Viernes 19
de agosto
Discurso
del Santo Padre
Encuentro con los seminaristas
en la iglesia de San Pantaleón de Colonia
Queridos seminaristas:
Os saludo a todos
con gran afecto, agradeciendo vuestra jovial acogida y,
sobre todo, el que hayáis venido a este encuentro
desde numerosos países de los cinco continentes.
Me dirijo ante todo al Seminarista, al Sacerdote y al Obispo
que nos han ofrecido su testimonio personal. Gracias de
corazón. Estoy contento de tener este encuentro con
vosotros. He querido que, en el programa de estos días
en Colonia, hubiera un encuentro especial con los jóvenes
seminaristas, para resaltar de manera más explícita
y vigorosa la dimensión vocacional que tienen siempre
las Jornadas Mundiales de la Juventud. Seguramente, estáis
viviendo esta experiencia con una intensidad muy particular,
precisamente porque sois seminaristas, es decir, jóvenes
que se encuentran en un tiempo fuerte de búsqueda
de Cristo y de encuentro con Él, en vista de una
misión importante en la Iglesia. Esto es el seminario:
no tanto un lugar, sino un tiempo significativo en la vida
de un discípulo de Jesús. Imagino el eco que
pueden tener en vuestro interior las palabras del lema de
esta vigésima Jornada mundial – «Hemos
venido a adorarlo» – y todo el relato evangélico
de los Magos, del que se ha tomado el lema. Este pasaje
tiene un valor singular para vosotros, precisamente porque
estáis realizando un proceso de discernimiento y
comprobación de la llamada al sacerdocio. Sobre esto
quisiera detenerme a reflexionar con vosotros.
¿Por
qué los Magos fueron a Belén desde países
lejanos? La respuesta está en relación con
el misterio de la «estrella» que vieron «salir»
y que identificaron como la estrella del «Rey de los
Judíos», es decir, como la señal del
nacimiento del Mesías (cf. Mt 2,2). Por tanto, su
viaje fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo
en la estrella su confirmación y guía hacia
el “Rey de los Judíos”, hacia la realeza
de Dios mismo. Los Magos marcharon porque tenían
un deseo grande que los indujo a dejarlo todo y a ponerse
en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella
estrella. Como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito
en su destino, que ahora finalmente se cumple. Queridos
amigos, esto es el misterio de la llamada, de la vocación;
misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que
se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita
a dejar todo para seguirlo más de cerca. El seminarista
vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos
definir de «enamoramiento». Su ánimo,
henchido de asombro, le hace decir en la oración:
Señor, ¿por qué precisamente a mí?
Pero el amor no tiene un «por qué», es
un don gratuito al que se responde con la entrega de sí
mismo.
El seminario es un
tiempo destinado a la formación y al discernimiento.
La formación, como bien sabéis, tiene varias
dimensiones que convergen en la unidad de la persona: esa
comprende el ámbito humano, espiritual y cultural.
Su objetivo más profundo es el de hacer conocer íntimamente
aquel Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro.
Por esto es necesario un estudio profundo de la Sagrada
Escritura como también de la fe y de la vida de la
Iglesia, en la cual la Escritura permanece como palabra
viva. Todo esto debe enlazarse con las preguntas de nuestra
razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana
de hoy. Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero
constituye una parte insustituible de nuestro encuentro
con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo. Todo contribuye
a desarrollar una personalidad coherente y equilibrada,
capaz de asumir válidamente la misión presbiteral
y llevarla a cabo después responsablemente. El papel
de los formadores es decisivo: la calidad del presbiterio
en una Iglesia particular depende en buena parte de la del
seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables
de la formación. Queridos seminaristas, precisamente
por eso rezamos hoy con viva gratitud por todos vuestros
superiores, profesores y educadores, que sentimos espiritualmente
presentes en este encuentro. Pidamos a Dios que desempeñen
lo mejor posible la tarea tan importante que se les ha confiado.
El seminario es un tiempo de camino, de búsqueda,
pero sobre todo de descubrimiento de Cristo. En efecto,
sólo si tiene una experiencia personal de Cristo,
el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo
tanto la propia vocación. Cuanto más conoces
a Jesús, más te atrae su misterio; cuanto
más lo encuentras, más fuerte es el deseo
de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura
toda la vida, y que en el seminario pasa como una estación
llena de promesas, su «primavera».
Al llegar a Belén,
los Magos «entraron en la casa, vieron al niño
con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron»
(Mt 2,11). He aquí por fin el momento tan esperado:
el encuentro con Jesús. «Entraron en la casa»:
esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar
al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia.
Durante el tiempo del seminario se produce una maduración
particularmente significativa en la conciencia del joven
seminarista: ya no ve a la Iglesia «desde fuera»,
sino la siente, por así decir, «en su interior»,
como «su casa», porque es casa de Cristo, donde
«habita» María, su madre. Y es justo
la Madre quien le muestra a Jesús, su Hijo, quien
se lo presenta; en cierto modo lo hace ver, tocar, tomarlo
en sus brazos. María le enseña a contemplarlo
con los ojos del corazón y a vivir de Él.
En todos los momentos de la vida en el seminario se puede
experimentar esta afectuosa presencia de la Virgen, que
introduce a cada uno al encuentro con Cristo en el silencio
de la meditación, en el oración y en la fraternidad.
María ayuda a encontrar al Señor sobre todo
en la Celebración eucarística, cuando en la
Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento
espiritual cotidiano.
«Y cayendo
de rodillas lo adoraron...; le ofrecieron regalos: oro,
incienso y mirra» (Mt 2,11-12). Con esto culmina todo
el itinerario: el encuentro se convierte en adoración,
dando lugar a un acto de fe y amor que reconoce en Jesús,
nacido de María, al Hijo de Dios hecho hombre. ¿Cómo
no ver prefigurado en el gesto de los Magos la fe de Simón
Pedro y de los Apóstoles, la fe de Pablo y de todos
los santos, en particular de los santos seminaristas y sacerdotes
que han marcado los dos mil años de historia de la
Iglesia? El secreto de la santidad es la amistad con Cristo
y la adhesión fiel a su voluntad. «Cristo es
todo para nosotros», decía San Ambrosio; y
San Benito exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo.
Que Cristo sea todo para vosotros. Especialmente vosotros,
queridos seminaristas, ofrecedle a Él lo más
precioso que tenéis, como sugería el venerado
Juan Pablo II en su Mensaje para esta Jornada Mundial: el
oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración
fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo
(cf. n. 4).
El seminario
es un tiempo de preparación para la misión.
Los Magos «se marcharon a su tierra», y ciertamente
dieron testimonio del encuentro con el Rey de los Judíos.
También vosotros, después del largo y necesario
itinerario formativo del seminario, seréis enviados
para ser los ministros de Cristo; cada uno de vosotros volverá
entre la gente como alter Christus. En el viaje de retorno,
los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios,
desorientación, dudas...¡ya no tenían
la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de
ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla
con la memoria constante de Cristo, de su Rostro santo,
de su Amor inefable. ¡Queridos seminaristas! Si Dios
quiere, también vosotros un día, consagrados
por el Espíritu Santo, iniciaréis vuestra
misión. Recordad siempre las palabras de Jesús:
«Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Si permanecéis
en Cristo, daréis mucho fruto. No lo habéis
elegido vosotros a Él, sino que Él os ha elegido
a vosotros (cf. Jn 15,16). ¡He aquí el secreto
de vuestra vocación y de vuestra misión! Está
guardado en el corazón inmaculado de María,
que vela con amor materno sobre cada uno de vosotros. Recurrid
frecuentemente a Ella con confianza. Yo os aseguro mi afecto
y mi oración cotidiana, y os bendigo de corazón.
Fuente: Página
Oficial de la JMJ