Miércoles
17 de agosto
La
mística española de siempre en un joven del
siglo XX:
El Beato Hermano Rafael
Queridos jóvenes peregrinos:
¿A qué
habéis venido a Colonia? ¿Para qué
os ha convocado aquí, en su tierra, el Papa Benedicto
XVI? Lo sabéis muy bien. Pues ¡para hacer ejercicio!
El ejercicio más saludable de todos, que consiste
en... ¡adorar! “Hemos venido... a adorarle”
(Mt 2, 2). A adorar a Jesucristo. Como aquellos personajes
misteriosos del Evangelio que, viniendo de tierras lejanas,
se presentaron un día en Belén para adorar
al Salvador recién nacido y para ofrecerle sus dones.
La ciudad de Colonia recuerda aquel gesto fundacional de
adoración y venera en su catedral la memoria de los
que llamamos Reyes Magos o de Oriente.
Pero ¿qué
es eso de “adorar”? ¿Será tan
importante adorarle, precisamente a Jesucristo? ¿Vosotros
adoráis algo o a alguien? ¿Has pensado en
serio si “adoras”... si adoras alguna cosa o
a alguna persona? ¿Qué pasaría si adoráramos
a alguien que no fuera a Él, a Jesucristo?
Seguro que muchos
ya conocéis a Rafael Arnáiz Barón,
el popular Hermano Rafael. Él fue un maestro de la
adoración en pleno siglo XX. Esta tarde le tomamos
a él como guía para nuestro ejercicio: para
que nos ayude a saber adorar en espíritu y en verdad
(cf. Jn 4, 24).
Pero ¿por
qué Rafael? Pues muy sencillo: porque él es,
a la vez, un místico y un joven de nuestro tiempo.
1. Rafael Arnáiz
murió en 1938 cuando no tenía más que
27 años. Desde entonces ha pasado ya algún
tiempo - casi siete décadas - pero él es aún
contemporáneo nuestro. Todavía podría
estar hoy entre nosotros, aunque con la bonita edad de 94
años; y aún vive gente que le conoció
y que convivió con él. Además, la situación
fundamental de la humanidad sigue siendo hoy muy parecida
a la de su época. Lo veremos enseguida.
2. Pero lo que nos
interesa sobre todo es que, joven y cercano a nosotros,
el Beato Rafael es un místico de cuerpo entero. Místicos
son aquellas personas que han sido capaces de hacer de su
vida entera un gran vuelo de adoración. ¡De
su vida entera, sí! No tuvieron miedo de que eso
fuera demasiado. No temieron perderse, ni quedarse sin nada
para ellos mismos. Al contrario: se tomaron al pie de la
letra aquello de Jesús: “el que pierde su vida
por mi causa, la gana” (Lc 9, 24). Adorar es ganar
de verdad la vida permitiendo que toda ella se consuma,
quemada por el fuego del Amor. Eso es lo que hizo Rafael,
siguiendo las huellas de los grandes maestros de la mística
española: de Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz o
Teresa de Jesús.
Entonces, me váis
a dejar que os cuente algo de Rafael: de su época
y, sobre todo, de su mística. Como él escribe
tan bien, os leeré párrafos suyos que os permitirán
escucharle a él en directo.
I. Un joven
sensible a la gran cuestión de nuestro tiempo
1. Cuando tenía
22 años Rafael entró en un monasterio. Alguien
podría pensar que, siendo tan joven y tan “buenecito”,
no le había dado tiempo todavía a sacarle
partido a la vida ni le había sido posible aún
forjarse una idea seria de lo que es este mundo. Pero no
es así. Él era inteligente y no le faltaron
ocasiones ni medios para situarse en la sociedad y para
conocerla bastante bien.
Fue en enero de 1934,
después de las vacaciones de Navidad, cuando Rafael
les dijo a sus padres en Oviedo que había tomado
la determinación de abandonar sus estudios de Arquitectura
para irse a vivir en pobreza y en silencio a la Abadía
cisterciense de San Isidro de Dueñas, en Palencia.
A su familia no le
faltaba de nada. Su padre era ingeniero de montes, alto
funcionario del Estado. Su madre, de familia de militares,
era una mujer culta: tocaba el piano y escribía críticas
de arte y de teatro en la prensa. Eran felices. Vivían
en el centro de Oviedo, en un piso precioso, nuevo, amplio,
frente al Campo de San Francisco, la huerta del viejo convento
franciscano convertida en el parque romántico del
ensanche urbano que, en el siglo XIX, había hecho
llegar a la ciudad hasta la estación del ferrocarril.
Los Arnáiz podían ver desde su casa, al otro
lado del parque, el colegio de los jesuitas, en el que Rafael
continuó el Bachillerato que había comenzado,
también con los jesuitas, en Burgos, la ciudad castellana
que le había visto nacer en 1911. Los tres últimos
años de sus estudios preuniversitarios, de los 15
a los 18 de su edad, Rafael los cursó, como un estudiante
más, en el Instituto del Estado. Terminado el Bachillerato,
se dedicó a prepararse para el ingreso en la Escuela
Superior de Arquitectura de Madrid, perfeccionando las técnicas
del dibujo y la pintura con un conocido pintor ovetense,
Eugenio Tamayo. Mientras tanto, cultivaba también
la música, el teatro, y, con su padre y los técnicos
forestales, recorría los ríos, las costas
y las montañas de Asturias.
En 1932 Rafael se
traslada a Madrid para continuar sus estudios ya en la Escuela
de Arquitectura. Elige una pensión en la plaza de
Callao, en el 8º piso del Edificio de la Prensa, por
aquel entonces el rascacielos más alto de la capital.
Compra y lee periódicos franceses, de los que le
envía recortes a su hermano Fernando, a Oviedo; cerca
de la pensión están las salas de cine de estreno
de la Gran Vía; visita de vez en cuando buenos restaurantes;
y sale con su amigo Juan Vallaure y otros a divertirse;
las compañeras se lo rifan y una argentina, más
avispada, le persigue literalmente hasta su habitación.
Hace el servicio militar con los universitarios.
También estudia...
es verdad. También... visita a diario el Sagrario
en el Oratorio del Caballero de Gracia, muy cerca de la
pensión de Callao. También se inscribe en
la congregación mariana de los Luises. También
se escapa algunos fines de semana a Ávila para charlar
de Santa Teresa, de San Juan de la Cruz y de la vida monástica
trapense con sus tíos, María y Leopoldo, sus
amigos del alma.
Pero ¿conoció
o no conoció Rafael lo que la vida le podía
ofrecer? Lo conoció bien, no cabe duda. Y se lo pasó
también muy bien. Fijáos en este párrafo
de una “carta kolosal” que le escribe
a su hermano Fernando desde la pensión madrileña:
“Nos
han puesto alfombra nueva en el pasillo, y es mi desesperación,
porque yo, en cuanto veo una tira larga de tela con franjas
a los lados y extendida en el suelo..., me entran unas ganas
atroces de dar saltos mortales, y empezar en un extremo
y acabar en el otro, y como tengo la desgracia de no saber
darlos, nada más abrir la puerta, y ver la alfombra,
tan nueva, gris, con tiras rojas, me meto corriendo en la
habitación y cuando salgo no puedo mirar al suelo,
porque si miro, me entra en el cuerpo una cosa como si fuese
vértigo... y unos deseos locos de poner las manos
sobre el mullido suelo, hacer una flexión, lanzar
los pies a la altura, describir con ellos media circunferencia,
para volverlos a posar en el suelo, delante de mi nuca...,
y así, girando a gran velocidad, acabar en un doble
salto mortal delante de la cerradura de la puerta... ¡Oh!
es horrible lo que me pasa, tener que pasar corriendo, sin
pisar la alfombra, y con los ojos mirando al techo..., porque
si miro ya te digo, o se me va la vista, o me tiro de cabeza...
La dichosa alfombra me está poniendo malo, preferiría
tener un precipicio y pasar en una tabla, que tener que
atravesar a paso lento la larga tira gris y roja, extendida
en el suelo de mi pasillo.
Bueno, no tengo
más que contarte.
Ahora estoy
oyendo en el gramófono «Jocelyn» de Godard...
¡¡Me da una rabia!! Tu madre puede que entienda
esa rabia, pero qué le vamos a hacer. Bueno, te voy
a dejar que tengo que cortarle los rabos a los claveles,
y cambiarles el agua; el pájaro se ha hecho una bola
de plumas (pone un dibujo), y no enseña
más que la cola... No sé dónde tiene
la cabeza. A mí, particularmente, me parece que está
durmiendo profundamente, pero ahora vendrá Juan y
me lo despertará... le conozco.
Bueno, es el
día siguiente” (Carta a su hermano Luis Fernando,
Madrid, 4 de noviembre de 1932, en: Hermano Rafael Arnáiz
Barón, Obras Completas, Editorial Monte
Carmelo, Burgos 2002, 4ª edición, 63).
No cabe duda: Rafael
está muy contento en Madrid haciendo su vida de estudiante
y conociendo mundo. Es el mundo de la España de los
años treinta, de la efervescencia de la II República
y, ¡cómo no! del “progreso” (¿os
suena?). También él parece que llegó
a “adorar” un poco las nuevas posibilidades
que le ofrecía la vida moderna. En aquellos tiempos,
tenía con frecuencia ¡un coche! a su disposición
y fijáos con que sencillez escribirá años
más tarde confesando su pequeña “idolatría”:
“Yo también
alguna vez allá en el mundo, corría por las
carreteras de España, ilusionado de poner el marcador
del automóvil a 120 kilómetros por hora...
¡Qué estupidez! Cuando me di cuenta de que
el horizonte se me acababa, sufrí la decepción
del que goza la libertad de la tierra..., pues la tierra
es pequeña y, además, se acaba con rapidez”
("Libertad", 15 de diciembre de 1936, de Mi
Cuaderno, en: Obras Completas 802).
En fin, que cuando
llega la hora de pedir el ingreso en el monasterio, Rafael
está tan contento de la vida, que le podrá
escribir al Abad diciéndole que él no se hace
monje porque la vida le ofrezca poco; le confiesa más
bien con sinceridad y desparpajo que lo tiene todo:
“...no
me mueve para hacer este cambio de vida, ni tristezas, ni
sufrimientos, ni desilusiones y desengaños del mundo...
Lo que éste me puede dar, lo tengo todo. Dios en
su infinita bondad, me ha regalado en la vida, mucho más
de lo que merezco... Por tanto, mi reverendo Padre, si me
recibe en la comunidad con sus hijos, tenga la seguridad
de que recibe solamente un corazón muy alegre y con
mucho amor a Dios” (Carta a Don Félix Alonso
García, Ávila, 19 de noviembre de 1933, en
Obras Completas 81).
2. Total: que Rafael
conoce la vida y está contento con ella. Sin embargo,
hay algo que le inquieta profundamente en aquella sociedad
tan satisfecha de sí misma, en la que a él
le tocó vivir, y tan parecida a la nuestra de hoy.
Aquel hombre joven, de alma de artista, dotado para el dibujo,
para la pintura, para la música, para la pluma, para
el volante, etc. sentía una llamada desde el fondo
de todo eso y más allá de todo ello hacia
un Amor indescriptible que le arrastra irresistiblemente
hacia sí. Rafael echaba de menos un mundo más
capaz de abrirse a Dios y menos cerrado en sí mismo
y en sus conquistas. No se explica cómo es posible
que los hombres vivan tan absortos con las cosas que ellos
hacen y tan olvidados de aquel Amor que no pasa, del que
provienen el ser y la vida. En definitiva, un corazón
joven que no se conforma con las cosas de este mundo, por
más hermosas e interesantes que sean. Lo eran, de
hecho, para Rafael, pero no eran bastante.
Rafael era, por tanto,
sensible al gran problema de nuestro tiempo, que es el olvido
de Dios que la gente sufre con tanta frecuencia a causa
de una visión de la vida centrada simplemente en
lo que el ser humano puede conseguir o cree que puede conseguir.
La tragedia de la vida moderna, que impide a los hombres
“ver a Dios” y los hace esclavos del llamado
“progreso”, la expresó un día
Rafael con una especie de parábola que dice así:
“Yo me
imagino a toda la humanidad en un gran valle..., inmenso
y lleno de sol. Todos los hombres están en él;
van y vienen, se mueven y gritan... Dios está en
lo alto de una montaña desde donde se domina el valle,
que es más inmenso que el mar... Los hombres y mujeres
que están en él ven la cima del monte donde
está Dios, pero a Él no le ven...
De la inmensa
muchedumbre, que es toda la humanidad, llega hasta la cumbre
del monte donde está Dios un clamor como un trueno...
Son las conversaciones de los hombres, su música
mezclada a gritos de combate, ayes de dolor y de alegría,
retumbar de tambores, pitidos de fábricas, motores
eléctricos, gritos de las plazas y de los circos,
millones y millones de discusiones, conversaciones, conferencias,
cines y teatros; todo ese griterío capaz de enloquecer
a quien no fuese Dios, llega hasta la cumbre del monte...,
pero allí se para; Dios no lo oye. Todo ese ruido
lo desdeña, le ofende y no lo oye... Entonces ¿qué
escucha? ¿Por qué Dios no barre de un soplo
toda esa muchedumbre de gente, que no hace más que
un ruido insoportable?... Parece que a Dios algo le detiene...
Algo escucha complacido. ¿Es un murmullo? No... apenas
se oye... Entonces, ¿qué es?...
Nos ponemos
a mirar detenidamente a los hombres del valle y vemos que
algunos no gritan, no discuten, no corren ni pegan martillazos...
¿Qué hacen? Parece que no hacen nada... Están
en silencio y de rodillas... Los demás los miran
y se extrañan; les estorban algunas veces en su camino,
y o se burlan de ellos o los quitan de enmedio... Pero ellos
siguen en silencio y siguen de rodillas... Entonces vamos
a ellos y les preguntamos, ¿qué hacéis?
¿Por qué no [os] unís a nosotros, en
el progreso, en la civilización?... Y entonces ellos
nos dicen: Calla, hermano, no metas ruido, que estoy hablando
a Dios...” ("Apología del trapense",
septiembre de 1934, en: Obras Completas 271).
El “progreso”
sin Dios es “ruido” que aturde, no a Dios, sino
a los hombres. En cambio, algunos que parece que no hacen
nada, por estar de rodillas y en silencio ante Él,
son precisamente quienes se hacen clarividentes y tienen
la clave del futuro de la Humanidad. Por aquellos mismos
días, Rafael hacía en Oviedo una experiencia
que él cuenta así:
“Cuando
salí de la iglesia, era de noche. No quise dirigir
mis pasos al centro de la ciudad, y me encaminé a
los barrios extremos... En ellos se ve lo de siempre: pobreza
material y moral... Las casas, sucias y negras, dejaban
ver de vez en cuando el interior mal alumbrado de las habitaciones,
olor a polvo y humedad; mujeres desgreñadas chillando
a los chiquillos que juegan en el arroyo... Las calles mal
alumbradas y sucias; los comercios se reducen a casas donde
se vende nada más que lo indispensable..., pan y
alpargatas. De vez en cuando, una taberna de la que se desprende
un olor a tabaco, a vino y a comida barata. Todo esto debajo
de un cielo encapotado y sin estrellas...
Esto es el
pueblo, el pueblo pobre, donde el hambre es una cosa corriente,
y a donde los habitantes del centro de la ciudad, no quieren
venir, porque la miseria les molesta. Allí hay comercios
de lujo, las casas tienen un portero y ascensor; hay anuncios
luminosos en los teatros, y los coches brillantes y limpios
se pueden deslizar por el asfalto sin llenarse de barro
y sin tropezar con chiquillos que juegan en el arroyo.
Y, sin embargo,
tanto los pobres como los ricos son hijos de Dios, todos
tienen las mismas miserias y los mismos pecados..., pero
algún día, cuando Dios juzgue, ¡qué
sorpresas nos vamos a llevar!! La desesperación del
que tiene hambre se puede justificar, pero el egoísmo
del que tiene dinero, y los pobres le molestan, eso no tiene
perdón.
Si a Dios le
olvidan los de arriba, ¿por qué nos extrañamos
que se rebelen los que están abajo?... No hay que
ir al pobre a predicarle paciencia y resignación,
sino que hay que ir al rico y decirle, que si no es justo
y no da lo que tiene, la ira de Dios caerá sobre
él.
Al ir caminando
por estos barrios, muchos pensamientos me asaltaban de indignación
y de vergüenza. Cuanto más se le destierre a
Dios de la sociedad, habrá más miseria, y
si en un pueblo que se llama cristiano, las criaturas se
odian por razón de castas, de intereses, y se separan
en barrios ricos y pobres, ¿qué pasará
el día que el nombre de Dios sea maldecido por unos
y por otros?... Si al pobre le quitan la idea de Dios, ya
no le queda nada; su desesperación es justificable,
su odio a los ricos es natural, su deseo de revolución
y anarquía es lógico; y si al rico la idea
de Dios le estorba, y no hace caso de los preceptos del
evangelio y las enseñanzas de Jesús..., entonces
que no se queje, y si su egoísmo le impide acercarse
al pobre, no se extrañe que éste pretenda
arrebatarle a la fuerza lo que tiene.
Al ver la sociedad
tal como está hoy día, ¿quién
es el cristiano que no le duele el alma, el verla en tal
estado?... Cuando pienso que todos los conflictos sociales,
todas las diferencias se allanarían si mirásemos
un poco hacia ese Dios que tan abandonado estaba en la iglesia
que yo acababa de visitar... Cuando pienso, al ver el espectáculo
que presentan los hombres, que los odios y las envidias,
los egoísmos y las mentiras, desaparecerían
si mirásemos a Dios... Cuando veo tan fácil
la solución para que los hombres sean felices, pero
éstos, ciegos o locos no lo quieren ver..., entonces
no puedo menos de exclamar: Señor..., Señor,
mira a tu pueblo que sufre... Los hombres no son malos,
Señor..., pero si Tú les abandonas, ¿quién
podrá, Señor, subsistir?... ¿Qué
podemos hacer nosotros solos? Nada; absolutamente nada...
Si Tú apartases tu mirada del mundo por un solo instante,
el mundo se hundiría en el «caos»...
Perdónanos, Señor.” ("Apología
del trapense", en Obras Completas 267-269).
Pocos días
después de que Rafael hubiera escrito estas reflexiones,
Oviedo fue arrasada por la revolución de octubre
de 1934, preludio de la Guerra Civil española y,
también, de la Segunda Guerra Mundial. Adorar el
“progreso”, sea del tipo que fuere: material
o cultural, de un signo político o de otro, es ponerse
en el camino del fracaso y de la catástrofe. Rafael
se percató bien de ello. Y se hizo el propósito
firme de no adorar más que al Creador de todos.
II. La adoración
existencial de un joven místico
“Hemos
venido a adorarle” (Mt 2, 2)
Rafael lo abandonó
todo... su carrera, su futura profesión, su familia
para adorar sólo a Dios. ¿Es necesaria tanta
radicalidad? ¿Pide tanto el Creador de nosotros,
débiles criaturas? ¿Tenemos que hacernos todos
monjes para poder ser de verdad adoradores de Dios? ¿Fracasaremos
nosotros y fracasará el mundo si no nos hacemos todos
monjes y monjas? Claro que no. Dios sólo desea que
le demos por entero nuestro corazón. Rafael tuvo
claro que él sólo lo podía hacer como
lo hizo: cambiando los lápices y el traje de seda
por la azada y el hábito de áspera lana. A
cada hombre y a cada mujer Dios le muestra un camino propio
para que él o ella le entreguen por completo su existencia.
Eso es adorar “en espíritu y en verdad”,
como nos pide Jesús.
Es posible que Jesucristo
le pida a más de uno de vosotros que lo abandone
todo para dedicarse exclusivamente a él en la vida
monástica o en el apostolado. A la mayoría
Dios os llamará a haceros santos en el hogar y en
el trabajo. Pero a todos, absolutamente a todos, nos pedirá
adoración “en espíritu y en verdad”.
Por eso, los grandes adoradores, como Rafael, nos sirven
a todos de ejemplo y de estímulo. Recordaréis
que, en la Jornada Mundial de la Juventud de 1989, en Santiago
de Compostela, Juan Pablo II propuso a Rafael como modelo
de seguimiento de Jesucristo para todos los jóvenes.
Pues bien, nos acercamos
a Rafael el 5 de enero de 1935, víspera del día
de Reyes, y lo encontramos en Oviedo, por la noche, escribiéndole
a su tía María lo siguiente:
“Me voy
a acostar y mañana, día de Reyes, iré
a adorar al Niño y le ofreceré... lo de siempre...”
(Obras Completas 600).
¿Qué
es eso “de siempre” que Rafael le ofrece a Jesucristo,
junto con los dones de los Reyes, como expresión
de que le adora de verdad? Pues, sencillamente todo lo que
es y lo que tiene. Es, más en concreto, su trabajo,
sus deseos, su salud y su vida. Hacer ofrenda de todo a
Dios por amor... trabajo, deseos, vida: eso es adorar de
verdad. Veamos cómo lo hacía Rafael.
1. El trabajo, el
estudio o cualquiera de nuestras actividades, sólo
tienen verdadera capacidad de llenar nuestra existencia
cuando son ofrecidas, es decir, cuando las hacemos más
que por lo que valen en sí, por lo que ponemos en
ellas de entrega de nosotros mismos. Entonces cualquier
actividad puede ser valiosa, aunque no obtenga grandes resultados
o aunque sea tenida por poco importante. Entonces el trabajo
no nos esclavizará ni nos empujará a la envidia
ni a la codicia. Lo vemos muy bien en lo que le pasó
una fría mañana de invierno a Rafael en el
monasterio:
“En mis
manos han puesto una navaja, y delante de mí un cesto
con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que
resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural,
tan grandes... y tan fríos... ¡Qué le
vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.
El tiempo pasa lento, y mi navaja también, entre
la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente
dejando pelados.
Los diablillos
me siguen dando guerra. ¡¡Que haya yo dejado
mi casa para venir aquí con este frío a mondar
estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo
esto de pelar nabos, con esa seriedad de magistrado de luto.
Un demonio
pequeñito, y muy sutil, se me escurre muy adentro
y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos,
mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre
lentejas, patatas, berzas y nabos.
El día
está triste... No miro a la ventana, pero lo adivino.
Mis manos están coloradas, coloradas como los diablillos;
mis pies ateridos... ¿Y el alma? Señor, quizás
el alma sufriendo un poquillo... Mas no importa..., refugiémonos
en el silencio.
Transcurría
el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío,
cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente
penetra en mi alma... Una luz divina, cosa de un momento...
Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo!
¿Que qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa!!
¡qué pregunta! Pelar nabos..., ¡pelar
nabos!... ¿Para qué?... Y el corazón
dando un brinco contesta medio alocado: pelo nabos por amor...,
por amor a Jesucristo.
Ya nada puedo decir
que claramente se pueda entender, pero sí diré
que allá adentro, muy adentro del alma, una paz muy
grande vino en lugar de la turbación que antes tenía.
Sólo sé decir que el solo pensar que en el
mundo se puede hacer de las más pequeñas acciones
de la vida actos de amor de Dios; que el cerrar o abrir
un ojo hecho en su nombre nos puede hacer ganar el cielo;
que el pelar unos nabos por verdadero amor a Dios, le puede
a Él dar tanta gloria y a nosotros tantos méritos,
como la conquista de las Indias; el pensar que por sólo
su misericordia tengo la enorme suerte de padecer algo por
Él... es algo que llena de tal modo el alma de alegría,
que si en aquellos momentos me hubiera dejado llevar de
mis impulsos interiores, hubiera comenzado a tirar nabos
a diestro y siniestro, tratando de hacer comunicar a las
pobres raíces de la tierra la alegría del
corazón... Hubiera hecho verdaderas filigranas malabares
con los nabos, la navaja y el mandil.
Me reía a
«moco tendido» (quizás por el frío)
de los diablillos rojos, que asustados de mi cambio, se
escondían entre los sacos de garbanzos y en un cesto
de repollos que allí había.
(...)
¿Qué
importa el pesar de un momento, el sufrir un instante?...
Lo que sé decir es que no hay dolor que no tenga
compensación en ésta o en la otra vida, y
que en realidad para ganar el cielo se nos pide muy poco.
Aquí, en una Trapa, quizás sea más
fácil que en el mundo, pero no es por el género
de vida éste o aquél, pues en el mundo se
tienen los mismos medios de ofrecer algo a Dios. Lo que
pasa es que el mundo distrae y se desperdicia mucho.
(...)
Aprovechemos esas
cosas pequeñas de la vida diaria, de la vida vulgar...
No hacen falta, para ser grandes santos, grandes cosas;
basta el hacer grandes las cosas pequeñas.
En el mundo se desaprovecha
mucho, pero es que el mundo distrae... Tanto vale en el
mundo el amar a Dios en el hablar, como en la Trapa en el
silencio; la cuestión es hacer algo por Él...,
acordarse de Él... El sitio, el lugar, la ocupación,
es indiferente.
Dios me puede hacer
tan santo pelando patatas como gobernando un imperio.
Qué pena que
el mundo esté tan distraído..., porque he
visto que los hombres no son malos..., y que todos
sufren, pero no saben sufrir...
Si por encima de
la frivolidad, si por encima de esa capa de falsa alegría
con que el mundo oculta sus lágrimas, si por encima
de la ignorancia de lo que es Dios, elevaran un poco los
ojos a lo alto..., seguramente les ocurriría lo que
al fraile de los nabos..., muchas lágrimas se enjugarían,
muchas penas se endulzarían y muchas cruces se amarían
para poder ofrecerlas a Cristo.
Cuando terminó
el trabajo, y en la oración me puse al pie de Jesús
muerto..., allí a sus plantas deposité un
cesto de nabos peladitos y limpios... No tenía otra
cosa que ofrecerle, pero a Dios le basta cualquier cosa
ofrecida con el corazón entero, sean nabos, sean
imperios.
La próxima
vez que vuelva a pelar raíces, sean las que sean,
aunque estén frías y heladas, le pido a María
no permita se me acerquen diablillos rojos a hacerme rabiar.
En cambio, le pido me envíe a los ángeles
del cielo, para que yo pelando y ellos llevando en sus manos
el producto de mi trabajo, vayan poniendo a los pies de
la Virgen María rojas zanahorias; a los pies de Jesús,
blancos nabos, y patatas y cebollas, coles y lechugas...
En fin, si vivo muchos
años en la Trapa, voy a hacer del cielo una especie
de mercado de hortalizas, y cuando el Señor me llame
y me diga basta de pelar..., suelta la navaja y el mandil
y ven a gozar de lo que has hecho..., cuando me vea en el
cielo entre Dios y los santos, y tanta legumbre..., Señor
Jesús mío, no podré por menos de echarme
a reír” ("Las piruetas de los nabos",
12 de diciembre de 1936, Mi Cuaderno,
en Obras Completas 786-793).
El buen humor que
derrocha Rafael en su voluntario encierro monástico
es una prueba de la verdad de lo que dice: “no hacen
falta grandes cosas, basta el hacer grandes las cosas pequeñas”.
¿Y cómo se hacen grandes? Ofreciéndolas,
finalizándolas, transfigurándolas por el amor
a Dios que ponemos en ellas.
2. Lo que pasa es
que estamos constantemente deseando cosas que a nosotros
nos parecen grandes; o deseando precisamente lo que no tenemos.
Bueno, pues si adoramos verdaderamente a Dios, si tenemos
puesto del todo nuestro corazón en Él, también
sabremos silenciar ese fragor de los deseos, que van y vienen,
para encontrar la paz y la serenidad del alma. El verdadero
adorador de Jesucristo no es, ciertamente, ningún
pasota, ningún desinteresado por lo bueno y por lo
bello, pero su alma se serena y pacifica, saciada por el
único eterno y gran Amor; y podrá repetir
constantemente, como Rafael, ante los avatares de la vida
y ante los deseos contradictorios y siempre inquietos del
corazón: “¡qué más da!”;
¡qué más da, en el fondo, este lugar
que aquel otro, esta ocupación que aquella otra que
tanto me interesaría! ¡Nada de este mundo me
ata, porque lo tengo todo en el Amor de Dios! Rafael es
un maestro de esta “espiritualidad del qué
más da”.
Os leo lo que le
dice en una carta a su tía María sobre esa
libertad espiritual, después de haberse despedido
de ella para ingresar de nuevo pronto al monasterio. Lo
hace con lenguaje de San Juan de la Cruz (Cántico
espiritual, canción 3: Buscando mis amores,/iré
por esos montes y riberas;/ni cogeré las flores,/ni
temeré las fieras,/y pasaré los fuertes y
fronteras).
“¡Qué
pena me dio el verte llorar en Ávila cuando nos fuimos...!
(...)
No me extraña
nada lo que me dices del consuelo y la paz que te dio el
Señor al leer a San Juan de la Cruz. A mí
me pasó lo mismo... El día anterior habíamos
leído en Sonsoles: «Ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras...». Pues bien, con ese
pensamiento y con la ayuda de María, hice todo el
camino... Veía pasar pueblos, personas y paisajes;
y, con el volante muy apretado en las manos, y - ¿por
qué no? - con muchas ganas de llorar, seguía,
seguía la carretera sin detenerme...
Acababa de
dejar en Ávila muchas flores de las de San Juan de
Cruz... El Señor me pide seguir y no detenerme. ¿Qué
hacer?, pues lo de siempre: mirar arriba, mirar muy alto...,
y seguir sin detenerme... Haz tú lo mismo. La Virgen
te mira y Dios te ayuda; no te importe ni el llorar ni el
reír, ¿qué más da? El barro
es siempre barro y no nos podemos mudar. Lo importante es
que ese barro sea de Dios, que Él haga lo que quiera,
y que todo nos lleve a Él.
¡Qué
difícil es no coger las flores! Pero también,
qué fácil es... Una vez hecho el tirón,
Dios atrae de tal manera y con tal suavidad, que nada cuesta...
¿Qué más da llorar?... Llora todo lo
que puedas; ríete y goza, cuando puedas. ¡Qué
más te da!... La que ríe y llora eres tú...,
y tú no eres nadie, tú no eres nada... Y,
créeme, queridísima hermana - ¿no te
importa que te llame así? - créeme: el día
que lo veas..., el día que estés desprendida
de todo y de ti misma, entonces verás que
todo lo que a nosotros nos pase, nos tendrá
sin cuidado. Ni el sufrir, ni el gozar atraerán nuestras
miradas... Entonces veremos mejor a Dios. No nos miremos
tanto a nosotros mismos..., y si nos miramos, y escudriñamos,
sea para buscar a ese Dios escondido, que tenemos en nosotros.
El otro día,
aun en medio de mi aflicción y de mi pena, había
momentos en que, olvidándome de todo, gozaba de Dios
en medio de la carretera. ¡Pasaba todo tan deprisa!...,
era todo tan pequeño, aun yo mismo, tan insignificante
a los ojos de Dios... Tenía tanta prisa por verle...
que no sabía lo que hacía. «Ni cogeré
las flores», pensaba... ¿Qué flores?
¿He cogido yo alguna vez flores? No..., no me puedo
detener, no hace falta hacer esfuerzo, no necesito detenerme...,
aunque quisiera no podría, Dios no me deja.
¿No te pasa a ti lo mismo?
Qué alegría,
Señor, mándame lo que sea, o flores o espinas,
¿qué más da? No me he de detener a
mirar nada, pues con mirarte a Ti tengo bastante; ¡llenas
de tal manera, amas de tal modo!, que todo ante Ti desaparece
y quedamos en nada...
¡Qué
alegría, Señor, el poder verte a Ti y el no
vernos a nosotros! ¿Qué más da flores
o espinas si eres Tú el que las das, el que nos las
llevas y el que nos las quitas? Nosotros no hacemos nada,
pues nada sabemos hacer; Tú lo haces todo... Nosotros,
si hablamos de la cruz, es para quejarnos con egoísmo;
si buscamos consuelo, a nosotros [nos] buscamos; si queremos
amarte, lo hacemos con ruindad, y no sabemos...
¡Qué
alegría, Señor, pensar que Tú nos lo
haces todo!..., entonces todo es grande y hermoso.
Señor, no
puedo detenerme, porque si me detengo, es para buscarme
a mí mismo, y en mí no hallo nada que merezca
la pena; tengo que seguir hasta Ti, ¿qué me
importan las flores? ¿Qué me importan las
espinas? A Ti te tengo, tengo tu amor, lo tengo todo...
Qué alegría el verse en nada, y sin nada.
Con estos pensamientos
continuaba el viaje a Oviedo... A los lados del camino,
dejaba muchas cosas, pero no las quería. Dios me
esperaba allá en el horizonte, y no me podía
detener, ni yo quería tampoco.
Cuesta mucho desprenderse,...
pero una vez desprendido, se vuela mejor. Después
rezaba Avemarías para que a ti te ayudara Dios como
a mí me ayudaba.
Llegamos a Oviedo
a las seis y media. Comimos en León e hicimos el
viaje perfectamente sin marearse nadie” (Carta a su
tía María, Oviedo, 8 de noviembre de 1935,
en: Obras Completas).
3. La adoración
que no se queda en palabras vacías y que permite
“volar mejor” - como nos enseña Rafael
- consiste en disfrutar de tenerlo todo con tener tan sólo
el amor de Dios. Así, se adora haciendo grandes las
cosas pequeñas de cada día; se adora con la
sana indiferencia respecto de los deseos de cualquier cosa;
y, por este camino, la adoración llega a convertirse
en la locura de querer estar con Jesucristo en su misma
cruz. Querer la cruz con Él es el grado supremo de
la adoración. Que nadie se confunda. No se trata
de ningún masoquismo. Se trata más bien de
estarse con gusto allí donde el Amor todopoderoso
nos sale al encuentro.
Rafael murió
a los 27 de años de un coma diabético, después
de haber tenido que abandonar varias veces el monasterio
a causa de esta enfermedad y después de haber vuelto
una y otra vez, en cuanto podía, al lugar donde él
sabía que Dios le quería. Cuando regresa por
última vez, el 15 de diciembre de 1937, España
estaba en guerra y todos los monjes jóvenes habían
sido llamados por el ejército. En el monasterio se
pasaban estrecheces y ni siquiera contaban con el hermano
enfermero que había atendido a Rafael en ocasiones
anteriores. Precisamente a este hermano, que estaba en un
cuartel, Rafael le escribe una carta hablándole de
su vuelta al monasterio. Es conmovedora la forma en la que
le cuenta cómo está dispuesto a seguir la
llamada del Amor, aun a sabiendas de que le puede costar
la salud y la vida. Porque es el mismo Jesucristo quien
le llama a acompañarle hasta el final. Esuchad a
Rafael:
“Escribí
al Padre Abad diciéndole que una vez hecho el reconocimiento,
volvería al convento, y me contestó el Padre
José, diciéndome que volviera cuando quisiera,
que las puertas las tenía siempre abiertas... pero
que lo pensase bien y no me precipitase ya que ahora no
tienen enfermero y sería de lamentar me volviese
a ocurrir lo pasado. Eso es todo.
Humanamente
hablando, es muy prudente, ¿no te parece? Pero ¿qué
he de hacer? Pues mira, yo pienso de la manera siguiente,
a ver qué te parece.
Suponte que tú
estás en tu casa enfermo, lleno de cuidados y atenciones,
casi tullido, inútil..., incapaz de valerte en una
palabra. Pero un día vieras pasar debajo de tu ventana
a Jesús... Si vieras que a Jesús le seguían
una turba de pecadores, de pobres, de enfermos, de leprosos.
Si vieras que Jesús te llamaba y te daba
un puesto en su séquito, y te mirase con esos ojos
divinos que desprendían amor, ternura, perdón
y te dijese: ¿por qué no me sigues?... ¿Tú,
qué harías? ¿Acaso le ibas a responder...
Señor, te seguiría si me dieras un enfermero...,
si me dieras medios para seguirte con comodidad
y sin peligro de mi salud... Te seguiría si estuviera
sano y fuerte para poderme valer...?
No, seguro que si
hubieras visto la dulzura de los ojos de Jesús, nada
de eso le hubieras dicho, sino que te hubieras levantado
de tu lecho, sin pensar en tus cuidados, sin pensar en ti
para nada, te hubieras unido, aunque hubiera sido el último...,
fíjate bien, el último, a la comitiva de Jesús,
y le hubieras dicho: Voy, Señor, no me importan mis
dolencias, ni la muerte, ni comer, ni dormir... Si Tú
me admites, voy. Si Tú quieres puedes sanarme...
No me importa que el camino por donde me lleves sea difícil,
sea abrupto y esté lleno de espinas. No me importa
si quieres que muera contigo en una Cruz...
Voy, Señor,
porque eres Tú el que me guía. Eres Tú
el que me promete una recompensa eterna. Eres Tú
el que perdona, el que salva... Eres Tú el único
que llena mi alma.
Fuera cuidados de
lo que me pueda ocurrir en el porvenir. Fuera miedos humanos,
que siendo Jesús de Nazaret el que guía...,
¿qué hay que temer?
¿No te parece,
hermano, que tú le hubieras seguido, y nada del mundo
ni de ti mismo, te hubiera importado? Pues eso es lo que
a mí me pasa.
Siento muy dentro
de mi alma esa dulce mirada de Jesús. Siento que
nada del mundo me llena; que sólo Dios..., sólo
Dios, sólo Dios...
Y Jesús me
dice: puedes venir cuando quieras... No te importe
ser [el] último, ¿acaso por eso te quiero
menos? Quizás más.
No me tengas envidia,
hermano, pero Dios me quiere mucho...
Por otra parte, la
carne me tira; el mundo me llama loco e insensato... Se
me hacen prudentes advertencias... Pero ¿qué
vale todo eso, al lado de la mirada de un Dios como Jesús
de Galilea, que te ofrece un puesto en el cielo, y un amor
eterno? Nada, hermano..., ni aun por sufrir hasta el fin
del mundo merece la pena dejar de seguir a Jesús”
(Carta al H. Tescelino, 1 de noviembre de 1937, en Obras
Completas 967-968).
Conclusión
“Hemos
venido a adorarle” (Mt 2, 2)
Hemos venido a hacer
un ejercicio de amor místico, de amor de identificación
con Jesucristo. Seguro que las palabras y la vida del Hermano
Rafael os animarán a convertiros en adoradores en
espíritu y en verdad. Adorar así es ganar
la vida dejándola que se abrase toda entera en el
fuego del Amor eterno, que es Dios.
Hoy día, como
también en los días de Rafael, son muchos
los que se olvidan de Dios o viven como si Dios no existiera,
adorando falsos dioses. Pero los falsos dioses jamás
dan lo que prometen. El “progreso”, convertido
en ídolo, al que todo se le ofrece, promete libertad,
pero lo que realmente da es aburrimiento, por un lado, y
violencia y muerte, por otro. La cara de los ídolos
es amable, pero su corazón es de hierro.
Termino dejando hablar
de nuevo a Rafael. Oíd lo que le escribía
a su abuela materna que, al parecer se le había quejado
de sus muchos años y de lo poco que podía
hacer ella. Rafael le habla como el místico de 24
años que entonces ya era y le dice algo que vale
también para todos nosotros:
“¿Qué
más da ser trapense que ser militar, ser pobre o
rico, alto o bajo, hombre o mujer? El amor a Dios debe ser
único, y no valdrá [decir] allá un
día, delante de Jesús..., yo, Señor,
te he querido, pero como he tenido que ir todos los días
al cuartel, pues claro, el militar no puede ocuparse en
otra cosa..., y el labrador ocupado con sus yuntas, tampoco
tiene tiempo, y el intelectual no puede interesarse en «ñoñeces
de fraile», y así sucesivamente todo el mundo.
Ya ves, tú
tienes muchos años, pero ¿qué más
da? Ves el sol, el cielo y las flores que son criaturas
de Dios y publican su gloria. Tienes un Sagrario cerca donde
puedes hablar a Jesús para que Él te consuele
en todo. Tienes un nieto que te quiere mucho (aunque tú
no lo creas), que ha pedido y pedirá por ti en un
coro de monjes del Císter... En una palabra, tienes
a Dios y la protección de la Virgen, ¿qué
más puedes pedir? No me digas que te falta algo porque
lo tienes todo” (Carta a su abuela, Fernanda Torres;
Oviedo, 30 de septiembre de 1934, en: Obras Completas
294 y 295).
Sí:
¡Sólo Dios basta!
Hermano Rafael,
intercede por nosotros para que sepamos adorar como tú.
P. Juan Antonio Martínez
Camino
Secretario General de la Conferencia Epsicopal Española