Cine
americano versus cine iraní
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El
cine iraní, que llega con relativa frecuencia a España
desde hace una década, supone globalmente un punto de vista
alternativo al hollywoodiense en lo estético, en lo temático
y en lo narrativo. En lo estético porque apuesta por una
depuración de la imagen que prescinde de todo efectismo y
de toda superficialidad; en lo temático porque bucea en lo
más cotidiano, en la sencillez de la vida "vulgar";
y también es una alternativa en lo narrativo porque parte
de unos modelos de guión y de héroe al margen de los
patrones clásicos en los que un desenlace cierra felizmente
todas las tramas, una dinámica mítica que nada se
asemeja a la vida real.
Lo
más interesante del cine iraní es su desapego de los
moldesideológicos del cine occidental, bien sean marxistas,
hedonistas o imperialistas, así como de las ramificaciones
postmodernas progays, abortistas, new age, etc... Abbas Kiarostami
encarna perfectamente este esquema que comentamos. Basta fijarse
en dos ejemplos conocidos: El sabor de las cerezas (1997) y A través
de los Olivos (1994).
A
través de los Olivos es la historia de un director de cine
que decide volver a la villa de Koker después de un terremoto
para ver si las personas que actuaron en ¿Dónde está
la casa de mi amigo? (1987) han sobrevivido. No hay actores profesionales,
y la narrativa quebrada del film, que mezcla ficción y realidad
obliga al espectador a mantener una actitud activa, algo lamentablemente
olvidado en el cine comercial actual. Por ejemplo, en la secuencia
final vemos a Hossein persiguiendo a Tahereh en un campo gritándole
que se quede con él. No hay respuesta. El espectador debe
concluir la secuencia -y el film-. Hay una escena similar en El
sabor de las cerezas: Un fundido en negro, justo antes de que se
nos muestre el set de rodaje, no nos aclara si el protagonista se
ha suicidado o no. También aquí el espectador será
quien concluya la historia.
Otra
sugerente característica que impulsa la implicación
del espectador es el rico uso del fuera de campo. Hay mucho cine
alrededor de la pantalla que el espectador debe incorporar con su
imaginación. También podría hablarse de la
importancia que tienen las miradas de los niños en el cine
iraní, miradas limpias con las que quiere identificarse el
ojo de la cámara. Los niños del paraiso (1999) de
Majid Majidi, La manzana (1998), El silencio (1998) de Samira y
Mohsen Makhmalbaf, son buenos ejemplos, incluso en la hermosa Kandahar
nos arrebatan las fugaces miradas infantiles que capta la cámara.
La primera cuenta cómo Ali, de 9 años, al perder el
calzado de su hermana menor Zahra, se ve obligado a compartir con
ella sus únicas zapatillas para que sus padres, muy pobres,
no lleguen a enterarse y tengan que pedir dinero prestado. El amor
que los niños se profesan entre sí y a su familia
pone esperanza allí donde parece no haberla. La manzana (1998)
es la historia del peregrinar de dos niñas que equivocan
el camino a su casa y se pierden en la ciudad de Teherán
antes de que su padre las encierre por el período de doce
años. Esta historia real supone una crítica desde
dentro del tratamiento que recibe la mujer en estas culturas de
ortodoxia islámica. Por último, El silencio es la
historia de un niño ciego que trabaja para ayudar a su madre
afinando instrumentos, y que es dado a seguir por las calles las
melodías que escucha.
En
definitiva, se podría decir que lo más parecido en
occidente al cine iraní contemporáneo fue el neorrealismo
italiano. Una mirada transparente, sencilla, cotidiana, pero no
carente de sentido crítico, aunque sí de rencor. Un
redescubrimiento de la naturaleza, de los gestos, y en el caso iraní,
del color y de las metáforas visuales.
Los
grandes maestros y sus discípulos
Abbas Kiarostami (El sabor de las cerezas, A través de
los olivos)
Después de probar suerte en el cine publicitario, Abbas Kiarostami
ingresó en el Instituto para el Desarrollo Intelectual de
Niños y Adolescentes de Teherán. Su cercanía
a la infancia es palpable en su obra, con rostros que emanan naturalidad,
mentes inquietas, el futuro alentador de un pueblo humilde. En definitiva,
el toque de optimismo inherente al cine de Abbas Kiarostami. El
sonido directo, la falta de música y los silencios prolongados
componen el espacio sonoro de su cine. Las imágenes fluyen
sin necesidad de más apoyo y el director se toma el tiempo
necesario para explicar lo que sucede en el interior de sus personajes
a través de su inimitable uso de la cámara. Sin duda,
Kiarostami es el director iraní con mayor proyección
internacional y gracias a él conocemos el trabajo de otros
de sus compatriotas. Kiarostami dice: "El cine es la historia
de la distancia entre el ser real y el ser ideal".
La familia
Makhmalbaf (Mohsen, Marziyeh, Samira y Maysam)
Mohsen
Makhmalbaf (1957) es el padre, autor de Gabbeh, El silencio y Kandahar.
Nació en una familia humilde de Teherán y tuvo una
dura infancia. Implicado desde joven en militancia política
radical acabó en la cárcel, de la que salió
de ella poco después de la Revolución, después
de cuatro años. Allí cultivó la cultura y abandonó
la política. Se convirtió en escritor (más
de 20 libros) y en cineasta. Desde 1996, también se ha dedicado
a enseñar, fundando la Makhmalbaf Film House. Sus películas
están atravesadas de poesía visual, por muy duros
que sean los temás que aborda
Marziyeh Meshkini (1969), es la esposa. Directora de El día
que me convertí en mujer. Samira Makhmalbaf (1980), es la
hija mayor. Autora de La manzana y La pizarra
Jafar Panahi (El espejo y El círculo)
De
poco más de 40 años, Panahi pertenece a la nueva generación
de autores formados en la escuela de Abbas Kiarostami. El jurado
de la Mostra de Venecia del 2000 reconoció con su máximo
galardón la sensibilidad y la firmeza de Panahi para denunciar
en El círculo, con rigor y maestría, la opresión
que padecen las mujeres en Irán. Al recibir el León
de Oro en el Lido de Venecia, el director iraní manifestó
su esperanza de que el premio "ayude a prestar atención
de las mujeres en mi patria, donde viven como en una enorme prisión,
independientemente de la clase social a la que pertenezcan".
Dedicó el triunfo a su esposa y a todos aquellos que han
contribuido a cien años de historia cinematográfica
en su país. Luego declaró: "No podré olvidar
el día en que mi mujer dio a luz y encontré a mi madre
triste y decepcionada por tener que anunciarme que acababa de ser
padre de una niña".
Majid
Majidi (Los niños del paraíso, El color del paraíso)
Nació en Teherán en 1959. a los catorece años
comenzó a trabajar como actor en una compañía
amateur. Luego estudió en el Instituto de Arte Dramático
de Teheran. Después de la Revolución, su interés
en el cine le llevó a interpretar en varias películas,
por ejemplo, de Mohsen Makhmalbaf. Comenzó su carrera cinematográfica
como actor en el 1980. Dirigió varios cortometrajes antes
de hacer su debut en largometrajes con Baduk (1992). Sus historias,
de sabor neorrealista, son conmovedoras y llenas de lirismo y sutileza.
La era Jatami
Abbas
Kiarostami hizo las siguientes declaraciones en el Festival de Venecia
de 1999: "Irán no es de Jatami. Si está en el
poder es porque veinte millones de personas le han votado. Jatami
quiere intentar cambiar las cosas: si lo consigue, habrá
secundado la voluntad de la mayoría de los iraníes".
Pero, algún tiempo después, entrevistado por un periodista
americano sobre los esperados cambios de la era Jatami, añadió:
"Todavía no hemos conocido esas reformas ni esa apertura,
tan sólo oímos hablar de ellas. En la práctica,
creo que todo sigue igual que antes salvo esta especie de sensación
de esperanza".
Y es que sin duda son muchas las dificultades encontradas para materializar
el programa reformista que el Presidente Jatami prometió
en mayo de 1997 cuando fue elegido por el 70% de los votantes. Jatami
llegó a Presidente con el apoyo mayoritario de los profesionales
del cine. La prueba de esa afinidad entre el actual gobierno y el
mundo cinematográfico es el nombramiento de Ataollah Mohayerani
-muy respetado por los profesionales del cine- como nuevo Ministro
de Cultura y Orientación Islámica y el de Seifollah
Dad como Subsecretario de Cinematografía.
Pero esta aparente armonía se ve obstaculizada por un Parlamento
dominado por los conservadores islamistas. Esa es la razón
de que al poco de las elecciones estallara en la ciudad de Qom la
"Guerra de los ayatolás", en su afán de
profundizar en los principios de la Revolución Islámica.
Como consecuencia de esto, la decisión del Ministro de Cultura
de autorizar la proyección de El hombre de nieve (Davud Mirbagheri,
1994), una comedia sobre un hombre que se disfraza de mujer para
conseguir un visado a los Estados Unidos, suscita el inmediato boicoteo
por parte de numerosos militantes que se movilizan en las puertas
de los cines para impedir el libre acceso del público. Sin
embargo, la progresiva liberalización de la censura se ha
ido abriendo paso. Así, películas como La danza del
polvo (Abolfazl Jalili, 1992) o la particular versión de
Viridiana que es La señora (Dariush Mehrjui, 1992) se exhibirán
a lo largo de 1998
La reacción conservadora se intensificará a partir
de la primavera de 1998 con procesamientos, acosos, cierres, atentados,
detenciones... Las continuas fricciones entre renovadores y ultraislamistas
harán que nuevos films encuentren problemas, como El silencio
(Mohsen Makhmalbaf, 1998), aún pendiente de estreno al negarse
su autor a cortar la breve secuencia de danza ejecutada por una
niña.
También se han recuperado paulatinamente algunos cineastas
olvidados a raíz de la Revolución Islámica,
como Parviz Kimiavi y Bahman Farmanara, importantes figuras del
período pre-revolucionario. Incluso profesionales activos
durante la Revolución, como Bahram Beyzai, pero ya alejados
de los platós, han encontrado la posibilidad de volver a
rodar.
La idea del diálogo entre civilizaciones, una de vértebras
ideológicas del programa de Jatami, ha encontrado también
su aplicación en el cine. La programación de cine
iraní en los Estados Unidos era ya bastante fluída
antes de la llegada de Jatami, debido en buena medida a la numerosa
y dinámica comunidad iraní de aquel país, concentrada
en torno a Los Angeles (Tehrangeles, en el argot local), pero las
retrospectivas y encuentros han proliferado en los últimos
años, impulsados por la selección de Los niños
del paraíso (Majid Majidi, 1998) para competir por el Oscar
a la mejor película extranjera en 1999 y su exhibición
en todo el país de la mano de la poderosa Miramax. Extraños
(Ramin Bahrani, 2000), primera coproducción entre Irán
y los Estados Unidos después de la Revolución, abre
previsiblemente una vía de colaboración que complementará
las ya más antiguas y asentadas de cofinanciación
francesa de los films de Kiarostami o Makhmalbaf o japonesa en el
caso de Abolfazl Jalili.
También se han dado algunas transformaciones en el plano
industrial. El número de producciones oscila en torno a los
sesenta y cinco films anuales, para los cuales las aproximadamente
trescientas salas existentes son insuficientes. En estos momentos
están en marcha distintos planes del gobierno para ampliar
el número de salas de exhibición, sobre todo fuera
de Teherán, que concentra más de un centenar. Además,
la falta de otras formas públicas de entretenimiento, y los
bajos precios de las entradas, hacen del cine un espectáculo
enormemente popular en Irán.
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Cine
iraní: Ese bello desconocido
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El
estreno en España de ese bello y conmovedor filme que es
El color del paraíso (1999), del iraní Majid Majidi,
dentro de la modesta, pero espléndida en calidad filmografía
de su país, anima a echar una mirada a sus raíces
y al propio ambiente cinematográfico que le rodea y le hace
crecer.
No hace falta ir mucho más atrás en el tiempo para
encontrar antecedentes de calidad a la película iraní
que comentamos: Si Majidi viene haciendo cine desde 1992 -Baduk,
seguido de El padre, 1996, de Niños del cielo, 1997, y las
próximasBaran (2001) y de Pa Berahneh ta herat (2002)-, su
coetáneo precedente y modelo, el gran Abbas Kiarostami, también
ha contribuido con su obra, de alta calidad, a extender internacionalmente
el nombre de esta filmografía, con ejemplos como la emotiva
¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), estableciendo
ya desde sus comienzos, y casi sin pretenderlo, una e las características
más importantes del cine iraní: la infancia y los
niños; Sus sentimientos, las exigencias de su edad, sus alegrías
y sus miedos, su bondad innata
Todo esto se ve en el film
de Majidi El color del paraíso, una visión más
humana y profunda, del universo infantil: la alegría (las
generosas pequeñas hermanas), el dolor, la generosidad. Todo
esto ya fue presentado por él mismo Majidi en Niños
del cielo, de 1997, donde el protagonista cede sus sandalias a su
hermana hasta conseguirle las suyas propias. El cine iraní
posee preciosas películas, no exentas tampoco de imágenes
de dureza y desamparo, símil poético de situaciones
sociales reales, de las que no escapan los pequeños, como
ocurre también en El globo blanco y en El espejo, ambas de
Jafar Panahi, la primera de ellas con guión de Kiarostami.
La
otra fuerte característica del Cine Iraní sería
la preocupación por la situación de la mujer. Por
su suerte, la filmografía apuesta, dentro de las estructuras
actuales del mundo islámico, por la necesidad de liberarla,
moldeando las instituciones, abriendo las cerradas estructuras,
para ella, del Islamismo. Films como La manzana de Samira Makhmalbaf
(con guión de Mohsen Makhmalbaf), estupendo e irónico
espejo de la sociedad masculina que lo admite, son prueba de ello.
Pero ningún film es tan fuerte -y habría que decir
que definitivo en relación a la situación de la mujer
dentro de las coordenadas legislativas islámicas- como El
círculo, de Jafar Panahi. Es la historia, encadenada y contada
en espiral (a la manera de "La Ronda", de Ophüls)
de varias mujeres de Teherán: el terror de una mujer que
da a luz una niña cuando por error de la ecografía
toda la familia espera un niño; tres mujeres atrapadas por
el miedo cuando al dejar la prisión no encuentran medios
para salir de la ciudad: una no puede salir en coche sin el permiso
del marido que tal vez no tiene
; otra, encinta de cuatro meses,
es repudiada por sus hermanos cuando indica que desea abortar; otra,
desesperada, deja a su hijita en la calle; en tanto que otra se
entrega a la prostitución para sobrevivir
Es el "Circulo"
del que de un modo u otro son incapaces de salir; como trozos de
un "espejo roto" que reproduce en cada una historias hermanas.
Todavía Kiarostami, en su última película,
Ten, irano-francesa, de 2002, aborda el tema de la mujer en el Islam.
Ahora no son las leyes, sino la tradición: el chico que acusa
a su madre de haber olvidado pronto al padre muerto y vuelto a casarse.
Ella es conductora y el realizador da amplio margen al diálogo
que, en algún momento, amplía a los otro viajeros
del microbús que ella conduce. Son diez viñetas trazadas
a través del sobreabundante diálogo que la mujer cierra
-¿es un regalo de Kiarostami o algo que ella va ganando desde
dentro?- con una resistencia aureolada por la flema y la sonrisa,
de donde surge, de otra parte, la emoción de la película.
Como
contrapunto a la situación islámica femenina, Mohsen
Makhmalbaf se ha atrevido a trazar en su film, de 2001, Kandahar,
un apunte de lo que puede ser una mujer oficialmente liberada. Sigue
el itinerario de una islámica libre, que ha estudiado fuera
del país y viene a Afganistán con el intento y prisa
de reunirse con su hermana antes del día propuesto por ella
para suicidarse, desesperada por su situación de mujer. Un
interesante y brillante recorrido por un país oprimido y
en guerra hace un par de años, pero también retrato
del contraste e interés por la vida entre dos situaciones
de mujer.
El
amor de la pareja no es de los temas mas asiduos en el cine Iraní,
aunque vale por muchos la cálida historia, contada con bastante
comicidad por Kiarostami ,en A través de los olivos (1994).
Son una pareja de intérpretes de una historia rodada por
el maestro (cine dentro de cine), donde el chico se enamora y persigue
a la desdeñosa muchacha, aunque es posible que, al fin, él
le dé alcance persiguiéndola bajo el olivar en una
mezcla feliz de cine y realidad.
La
Vida. Amarla, vivirla, es un tema que corre por debajo de toda buena
película iraní (recordar la alegría de vivir
de la abuela y las niñas y los deseos del chico ciego de
El color del paraíso). Kiarostami la defiende contra el suicidio
en la que es, tal vez, su mejor película, El sabor de las
cerezas (Palma de Oro en Cannes), donde discurre entre sueño
y realidad, descubriendo su juego al final para venir a decirnos
que solo quería mostrarnos el valor de la vida, y sin señalar
nunca cuales eran las razones por las que el protagonista deseaba
el suicidio. Amigo de la vida y profundamente humano en todo su
cine, Kiarostami no hubiera encontrado razones para explicar el
propósito primero de su personaje principal.
La Vida es sagrada. Como lo es la Muerte y su espera, tema -si es
que hay un tema concreto - del film, también de Kiarostami-,
El viento nos llevará (2000). Un camino empinado, de rojo
y arena, y tres hombres venidos de Teherán que arriban a
una villa del Kurdistán iraní y se instalan en el
poblado. ¿Buscan, acaso, un tesoro?, acaban por preguntarse
los deferentes paisanos. Pasados unos días, parten de vuelta
los llegados. Solo querían captar con su cámara lo
que parecía la muerte inmediata de la más anciana
dama del lugar, pero su vida parece resistirse
Es una prueba
más del respeto a la vida y a la muerte del más humanista
de los realizadores iraníes. No nos apresuremos, nos viene
a decir el comienzo del clásico poema iraní: "El
viento nos llevará".
Son los temas y los nombres principales de un cine nacional de Oriente
Medio, el Iraní, con una producción media comparable
a la de España, que brilla con la punta de lanza de un grupo
de realizadores, hombres de cine, de una capacidad increíble
para entender la nobleza y el poder social y artístico de
su arte -más que oficio- que ha deslumbrado a nuestro viejo
Occidente por su belleza y humanidad.
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