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El
drama documental,la comedia más blanca y la crítica
sutil son los tres pilares donde se apoya esta historia entrañable
ambientada en uno de los capítulos más fascinantes
de la historia moderna. En octubre de 1989 en Alemania del Este
Christine Kermer sufre un infarto y entra en coma. Su hijo Alex
se ve envuelto en una complicada situación cuando su madre
se despierta de repente ocho meses después, ya que el Muro
de Berlín ha caído hace siete y Christine, orgullosa
de sus ideas socialistas, no puede padecer ningún sobresalto.
Para salvar a su madre, Alex convierte el apartamento familiar en
una isla anclada en el pasado, en una especie de fotografía
en color sepia del socialismo donde su progenitora viva cómodamente,
creyendo que nada ha cambiado. Este largometraje de Wolfgang Becker
es un interesante trabajo tanto en el fondo como en la forma. El
color, la fotografía, los escenarios remiten a una vieja
Europa que sirve de paisaje a una historia contada en primer plano.
Esta narración atrapa al espectador y le obliga a repasar
la historia con un talante nuevo, con la mirada ingenua de la protagonista.
Sin embargo, la película no es inocente
y en su visión queda patente su apuesta: el fin de las ideologías.
Becker, insertando material de archivo e ironizando sobre algunas
expresiones, hace una crítica del comunismo centrada, además
de en la evidente falta de libertad, en el vacío existencial
de aquellos que aceptan sin entender. Este vacío pone de
relieve que los valores comunistas no fueron más que un conglomerado
necio de actitudes (mal robadas algunas al cristianismo) donde justificar
una dictadura. Frente a este planteamiento de la película,
el capitalismo no sólo no se presenta como solución
sino que se dibuja como el otro extremo de la balanza. La pseudolibertad
de esta “alternativa” sólo trae de la mano otra
esclavitud, la del consumismo exacerbado. Quizá lo más
interesante de la obra de Becker es el reflejo de este cambio de
vida en los personajes. El director muestra como el ser humano se
siente perdido ante la avalancha de “libertades” cuando
éste no posee un esquema de valores firmes para asimilar
la libertad. La fotografía gris y pobre da paso a personajes
borrachos y carteles coloristas en la segunda parte. Un cambio de
paisaje que resume uno de los personajes al exclamar que no todo
es comprar televisores. El desenlace de la película merece
la pena por el hecho de volver a poner de manifiesto que sólo
la verdad nos hace verdaderamente libres.
Rocío Solís
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