Jueves 18
de agosto
Encontrarse
con Cristo en la Eucaristía
"Vieron al niño con María su madre,
y postrándose
ante Él le adoraron" (Mt. 2,11)
1. Introducción
¿Qué
es lo que realmente hace la Iglesia, cuando celebra la eucaristía
y adora a Jesucristo en la hostia consagrada? Esta pregunta,
con la que comenzamos esta catequesis, ha sido respondida
especialmente a partir del concilio Vaticano II. Sin embargo,
desde tiempo inmemorial la eucaristía ha sido considerada
como el signo más perfecto y misterioso entre los
sacramentos de la Iglesia. Acertadamente es considerada
por el Vaticano II como “fuente a la vez que culminación
de toda la vida cristiana” (Lumen gentium,
11. Vid. también la encíclica de Juan Pablo
II, Ecclesia de Eucharistia,
1), es la fuerza “en virtud de la cual vive, se edifica
y crece sin cesar la Iglesia de Dios” (LG 26).
Las palabras “Este
es el sacramento de nuestra fe”, pronunciadas en el
sacrificio de la misa por el celebrante tras la consagración,
es una espontánea reacción al acontecimiento
central de la eucaristía y a este sacramento en general.
En la celebración de este misterio la primera sensación
que invade al fiel creyente es un asombro sincero, una admiración
inmensa, una veneración profunda. Estas son las actitudes
que tanto el teólogo como el creyente sencillo han
mostrado al acercarse a un conocimiento profundo y contemplación
de la eucaristía, puesto que el misterio insondable
quiere ser conocido por la razón creyente y aceptado.
Esto es lo que hace la comunidad al responder a las palabras
del sacerdote: “Anunciamos tu muerte, proclamamos
tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
Por todo ello, resulta
apropiado que al comienzo de una catequesis que se ocupa
del encuentro con Jesús en la eucaristía se
traigan a colación testimonios de la exaltación,
de la admiración o de la glorificación de
la eucaristía, aportados a través de los tiempos
por grandes hombres del espíritu y de la fe.
2. La exaltación
del milagro de la eucaristía
Los grandes maestros
espirituales de la eucaristía, en sus reflexiones
teóricas, no han omitido nunca expresar la admiración
sobre lo singular, lo asombroso de la eucaristía.
Desde los inicios del cristianismo la primera comunidad
neotestamentaria celebraba con gozo la eucaristía:
“Y cada día, llevados de un mismo afecto, se
reunían en el templo; y partiendo el pan en casa,
tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez
de corazón” (Hech 2,46). Los testigos del pasado
no mostraban esta actitud movidos por un sentimiento exageradamente
lírico, sino por la idea de que el reconocimiento
piadoso de la magnitud del misterio ofrece el mejor presupuesto
para captarlo en fe y comprenderlo en profundidad. Tal es
el caso de san Juan Crisóstomo (+ 403), quien afirma:
“Lo que los ángeles ven con estremecimiento
y no se atreven a contemplar sin temor, porque irradia relámpagos,
con eso somos alimentados, congregados, de forma que con
Cristo somos un cuerpo y una carne” (San Juan Crisóstomo,
Comentario a Mateo, 82). Según san Agustín
(+ 431), la eucaristía es aquella mesa, “cuya
participación equivale a comenzar a tener vida”.
Es el sacrificio, “que vino a sustituir todos los
sacrificios del Antiguo Testamento, que eran ofrecidos como
anticipación del que iba a venir” (San Agustín,
De civitate Dei, XVII, 20: "Id enim
sacrificium successit omnibus illis sacrificiis veteris
testamenti, quae immolantabur in umbra futuri").
En los tiempos modernos
también abundan las manifestaciones de admiración
con respecto a la grandeza de este sacramento. Es significativa
y todavía hoy digna de consideración la afirmación
de Goethe (+ 1831) sobre los sacramentos de la Iglesia y
en especial sobre la eucaristía: “Los sacramentos
son lo más sublime de la religión, el símbolo
sensible de un extraordinario favor y gracia divinos. En
la cena eucarística los labios terrenales reciben
corpóreamente un ser divino y en la forma de un alimento
terreno participan de un alimento celestial…”
(J.W. von Goethe, Gedenksausgabe, ed. E. Beutler,
Zürich 1948, X, 318).
Esta línea
es continuada por el poeta romántico alemán
Novalis (+ 1801), quien llama a la eucaristía “la
mesa del deseo, que jamás está vacía”
(Cf. Novalis, Schriften, t. 1, Stuttgart 1960,
166 s.). Ya en nuestra época el interés por
la eucaristía alcanza nuevas dimensiones en Gertrud
von le Fort (+ 1971), quien refiriéndose al Cristo
eucarístico dice: “¡Somos un cuerpo y
una sangre! Somos la llama de una inspiración –
Tú eres la única forma del mundo” (Cf.
G.v. Le Fort, Hymnen an die Kirche,
München 1948, 36). Esta afirmación está
próxima a la concepción cósmica de
la eucaristía de Teilhard de Chardin, quien en su
obra El medio divino refiriéndose
a la conversión eucarística dice: “Irresistiblemente
penetra el universo. Es el fuego que se expande por la llanura.
Es el golpe que hace tañer el bronce. En un segundo
y general sentido, pero verdadero, los símbolos sacramentales
son formados por la totalidad del mundo y la duración
de la creación es el tiempo, que es necesario para
su consagración” (Cf. P. Teilhard de Chardin,
Der göttliche Bereich, Olten-Freiburg
1962, 147).
El significado de
este misterio para la fe católica es resumido por
Paul Claudel en estas precisas palabras: “La quintaesencia
del catolicismo, el punto infinitamente sutil e importante,
en el que se puede condensar, es la Eucaristía. Gracias
a la Eucaristía podemos realmente repetir aquella
frase que de otra forma sería escandalosa e incomprensible:
‘Pero en verdad os digo: es bueno que yo me vaya’.
Pues él no nos abandona”.
En todas estas manifestaciones
se expresa la fascinación ante la riqueza y exuberancia
de este misterio, en el que se condensa en sumo grado la
realidad sacramental del cristianismo.
3. La dimensión
del acontecimiento sacramental
A la vista de los
citados testimonios, se puede afirmar que en la eucaristía
se trata de un sacramento, que en cuanto al contenido posee
una inmensa extensión con una extraordinaria significación.
Para el creyente individual, que participa en la celebración
de la Santa Misa, consistirá la realidad primordial
en que como hombre singular, individual y limitado encuentra
y recibe el verdadero y real cuerpo del Salvador humano-divino
y se une personalmente con él. En este caso al creyente
se le dona no sólo como en los demás sacramentos
una determinada fuerza y gracia desde el tesoro de la salvación
sino que recibe la cabeza humano-divina de la gracia, destinada
a la humanidad, recibe al Señor que pasó por
la muerte y la resurrección, con el que se une en
una íntima comunión personal.
Es aquel ser-uno
con la vida y con el amor de Cristo, que consiste en la
gracia calificada por el evangelista Juan con las palabras:
“Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en
mí y yo en él” (Jn 6,57s.). Lo esencial
de esta unión del creyente con Cristo se hace especialmente
comprensible en la doctrina teológica según
la cual incluso el cuerpo de hombre es afectado e influenciado
de tal forma que la presencia de Cristo sacia y hace feliz
a la totalidad del hombre, en cuerpo y alma. Según
Ignacio de Antioquía (+ ca. 110), la eucaristía
es “un remedio de la inmortalidad”, es decir,
como alimento y comida tiene su efecto sobre el receptor
del alimento en su totalidad.
Sin embargo, este
primer efecto personal del que recibe el cuerpo de Cristo
no es el único. La eucaristía no es ningún
instrumento de la gracia reducido al individuo, sino que
es el sacramento de la comunidad eclesial, es communio,
comunión, no sólo en el sentido de la última
parte de la santa misa, sino que es un acontecimiento litúrgico
de comunión, que es celebrado por el ministerio de
la Iglesia y que a su vez actúa sobre la comunión
de la Iglesia. En el lenguaje de la fe esto se expresa con
las palabras de que “la Iglesia hace la eucaristía”,
en cuanto que la Iglesia convoca a los fieles bajo el sacerdote
para ofrecer el sacrificio de acción de gracias,
alabanza, reconciliación y súplica.
Pero también
se da lo contrario, es decir: “La eucaristía
crea la Iglesia”. Construye y consuma la Iglesia como
comunidad de los creyentes, porque no hay ninguna comunidad
más íntima y profunda que aquella que nace
cuando la Iglesia como cuerpo místico de Cristo se
congrega para celebrar el verdadero cuerpo sacramental.
Todo ello significa que el cuerpo eucarístico determina,
crea, fortalece y consuma el cuerpo místico que es
la Iglesia, de la cual la comunidad celebrante es una parte
significativa. Ambas dimensiones son expresadas por el papa
Benedicto XVI, cuando dice: “La Iglesia es celebración
de la eucaristía y la eucaristía es Iglesia.
No es que marchen juntas, es que son lo mismo…”
(Cf. J. Ratzinger, Teoría de los
principios teológicos. Materiales
para una teología fundamental, Barcelona
2005, 60 s).
Sin embargo, el carácter
eclesial-comunitario de la eucaristía experimenta
todavía una significativa ampliación que se
extiende a lo inconmensurable. En el primer canon de la
misa se hace referencia a que el ángel del Señor,
“tu santo ángel deposite estas ofrendas sobre
tu altar celestial”. Esto quiere decir que la liturgia
terrena está unida con la celeste en la celebración
del sacrificio de la misa. Por tanto, celebramos la eucaristía
no sólo en la comunión del pueblo de Dios
terreno sino también en la comunión de los
ángeles y santos del cielo.
4. Cristo
el primer sacerdote
Esta verdad ha encontrado
una viva expresión especialmente en la fe eucarística
de la Iglesia ortodoxa y en concreto en las palabras de
san Juan Crisóstomo: “Todo el santuario y el
espacio en torno al altar están llenos de legiones
celestiales en honor a aquél que está sobre
el altar”. La liturgia terrena se une con la celeste
y de esta forma la celebración eucarística
se convierte en un acontecimiento supraterrenal, cósmico.
Ello se debe a que el primero y auténtico sacerdote
de la eucaristía es el mismo Cristo como cabeza de
toda la Iglesia terrenal y celestial. Donde él actúa
como cabeza universal, allí está congregado
en él todo el cuerpo con todos sus miembros.
Este supremo carácter
comunitario encuentra su expresión en el carácter
de la eucaristía como comida de comunión,
como comida del Señor, en la que Cristo es el Señor
de la comida, que se da a sí mismo a los suyos bajo
las especies de pan y vino. Preformada en la cena pascual
judía, establecida en la cena de despedida del Señor,
es la anticipación de la comida definitiva celestial.
Sin embargo, además de una comida de comunión,
es también un sacrificio, el sacrificio de la Nueva
Alianza en alabanza y acción de gracias, en reconciliación
y súplica al Padre. Es el sacrificio de Cristo en
la cruz hecho presente, pero también el sacrificio
de la Iglesia, que le dejó el Señor como “sacrificio
visible” (DH 1740).
Si el carácter
como comida de la misa es importante para la unión
del fiel individual y de la Iglesia con Cristo, la comida
en la que Cristo es y permanece siempre el Señor
no podría conseguir su significado excepcional para
el fiel y para la Iglesia si no fuera además un sacrificio.
En el sacrificio radica el acto religioso más sublime
de la comunidad. El encuentro y la unión con Cristo
no serían perfectos si no fueran un encuentro y una
unión con el Cristo sacrificado.
No obstante, aquí
hay que tener en cuenta un aspecto que abre una nueva dimensión:
la Iglesia no puede añadir algo así como “un
segundo sacrificio” al lado del único y universal
sacrificio de Jesucristo. Esta es la razón por la
que la fe enseña que la eucaristía es sólo
una memoria del sacrificio en la cruz de Cristo. Ello no
significa sólo un recuerdo intelectual, sino que
se trata más bien de un recuerdo colmado de toda
la realidad, de la actualización de lo pasado en
el altar, en el que Cristo es la víctima sacrificial,
pero también el sacerdote oferente, el Señor
de la comida.
5. El sacrificio
de la cruz: cruento allí, incruento aquí
Con todo, hay que
añadir que la Iglesia celebra también su propio
sacrificio en la actualización del sacrificio de
Cristo. Para tener su adecuado y propio sacrificio, la Iglesia
tiene que aceptar el sacrificio único de Cristo y
hacerlo propio. Hace presente de nuevo el sacrificio de
la cruz en virtud del ministerio sacerdotal de Cristo, toma
en la mano el Cristo sacrificado y lo eleva en presencia
del Padre. En este acto de la elevación del sacrificio
de Cristo la Iglesia se identifica con su propio sacrificio,
con la actitud de la autoentrega, de la acción de
gracias, de la súplica y de la reconciliación.
Une su propio sacrificio con el sacrificio de Cristo, surgiendo
un único sacrificio, distinto del sacrificio de la
cruz sólo en la forma de la ofrenda: allí
cruento, aquí incruento.
De esta forma, en
la eucaristía se actualiza el sacrificio del pasado.
Sin embargo el sacramento no está pensado sólo
para el presente, sino también para el futuro del
mundo y de la humanidad. Lucas comienza el relato de la
celebración de la última cena con la promesa
de la cena mesiánica al final de los tiempos, como
expresan las palabras de Jesús: “Con verdaderas
ansias he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de
padecer; porque os digo que ya no comeré hasta que
alcance su cumplimiento en el reino de los cielos”
(Lc 22, 15 s). Lo mismo dice Jesús con respecto al
cáliz: “Porque yo os digo que ya no beberé
más del fruto de la vid hasta que al reino de Dios”
(Lc 22, 18). La celebración actual es entendida claramente
como anticipo de una cena que tendrá lugar de forma
plena al final de los tiempos, cuando venga el reino de
Dios (Mc 14, 25; Mt 26, 29). La eucaristía no es
la consumación, pero tiende a ella, conduce a ella
y casi la toca. La expansión del acontecimiento salvífico
en la historia se convierte necesariamente en camino hacia
la consumación y en la plenitud de la salvación.
La Iglesia al estar
orientada en la eucaristía a la consumación
naciente y vivir de su esperanza está llena de una
sana inquietud, que no le permite establecerse tranquilamente
en este mundo y aferrarse al presente. El carácter
escatológico de la celebración eucarística
es asumido plenamente allí donde se transforma en
un impulso de la esperanza en la consumación y se
convierte en una fuerza de la realización de esta
consumación. El antiguo pueblo de la alianza celebraba
la pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud
de Egipto y como paso de un pasado histórico-salvífico
a un nuevo futuro, conducido por Dios. El carácter
de salida y de tránsito tenía su repercusión
en la celebración en el comportamiento y ritual de
los celebrantes. El momento escatológico de la eucaristía
exige que también en la celebración central
del pueblo de la nueva alianza se mantenga viva la experiencia
de la salida, de la ruptura y de la peregrinación
continua hacia la meta divina definitiva. De esta forma,
la eucaristía se convierte para el creyente y para
la Iglesia en el sacramento del camino, en el que pese al
anuncio del fin próximo se tiene que experimentar
la fatiga del peregrinar y la penuria del devenir. La proximidad
de la consumación hay que reconocerla en la figura
de la transitoriedad y en la envoltura de la fragilidad.
Estos son, en resumen,
los aspectos que nos permiten vislumbrar la riqueza inagotable
y magnitud inconmensurable del misterio eucarístico,
que abarca desde el encuentro más íntimo del
Señor con el fiel creyente individual hasta la consumación
del mundo futuro.
6. Lo misterioso
e insondable de la eucaristía
Examinada con detención
la Eucaristía no sólo presenta un único
misterio sino que se nos manifiesta como el punto de intersección
de varios misterios. Aquí está la presencia
actuante de Cristo que es el auténtico Señor
de la comida eucarística y que es representado por
el sacerdote. Lo milagroso de esto está todavía
más profundo en la particularidad de que el Señor
de la comida es también la víctima sacrificial.
Está presente en el altar y se deja presentar por
la Iglesia ante el Padre en la reactualización del
sacrificio de la cruz. Se trata de la especialmente misteriosa
presencia bajo las especies de pan y vino, en las cuales
su cuerpo y su sangre están y permanecen “verdadera,
real y sustancialmente” (DH 1636) presentes; se trata
de la denominada real presencia corporal. Sin embargo, cómo
tiene lugar la unión del cuerpo de Cristo con el
pan y con el vino, cómo se realiza, es un nuevo misterio
que el Señor nos ha confiado, cuando en el cenáculo
pronunció sobre las ofrendas las palabras de “éste
es mi cuerpo” y “ésta es mi sangre”
(Mt 26, 26.28). Realmente estas palabras no fueron pronunciadas
en un sentido simbólico o figurado, tal como lo entendió
Zwinglio: esto significa mi sangre.
En la actualidad
existen muchos que reflexionan sobre estas palabras y las
interpretan inofensivamente. El mismo Lutero lo intentó
durante algún tiempo, pero llegó a la conclusión
siguiente: “He luchado y me he esforzado para situarme
fuera, porque veía que con ello le hubiera podido
asestar al papado el más rudo golpe. Pero yo estoy
preso… El texto es demasiado fuerte”. Ciertamente
permanece un misterio, pero no es nada irracional. Podemos
presentir la razón divina que siempre se dirige a
nuestra razón.
Se puede vislumbrar
un fondo, un marco y un contexto en los que se hace comprensible
la presencia real corporal de Cristo en el sacramento. Tal
presencia real es la consecuencia de la fe cristiana en
la encarnación de Dios. El misterio de la encarnación
deja reconocer que el cristianismo realiza la unión
de lo divino con lo humano, con la naturaleza y con el mundo
material. Si esta posibilidad real de la unión con
Dios debía mantenérsele al hombre en el transcurso
de la historia, era muy justo que fuese asumida en la fundación
de Cristo en la que el acontecimiento Cristo debía
seguir manteniéndose en el mundo. Ciertamente, como
enseña el concilio Vaticano II, hay diversas formas
de presencia de Cristo entre los hombres: en la proclamación
de la palabra, en la comunidad, en la fuerza de los sacramentos.
Dios siempre vincula su presencia a algo humano, natural,
material. ¿Por qué no debería vincular
su presencia a las especies de pan y vino? Para el fiel
cristiano que cree en la encarnación esto no resulta
absurdo. Así como Cristo estuvo presente en un cuerpo
de hombre, también puede estarlo en las especies
de pan y vino.
Precisamente aquí
es donde aflora el misterio más profundo: pan y vino
no pueden permanecer en su ser natural. El Señor
no puede mezclar su ser transfigurado y esencia con el pan
y el vino. Vincula su presencia no al pan y al vino, sino
sólo a las especies, a las apariencias de pan y vino,
mientras que la sustancia de estos materiales se transforma
en la santa conversión, que es una transubstanciación,
en el cuerpo glorificado y en la sangre de Cristo. Esto
a muchos le parece ser contrario a la razón y pretenden
solucionarlo con muchas teorías, con lo que el misterio
se diluye. Sin abordar tales teorías, se puede decir
que la Iglesia sigue manteniendo la transustanciación,
aunque permanezca el misterio, que en cierto modo se clarifica
a la razón.
El misterio puede
hacerse comprensible a la razón a través del
conocimiento de que las cosas no sólo consisten en
su apariencia externa, como enseñan el materialismo,
el empirismo y el positivismo, sino que en la base de todas
las manifestaciones hay algo permanente (lo que la filosofía
clásica denomina “sustancia”). Ese permanente
es la realidad auténtica de cada una de las cosas.
Es el fundamento ontológico más profundo de
todo ser. A ese fundamento pertenecen la unidad interna,
el orden, la constitución del correspondiente ser.
Esta esencia interna es sustentada y mantenida por el Dios
creador, que puede también transformarla. De esta
forma, la transformación es aquel divino acto creador,
en el que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y
en la sangre de Cristo, manteniéndose la apariencia
externa y las propiedades visibles.
A la luz de estas
explicaciones puede ser aclarado también un poco
el otro misterio específico de cómo Cristo
está presente como cuerpo bajo las especies una vez
efectuada la conversión. Tal presencia no puede ser
concebida de forma material o físico-espacial. Aquí
se puede partir de la fe y desde la fe establecer que Cristo
por su muerte y resurrección ha adquirido la forma
de ser de la gloria junto al Padre. En la forma de ser glorificada
existe con independencia del espacio y del tiempo. En virtud
de esta independencia de espacio y tiempo Cristo tiene poder
para relacionar y aplicar sacramentalmente su presencia
a determinados puntos espaciales. Aquí en modo alguno
su ser se hace concreto o su cuerpo se multiplica, sino
que sólo se cambia la forma de presencia. Esta presencia
bajo las especies adopta el carácter de presencia
total, lo que equivale a decir que Cristo –de la misma
forma que el alma en el cuerpo? está totalmente presente
en la hostia, pero también en cada una de las partes,
por más pequeñas que éstas sean, mientras
se le reconozca todavía la forma de pan y vino.
De aquí se
puede sacar también la conclusión de que el
Cristo eucarístico está también presente
en las especies separadas. Siendo así que Cristo
está presente en la parte separada de la hostia,
en virtud de su presencia supraespacial puede también
estar presente en muchas hostias separadas entre sí.
Esta presencia tiene además –a diferencia de
la fe evangélica? un carácter duradero. Esta
visión supera el pensamiento científico, pero
no está en contradicción con él, pues
la ciencia no es capaz de decir nada sobre el ser y la esencia
más profunda de la realidad. Tal reconocimiento del
misterio tiene que tener consecuencias para nuestra vida.
Abordamos así la adoración de la eucaristía.
7. Adoración
de la eucaristía
La verdad de la presencia
real de Cristo bajo las especies sacramentales es un punto
nuclear de la fe eucarística, que une entre sí
todas las líneas de este misterio y les aporta su
sentido singular. A partir de este núcleo se proyecta
luz sobre la adoración de la eucaristía como
un sacramento permanente. Para esta adoración del
sacramento fuera de la celebración de la eucaristía
no se encuentra ningún fundamento en los primeros
tiempos de la Iglesia. Este culto es el resultado de un
desarrollo legítimo en la conciencia de la fe. Este
desarrollo se comienza a detectar en las primeras huellas
de los comienzos en que en un primer momento se tributaba
culto al sacramento dentro de la celebración de la
eucaristía. Esto se deja ver en la exigencia de Cirilo
de Jerusalén (+ 386) de una actitud de adoración
y homenaje del hombre total para con la presencia del Señor
sobre la mesa.
Significativas son
las palabras de Agustín cuando dice: “Nadie
come esta carne sin antes adorarla”. La razón
para esta adoración única entre los sacramentos
–en primer lugar, dentro de la misma celebración
eucarística? hay que verla en la presencia del Cristo
entero bajo las especies sacramentales. Desde el punto de
vista teológico-sacramental esta presencia tiene
que durar tanto tiempo como los signos sacramentales se
mantienen incorruptos. La fe en la presencia real y personal
de Cristo permite convertir este sacramento también
en el objeto de un encuentro personal con el Señor
eucarístico, aunque el evento de la celebración
haya tenido ya lugar.
Por esta razón,
ya la comunidad cristiana más antigua mantenía
las ofrendas eucarísticas fuera de la celebración
y se las llevaba a los enfermos. De aquí que ya desde
un principio naciese la conciencia de que estas ofrendas
habían de ser tratadas con reverencia y piedad. Por
citar un ejemplo, Tertuliano en varios lugares de su obra
exige veneración y respeto especial respecto al pan
consagrado.
Sin embargo, durante
el primer milenio no hay en la Iglesia ninguna adoración
cultual formal del sacramento eucarístico. Es a partir
de la época en la que se acentuó y clarificó
la conciencia de la presencia real de Cristo en la disputa
con Berengario de Tours y en el asentamiento de esta presencia,
especialmente a raíz de la institución de
la festividad del Corpus Christi (1264) en la Iglesia de
Occidente, cuando se difundió cada vez con más
intensidad la adoración eucarística fuera
de la celebración de la misa. El concilio de Trento
en la disputa con los reformadores dio a esta adoración
la fundamentación doctrinal, que radica básicamente
en la real y personal presencia de Cristo (DH 1656s.). La
teología puede todavía hoy reconocer esta
argumentación como adecuada y considerar justa la
adoración de la eucaristía.
Sin embargo, la teología
tiene que respetar la legítima relación entre
la celebración eucarística y la adoración
y piedad extraeucarísticas. Tal relación queda
garantizada si la adoración que tiene lugar fuera
de la celebración eucarística es contemplada
siempre en función del acontecimiento de la eucaristía.
El culto eucarístico no se puede independizar ni
tampoco dar la impresión de que la eucaristía
tiene su fin primordial en el culto y adoración.
Es decir, el carácter mistérico de la eucaristía
tiene que ser reconocido como el sentido y valor primarios.
A este carácter mistérico tiene que estar
referida también la adoración fuera de la
celebración de la misa. Hay que mantener siempre
viva la idea de que el bien duradero y, por ende, digno
de culto proviene del acontecimiento del sacrificio de Cristo
y de la Iglesia, que la Iglesia quiere remitir secundariamente
este acontecimiento al fiel creyente y que debe traerlo
de nuevo a este acontecimiento. De esta forma la celebración
de la eucaristía permanece el punto de partida y
de referencia de un culto eucarístico fundamentado
teológicamente.
8. Conclusión
La Eucaristía
es, pues, la expresión, la imagen o el símbolo
sacramental más elocuente y significativo del encuentro
del hombre con Cristo. Como conclusión a esta catequesis,
titulada Encuentro con Jesús en la Eucaristía,
creo que, sin temor a equivocarme, puedo hacer la afirmación
de que en la celebración de la eucaristía
se refleja la vida, la estructura y la acción de
la comunidad, hasta tal punto que aquí es adecuado
aquel dicho de: “Dime cómo celebra la eucaristía
una comunidad y te diré cómo vive esa misma
comunidad”. El estilo de celebrar es sin duda el estilo
de vivir y viceversa. Por ello la manera de participar y
desempeñar sus ministerios los fieles en la asamblea
eucarística manifestará la manera de participar
y desempeñar estos ministerios en la vida comunitaria;
manifestará la plenitud del encuentro del fiel cristiano
con Jesús.
Evidentemente, la
participación en la eucaristía ha mejorado
en los últimos años, favorecida por la renovación
litúrgica, en general, y por la renovación
eucarística, en particular. Sin lugar a dudas, han
tenido lugar cambios significativos. Así, en la celebración
eucarística hemos pasado, en primer lugar, del
individualismo al sentido comunitario. En gran parte
se ha separado la actitud individualista, que iba acompañada
de una piedad personal o de devociones privadas y atendía
casi exclusivamente a la dimensión vertical o relación
con Dios, marginando la comunidad. Sin abandonar la dimensión
vertical, hoy se aprecia un mayor sentido comunitario, una
atención preferente a la oración y acción
común, una conciencia de responsabilidad en los distintos
servicios de cara a la comunidad.
Hemos pasado, en
segundo lugar, del asistir a misa al celebrar la eucaristía.
Ya no es lo más frecuente que los miembros creyentes
de la comunidad expresen su relación con la eucaristía
diciendo: “He asistido a misa”, o “he
oído misa”. Más bien se ha extendido
la costumbre de decir: “He participado en la eucaristía”.
Este cambio es significativo, porque indica una comprensión
de la misa más festiva y comunitaria, menos individualista
y pasiva.
Hemos pasado, en
tercer lugar, del cumplir con el precepto dominical
al celebrar la fe. En la actitud y en el comportamiento
eucarístico de no pocos cristianos estaba y está
la fuerza del precepto, el temor al pecado, el impulso de
la costumbre y comportamiento social. Pero creo que hoy
se dan suficientes condiciones de libertad y posibilidades
de celebración como para que cada creyente se sienta
verdaderamente libre al participar en la eucaristía.
Ya no es frecuente, sobre todo entre los jóvenes,
que se “vaya a misa para cumplir”. Más
bien se dice que se participa en la Eucaristía para
celebrar la fe.
Por supuesto, que
estos cambios no son sino indicativos y que falta aún
mucho camino por recorrer, porque el ideal está lejos.
Existe el peligro real de que junto a la participación
se extiende a veces una desfiguración de funciones;
junto al sentido comunitario, un olvido de la celebración
del misterio de la real presencia y del sacrificio de la
cruz; junto a la acción y al gesto, una pérdida
del valor del silencio, de la contemplación y del
culto, cuando no una nueva pasividad y automatismo ritualista…
Por encima de los
cambios en la celebración de la eucaristía,
con la correspondiente influencia en el culto sacramental,
hay que tener siempre presente que la eucaristía
es el mayor y el principal de los sacramentos, de donde
podemos decir que parten y nacen y hacia donde convergen
como a su plenitud todos los demás, que encuentran
así en la eucaristía como su sello y su consumación.
La eucaristía se destaca como el sacramento fundamental,
en el que la presencia y la actuación del Señor
se prolongan en su cuerpo en un misterio de comunión,
que es a la vez gracia, encuentro pleno, reconciliación
y, por ello, el momento culminante de la salvación.
Mons. Julián
Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago