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Martín
Scorsese
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Un
perfeccionista en el vertedero
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Si
Martin Scorsese hubiera ganado un par de Oscar, me parece a mí
que hablaríamos de él en otro tono. A sus 60 años,
este director neoyorkino ha logrado un crédito más
que generoso entre amplios sectores de la crítica y el público
europeos, que le contemplan como un director con vitola de independiente,
uno de esos autores que el crítico influenciable y mal documentado
tiende a etiquetar apresurada y simplonamente como enfant terrible
del cine norteamericano, un creador insobornable siempre en lucha
contra el Sistema, defendiendo sus películas de las diabluras
de los pérfidos e insensibles productores (hay que ver que
socorridas son las simplificaciones: que me lo cuenten a mí
que voy a intentar evitarlas).
Scorsese
(Nueva York, 1942) estudió cine en la Universidad de Nueva
York en la que llegó a ser profesor ayudante, después
de obtener la licenciatura en 1964. Apasionado del rock and roll,
según parece, fue mucho al cine desde pequeño. A principios
de los 70, fue montador y ayudante de dirección de Woodstock,
un reportaje sobre el famoso concierto. Con ese aval, el casi treintañero
Marty viaja a la otra costa y en Hollywood consigue interesar al
célebre productor Roger Corman, y dirige su segundo largometraje,
Boxcar Bertha, una película desmesurada y apocalíptica
sobre jóvenes envueltos en una orgía de violencia
sindical, muy influenciada por La ley del silencio de Elia Kazan
(On the waterfront, 1954).
Los
orígenes: un ítaloamericano de Queens
Descendiente
de una familia ítaloamericana, fue bautizado católico
y educado como tal. Creció en Queens, más concretamente
en la Little Italy neoyorquina. A los 13 años, pasó
un año en un seminario menor, el Cathedral College, que abandonó
por malas notas, para terminar el bachillerato en un Instituto.
Este particular, muy citado siempre que se habla sobre Scorsese,
merece un comentario. Va siendo hora de poner en cuarentena una
leyenda bastante ingenua y disparatada sobre una frustrada vocación
al sacerdocio del director de Taxi Driver. Según la peregrina
e infantil lógica de este modo de ver las cosas fuera de
contexto, Scorsese y tantos como él que pasaron una temporada
en un seminario menor que funcionaba como centro educativo homologado,
habrían sido seminaristas. Según este modo apresurado
de ver las cosas, media España -muchos miles de hispanos
de más de 60 años que estudiaron en Seminarios menores-
son vocaciones sacerdotales frustradas o dicho de otro modo seminaristas
que tiraron la toalla. Parece fácil de entender que las cosas
no son así. Quien, en un ambiente católico, no haya
pensado alguna vez ser cura, monja, médico o enfermera que
levante la zarpa...
Mayo
del 68
No
hay que prescindir de un dato muy importante en la vida de Scorsese
y su generación. En mayo de 1968, Martin tiene 26 años.
La efervescencia de los campus norteamericanos se vive más
que en ningún sitio en la cosmopolita Nueva York, que recoge
como una caja de resonancia los lemas de una confusa algarabía
en la que se dan cita gente descontenta con muchas cosas. Una generación
de posguerra que ve las miserias de una política de bloques,
que crece en un mundo donde el anhelado bienestar capitalista se
ahoga en su mercantilista e insolidaria estrechez de miras. Una
generación que sueña como todas y es pasto fácil
del imperialismo intelectual del marxismo, que con una mano seduce
intelectuales y con la otra estrangula la dignidad humana con la
saña de un monstruo insaciable. No le falta razón
a Pio Moa, cuando escribe que "el fracaso soviético
ha originado una tendencia curiosa: los dioses marxistas casi han
desaparecido, pero en cambio mantienen una asombrosa vitalidad los
demonios: así "la globalización", el "machismo"
o el "patriarcado", la "burguesía", el
"fascismo", por supuesto, el "poder", y tantos
más, males absolutos e indiscutibles, que sirven a muchos
para orientarse (más o menos) en los laberintos de la vida."
Los
reiterados exabruptos de Scorsese (que siempre ha pretendido que
sus películas son una apuesta intelectual que van más
allá de los fines comerciales) parecen muy oportunos y/o
eficaces para hacer reaccionar a una sociedad norteamericana enfrentada
a gravísimos problemas, como una aterradora tasa de divorcio
(cinco veces lo ha practicado Scorsese) que supera ya el 50%, o
altísimo número de niños que crecen en familias
monoparentales, o la violencia y la delincuencia juvenil asociada
al consumo de drogas, la libre venta de armas; o la enloquecida
especulación e ingeniería financiera; o la contabilidad
creativa y las montañas de eufemismos para tapar la delincuencia
de chaqueta y corbata; o el pensamiento débil; o el consumismo
feroz; o la idolatría mediática y la dependencia de
los medios de comunicación.
Scorsese
volcará en sus películas la protesta de un buen número
de miembros de una generación cuyas inquietudes estéticas
no están ni mucho menos a la altura de sus aspiraciones éticas.
Lo preocupante es que lo hizo con 30 años y lo sigue haciendo
con 60. Es, no cabe duda, un maestro, que no cesa en una continua
remoción de la porquería. Scorsese no conmueve porque
está tan engolfado en su vertedero que apaga los atisbos
de humanidad que brillan en sus personajes (especialmente en ese
Jack LaMotta de la excelente Toro Salvaje) con un manierismo estragado
que sube de nivel en los guiones anegados en pesimismo determinista
firmados por Paul Schrader (Taxi driver, Toro salvaje, La última
tentación de Cristo, Al límite).
Fascinado
por la violencia y el mundo del hampa, Scorsese vuelve una y otra
vez sobre lo mismo, la calle como un mundo violento lleno de deshechos
humanos, donde la redención no es posible. La edad de la
inocencia, una película de una perfección formal apabullante,
con una secuencia de apertura fascinante, se aleja de los ambientes
habituales del cine de Scorsese. La cinta protagonizada por unos
espléndidos Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer y Winona
Ryder tiene una frialdad mecanicista que entusiasma a algunos y
enerva a otros. No son pocos los que sospechan que Scorsese se refugia
en la violencia porque fracasa cuando se sale de esa vía.
Un director barroco, efectista, enamorado del cine negro, que se
extasía ante el clasicismo arrollador del Ford más
amargo (Centauros del desierto), ansioso por instaurar una versión
USA de la política de autores propiciada por la Nouvelle
Vague. Un perfeccionista que, salvo excepciones, lastra la humanidad
y el calado de sus películas por sus excesos de teatralidad
efectista (Joe Pesci hiere en el pie a un camarero en Uno de los
nuestros, De Niro ensaya delante de un espejo en Taxi Driver), que
abocan casi siempre a un énfasis que revela un afán
de epatar al espectador, afán que no se percibe en los más
grandes, como Kurosawa, que sabe hablar de corrupción, de
violencia paródica, de pasiones desatadas en un mundo enloquecido
y no necesita esos excesos. Basta ver Ran (1985), para entender
mi admiración y la de muchos realizadores norteamericanos
(Coppola, Lucas) por el director japonés.
Premios
· Cannes. Palma de oro para Taxi driver (1976).
· Cannes. Mejor director por After Hours (1985)
· BAFTA a mejor película, dirección
y guión a Uno de los nuestros (1990)
· Venecia. León de Oro al mejor director
por Uno de los nuestros (1990)
· Globo de Oro al mejor director por Gans of
New York (2002)
· 3 nominaciones a mejor director por Toro salvaje
(1980), La última tentación de Cristo
(1988) y Uno de los nuestros (1990)
· 2 nominaciones a mejor guión adaptado
por Uno de los nuestros (1990) y La edad de la inocencia
(1993)
Filmografía
1963 What´s a nice girl like you doing in a place
like this? - Dirección. Guión
1964 It´s not just you, Murray? -Dirección.
Guión
1967 The big shave -Dirección. Guión
1969 Who´s that knocking at my door? - Dirección.
Guión
1972 Boxcar Bertha -Dirección
1973 Calles salvajes -Dirección. Guión
e historia
1974 Alicia ya no vive aquí -Dirección
1974 Italianamerican -Dirección
1976 Taxi driver -Dirección
1977 New York, New York -Dirección
1978 El ultimo vals -Dirección
1980 Toro salvaje -Dirección
1984 El rey de la comedia -Dirección
1988 La última tentación de Cristo -Dirección
1989 El color del dinero -Dirección
1989 New York Stories: "Life lessons" -Dirección
1990 Uno de los nuestros -Dirección. Guión
1991 El cabo del miedo -Dirección
1993 La edad de la inocencia -Dirección. Guión
1995 Casino -Dirección. Guión
1997 Kundun -Dirección
1999 Al Límite -Dirección
2001 Mi viaggio in Italia. Dirección
2002 Gangs de Nueva York- Dirección
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| ¿Uno
de los nuestros?
Scorsese
fue uno de los primeros directores con estudios cinematográficos
propiamente dichos, junto con un montón de barbudos
que coparon las universidades en los sesenta: los Brian
de Palma, George Lucas y sobre todo Francis Ford Coppola
como el Padrino de todos ellos. Pero mientras sus compañeros
de generación se fueron decantando por películas
de entretenimiento, Scorsese no ha logrado librarse
de sus obsesiones ni del peso de la Little Italy donde
vivió su juventud. Ningún otro director
americano ha estado nunca tan influenciado por su pasado.
Si
existe un director que haga siempre la misma película
ese es Scorsese. Ciertamente su talento visual es arrebatador
pero sus historias están seriamente lastradas
por sus temas preferidos: la atracción del mal,
la culpa, y la imposibilidad de redención y perdón.
A dúo con el guionista y también director
Paul Schrader, parece querer exorcizar sus demonios
en cada película. Sus personajes deambulan como
animales atrapados en pleno proceso de destrucción,
sin posibilidad de vislumbrar más allá
de las tinieblas. Permanecen asfixiados por el ambiente
y por una concepción enfermiza de la religión.
A
pesar de sus múltiples influencias -desde Michael
Powell a Godard- es un director profundamente personal.
Pudo haber cogido el relevo de los grandes narradores,
facultades tiene de sobra, pero se ha quedado empantanado
convirtiendo su obra en un retrato del mal de un individuo
hipnotizado por la violencia. Y en ese retrato suele
olvidar los sentimientos. Está tan preocupado
por mostrar la cara tenebrosa de este asunto llamado
"mundo" que parece imposible que sus personajes
disfruten con algo que no sea el dinero o el poder.
Fascinado
por Ethan Edwards
Afirma
que cada año vuelve a ver Centauros del desierto
(1956), pero sin duda lo que ama de él es el
John Wayne enloquecido. El Ethan Edwards en continuo
estado de cólera antecesor del Travis de Taxi
Driver (1976). De Niro cabalga por el asfalto al rescate
de Jodie Foster como Wayne buscaba a Natalie Wood; pero
en Scorsese la poesía de Ford se convierte en
vacío y la violencia pierde su carácter
libertador para terminar convirtiéndose en un
sin sentido.
Un
Hollywood carente de auteurs al estilo Cahiers du Cinema,
necesitaba una cabeza a quien coronar y, extinguida
la estrella de Coppola, quedaba un Martín Scorsese
que parecía el más rarito del grupo. Hay
quien ha visto en su oscuridad el más acertado
retrato de la sociedad actual. Y quien advierte en sus
excesos dramáticos y visuales el andamiaje de
la calité. Es cierto que técnicamente
es espectacular, intenso y arriesgado. Junto a su montadora
habitual Thelma Schoomaker logra un estilo fluido, frenético
a veces. Quizá sólo Brian de Palma use
la steady cam tan bien como él. Pero ese ejercicio
de derroche de imaginación siempre lo hace en
aras de mostrar la violencia de la forma más
contundente posible.
No
es un director de argumentos sino de historias. De ahí
que nunca aprenderá lo que es un metraje normal.
Es más creador que director por eso sus obras
son imperfectas, sinuosas, desequilibradas, con un número
interminable de secuencias que van encajando como piezas
de un puzzle.
Sin
duda Scorsese pasa por ser un autor realista cuando
curiosamente dista mucho de serlo. Influenciado por
la Nouvelle Vague parte de un estilo documental. Uno
de los nuestros (1990) y Casino (1995) están
llenas de nombres y datos muchos de los cuales el espectador
no podrá recordar, lo que trae al fresco a Scorsese.
A él lo que le interesa es el conjunto, el crear
una especie de gran mosaico a base de gruesas pinceladas.
A partir de estos iniciales elementos realistas convierte
sus películas en obras estilizadas. Ningún
director realista usaría sus recursos: la cámara
lenta o el rodar en un ring el doble de grande para
crear un efecto abstracto como él hizo en Toro
Salvaje (1980). Un Ken Loach jamás utilizaría
los planos cenitales como Scorsese en Taxi Driver (1976)
o en La Edad de la Inocencia (1993); ni los planos acelerados
de Al límite (1999); ni rodaría un final
tan exagerado como el larguísimo del Cabo del
miedo (1991). Pero sobre todo es su sempiterna utilización
de la voz en off la que termina por convertirle en el
rey del subjetivismo.
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