|
Guerra
"preventiva" y paz "inestable"
|
El
cine como radiografía del mundo tras el 11-S
|
Justo al terminar
de redactar este artículo, Estados Unidos ha iniciado su
guerra contra el dictador iraquí Sadam Hussein; una contienda
que la mayoría del planeta no quería. La mal resuelta
Guerra del Golfo de 1991 y la reacción estadounidense tras
los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 parecen ser
las razones principales del actual conflicto bélico. Pero
quizá quepa buscar causas más profundas, menos históricas
y no tan contingentes. Para el cine -que, como decía Orson
Welles, siempre ha sido espejo de la realidad, y mucho más
de la humana-, estas razones no han pasado desapercibidas, como
bien muestran películas en apariencia inconexas como Pena
de muerte, Minority Report o Bowling for Colombine.
VERDADES
E IDEOLOGÍAS
Tras la caída
de las Torres Gemelas, algunos intelectuales echaron la culpa a
"la religión", fuera ésta del signo que
fuera. Venían a decir que la consustancial pretensión
de verdad que porta toda religión siempre tiende a imponerse
de manera violenta. Un sano realismo y la propia experiencia de
vida nos obligan a reconocer que todos podemos caer en esa tentación.
Pero no era a esto a lo que se referían los intelectuales
citados, sino que más bien -tal como se explica en el artículo
colectivo Mendigos de la verdad, de la revista Páginas de
marzo de 2003- confundieron los conceptos de "verdad"
e "idea", y en ese sentido, su automática condena
de la religión les quedó trasnochada.
Porque la verdad no es un constructo mental dentro del cual encajar
todas nuestras experiencias. Muchos filósofos se han especializado
en construir sistemas de explicación que más tarde
se convirtieron en ideología, que es la simplificación
de la realidad a tres o cuatro ideas asentadas entre sí para
conformar un prejuicio, una especie de gafas con las que mirar todo
de antemano y que parece que nos explica lo real de manera "más
real".
Pero la verdad no debería nacer de ahí, sino más
bien del encuentro desprejuiciado con la realidad misma, que hay
que vivir como es, plural, compleja y llena de perspectivas. En
ese sentido, la verdad es más bien algo que "está
ahí", que la experiencia nos va descubriendo y ante
la que somos mendigos, como decía el artículo. La
afirmación de que la verdad es algo de lo que nos vamos apropiando
con nuestro propio esfuerzo lleva al ensimismamiento individualista
tan típico de la Modernidad. Y es que, cuando cada uno quiere
juzgar la realidad desde su propia y exclusiva pretensión
de verdad, se hace muy difícil no ver al "otro"
como un enemigo en ciernes.
RIESGOS Y
AFÁN DE SEGURIDAD
Quizá
sin pretenderlo, el director David Fincher se ha convertido en uno
de los más agudos observadores del mundo actual. Primero
mostró cómo el individualismo lleva a la indiferencia
y a convivir pasivamente con los males del mundo (Seven, 1995).
Después constató el auge de vivencias extremas que
suplan la triste apatía de la simple comodidad material (The
Game, 1997 y El club de la lucha, 1999). Y enseñó
finalmente cómo el afán por protegernos del mundo
exterior no nos protege de nuestra propia libertad para responder
ante una llamada de cariño (La habitación del pánico,
2002).
Así enlazaríamos con otro grupo de películas
que, desde hace tiempo, vienen insistiendo en el peligro de pérdida
de libertades al que conduce el creciente afán de seguridad
que hay en las sociedades modernas, más en estos tiempos
dominados por la amenaza del terrorismo internacional. En algunos
casos, ese desorbitado afán de seguridad puede derivar en
defensa de la razón de Estado, como denunció en 1990
Ken Loach en su Agenda oculta y retomaron más tarde el alemán
Wim Wenders en El final de la violencia (1997) y el especialista
en cine de acción Tony Scott en Spy Game (2001), donde mostraba
las objeciones morales que cumplir órdenes inmorales suscitaba
a un joven agente de la CIA. Ese posible terrorismo de Estado -y,
en concreto, de Estados Unidos en Vietnam- es ahora el tema central
de El americano impasible (2003), del australiano Philip Noyce,
brillante adaptación de la novela homónima de Graham
Greene.
De todos modos, la cinta que con mayor capacidad de convicción
ha hablado de la reducción de libertad en aras de la seguridad
quizá haya sido Minority Report (2002), de Steven Spielberg.
En primer lugar, resulta ser una película tremendamente actual,
por los paralelismos que se pueden deducir entre su argumento -sobre
unos agentes que detienen a ciudadanos segundos antes de que cometan
sus crímenes- y el concepto funesto de "guerra preventiva".
Por otra parte, entronca con la reflexión iniciada por Stanley
Kubrick en La naranja mecánica (1971) sobre la intromisión
del Estado en la vida privada de las personas hasta el punto de
anularles el libre albedrío, o, lo que es lo mismo, la posibilidad
de elegir entre el bien y el mal.
DE LA VENGANZA
LEGALIZADA A LA GUERRA PREVENTIVA
Esta suerte
de castigo "preventivo" que se aplica a los futuros delincuentes
en la película de Spielberg resulta muy creíble en
unas sociedades en las que reina la desconfianza, la falta de comprensión,
el prejuicio y la deshumanización del otro. En sociedades,
en fin, donde pueden darse situaciones tan patéticas como
la que describió Joel Schumacher en Un día de furia
(1993).
Afortunadamente, la opinión pública se muestra cada
vez más sensible contra esa cultura de la violencia, aunque
de momento quede mucho por reconstruir en cuanto a diálogo
y cariño en el seno de las familias. En su espléndida
encíclica Evangelium vitae (nº 27), Juan Pablo considera
"la aversión cada vez más difundida en la opinión
pública a la pena de muerte" como uno de los signos
positivos de nuestro tiempo en favor de la vida, precisamente por
"considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad
moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando
a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad
de redimirse".
Estos y otros argumentos aparecían en Pena de muerte (1996),
de Tim Robbins, una película en la línea casi abolicionista
del nº 56 de la Evangelium vitae, en el que el Papa señala:
"La medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas
atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación
del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la
defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo,
gracias a la organización cada vez más adecuada de
la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no
decir prácticamente inexistentes". Esta idea la asume
Robbins hasta señalar que en la mayor parte de los casos
-al menos en los países desarrollados-, se aplica la pena
de muerte no por razones de justicia, ni porque la sociedad carezca
de otros medios para evitar la comisión de nuevos delitos,
sino por una reacción de ira e indignación, de venganza,
ante determinadas acciones terribles. Con lo que, paradójicamente,
una acción ilegal (el asesinato) y otra legal (la ejecución)
acabarían respondiendo a impulsos irracionales que llevan
a olvidar la condición humana, en un caso del asesinado,
y en otro del asesino. Otra manifestación, pues, de la ley
del talión, no tan lejana en sus fundamentos de una guerra
supuestamente preventiva, pero que quizá tiene mucho de venganza
por la tragedia del 11-S.
LA TIRANÍA
DEL MIEDO
Habitaciones
del pánico, venta libre de armas, pena de muerte, terrorismo
de Estado, unidades de pre-crimen, guerras preventivas... son expresiones
muy gráficas de la creciente falta de responsabilidad de
muchas sociedades occidentales -y sobre todo de Estados Unidos-,
que prefieren combatir la criminalidad y el terrorismo con medios
drásticos, a veces inmorales y más fáciles
de aplicar que otros medios preventivos, sin duda más eficaces:
un aumento de la vigilancia policial y de las medidas de seguridad
carcelarias, un control más severo del comercio de armas,
la mejora del sistema educativo, una mayor solidaridad con los estratos
sociales más desfavorecidos, una mayor contención
a la hora de reflejar la violencia en el cine, la televisión
y los medios de comunicación...
Todos estos temas, y los antes citados, son objeto de atención
de una película especialmente incisiva sobre esta cultura
de la violencia: Bowling for Colombine. Premiado en Cannes y candidato
al Oscar, este documental de Michael Moore vapulea a la sociedad
estadounidense por su fascinación hacia las armas y por su
creciente miedo, que son aprovechados, según Moore, por unos
corruptos poderes políticos y económicos. Divertido
y trágico a la vez, el film contiene pasajes geniales, aunque
quizá ofrece algunos análisis demasiado simplistas
y carga la mano en exceso contra Charlton Heston, presidente de
la Asociación Nacional del Rifle. En cualquier caso, conviene
destacar la insistencia del filme en el creciente miedo de la sociedad
estadounidense, tan grande que ha vuelto a poner de moda las películas
de superhéroes: X-Men, El protegido, Spider-Man, Daredevil...
Y es que el miedo es probablemente el peor consejero en cuestiones
de paz. Ya lo dijo el maestro Yoda en La amenaza fantasma: "El
miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo conduce a la ira,
la ira al odio, y del odio surge el sufrimiento".
Otros títulos recientes sobre terrorismo, contraterrorismo
y guerra:
-
La jungla de cristal (1987), de John McTiernan
- La jungla 2. Alerta roja (1990), de Renny Harlin
- La jungla de cristal 3. La venganza (1995), de John
McTiernan
- Decisión crítica (1995), de Stuart Baird
- Turbulence (1996), de Robert Butler
- El negociador (1996), de Thomas Carter
- Independence Day (1996), de Roland Emmerich
- Mars Attacks! (1996), de Tim Burton-
-
El pacificador (1997), de Mimi Leder
- Con Air (Convictos en el aire) (1997), de Simon West
- Estado de sitio (1998), de Edward Zwick
- Arlington Road (2001), de Mark Pellington.
- El viaje de Arián (2001), de Eduard Bosch.
- Las flores de Harrison (2001), de Elie Chouraqui.
- Trece días (2001), de Roger Donaldson.
- 11´´09´01. 11 de Septiembre (2001),
de varios autores.
- Pánico nuclear (2002), de Phil Alden Robinson
- Daño colateral (2002), de Andrew Davis.
- El caso Bourne (2002), de Doug Liman.
- Muere otro día (2002), de Lee Tamahori.
|
|