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CEREMONIA
DE DESPEDIDA DE LAS AUTORIDADES
DISCURSO DEL SANTO
PADRE PADRE BENEDICTO XVI
Aeropuesto internacional
de Sidney
Lunes,
21 de julio de 2008
Queridos amigos:
Antes de despedirme
de vosotros, deseo decir a los que me han hospedado lo
grata que ha sido mi visita aquí y lo agradecido que estoy por la hospitalidad
recibida. Quedo muy agradecido al Señor Primer Ministro,
Kevin Rudd, por la amabilidad que ha tenido conmigo y con
todos los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud.
Agradezco también al Gobernador General, el General
Mayor Michael Jeffery, su presencia aquí y la gentileza
de haberme acogido en el Almirantazgo General al comienzo
de mis compromisos públicos. El Gobierno Federal y
el Gobierno del Estado de Nuevo Gales del Sur, y también
los habitantes y la comunidad empresarial de Sydney, han
colaborado generosamente en apoyo de la Jornada Mundial de
la Juventud. Un acontecimiento de este género requiere
un inmenso trabajo de preparación y organización,
y estoy seguro de hablar en nombre de muchos miles de jóvenes
al expresar mi aprecio y gratitud a todo vosotros. Habéis
ofrecido con el característico estilo australiano
una calurosa bienvenida, a mí y a innumerables jóvenes
peregrinos que han confluido aquí desde todos los
rincones del mundo. Estoy muy agradecido, en particular,
a las familias que en Australia y Nueva Zelanda han hecho
hueco en sus casas para acoger a los jóvenes. Habéis
abierto vuestras puertas y vuestros corazones a la juventud
del mundo y, en nombre de estos jóvenes, os lo agradezco.
En los días pasados, los actores principales
en el escenario han sido, obviamente, los jóvenes
mismos. La Jornada Mundial de la Juventud les pertenece a
ellos. Ellos han sido los que han hecho de esta Jornada un
acontecimiento eclesial de carácter global, una gran
celebración de la juventud, una gran celebración
de lo que significa ser Iglesia, el Pueblo de Dios en medio
del mundo, unido en la fe y en el amor, y que el Espíritu
ha hecho capaz de llevar el testimonio de Cristo resucitado
hasta los confines de la tierra. Les doy las gracias por
haber venido, les doy las gracias por su participación,
y ruego para que tengan un viaje seguro de regreso. Sé que
los jóvenes, sus familias y personas amigas, han hecho
en muchos casos grandes sacrificios para que pudieran llegar
a Australia. Por todo eso, toda la Iglesia les está reconocida.
Al volver la vista
atrás hacia estos
días emocionantes, pienso en escenas significativas.
Me ha impactado mucho la visita a la tumba de Mary MacKillop,
y agradezco a las Hermanas de San José la oportunidad
que he tenido de orar en el Santuario de su co-fundadora.
Las estaciones del Viacrucis por las calles de Sydney
nos han recordado con vigor que Cristo nos ha amado «hasta
el extremo» y que ha compartido nuestros sufrimientos
para que nosotros pudiéramos compartir su gloria.
El encuentro con los jóvenes en Darlinghurst ha
sido un momento de alegría y gran esperanza, un signo
de que Cristo puede levantarnos de las situaciones más
difíciles, reponiendo nuestra dignidad y permitiéndonos
mirar adelante hacia un futuro mejor. El encuentro con los
responsables ecuménicos e interreligiosos ha estado
marcado por un espíritu de auténtica hermandad
y de un deseo profundo de mayor colaboración en el
compromiso de edificar un mundo más justo y pacífico.
Y, sin duda, los puntos culminantes de mi visita han
sido los encuentros de Barangaroo y
la Cruz del
Sur. Aquellas experiencias de oración, nuestra
jubilosa celebración de la Eucaristía, han sido
un testimonio elocuente de la obra vivificante del Espíritu
Santo, presente y activo en el corazón de nuestros
jóvenes. La Jornada Mundial de la Juventud nos ha
enseñado que la Iglesia puede alegrarse con los jóvenes
de hoy y estar llena de esperanza por el mundo del mañana.
Queridos amigos,
mientras me despido de Sydney, pido a Dios que dirija su
mirada amorosa sobre esta ciudad, sobre este País y sobre sus habitantes. Le ruego que
muchos de ellos se inspiren en el ejemplo de compasión
y servicio de la Beata a Mary MacKillop. Y, a la vez que
os saludo, llevando en el corazón sentimientos de
profunda gratitud, digo una vez más: que Dios bendiga
al pueblo de Australia.

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