Jueves 18
de agosto
Discurso
del Santo Padre
Fiesta de acogida de
los jóvenes en el embarcadero del Poller Rheinwiesen
Queridos jóvenes:
Es una dicha encontrarme
con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin.
Habéis venido desde varias partes de Alemania, de
Europa, del mundo, haciéndoos peregrinos tras los
Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas, queréis
descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender
el camino para llegar también vosotros a contemplar,
personal y comunitariamente, el rostro de Dios manifestado
en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros,
también yo me he puesto en camino para, con vosotros,
arrodillarme ante la blanca Hostia consagrada, en la que
los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador
del mundo. Todos juntos seguiremos meditando sobre el tema
de esta Jornada Mundial del Juventud: «Venimos a adorarlo»
(Mt 2,2).
Os saludo y os recibo
con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto
si venís de cerca como de lejos, caminando por las
sendas del mundo y los derroteros de vuestra vida. Saludo
particularmente a los que han venido de Oriente, como los
Magos. Representáis a las incontables muchedumbres
de nuestros hermanos y hermanas de la humanidad que esperan,
sin saberlo, que aparezca en su cielo la estrella que los
conduzca a Cristo, Luz de las Gentes, para encontrar en
Él la respuesta que sacie la sed de sus corazones.
Saludo con afecto también a los que estáis
aquí y no habéis recibido el bautismo, a los
que no conocéis todavía a Cristo o no os reconocéis
en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba de modo
particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco
que hayáis decidido venir a Colonia. Alguno de vosotros
podría tal vez identificarse con la descripción
que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que
vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había
perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de
rezar». Durante estos días podréis recobrar
la experiencia vibrante de la oración como diálogo
con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez,
queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid
vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo.
Dadle el «derecho a hablaros» durante estos
días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su
amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías
y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine
con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro
corazón. En estos días benditos de alegría
y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de
la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura
de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la
Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.
Al llegar hoy a Colonia
para participar con vosotros en la XX Jornada Mundial de
la Juventud, me surge espontáneamente el recuerdo
emocionado y agradecido del Siervo de Dios, tan querido
por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea brillante
de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar
juntos a Cristo, único Redentor del género
humano. Gracias al diálogo profundo que se ha desarrollado
durante más de veinte años entre el Papa y
los jóvenes, muchos de ellos han podido profundizar
la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse
por la Buena Nueva de la salvación en Cristo y proclamarla
en muchas partes de la tierra. Este gran Papa ha sabido
entender los desafíos que se presentan a los jóvenes
de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no ha dudado
en incitarlos a proclamar con valentía el Evangelio
y ser constructores intrépidos de la civilización
de la verdad, del amor y de la paz.
Ahora me corresponde
a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual
que nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha
querido, vosotros le habéis entendido y habéis
correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora,
todos juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica
sus enseñanzas. Con este compromiso estamos aquí,
en Colonia, peregrinos tras las huellas de los Magos. Según
la tradición, en griego sus nombres eran Melchor,
Gaspar y Baltasar. Mateo refiere en su Evangelio la pregunta
que ardía en el corazón de los Magos: «¿Dónde
está el Rey de los Judíos que ha nacido?»
(Mt 2, 2). Su búsqueda era el motivo por el cual
emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por
eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento
y a la tentación de volver atrás. Ésta
era la única pregunta que hacían cuando estaban
cerca de la meta. También nosotros hemos venido a
Colonia porque hemos sentido en el corazón, si bien
de forma diversa, la misma pregunta que inducía a
los hombres de Oriente a ponerse en camino. Es cierto que
hoy no buscamos ya a un rey; pero estamos preocupados por
la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde
encuentro los criterios para mi vida; dónde los criterios
para colaborar de modo responsable en la edificación
del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién
puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde
está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria
a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones
significa reconocer, ante todo, que el camino no termina
hasta que se ha encontrado a Quien tiene el poder de instaurar
el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres
aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos.
Hacerse estas preguntas significa además buscar a
Alguien que ni se engaña ni puede engañar,
y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme,
que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también
morir por ella.
Cuando se perfila
en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta,
queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias.
Es como alguien que se encuentra en una bifurcación:
¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren
las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la
conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en
Belén de Judá, porque así lo ha escrito
el profeta» (Mt 2,5), decidieron continuar el camino
y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde
Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde
la palabra que les había indicado dónde estaba
el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro
con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo. También a nosotros
se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos
de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo
bien, ésta es precisamente la experiencia que hacemos
en la participación en cada Eucaristía. En
efecto, en cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios
nos introduce en la participación del misterio de
la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos
introduce en la Mesa eucarística, en la unión
con Cristo. En el altar está presente al que los
Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado
del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero
que da su propia vida para la salvación de la humanidad.
Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén –
la «Casa del pan» – donde podremos tener
ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de
un Dios que se ha humillado hasta el punto de hacerse ver
en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar.
¡Podemos imaginar
el asombro de los Magos ante el Niño en pañales!
Sólo la fe les permitió reconocer en la figura
de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios al que
la estrella les había guiado. En Él, cubriendo
el abismo entre lo finito y lo infinito, entre lo visible
y lo invisible, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Misterio
se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en
los frágiles miembros de un niño recién
nacido. «Los Magos están asombrados ante lo
que allí contemplan: el cielo en la tierra y la tierra
en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre; ven
encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello
que no puede ser contenido en todo el mundo» (San
Pedro Crisólogo, Serm. 160,2). Durante estas jornadas,
en este «Año de la Eucaristía»,
contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en
el Tabernáculo de la misericordia, en el Sacramento
del altar. Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis,
la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene
un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto
en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud
de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro
«sí» al Dios que quiere entregarse a
vosotros. Os repito hoy lo que he dicho al principio de
mi pontificado: « Quien deja entrar a Cristo [en la
propia vida] no pierde nada, nada – absolutamente
nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande.
¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas
de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente
las grandes potencialidades de la condición humana.
Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello
y lo que nos libera» (Homilía en el solemne
inicio del ministerio petrino, 24 abril 2005). Estad plenamente
convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso
y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección
para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la
salvación del mundo.
Os invito a que os
esforcéis estos días a servir sin reservas
a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo
os permitirá gustar interiormente la alegría
de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después
en vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad
sea el primer signo de anuncio del Evangelio mediante el
testimonio de vuestro comportamiento y alegría de
vivir. Hagamos surgir de nuestro corazón un himno
de alabanza y acción de gracias al Padre por tantos
bienes que nos ha dado y por el don de la fe que celebraremos
juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra
del centro de Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio
y a los que han dado testimonio de él a lo largo
de los siglos.
Ahora me haré
peregrino hacia la catedral de Colonia para venerar allí
las reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar
todo para seguir la estrella que los condujo al Salvador
del género humano. También vosotros, queridos
jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión
de hacer la misma peregrinación. Estas reliquias
no son más que el signo frágil y pobre de
lo que ellos fueron y vivieron hace tantos siglos. Las reliquias
nos conducen a Dios mismo; en efecto, es Él quien,
con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la
valentía de testimoniarlo ante el mundo. Cuando la
Iglesia nos invita a venerar los restos mortales de los
mártires y de los santos, no olvida que, en definitiva,
se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían
a personas en las que se ha posado la potencia trascendente
de Dios. Las reliquias de los santos son huellas de la presencia
invisible pero real que ilumina las tinieblas del mundo,
manifestando el Reino de los cielos que habita dentro de
nosotros. Ellas proclaman, con nosotros y por nosotros:
«Maranatha» – «Ven, Señor
Jesús»-. Queridos, con estas palabras os saludo
y os cito para la vigilia del sábado por la tarde.
A todos, ¡hasta luego!
Fuente: Página
Oficial de la JMJ