Discurso inaugural del arzobispo de Vallladolid y presidente de la CEE, cardenal Ricardo Blázquez Pérez, en la 109º Asamblea Plenaria, que se celebra del 13 al 17 de marzo.

“Una Asamblea Plenaria de elecciones”

  • Saludos y recuerdos

Queridos hermanos en el Episcopado, señoras y señores:

Al comenzar la presente Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, reciban todos un cordial saludo. Doy la bienvenida a los señores cardenales, arzobispos y obispos; este encuentro fraterno nos ofrece la oportunidad de escucharnos mutuamente, deliberar con detenimiento y adoptar las eventuales decisiones sobre las cuestiones pastorales que a todos nos conciernen. Saludo con afecto al señor nuncio; su presencia en la sesión inaugural es una ocasión oportuna para a través de él manifestar al papa Francisco nuestra cordial, honda y obediente comunión. Saludo con gratitud a los colaboradores de la Conferencia Episcopal, sin cuya leal y eficaz ayuda esta no podría cumplir adecuadamente su cometido. Con afecto y respeto saludo a los comunicadores, que cubren la información sobre nuestros trabajos, y deseo que mi saludo llegue también a cuantos reciban su información a través de los diversos soportes de los medios. ¡Bienvenidos todos a esta solemne sesión de apertura de la Asamblea Plenaria de los obispos de España!

Se incorporan por primera vez a nuestra Asamblea Plenaria los obispos Mons. Francisco Simón Conesa, obispo de Menorca; Mons. Antonio Gómez Cantero, obispo de Teruel y Albarracín, y Mons. Abilio Martínez Varea, obispo de Osma-Soria, nombrado por el papa Francisco el día 5 de enero de este año y ordenado el pasado sábado día 11 en la catedral de Osma.

Un saludo también desde aquí a D. José Luis Retana Gozalo, nombrado por el Santo Padre nuevo obispo de Plasencia el pasado jueves, día 9.

A todos ellos les deseamos abundantes frutos apostólicos en el desempeño de su ministerio episcopal que comienzan, así como les expresamos nuestra acogida en esta particular comunión episcopal en la que se desarrolla de manera habitual nuestro afecto colegial y servicio común en bien de las diócesis y de la entera sociedad española.

Damos las gracias a los sacerdotes D. Gerard Villalonga Hellín, D. Alfonso Belenguer Celma, D. Gabriel Ángel Rodríguez Millán y D. Francisco Rico Bayo, participante este último todavía en nuestra Asamblea, que junto con los colegios de consultores se han ocupado con generosidad y entrega del gobierno pastoral respectivo de las mencionadas diócesis. Gracias de verdad por este abnegado servicio eclesial a vuestras diócesis.

Desde la última Asamblea Plenaria han fallecido Mons. Jaume Camprodon i Rovira, obispo emérito de Girona, que murió en dicha ciudad el 26 de diciembre de 2016 a los 90 años,  y Mons. José Gea Escolano, obispo emérito de Mondoñedo-Ferrol, que falleció en Valencia el día 6 de febrero pasado a la edad de 87 años. Les agradecemos los trabajos y afán apostólico que ambos desarrollaron durante tantos años al servicio del Pueblo de Dios en las Iglesias particulares a las que sirvieron. Oramos al Señor por el eterno descanso de estos dos buenos pastores de la Iglesia, a fin de que aquellos a los que encomendó en la tierra el servicio episcopal les conceda gozar de la compañía de los santos en el cielo[1].

La presente Asamblea de la Conferencia Episcopal tiene un rasgo que la caracteriza: por elección de los obispos, ejercitando libremente su responsabilidad, serán renovados la mayor parte de los cargos de la Conferencia, a excepción del secretario general y del vicesecretario para Asuntos Económicos, que siguen otra cadencia para su renovación.

Esta coyuntura nos ofrece la oportunidad de mirar hacia atrás y hacia adelante, al camino recorrido en los tres últimos años y al futuro que se abre con el nuevo trienio. Ejercitamos la memoria y alentamos la esperanza. Continuamos la historia de la Conferencia Episcopal que comenzó hace cincuenta años y confiamos, apoyados en la fe y la esperanza, en que la providencia de Dios continuará guiándonos en el camino, con sus fases de luz y penumbra.

El año pasado celebramos el cincuentenario de la Conferencia Episcopal Española, que con prontitud admirable pusieron en marcha inmediatamente después de la clausura del Concilio Vaticano II nuestros predecesores en el cuidado pastoral de las diócesis de España. En las celebraciones de esas efemérides emergieron la visita del secretario de Estado Card. Pietro Parolin, el día 14 de octubre, en el marco del Simposio Homenaje a Pablo VI, y la de Sus Majestades los reyes de España don Felipe VI y doña Letizia, el 22 de noviembre, dentro de la Asamblea Plenaria. Una vez más agradecemos ambas visitas, nos alegramos con su reconocimiento y su estímulo, que nos alentó en el camino.

Al comienzo de esta nueva etapa que se abre con la renovación de cargos, quiero hacer algunas consideraciones, sin pretender mínimamente señalar por dónde debe caminar nuestra Conferencia Episcopal. Reafirmamos nuestra voluntad de servicio a las diócesis encomendadas, compartiendo entre nosotros análisis, deliberaciones y decisiones.

Hoy, 13 de marzo, se cumplen cuatro años de la elección del Papa Francisco. Por este motivo y por la circunstancia de final de un trienio y comienzo de otro, que marca el ritmo de nuestra andadura, quiero expresar en nombre de la Conferencia Episcopal nuestra comunión con el papa Francisco, obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal. Recuerdo algunos ingredientes que constituyen la realidad rica y básica de la comunión eclesial entre cabeza y miembros del Colegio Episcopal: la unión fraterna en el ministerio episcopal, la colaboración y obediencia al sucesor de Pedro, el afecto cordial en el Señor, el apoyo en el ejercicio de su ministerio petrino, la manifestación de cercanía en las pruebas que comporta el encargo de apacentar el rebaño del Señor, la gratitud por su vida generosamente entregada en el cumplimiento del ministerio recibido, la búsqueda de los caminos del Evangelio en nuestro tiempo con sus oportunidades y desafíos. El papa Francisco nos repite constantemente que oremos por él; desde aquí invito a todos a pedir al Señor, con unas palabras de la Liturgia de las Horas, que le conceda «una fe inquebrantable, una esperanza viva y una caridad solícita»[2].

  1. La Conferencia Episcopal, sujeto de sinodalidad

El papa Francisco ha manifestado desde el principio de su ministerio de sucesor de Pedro la intención de profundizar en la sinodalidad eclesial y promover una saludable descentralización, particularmente a través del Sínodo de los Obispos y de las Conferencias Episcopales. Se trata de prolongar la onda expansiva del Concilio Vaticano II. Fue relevante en este sentido el discurso pronunciado el día 17 de octubre de 2015, en el ámbito de la Asamblea Sinodal sobre la Familia, para conmemorar el 50.º aniversario del Sínodo de los Obispos, que ha sido un espacio eclesial privilegiado de recepción e interpretación del Concilio.

La colegialidad episcopal se entiende en el seno de una Iglesia toda ella sinodal. La sinodalidad, en cuanto dimensión constitutiva de la Iglesia, proporciona el contexto interpretativo más adecuado para situar y comprender el ministerio jerárquico. Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha recíproca. Pueblo fiel, colegio episcopal y obispo de Roma, cada uno a la escucha de los demás y todos a la escucha del Espíritu Santo, el «Espíritu de la verdad» (Jn 14, 17), para conocer lo que él «dice a las Iglesias» (Ap 2, 7). El Sínodo de los Obispos es el punto de convergencia de este dinamismo de escucha. El camino sinodal empieza escuchando al pueblo, que «participa también de la función profética de Cristo» (Lumen gentium, n. 12) conforme a un principio muy estimado por la Iglesia del primer milenio: «Quod omnes tangit ab omnibus tractari debet». El camino del Sínodo prosigue escuchando a los pastores. A través de los padres sinodales, los obispos actúan como auténticos custodios, intérpretes y testigos de la fe de toda la Iglesia. El hecho de que el Sínodo actúe siempre «cum Petro et sub Petro» no es una limitación de libertad, sino una garantía de unidad. En una Iglesia sinodal, el Sínodo de los Obispos es solo la manifestación más clara de un dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales. «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Pues bien, en este dinamismo se sitúan también las Conferencia Episcopales.

El papa ha anunciado la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”», que se celebrará en octubre del año 2018, Dios mediante. El Documento preparatorio, después de desbrozar el campo e introducir en el tema, añade un cuestionario amplio para describir la situación, leerla entre todos y compartir prácticas y experiencias. Con las respuestas será elaborado el Instrumentum laboris o documento de trabajo de la Asamblea. Conviene que sea distribuido y contestado el cuestionario lo más ampliamente posible. Es la fase del oír y escuchar con apertura; forma parte del camino sinodal que es un proceso de escucha, diálogo e intercambio. En esta Asamblea Plenaria tendremos la oportunidad de reflexionar sobre el Sínodo anunciado y de impulsar lo más ampliamente posible el cuestionario. Como Jesús se acercó a los dos discípulos que iban de Jerusalén a Emaús para entablar diálogo con ellos (cf. Lc 24, 15), también nosotros debemos dialogar con los jóvenes mientras van de camino, esforzándonos por entender su forma de pensar y sus aspiraciones, sus inquietudes y esperanzas, sus dudas y convicciones. Solo podremos atinar con la palabra de discernimiento si antes hemos escuchado y conectado vitalmente con ellos. Tienen probablemente mucho que decir y nosotros mucho que escuchar. En el coloquio del camino se produce el despertar del interés y la comunión mutua; por el camino llegamos a la mesa de la posada.

La reforma de la Curia Romana, que ya ha recorrido un tramo importante, repercutirá también en el organigrama de nuestra Conferencia Episcopal y en la organización de los servicios pastorales de nuestras diócesis, como ocurrió en fases anteriores. Varios principios inspiran este cambio estructural: simplificación, concentración en lo fundamental, agilidad en el funcionamiento, eficacia en la prestación de los servicios evitando en lo posible lentitudes innecesarias y dispersión de esfuerzos personales,  «conversión pastoral» en clave evangelizadora. En la revisión que hemos iniciado de la Conferencia Episcopal, según decidimos en el Plan Pastoral para estos años, probablemente necesitamos también tratar estos aspectos. La constitución de los nuevos dicasterios romanos de Laicos, Familia y Vida y de Desarrollo Humano Integral; la nueva configuración de la Congregación para el Clero incorporando lo relacionado con los Seminarios; la erección del Consejo Pontificio sobre la Catequesis y Nueva Evangelización, etc. nos ofrecen un paradigma para los organismos de nuestra Conferencia Episcopal. La sinodalidad, que halla en la Conferencia Episcopal un sujeto relevante, será fuente de inspiración y articulación.

  1. Edificar sobre sólidos cimientos

La formación de un nuevo Gobierno, dejando atrás la larga situación de un Ejecutivo en funciones, significó probablemente alivio en la sociedad. La configuración de las Cortes, resultado de las elecciones generales, es muy diversa de las anteriores legislaturas. La resituación de los partidos políticos con sendos congresos es también un factor que debe ser tenido en cuenta. En medio de los cambios e incertidumbres en que se halla inmersa Europa e incluso países con una trascendencia inmensa en la marcha de la humanidad, un cierto desasosiego general y otros factores piden de nosotros una profunda reflexión, subrayando los elementos fundamentales y adoptando las actitudes y orientaciones convenientes. Cuando se conmueven los cimientos, necesitamos afianzarnos en el fundamento trascendente que es Dios, en la historia que nos precede y se prolonga en nosotros y abiertos al futuro con las luces de esperanza y de temor que emite.

Recuerdo un consejo del papa, que nos ha dado a los españoles hace pocos meses: «Diálogo. Es el consejo que doy a cualquier país. Por favor, diálogo. Como hermanos, si se animan, o al menos como civilizados. No se insulten. No se condenen antes de dialogar… Hoy día, con el desarrollo humano que hay, no se puede concebir la política sin diálogo. Y eso vale para España y para todos. Así que usted me pide un consejo para los españoles: dialoguen» (Entrevista al diario El País, 22.I.2017). El diálogo, siempre necesario, es insustituible en las Cortes y demás parlamentos regionales a la vista de su composición. Cuando el diálogo ha sido practicado en nuestra historia hemos salido beneficiados todos, hemos podido abatir muros y levantar puentes de comunicación, de proximidad en la relación, de camino emprendido por todos unidos hacia el futuro.

«No se insulten… dialoguen», nos decía el papa Francisco en la mencionada entrevista. Los insultos no son razones: denotan, más bien, intransigencia y debilidad. Los derechos humanos forman como una constelación en la que ningún derecho es “ab-soluto” en el sentido de que pudiera separarse de los demás. Por ejemplo, el ejercicio del derecho a la libertad de expresión debe ser compatible con el derecho al respeto de los sentimientos religiosos. El diálogo auténtico requiere respeto mutuo para buscar juntos las soluciones pertinentes.

Me permito recordar algunos criterios éticos sobre realidades básicas en nuestra coyuntura histórica delicada y decisiva.

a) Dignidad de la persona humana

La persona humana con su dignidad inviolable, sus derechos y deberes, debe ocupar el centro de nuestra atención en todos los órdenes. ¡No se le corte el paso en la gestación ni se le anticipe el desenlace natural! Únicamente Dios es nuestro Creador y nuestro Dueño. Nadie es dueño de las personas, nadie; ni el Estado puede disponer por sí y ante sí del derecho a la vida de otros. Desde el momento en que surge una vida nueva debe ser respetada en su singularidad personal, ya que trasciende a los mismos padres.

¿Por qué la unión humanamente más íntima, como la del matrimonio, se puede convertir en ámbito peligroso para la vida del consorte? ¡Cuántas mujeres asesinadas por la violencia machista! Quizá haya un impulso atávico y ancestral agazapado en los pliegues de la cabeza y del corazón que no ha sido suficientemente educado; en esta educación, que fortalece el respeto mutuo, no debe faltar la educación de la conciencia moral. Las medidas que deban ser adoptadas para proteger la vida de la mujer no bastan si no reciben el refuerzo de la formación ética.

No se respeta la dignidad de las llamadas «madres subrogadas» o «madres de alquiler», ni la del niño, cuando este se consigue al margen del ámbito digno para ser concebido, gestado junto al corazón de la madre, esperado y recibido como persona. (Subrogar, que es la palabra técnica utilizada, significa «sustituir o poner a alguien en lugar de otra persona»). ¿De quiénes es hijo, no solo desde un punto de vista biológico, sino como persona, el “niño” gestado en un vientre materno de alquiler o contratado? No todo lo que técnicamente se puede hacer respeta la dignidad de las personas. El hombre es creado por Dios con el concurso de los padres, no fabricado por la ciencia y la técnica, por más admirables conquistas que estas hayan alcanzado.

El hombre, por ser persona, debe ser respetado desde el inicio de la vida hasta el último aliento; y en todas las circunstancias de la vida. No podemos pasar al lado de quien nos necesita, mirando para otra parte y desentendiéndonos. Si no reconocemos al varón y a la mujer, dotados de la misma dignidad y derechos, en sus legítimas diferencias, son insuficientes otras medidas sociales, políticas y jurídicas, aunque sean necesarias y contribuyan a la solución de problemas tan complejos. El reconocimiento de la persona en su dignidad, y el respeto de los deberes y derechos de cada uno, es un pilar básico en toda situación histórica. El rostro de una persona, aunque esté desfigurado, refleja la imagen de Dios (cf. Gén 1, 27). El hombre puede construir la sociedad al margen de Dios, pero la edificará con perjuicio del hombre[3]. Dios es el garante supremo del hombre en su dignidad inviolable.

El hombre, creado por Dios, ha recibido el encargo de dominar los pájaros del cielo, los peces del mar y las bestias de la tierra, reconociendo la autoridad suprema de Dios (cf. Gén 1, 27-31). El Señor funda y promueve nuestra libertad. Dios no quiere ser servido por esclavos humillados, sino por hijos libres. Y el mismo Dios ha sometido todo al hombre. «¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Le coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies» (cf. Sal 8, 2.6-7). En la cumbre de las criaturas Dios ha colocado al hombre.

El ser humano, varón y mujer, ha sido dotado de entendimiento, libertad y responsabilidad, por lo cual está ante Dios como un tú a tú, llamado a decir sí; pero puede también negarse. Bellamente escribió san Juan de la Cruz: «Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo»[4]. En el reconocimiento de la dignidad personal del hombre radican sus derechos, que deben ser respetados, y sus deberes, que deben ser cumplidos. En medio de la creación, confiada al cuidado del hombre, solo rompe su soledad la compañía de la mujer, «alguien como él». Por eso, pueden ser «los dos una sola carne» (2, 18 y 24). Necesitamos custodiar y promover la dignidad de la persona humana y la identidad del matrimonio.

b) Iglesia, servidora de los pobres

Este fue el título de una instrucción pastoral, aprobada por la Conferencia Episcopal, en su peregrinación a Ávila, el día 24 de abril de 2015, para celebrar el V centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús. Según aparece en el comportamiento de Jesús y en su doctrina, los pobres están en el corazón del Evangelio. Por eso, declara herederos del Reino eterno a quienes en los necesitados le socorren a Él mismo: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36). Como cristianos escuchamos al Señor y queremos traducir en las relaciones personales, familiares y sociales estas palabras que son como el cuestionario para el examen final de la vida, «a la tarde te examinarán del amor»[5].

La instrucción pastoral de la Conferencia tenía entonces sobre todo presente la situación de personas y familias, golpeadas particularmente por la crisis, tan dura y duradera. Nos hacemos hoy eco, entre otras necesidades, de los jóvenes que aguardan años y años sin conseguir un empleo digno y estable; de la precariedad laboral, de las familias que están al borde de la pobreza, de la distancia preocupante entre ricos y pobres, de tantos refugiados en las fronteras de Europa, de quienes arriesgan sus vidas en la inmigración, sorteando barreras imposibles y mares, etc. Agradecemos cordialmente que Cáritas, Manos Unidas e Institutos de Vida Consagrada hayan estado y estén al lado de los necesitados. Reconocemos igualmente el apoyo de muchas personas generosas que entregan su tiempo y su ayuda despertando nuestra conciencia social, humana y cristiana. La Conferencia Episcopal desea testificar el Evangelio de Jesús, que defendió a los descartados y proclamó bienaventurados a los pobres de corazón y fermento de solidaridad auténtica (cf. Mt 5, 3; Lc 6, 20). Destinatarios privilegiados de su misión fueron los pobres, los pecadores y los enfermos.

Repito hoy lo que entonces dijimos en Iglesia, servidora de los pobres: «Pedimos perdón por los momentos en que no hemos sabido responder con prontitud a los clamores de los más frágiles y necesitados. No estáis solos. Estamos con vosotros; juntos en el dolor y en la esperanza; juntos en el esfuerzo comunitario por superar esta situación difícil» (n. 56).

Hace pocos días ha nombrado la Conferencia Episcopal a D. Manuel Bretón presidente de Cáritas Española, que es la Confederación de las Cáritas diocesanas. El nuevo presidente releva en el cargo a D. Rafael del Río, que ha ejercido la presidencia durante doce años muy significativos en la vida de Cáritas y la sociedad española. En nombre de la Conferencia Episcopal, de las diócesis y de cuantas personas se han beneficiado de los servicios de Cáritas, agradezco profunda y sinceramente el servicio generoso y eficaz prestado por D. Rafael. Igualmente doy las gracias a D. Manuel por la disponibilidad con que ha asumido la presidencia, a quien avala una larga trayectoria de atención a los más vulnerables, dentro y fuera de España.

c) Pacto de Estado sobre la educación

En muchas ocasiones ha manifestado la Iglesia la necesidad de un pacto en que converja la sociedad, ya que estamos convencidos de que tantas leyes orgánicas sobre educación no es la solución razonable. Se han sucedido muchas sin verificar con el tiempo requerido su acierto.

La Iglesia ha cumplido durante siglos una tarea en el campo educativo. No es posible hacer la historia de la educación sin recordar las congregaciones religiosas y sus fundadores, que fueron maestros, pedagogos y educadores relevantes. La Iglesia es experta en educación porque es «experta en humanidad» (Pablo VI), por el conocimiento de las personas y por la ayuda a madurar en la verdad, el amor y la formación humana y profesional. La educación es un campo en que la Iglesia ha dejado una huella profunda que debe ser rastreada en la presente encrucijada.

La Ley de Educación que resulte del pacto será aprobada por las Cortes, donde reside la representación de los ciudadanos. Pero debe preceder un amplio diálogo social, en el que intervengan padres, educadores, expertos, instituciones acreditadas en este campo de la educación tan decisivo para el presente y para el futuro de la sociedad.

La Iglesia quiere y juzgamos tiene derecho a estar presente en esta situación extraordinaria de gestación del Pacto de Estado sobre la Educación. En la Constitución, aprobada por todos, se contiene el acuerdo fundamental sobre la educación, que debe ser tenido en cuenta. El artículo 27 de la Constitución afirma lo siguiente: «Todos tienen derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Se reconoce a las personas físicas y jurídicas la libertad de creación de centros docentes, dentro del respeto a los principios constitucionales». Los Acuerdos firmados entre la Santa Sede y el Estado español suponen la Constitución previamente aprobada.

Nuestra Constitución se apoya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la Asamblea de la ONU en París, el 10 de diciembre de 1948. Por lo que se refiere a la educación véanse especialmente los artículos XVIII y XXVI.

Para alcanzar la finalidad de la educación, que es el pleno desarrollo de la personalidad humana, contribuye también la educación moral y religiosa, ofertada por los centros y elegida libremente por los padres de los alumnos. Apoyamos no solo la enseñanza católica, sino también la de otras confesiones cristianas o religiones reconocidas por el Estado. En la formación integral de las personas se contiene también la educación religiosa y el conocimiento de nuestra propia historia, que ha producido numerosas manifestaciones en el arte, en los templos, en las tradiciones culturales, en pueblos y ciudades. Deseamos igualmente que la dimensión social de la enseñanza no se sacrifique para convertirla en elitista.

  1. Dos tareas fundamentales: formación sacerdotal y pastoral juvenil

En la presente Asamblea Plenaria escucharemos y dialogaremos sobre dos grandes realidades que tienen una trascendencia en la vida y misión de la Iglesia. Aunque cada obispo en su diócesis haya iniciado su tratamiento, es la primera vez que reflexionaremos sobre ellas en la Asamblea, teniendo en cuenta las fechas de su notificación. Les dedicaremos nuestra atención en futuras ocasiones. Me refiero a la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, hecha pública en la Sede de la Congregación para el Clero, el día 8 de diciembre de 2016; y al Documento preparatorio para la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, acompañado de una carta del papa Francisco, fechada el día 13 de enero de 2017.

a) El don de la vocación al presbiterado

La Ratio fundamentalis se titula con las primeras palabras, como es habitual, El don de la vocación presbiteral. Ya hemos recibido información del presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios en la reciente reunión de la Comisión Permanente. En esta Asamblea Plenaria tendremos la oportunidad de escuchar a Mons. Jorge Carlos Patrón Wong, secretario de la Congregación del Clero para los Seminarios. Agradezco su presencia entre nosotros, que prometió generosamente respondiendo a nuestra invitación.

La vocación al presbiterado es un don de Dios en todo el itinerario, desde su primer balbuceo, su progresiva clarificación, maduración y discernimiento hasta el día culminante de la ordenación sacramental y todo el recorrido posterior. Dios no cesa de pronunciar nuestro nombre y decirnos con renovada confianza: «Yo te he elegido y no me arrepiento de mi llamada». Nuestra respuesta supone la iniciativa de Dios, que nos «primerea» (cf. Jn 4, 9-10.19). El don posibilita y promueve la tarea; el sacramento reclama una existencia perseverante y fiel.

A la continuidad del don de la vocación responde la conexión entre formación inicial y permanente, que constituye una insistencia constante de la Ratio fundamentalis. «Realizado el primer discernimiento vocacional, la formación, entendida como único camino discipular y misionero, se puede dividir en dos grandes momentos: la formación inicial en el seminario y la formación permanente en la vida sacerdotal» (n. 54). Con autoridad especial nos expondrá la Ratio fundamentalis el secretario de la Congregación para los Seminarios.

b) Un Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes

El Documento preparatorio o Lineamenta presenta, en el comienzo, a modo de «icono evangélico», el pasaje que narra cómo dos discípulos de Juan el Bautista siguen a Jesús, que les pregunta: «¿Qué buscáis?». Y ellos respondieron: «Maestro, ¿dónde vives?»; a lo que responde Jesús: «Venid y lo veréis». Y fueron con Él. El impacto del encuentro de aquel día fue imborrable (cf. Jn 1, 36-39). Este pasaje evangélico nos encamina al centro del próximo Sínodo: el encuentro de los jóvenes con Jesús. Este encuentro colmará sus esperanzas, incentivará sus búsquedas, llenará de luz y de fuerza su vida en camino. Jesús nos responde y al mismo tiempo nos interroga. Deseamos que el itinerario que ahora comenzamos culmine en el encuentro personal y comunitario en la Iglesia con el único Salvador.

Todos los que convivimos en una misma situación histórica podemos decir “hoy”. Pero las diversas generaciones pronunciamos este “hoy” con la experiencia de veinte años o de cuarenta o de sesenta o de ochenta. Una generación es un factor biológico y también un fenómeno social que debe ser conocido atentamente. Los contemporáneos vivimos los mismos acontecimientos y respiramos el aire del mismo ambiente, pero de manera especial. El documento preparatorio se refiere a los jóvenes comprendidos aproximadamente entre los 16 y los 29 años. Se dirige a personas en una fase decisiva de la vida. Lo primero que debemos hacer es acercarnos, conocernos, preguntarnos y escucharnos. La Iglesia quiere oír lo que piensan, viven y sueñan los jóvenes; sus opiniones, también sus dudas, sus esperanzas, deseos, incertidumbres y prevenciones. La escucha mutua es parte de la sinodalidad que culminará en la Asamblea de los Obispos. No es tanto un estudio sociológico cuanto una conversación mientras vamos caminando (cf. Lc 24, 17). Por eso, es bueno que los materiales preparatorios lleguen capilarmente y grupalmente al mayor número posible de jóvenes. No temamos sus críticas ni nos blindemos ante sus opiniones. Busquemos todos juntos y fomentemos la comunicación de las diversas generaciones que compartimos el “hoy” de nuestro tiempo.

El día 9 de enero murió a los 91 años en Leeds (Inglaterra) el famoso sociólogo Z. Bauman, que había nacido en la ciudad polaca de Poznam. A veces es conocido como el sociólogo de la «modernidad líquida». El Documento preparatorio se expresa al tratar de los jóvenes en el mundo de hoy con unas palabras que probablemente se refieran a la misma metáfora, «la combinación entre complejidad elevada y cambio rápido provoca que nos encontremos en un contexto de fluidez e incertidumbre nunca antes experimentado». ¿Qué quiere decir Bauman con modernidad líquida y qué puede significar «fluidez e incertidumbre» en el documento introductorio? A diferencia de convicciones sólidas que resisten vigorosamente, el mundo «líquido» significa inseguridad, indiferencia, poder de lo efímero y provisional, renuencia a compromisos duraderos y alergia a lo institucional. Hay también, para aludir a otra metáfora, ideales inconsistentes que se desvanecen como el humo. Necesitamos comprender el ambiente para conocer mejor las oportunidades y las dificultades que viven particularmente los jóvenes. No cedamos al individualismo ni nos encerremos en el presente olvidando las promesas de Dios y cortando alas a la esperanza. ¡Qué importante es que nos reconozcamos y apreciemos unas generaciones a otras! Nos necesitamos mutuamente. El diálogo nos ayuda a caminar juntos en el seguimiento de Jesús, al que nos encamina el Precursor, como a los discípulos en el «icono» evangélico.

La fe, la maduración humana y la vocación son inseparables; en el dinamismo de la fe descubrimos la llamada que Dios nos dirige a cada uno. El hombre por definición es vocación, camino hacia la meta, peregrinación junto a otros.

Cada persona puede recibir diversas vocaciones que se integran en armonía vital. La primera es la llamada a la existencia. Dios ha pronunciado aquellas palabras creadoras: «hagamos al hombre, varón y mujer, a nuestra imagen». La segunda vocación es la vocación a formar parte de la Ecclesia, que como tal es etimológicamente la Elegida por Dios. La fe y la conversión selladas por el bautismo incorporan a la comunidad cristiana. En tercer lugar, dentro de la Iglesia, existen vocaciones diferentes y todas excelentes, al matrimonio cristiano, al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada. Y, por fin, cada persona, irrepetible y amada singularmente por Dios, recibe dentro de las vocaciones que compartimos con otras en la Iglesia y en la sociedad, la llamada a ser nosotros mismos, a cubrir nuestra irrepetible definición, respondiendo al diseño de Dios.

Las diversas vocaciones, para ser descubiertas y acompañadas, requieren discernimiento.  En la progresiva maduración necesitamos la luz del Espíritu Santo y el acompañamiento de otras personas experimentadas. Preparemos el próximo Sínodo ya desde ahora. La convocatoria de un Sínodo sobre la juventud enlaza oportunamente con las Asambleas sinodales sobre la familia.

A ello nos ayudará también la celebración los próximos meses de dos eventos importantes que tienen a los jóvenes como protagonistas y nuestro país como escenario. Por una parte, el más próximo en el tiempo es de carácter internacional y tendrá lugar en Barcelona del 28 al 31 de marzo. Se trata del Simposio organizado por el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE), en el que, bajo el lema «Acompañar a los jóvenes», se darán cita los obispos responsables de pastoral juvenil, educativa, catequética, vocacional y universitaria de Europa, a fin de reflexionar sobre el acompañamiento pastoral de los jóvenes y la ayuda a su discernimiento vocacional.

El otro evento reunirá en Granada del 28 al 30 del próximo mes de abril a los componentes de los equipos de pastoral juvenil de las diócesis españolas, teniendo también como tema de estudio el acompañamiento espiritual de los jóvenes para ayudarles, como señala el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, a «discernir su identidad, vocación y misión en la Iglesia y en el mundo».

  1. La beatificación de los mártires del siglo XX en Almería

Por último quisiera referirme a un acontecimiento que nos llena de gozo porque simboliza el mayor acto de amor de un cristiano (cf. Jn 15, 13): la entrega martirial, culmen de la santidad, que vemos reflejada en los 115 mártires de Almería, encabezados por el deán José Álvarez Benavides de la Torre, martirizados el pasado siglo, y que serán beatificados en nombre del papa Francisco el próximo día 25 de marzo en Aguadulce-Roquetas de Mar (Almería).

Como señalé en este mismo lugar en el discurso inaugural de la XC Asamblea Plenaria, poco tiempo después de la beatificación el 28 de octubre de 2007 en Roma de otro grupo numeroso de mártires españoles del siglo XX, casi medio millar, «los mártires cristianos certifican con su muerte la importancia de la fe en Dios. Esta fe los orientó mientras vivían y, en sublime lección, afrontaron la muerte poniendo en manos de Dios su existencia entera, confiados en su amor y en su fidelidad. A la hora de la verdad, el poder de la fe fue para ellos lo decisivo. Con la luz y la fuerza de la fe pusieron en juego lo más personal y básico, es decir, la misma vida… En ellos se cumplieron literalmente las palabras de Jesús: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8, 35). Comparadas con esa alternativa sobre la vida o la muerte, otras opciones de carácter cultural, político, ideológico, o social quedan en un nivel muy distinto. La fe en Dios, la confianza en la verdad del Evangelio, la esperanza en la Vida eterna, ejercieron sobre los mártires un poder que nos sobrecoge. El martirio es como un test que comprueba inequívocamente la calidad de un cristiano. La estatura espiritual y moral de los hombres alcanza en los mártires la talla suprema. Los mártires, consiguientemente, nos interrogan acerca de la valentía y de la humildad de nuestra fe; y, por lo mismo, denuncian sin palabras los acomodos y componendas a que podemos someter la altísima relevancia de la fe»[6].

«Los mártires, habiendo sido perdonados y queridos por Dios, ofrecen también el perdón. No denuncian ni señalan a nadie, no guardan rencor en su corazón; siguiendo a Jesús, su sangre pronuncia también una palabra de perdón. Esta reacción de los mártires es de una generosidad humanamente incomprensible; solo puede explicarse porque el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesucristo, alienta en su corazón… La beatificación de los mártires no va contra nadie, a nadie se echa en cara su muerte, a nadie se acusa, a nadie se pide cuentas… [Con esta nueva beatificación] hacemos memoria de un capítulo de la historia de nuestra Iglesia, muy doloroso en su tiempo y hoy hondamente gozoso, que nos invita a asimilar la magnífica lección de fe en Dios y de misericordia que nos dejaron los mártires. ¡Que su ejemplo e intercesión nos fortalezcan en la transmisión de la fe, en la comunión eclesial, en la colaboración al bien común de la sociedad y en los trabajos por la paz!»[7].

Ponemos en manos de María, Nuestra Señora del Rosario de Fátima, cuyo centenario de sus apariciones celebramos este año, los trabajos de esta Asamblea, y le pedimos que interceda ante su Hijo por todos nosotros.

[1]  Cf. Misa por un obispo difunto. Oración sobre las ofrendas.

[2] Vísperas del Jueves III.

[3] Cf. H. de Lubac, Le drame de l`humanisme athée, Spes, París 31945, p. 10.

[4]  Dichos de luz y amor, p. 34.

[5]  Dichos de luz y amor, p. 59.

[6] Ricardo Blázquez Pérez, Discurso inaugural de la XC Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (19.XI.2007)

[7] Ibíd.

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> Especial 109º Asamblea Plenaria