Sábado
20 de agosto
Discurso
del Santo Padre
Vigilia con los jóvenes
en la explanada de marienfeld
Queridos jóvenes:
En nuestra peregrinación
con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al momento
que san Mateo describe así en su Evangelio: «Entraron
en la casa (sobre la que se había parado la estrella),
vieron al niño con María, y cayendo de rodillas
lo adoraron» (Mt 2,11). El camino exterior de aquellos
hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este
punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación
interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se
habían imaginado a este Rey recién nacido
de modo diferente. Se habían detenido precisamente
en Jerusalén para obtener del Rey local información
sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían
que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos.
Estaban convencidos de que Dios existía, y que era
un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído
hablar también de las grandes profecías en
las que los profetas de Israel habían anunciado un
Rey que estaría en íntima armonía con
Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería
el orden en el mundo. Se habían puesto en camino
para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su
ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir
de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a
sus pies, y así servir también ellos a la
renovación del mundo. Eran de esas personas que «tienen
hambre y sed de justicia» (Mt 5, 6). Un hambre y sed
que les llevó a emprender el camino; se hicieron
peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios
y para ponerse a su servicio.
Aunque otros se quedaran
en casa y les consideraban utópicos y soñadores,
en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían
que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder.
Por eso, no podían buscar al niño de la promesa
si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran
ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán
de que Herodes – el Rey al que habían acudido
– le acechaba con su poder, de modo que a la familia
no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio.
El nuevo Rey era muy diferente de lo que se esperaban. Debían,
pues, aprender que Dios es diverso de como acostumbramos
a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior.
Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante
este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido.
Pero debían aún interiorizar estos gozosos
gestos.
Debían cambiar
su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y,
con ello, cambiar también ellos mismos. Ahora habían
visto: el poder de Dios es diferente al poder de los grandes
del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos,
y de como quisiéramos imponerle también a
Él. En este mundo, Dios no le hace competencia a
las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos
a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en
el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones
de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26,53). Al poder
estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone
el poder inerme del amor, que en la Cruz – y después
siempre en la historia – sucumbe y, sin embargo, constituye
la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e
instaura el Reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan
cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen
que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.
Habían venido
para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad
sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de
acatamiento, de su adoración. Una adoración
que comprendía también sus presentes –
oro, incienso y mirra –, dones que se hacían
a un Rey considerado divino. La adoración tiene un
contenido y comporta también una donación.
Los personajes que venían de Oriente, con el gesto
de adoración, querían reconocer a este niño
como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las
propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole
y siguiéndole, querían servir junto a Él
la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto,
tenían razón. Pero ahora aprenden que esto
no se puede hacer simplemente a través de órdenes
impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben
entregarse a sí mismos: un don menor que es poco
para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este
modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios
mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho,
de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya
no se preguntarán: ¿Para qué me sirve
esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo
puedo servir a que Dios esté presente en el mundo?
Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente
así, a encontrarse a sí mismos. Saliendo de
Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del
verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.
Queridos amigos,
podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros.
Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa
de Dios, que ha de orientar nuestras vidas, suena bien,
pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado
ejemplos. Los Magos que vienen de Oriente son sólo
los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que
en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella
de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de
nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es
la muchedumbre de los santos – conocidos o desconocidos
– mediante los cuales el Señor nos ha abierto
a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas;
y lo está haciendo todavía. En sus vidas se
revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado.
Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el transcurso
de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado
predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado
a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes
como lejanos. En estas figuras ha querido demostrarnos cómo
se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar
una vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los
beatos y los santos han sido personas que no han buscado
obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido
simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la
luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía
para ser felices y nos muestran cómo se consigue
ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes
de la historia, han sido los verdaderos reformadores que
tantas veces han remontado a la humanidad de los valles
oscuros en los cuales está siempre en peligro de
precipitarse; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente
para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el
dolor – la palabra de Dios al terminar la obra de
la creación: «Y era muy bueno». Basta
pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís,
santa Teresa de Ávila, san Ignacio de Loyola, san
Carlos Borromeo, a los fundadores de las órdenes
religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado
el movimiento social, o a los santos de nuestro tiempo:
Maximiliano Kolbe, Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío.
Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa
«adorar» y lo que quiere decir vivir a medida
del niño de Belén, a medida de Jesucristo
y de Dios mismo.
Los santos, hemos
dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo
de manera más radical aún: sólo de
los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución,
el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido
revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada
de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa
del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto
que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se
tomó como criterio absoluto de orientación.
La absolutización de lo que no es absoluto, sino
relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino
que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías
las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada
al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de
nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno
y auténtico. La revolución verdadera consiste
únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo
que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué
puede salvarnos, si no es el amor?
Queridos amigos,
permitidme que añada sólo dos breves ideas.
Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también
el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante
descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente
lo encontraron cuando se postraron ante el niño de
Belén. «Quien me ha visto a mí, ha visto
al Padre», dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9). En
Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón
fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero
rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de
los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino
justo.
Esto significa que
no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado,
sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que
nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad
de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre
con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros.
Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor
mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos,
un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II,
que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en
los numerosos santos que ha proclamado, también ha
pedido perdón por el mal causado en el transcurso
de la historia por las palabras o los actos de hombres de
la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos
ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado
a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en
la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse
con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista
la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante
todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún
entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente
a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana,
pero es también al mismo tiempo la gran familia de
Dios, mediante la cual Él establece un espacio de
comunión y unidad en todos los continentes, culturas
y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran
familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo
aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es
pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende
el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro
de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva
de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con
la estrella que ilumina la historia.
«Entraron
en la casa, vieron al niño con María, su madre,
y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Queridos
amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho
tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada,
Él está ante nosotros y entre nosotros. Como
entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio
y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero
rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo
que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo
(cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces
en Belén. Y nos invita a esa peregrinación
interior que se llama adoración. Pongámonos
ahora en camino para esta peregrinación del espíritu,
y pidámosle a Él que nos guíe. Amén.
Fuente: Página
Oficial JMJ