para colmar la espera del corazón del hombre. Esas relaciones, preciosas a los ojos de Dios, son signo de Alguien más grande, manifiestan un amor cuya fuente y consistencia es el Amor de Dios. Por otra parte, también la familia, como toda realidad humana, está herida por el pecado. En ella, hombre y mujer, padres e hijos, experimentan la frustración de no amarse adecuadamente, el dolor del límite propio y del de los otros, la imposibilidad de mantener la promesa de bien y de belleza que está en el origen de la familia. Por eso la familia necesita abrirse a la misericordia de Dios, y recibir de El la salud y la plenitud.
IV. La familia como Iglesia y la Iglesia como familia: Dios viene a nosotros en una familia.
9. A la luz del acontecimiento de la Encarnación, la familia es un lugar privilegiado para reconocer la presencia actuante del Señor resucitado. Por medio del sacramento del matrimonio, el Señor permanece junto a los esposos para que se amen con fidelidad perpetua, de modo que el amor conyugal se rige, enriquece y sana por el don de la gracia y la caridad de Cristo. Las familias cristianas pueden manifestar el milagro de la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya sea por el testimonio del amor entre sus miembros, por su disposición para comunicar la riqueza de su fe y por su generosidad para responder a las necesidades de todos (GS 48).
10. La familia se convierte de esta forma en el lugar cotidiano de la memoria de Cristo. Un testimonio elocuente de esta realidad nos lo ofrece Santa Teresa del Niño Jesús, al hablarnos de la relación con su padre. En Historia de un alma, Teresita recuerda una Misa solemne en la catedral, sentada al lado de su padre. Este le pide que esté muy atenta, porque el predicador hablaba de Santa Teresa. Pero ella recuerda: “Yo escuchaba bien, en efecto, pero miraba más a papá que al predicador; ¡su bello rostro me decía tantas cosas!……”. Con razón llamamos a la familia cristiana “iglesia doméstica”, porque en ella los padres son para sus hijos los primeros testigos de la fe mediante la palabra y el ejemplo (LG 11), porque su casa abre las puertas al hambriento, al solitario o al que camina sin esperanza, y porque su presencia en medio del mundo es una de las primeras formas de evangelización (RMi 42b). Todo esto sólo es posible si cada familia está vitalmente injertada en la gran familia de la Iglesia, participando activamente en su vida y en su misión, acompañada y sostenida por una comunidad en la que la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia se hace experiencia concretamente vivida.
11. La propia Iglesia ha recibido en la revelación la imagen ideal de la familia para expresarse y comprenderse a sí misma. La mayoría de los términos usados por el Señor y los Apóstoles para describir la nueva relación con Dios y entre nosotros que Jesucristo ha abierto con la Encarnación y la Redención están tomados de la experiencia de la vida familiar: Dios es Padre, nosotros hijos suyos, y entre nosotros, somos hermanos. El Verbo de Dios se ha desposado con la humanidad, la ha abrazado y unido a sí con un amor que es fuente y modelo para el amor de los esposos. Y así, aunque el vínculo de comunión que se establece entre los bautizados no nace de la sangre ni del amor carnal, es la realización perfecta de lo que intuye y anhela la experiencia de la fraternidad en el seno de la familia. Como recordaba el Concilio Vaticano II, la Iglesia está formada por hombres que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor (GS 40).
+ Braulio Rodríguez Plaza Obispo de Salamanca Presidente de la Comisión Episcopal de ApostoladoSeglar
+ Juan Antonio Reig Plá Obispo de Segorbe-Castellón Presidente de la Subcomisión de Familia y Vida
+ Javier Martínez Obispo de Córdoba
+ Francisco Javier Ciuraneta Aymi Obispo electo de Lérida |