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CEREMONIA
DE BIENVENIDA
DISCURSO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Palacio
del Gobierno, Sydney
Jueves 17 de julio de 2008
Ilustrísimos señores y señoras,
queridos amigos australianos:
Os
saludo hoy con gran alegría. Deseo
agradecer al Gobernador General, el General Mayor Michael
Jeffery, y al Primer Ministro Rudd el honor que me hacen
con su presencia en esta ceremonia, así como la bienvenida
que me han deparado de forma tan cortés. Como sabéis,
he podido disponer de algún día de descanso
desde mi llegada a Australia el domingo pasado. Estoy muy
agradecido por la hospitalidad que me han brindado. Ahora
me dispongo a tomar parte esta tarde en la ceremonia de “bienvenida
al país” de la población indígena
y celebrar después los grandes eventos que son objeto
de mi Visita Apostólica a esta Nación: la XXIII
Jornada Mundial de la Juventud.
Alguien
podría preguntarse qué es
lo que mueve a miles de jóvenes a emprender un viaje,
para muchos de ellos largo y cansado, para participar en
un acto de este tipo. Desde la primera Jornada Mundial de la Juventud,
en 1986, ha resultado evidente que muchos jóvenes
valoran la oportunidad de congregarse para profundizar en
la propia fe en Cristo y compartir con otros una experiencia
gozosa de comunión en su Iglesia. Desean escuchar
la palabra de Dios y aprender más sobre su fe cristiana.
Tienen deseos de participar en un evento que pone de relieve
los grandes ideales que los inspiran, y regresan a sus casas
repletos de esperanza, renovados en su decisión de
construir un mundo mejor. Es para mí una alegría
estar con ellos, rezar con ellos y celebrar la Eucaristía
junto con ellos. La Jornada Mundial de la Juventud me llena
de confianza ante el futuro de la Iglesia y el futuro de
nuestro mundo.
Es
particularmente oportuno celebrar aquí la
Jornada Mundial de la Juventud, dado que la Iglesia en Australia,
además de ser la más joven entre las Iglesias
de los diversos continentes, es también una de las
más cosmopolita. Desde la llegada aquí de los
primeros europeos a finales del siglo XVIII, este país
se ha convertido en la morada no sólo de generaciones
de emigrantes europeos, sino también de personas de
cualquier rincón del mundo. La inmensa diversidad
de la población australiana de hoy da un vigor especial
a la que podría considerarse aún, comparándola
con la mayor parte del resto del mundo, una nación
joven. Sin embargo, miles de años antes de la llegada
de los colonos occidentales, los únicos habitantes
de este territorio eran personas originales del país,
aborígenes e isleños del Estrecho de Torres.
Su antigua herencia forma parte esencial del panorama cultural
de la Australia moderna. Gracias a la audaz decisión
del Gobierno australiano de reconocer las injusticias cometidas
en el pasado contra los pueblos indígenas, se están
dando ahora pasos concretos con el fin de alcanzar una reconciliación
basada en el respeto recíproco. Justamente estáis
tratando de colmar la diferencia entre los australianos indígenas
y los no indígenas en lo que se refiere a la expectativa
de vida, los planes educativos y las oportunidades económicas.
Este ejemplo de reconciliación da esperanza en todo
el mundo a los pueblos que anhelan ver consolidados sus derechos,
así
como reconocida y promovida su aportación a la sociedad.
Entre
los colonos que venían de Europa
había siempre una proporción significativa
de católicos, y debemos estar justamente orgullosos
por su contribución en la construcción de la
Nación, en particular en los campos de la educación
y la sanidad. Una de las figuras eminentes de la historia
de este país es la Beata Mary Mackillop, ante cuya
tumba rezaré después hoy mismo. Sé que
su perseverancia frente a la adversidad, sus intervenciones
para defender a cuantos eran tratados injustamente y su ejemplo
concreto de santidad han llegado a ser fuente de inspiración
para todos los australianos. Generaciones de australianos
tienen motivos para agradecer a ella, a las Religiosas de
san José del Sagrado Corazón y a otras congregaciones
religiosas la red de escuelas que han fundado aquí,
así como también el testimonio de la vida consagrada.
En el actual contexto más secularizado, la comunidad
católica sigue ofreciendo una contribución
importante a la vida nacional, no sólo a través
de la educación y la sanidad, sino de modo especial
indicando la dimensión espiritual de las cuestiones
más relevantes del debate contemporáneo.
Con
tantos miles de jóvenes que visitan
Australia en estos días, es obligado reflexionar sobre
qué tipo de mundo estamos transmitiendo a las futuras
generaciones. Según la letra de vuestro himno nacional,
esta tierra “abunda en dones naturales, de una belleza
rica y rara”. Las maravillas de la creación
de Dios nos recuerdan la necesidad de proteger el ambiente
y llevar a cabo una administración responsable de
los bienes de la tierra. A este respecto, noto que Australia
se está
comprometiendo seriamente para afrontar la propia responsabilidad
de cuidar el ambiente natural. De la misma forma, con respecto
al ambiente humano, este país ha sostenido generosamente
operaciones internacionales para el mantenimiento de la paz,
contribuyendo a la resolución de los conflictos en
el Pacífico, en Asia del Sureste y en otros lugares.
A causa de las muchas tradiciones religiosas representadas
en Australia, éste es un territorio particularmente
fértil para el diálogo ecuménico e interreligioso.
Durante mi estancia, espero con ilusión encontrar
a los representantes locales de las diferentes comunidades
cristianas y de otras religiones, para animar este compromiso
importante, signo de la acción reconciliadora del
Espíritu, que nos empuja a buscar la unidad en la
verdad y en la caridad.
Sin
embargo, estoy aquí ante todo para
reunirme con los jóvenes, tanto de Australia como
de cualquier otra parte del mundo, y para rezar por una renovada
efusión del Espíritu Santo sobre todos los
que tomarán parte en nuestras celebraciones. El tema
elegido para la Jornada Mundial de la Juventud de 2008 está tomado
de las palabras dirigidas por Jesús mismo a sus discípulos,
tal como aparecen en los Hechos de los Apóstoles: “Recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo para ser mis testigos… hasta
los confines del mundo” (1,8). Pido para que el Espíritu
Santo otorgue una renovación espiritual a este país,
al pueblo australiano, a la Iglesia en Oceanía y realmente
hasta los extremos de la tierra. Los jóvenes hoy se
encuentran ante una variedad desconcertante de opciones de
vida, de modo que a ellos a veces les resulta arduo saber
cómo encauzar mejor sus ideales y su energía.
Es el Espíritu quien da la sabiduría para discernir
el sendero justo y el valor para recorrerlo. Él corona
nuestros pobres esfuerzos con sus dones divinos, como el
viento, que, inflando las velas, hace avanzar la nave mucho
más de lo que los pescadores logran con la fatiga
de su remar. Así el Espíritu hace posible que
los hombres y mujeres de cada lugar y de cada generación
lleguen a ser santos. Que por obra del Espíritu los
jóvenes reunidos para la Jornada Mundial de la Juventud
tengan la audacia de llegar a ser santos. Esto es de lo que
tiene necesidad el mundo, más que de cualquier otra
cosa.
Queridos
amigos australianos, una vez más
agradezco la calurosa bienvenida y me dispongo con alegría
a transcurrir estos días con vosotros y con los jóvenes
de todo el mundo. Dios bendiga a los que estáis aquí presentes,
a todos los peregrinos y a los habitantes de este país.
Y bendiga siempre y proteja a la Commonwealth de Australia.

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