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Nota de clarificación
sobre el libro de José Antonio Pagola,
Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007, 544 pp.)
Nota en formato PDF
PRESENTACIÓN
1.
En octubre de 2007 se publicó la primera
edición de la obra del Rvdo. Sr. D. José Antonio
Pagola, Jesús. Aproximación
histórica, PPC, Madrid 2007, 544pp.
En apenas seis meses conoció ocho ediciones,
con decenas de miles de ejemplares vendidos.
A su creciente difusión ha acompañado
una reacción de preocupación entre
muchos lectores, confundidos ante planteamientos
y conclusiones no siempre compatibles con la
imagen de Jesús que presentan los evangelios,
y que ha sido custodiada y transmitida con fidelidad
por la Iglesia desde la época apostólica
hasta nuestros días. La confusión
provocada por tales planteamientos hace necesaria
la presente Nota de clarificación.
2.
Con esta Nota no se pretende juzgar las intenciones
subjetivas del Autor y menos aún su trayectoria
sacerdotal. La revisión del libro que
el Autor ha aceptado emprender no excluye la
clarificación sobre las razones que la
han hecho necesaria. De este modo respondemos
a nuestra obligación de ayudar a los miles
de lectores de la primera versión a hacerse
un juicio de la misma conforme con la doctrina
católica. Esta clarificación se
centrará en algunas cuestiones de tipo
metodológico y doctrinal[01].
3.
Desde el punto de vista metodológico,
tres son las deficiencias principales de la obra Jesús.
Aproximación histórica:
a) la ruptura que, de hecho, se establece entre
la fe y la historia; b) la desconfianza respecto
a la historicidad de los evangelios; y, c) la
lectura de la historia de Jesús desde
unos presupuestos que acaban tergiversándola.
Las deficiencias doctrinales pueden resumirse
en seis: a) presentación reduccionista
de Jesús como un mero profeta; b) negación
de su conciencia filial divina; c) negación
del sentido redentor dado por Jesús a
su muerte; d) oscurecimiento de la realidad del
pecado y del sentido del perdón; e) negación
de la intención de Jesús de fundar
la Iglesia como comunidad jerárquica;
y, f) confusión sobre el carácter
histórico, real y trascendente de la resurrección
de Jesús.
1.
CUESTIONES METODOLÓGICAS
a)
Ruptura entre fe e investigación histórica
4.
Los escritos del Nuevo Testamento son, ciertamente,
documentos de fe, pero «no
[por ello] son menos atendibles, en el conjunto
de sus relatos, como testimonios históricos»[02].
Los autores sagrados no se han limitado a poner
por escrito sus experiencias subjetivas en torno
a Jesús, ni tampoco han recreado a la
luz de la Pascua una figura diferente de la que
aconteció en la historia. La verdad del
relato evangélico se fundamenta tanto
en la asistencia del Espíritu Santo (inspiración)
como en el testimonio histórico directo: Lo
que hemos visto y oído, os lo anunciamos (1
Jn 1, 3). Por eso la Iglesia no ha dejado nunca
de confiar en la historicidad de los relatos
evangélicos: «La Santa Madre Iglesia
firme y constantemente ha creído y cree
que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad
afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que
Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los
hombres, hizo y enseñó realmente
para la salvación de ellos, hasta el día
que fue levantado al cielo»[03].
La historicidad del testimonio evangélico
no queda alterada porque se haya realizado con «aquella
crecida inteligencia»[04]
nacida de la Pascua, pues los autores sagrados,
aún
dejando su propia impronta, «siempre nos
comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús»[05].
5. En la obra que nos ocupa:
— se asume acríticamente
una ruptura entre la investigación histórica
sobre Jesús y la fe en Él, entre
el llamado “Jesús
histórico” y el “Cristo
de la fe”, dando la impresión
de que la fe carece de un fundamento histórico
sólido. Ahora bien, si la fe de la Iglesia
no tiene su fundamento en la historia, entonces
el cristianismo deriva en ideología[06];
— parece
sugerirse que para reconstruir la figura
histórica
de Jesús haya que prescindir
de la fe, bien porque la lectura creyente de
la historia sea simplemente una más
entre otras posibles, bien porque se piense
que la fe conduce a una deformación
de la historia[07].
6.
Sorprende también comprobar cómo
en esta obra se citan con igual autoridad escritos
canónicos y apócrifos (cf. p. ej.
pp. 92-95). La consecuencia inevitable es la
confusión sobre el valor histórico
de las fuentes empleadas, así como la
asunción acrítica del prejuicio
liberal que considera la fe y su formulación
(el dogma) como una adulteración del auténtico
dato histórico. No podemos olvidar que
la fijación del Canon tuvo como objetivo
custodiar el testimonio auténtico sobre
Jesús preservándolo de posteriores
interpretaciones adulteradas. La fe apostólica
no inventó la historia de Jesús,
sino que la custodió, convirtiéndose
en la garantía de su autenticidad. El
criterio para discernir, custodiar y transmitir
la autenticidad de lo atestiguado fue su conformidad
con la predicación de los apóstoles.
Por eso, quien prescinde de la fe apostólica
se cierra a una auténtica aproximación
histórica a Jesús.
b) Desconfianza en
la historicidad de los Evangelios
7.
También son frecuentes en el libro
las referencias al carácter no histórico
de muchas de las escenas evangélicas (cf.
p.ej. pp. 39, n.2; 206; 215, n. 12; 336-337;
349, n. 42; 363-364; 368; 377; 379; 429; 432)
o a la dificultad para determinar si describen
acontecimientos reales o invenciones de los evangelistas
(cf. pp. 372-373). Se podría decir que,
para el Autor, la desconfianza frente al dato
de los evangelios es una condición para
proceder con rigor en la investigación
histórica. Esta desconfianza es consecuencia
de la ruptura que se establece entre Jesús
mismo (su vida y enseñanza) y el testimonio
que sus seguidores dieron de Él (cf. p.
118, n.9).
c)
Aproximación
a la historia desde presupuestos ideológicos
8.
La reconstrucción
histórica
realizada por el Autor alterna datos supuestamente
históricos con recreaciones literarias
inspiradas en la mentalidad actual[08],
adoptando, además, el análisis
propio de la lucha de clases para describir el
entorno familiar, social, económico, político
y religioso. El objetivo de esta descripción
es situar la actividad de Jesús y su predicación
del Reino en un horizonte preferentemente terreno[09].
Así, al uso selectivo de los estudios
utilizados en la redacción del libro le
corresponde una utilización igualmente
selectiva de las fuentes. Los relatos evangélicos
son adaptaciones posteriores cuando desmienten
la propia tesis; son históricos cuando
concuerdan con ella.
2. CUESTIONES DOCTRINALES
9. El objetivo del libro Jesús. Aproximación
histórica es aproximarse a la figura
de Jesús desde el punto de vista histórico.
El Autor desea responder a la pregunta «¿Quién
fue Jesús?» (p. 5), para «saber
quién está en el origen de mi
fe cristiana» (p. 5).
a) ¿Quién
es Jesús de Nazaret?
10.
Para el Autor, el Jesús
que realmente aconteció en la historia,
es, ante todo, un profeta. Los capítulos
3º (“Buscador
de Dios”) y 11º (“Creyente fiel”)
son muy esclarecedores. Ciertamente, la obra
comienza afirmando que «Jesús es
la encarnación de Dios», el «hombre
en el que Dios se ha encarnado» (p. 7).
Esas afirmaciones aparecen también al
exponer lo que los seguidores de Jesús,
una vez resucitado, predican sobre Jesús.
Pero conviene advertir que para el Autor todos
estos modos de hablar de Jesús pertenecen
a los discípulos, quienes, después
de la Pascua, han buscado el nombre para Jesús
acudiendo, unas veces, a la tradición
judía, y, otras, a la terminología
presente en el mundo pagano[10].
b)
La conciencia filial de Jesús de Nazaret
11.
Tan importante como determinar la autenticidad
histórica del testimonio
es determinar si el Jesucristo de la profesión
de fe, realizada bajo la acción del Espíritu
Santo, es conforme a la pretensión del
Jesús que vivió en un determinado
momento histórico. Si Jesús no
se presentó a sí mismo como Dios
y como Hijo de Dios, ni reclamó para sí la
fe que reclamó para el Padre, la posterior
confesión de fe de los apóstoles
no fue más que una interpretación
exagerada y, en cuanto tal, deformadora de su
maestro, formulada a partir de una Pascua que
ya no se sabe lo que es. La conciencia que Jesús
tenía de sí y de su misión
es inseparable de la verdad histórica
contenida en la profesión de fe. Sin la
verdad histórica, la profesión
de fe se convierte en mito. Pues bien, el Autor
escribe a este respecto: «En ningún
momento [Jesús] manifiesta pretensión
alguna de ser Dios... Tampoco se le condena por
su pretensión de ser el “Mesías” esperado...
al parecer, Jesús nunca se pronunció abiertamente
sobre su persona» (p. 379). Esta afirmación
contradice el dato histórico recogido
en el testimonio evangélico, custodiado
y transmitido por la Iglesia apostólica.
Jesús, en efecto, es Dios, sabe que es
Dios y habla continuamente de ello[11].
12.
Para el Autor, que Jesús sea Hijo
de Dios es una afirmación «de carácter
confesional» (p. 303) que no tiene su origen
en el Jesús de la historia. La respuesta
a la pregunta “¿Quién es
Jesús?” «solo puede ser personal» (p.
463). Presentado Jesús principalmente
como un profeta, no extraña el silencio
sobre su concepción virginal, la afirmación
sobre los “hermanos” de Jesús
en sentido propio y real (cf. p. 43, n.11), la
negación de su conciencia filial y mesiánica,
la explicación meramente natural de los
milagros (curaciones y exorcismos), o el vaciamiento
de contenido salvífico del lenguaje sobre
la muerte y la resurrección.
c)
El valor redentor de la muerte de Jesús
13.
El Autor afirma que el empeño
fundamental de Jesús habría sido «despertar
la fe en la cercanía de Dios luchando
contra el sufrimiento» (p. 175). El rasgo
principal de Dios mostrado por Jesús ha
sido la compasión. Aunque se habla extensamente
de este rasgo, en el libro la compasión
no pasa de ser un sentimiento noble hacia los
más desfavorecidos, pero no es, en sentido
estricto, un padecer con ellos y por ellos, en
favor y en lugar de ellos. Y es que, para el
Autor, Jesús no dió ni a su vida
ni a su muerte un sentido sacrificial y redentor
(cf. pp. 350-351). Si Jesús no ha dado
a su vida y a su muerte un sentido redentor,
entonces también la compasión se
vacía de su contenido originario[12].
14.
En esta misma línea,
la última
cena se presenta como una solemne cena de despedida,
con gestos simbólicos, cuya finalidad
es que sus seguidores le recuerden en el futuro.
Con el pan y con el vino realizó unos
gestos proféticos, «compartidos
por todos», convirtiendo «aquella
cena de despedida en una gran acción sacramental,
la más importante de su vida, la que mejor
resume su servicio al reino de Dios... Quiere
que sigan vinculados a él y que alimenten
en él su esperanza. Que lo recuerden siempre
entregado a su servicio» (p. 367). Las
palabras Haced esto en memoria mía (1
Cor 11, 24; Lc 22, 21) «no pertenecen a
la tradición más antigua. Probablemente
provienen de la liturgia cristiana posterior,
pero sin duda ese fue el deseo de Jesús» (p.
367, n. 85)[13].
La cena es para que sus seguidores recuerden
siempre a Jesús. «Repitiendo aquella
cena podrán alimentarse de su recuerdo
y su presencia» (p. 367).
d)
La redención
como liberación del pecado
15.
La concepción reduccionista
de la obra redentora de Jesucristo se descubre
también
en el silencio sobre la realidad del pecado.
La razón de este silencio está en
la contraposición establecida entre Juan
el Bautista y Jesús: la misión
del primero «está pensada y organizada
en función del pecado... Por el contrario,
la preocupación primera de Jesús
es el sufrimiento de los más desgraciados» (p.
174). Eso explica que para el Autor, Satán
sea un símbolo del mal (p. 98), «la
personificación de ese mundo hostil que
trabaja contra Dios y contra el ser humano» (p.
98). Para el Autor, hablar de “Satán” es
una forma mítica de simbolizar toda forma
de mal[14].
16.
De ello se deduce también
el modo en que el Autor entiende el perdón. «A
estos pecadores que se sientan a su mesa, Jesús
les ofrece el perdón envuelto en acogida
amistosa. No hay ninguna declaración;
no les absuelve de sus pecados; sencillamente
los acoge como amigos» (p. 205). La conversión
es irrelevante (porque “el perdón
es gratuito”) y las “declaraciones” de
perdón de los pecados por parte de Jesús,
no se consideran auténticas, porque en
esas fórmulas «Dios aparece como
un “juez”» (p. 206), y no es
eso lo que Jesús revela con su “perdón-acogida”.
Jesús habría practicado un “perdón-acogida”,
pero no un “perdón-absolución”.
Por más que se hable de acogida, al final
el Autor se aproxima más a una “acogida
impuesta”, que hace irrelevante la respuesta
libre del hombre[15].
e)
Jesús y la
Iglesia
17.
Según el Autor, Jesús
no tuvo intención de crear un grupo organizado
y jerárquico, sino que quiso poner en
marcha un movimiento de hombres y mujeres, salidos
del pueblo y unidos a él, «para
que ayuden a los demás a tomar conciencia
de la cercanía salvadora de Dios» (p.
269). Jesús ve a todos sus seguidores
como una familia (cf. p. 290). Nadie ejercerá en
su grupo un poder dominante. Tampoco hay diferencias
jerárquicas entre varones y mujeres (cf.
pp. 291-292)[16].
f)
La resurrección
de Jesús
18.
Al presentar la resurrección
de Jesús,
el Autor, aunque afirma que es un hecho histórico
y real, interpreta esta historicidad en un sentido
que no es conforme con la enseñanza de
la Iglesia, pues la entiende como algo que acontece
en el corazón de los discípulos[17].
Tampoco es conforme con la fe de la Iglesia su
modo de entender la resurrección del cuerpo
de Jesús y su explicación de la
continuidad entre el cuerpo crucificado y muerto,
y el resucitado (cf. p. 433). Aunque afirma que
la resurrección es algo que le pasa a
Jesús, se niega la referencia a su cuerpo
real y se explica como la convicción de
los discípulos de que “Dios le ha
llenado de vida”, sin que se explique qué quiere
decir con eso[18].
3.
CONCLUSIÓN
19.
Teniendo en cuenta cuanto se lleva dicho, se
puede afirmar que el Autor parece sugerir indirectamente
que algunas propuestas fundamentales de la
doctrina católica carecen de fundamento
histórico en Jesús. Este modo de
proceder es dañino, pues acaba deslegitimando
la enseñanza de la Iglesia al carecer –según
el Autor- de enraizamiento real en Jesús
y en la historia. En el libro no se quiere negar
esa enseñanza pero, de hecho, se muestra
infundada.
20.
En el origen de las cuestiones señaladas
se encuentran dos presupuestos que condicionan
negativamente la obra: la ruptura entre la investigación
histórica de Jesús y la fe en Él,
y la interpretación de la Sagrada Escritura
al margen de la Tradición viva de la Iglesia.
El Autor parece dar a entender que, para mostrar
la historia se debe dejar de lado la fe, logrando
como resultado una historia que es incompatible
con la fe. El problema no está sólo
en pensar que se debe prescindir de la fe para
saber históricamente quién fue
Jesús (éste es un prejuicio erróneo
mantenido también por numerosos exegetas
que se dicen católicos)[19],
sino sobre todo –dado que el libro quiere
ser una “aproximación histórica”-
en reconstruir una historia, a partir de un uso
arbitrario de los evangelios, que resulta incompatible
con la fe. Si el “Jesús histórico” que
muestra el Autor es incompatible con el Jesús
de la Iglesia, no es porque ésta haya
inventado, con el pasar del tiempo, a un Jesús
diferente del que aconteció, sino porque
la “historia” que se propone es una
historia falseada, aunque ésa, ciertamente,
no sea su intención. El Autor se sirve
en esta obra de investigaciones que mayoritariamente
se encuentran fuera de la Tradición, tanto
por sus presupuestos metodológicos (asumidos
acríticamente), como por sus conclusiones.
Los resultados a los que llega son la derivación
lógica de su punto de partida[20].
21.
La rápida difusión de la obra Jesús.
Aproximación histórica demuestra
que, junto a los aspectos deficientes señalados,
posee otros positivos que hacen agradable su
lectura. En una presentación histórica
sobre la figura de Jesús es deseable
que se armonice el rigor científico
con el lenguaje sencillo y divulgativo. Sin
embargo, cuando la apariencia de rigor oculta
deficiencias metodológicas y doctrinales,
la fluidez literaria causa confusión
y siembra dudas. El fin de esta Nota no
es otro que despejar la confusión y
las dudas, y reiterar con el autor de la Carta
a los Hebreos: Ayer como hoy, Jesucristo
es el mismo y lo será siempre. No os
dejéis seducir por doctrinas varias
y extrañas. Mejor es fortalecer el corazón
con la gracia que con alimentos que nada aprovecharon
a los que siguieron ese camino (Hb 13,
8-9).
Nota
de la Comisión Episcopal
para la Doctrina de la Fe
publicada con la autorización de la
Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal Española
en su CCIX reunión
(Madrid, 18 de junio de 2008)
[01] En
el documento Cristo presente en la
Iglesia,
de la Comisión Episcopal para la
Doctrina de la Fe [= CEDF] (20.2.1992),
ya se señalaron
muchas de las deficiencias que se encuentran
en el libro del Rvdo. J.A. Pagola, Jesús.
Aproximación histórica.
El efecto secularizador de estas deficiencias
ha sido recodado por los obispos españoles
en la Instrucción Pastoral Teología
y secularización en España.
A los cuarenta años de la clausura
del Concilio Vaticano II (30.3.2006),
22-35.
[02] CEDF, Cristo
presente en la Iglesia (20.2.1992),
5.
[03] Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática Dei
Verbum [= DV], 19.
[06] «Es
contrario a la fe cristiana introducir cualquier
separación entre el Verbo y Jesucristo.
San Juan afirma claramente que el Verbo,
que «estaba en el principio con Dios»,
es el mismo que «se hizo carne» (Jn
1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado,
una sola persona e inseparable: no se puede
separar a Jesús de Cristo, ni hablar
de un «Jesús de la historia»,
que sería distinto del «Cristo
de la fe». La Iglesia conoce y confiesa
a Jesús como «el Cristo, el
Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Cristo
no es sino Jesús de Nazaret, y éste
es el Verbo de Dios hecho hombre para la
salvación de todos»: Juan Pablo
II, Carta Encíclica Redemptoris
missio (7.12.1990), 6.
[07] Importa
recordar lo afirmado por la Congregación
para la Doctrina de la Fe a propósito
de algunos escritos de E. Schillebeeckx: «el
teólogo, cuando se dedica a una investigación
exegética o histórica, no puede
pretender sinceramente que haya que abandonar
las afirmaciones de fe de la Iglesia Católica»: Carta
al P. E. Schillebeeckx (20.11.1980),
Nota Anexa I, A, 1 (ed. E. Vadillo, 43, 24
[= Congregación para la Doctrina de
la Fe, Documentos 1966-2007, ed.
E.Vadillo Romero, BAC, Madrid 2008, 227]).
[08] Así,
por ejemplo, al describir el entorno familiar
en el que Jesús niño creció,
el Autor habla de la consideración
que merecían los niños en la época
y de la educación común que
recibían: «A los ocho años,
los niños varones eran introducidos
sin apenas preparación en el mundo
autoritario de los hombres, donde se les
enseñaba a afirmar su masculinidad
cultivando el valor, la agresión sexual
y la sagacidad» (p. 45). El Autor
viene a decir que en tiempos de Jesús
a los niños se les educaba para ejercer “la
agresión sexual”, pero no indica
las fuentes que le llevan a tal consideración.
[09] La
sociedad de la época de Jesús
es descrita con expresiones como las siguientes:
desigualdad «entre la gran mayoría
de población campesina y la pequeña élite
que vivía en las ciudades» (p.
23), fuerte presión de los impuestos,
la obligación de los campesinos hacia
la élite (cf. p. 24), tributos para
costear «los elevados gastos del funcionamiento
del templo y para mantener la aristocracia
sacerdotal de Jerusalén» (p.
25), tribunales que «pocas veces apoyaban
a los campesinos» (p. 29), etc. Sobre
ese panorama la predicación del Reino
aparece, desde una perspectiva horizontal,
como liberación de la opresión
social: «la actividad de Jesús
en medio de las aldeas de Galilea y su mensaje
del “reino de Dios” representaban
una fuerte crítica a aquel estado
de cosas» (p. 30); el comienzo de la
actividad pública de Jesús
se justifica por el deseo que tiene de anunciar
a las pobres gentes que «Dios viene
ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento
y opresión» (p. 83); «aldeas
enteras que viven bajo la opresión
de las élites urbanas, sufriendo el
desprecio y la humillación» (p.
103); el reino de Dios consiste «en
la instauración de una sociedad liberada
de toda aflicción» (p. 175); «lujosos
edificios en las ciudades, miseria en las
aldeas; riqueza y ostentación en las élites
urbanas, deudas y hambre entre las gentes
del campo; enriquecimiento progresivo de
los grandes terratenientes, pérdida
de tierras de los campesinos pobres» (p.
181). Importa advertir que el Autor, al hablar
de sufrimiento y opresión, no se refiere
al pecado ni al dominio del Maligno (se indicará después
qué entiende el Autor por Satán
[símbolo del mal: cf. p. 98], o qué son
los exorcismos y el perdón de los
pecados), sino a la injusticia y al poder
opresor de los poderosos de este mundo, como
por ejemplo, el rey Herodes, cuyo reino está «construido
sobre la fuerza y la opresión de los
más débiles» (p. 179).
Todo el capítulo séptimo (“Defensor
de los últimos”) recoge claramente
esta tendencia.
[10] «Pronto
circularán por las comunidades cristianas
diversos títulos y nombres tomados
del mundo cultural judío o de ámbitos
más helenizados»: p. 450.
[11] Aun
sin ser magisterial, el documento de la Comisión
Teológica Internacional, La conciencia
que Jesús tenía de sí mismo
y de su misión (1985), formula
de manera precisa la enseñanza de
la Iglesia, tal como aparece en los Evangelios: «La
vida de Jesús testifica la conciencia
de su relación filial al Padre. Su
comportamiento y sus palabras, que son las
del “servidor” perfecto, implican
una autoridad que supera la de los antiguos
profetas y que corresponde sólo a
Dios. Jesús tomaba esta autoridad
incomparable de su relación singular
a Dios, a quien él llama “mi
Padre”. Tenía conciencia de
ser el Hijo único de Dios y, en este
sentido, de ser, él mismo, Dios»:
Comisión Teológica Internacional, La
conciencia que Jesús tenía
de sí mismo y de su misión (1985),
Proposición 1ª (ed. C. Pozo,
BAC, 587, 382).
[12] También
sobre este punto, el documento de la Comisión
Teológica Internacional, La conciencia
que Jesús tenía de
sí mismo y de su misión (1985),
formula bien la enseñanza de la Iglesia: «Jesús
conocía el fin de su misión:
anunciar el Reino de Dios y hacerlo presente
en su persona, sus actos y sus palabras,
para que el mundo sea reconciliado con Dios
y renovado. Ha aceptado libremente la voluntad
del Padre: dar su vida para la salvación
de todos los hombres; se sabía enviado
por el Padre para servir y para dar su vida “por
la muchedumbre” (Mc 14, 24)»:
Comisión Teológica Internacional, La
conciencia que Jesús tenía
de sí mismo y de su misión (1985),
Proposición 2ª (ed. C. Pozo,
BAC, 587, 384).
[13] La
conocida tesis de H. Lietzmann (Messe
und Herrenmahl, 1926), según
la cual la institución de la Eucaristía
no puede atribuirse históricamente
a Jesús, ha conocido posteriores formulaciones
dentro de los seguidores de una reduccionista
exégesis histórico crítica.
Sobre estos planteamientos equivocados, cf.
Congregación para la Doctrina de la
Fe, Notificación sobre algunas
publicaciones del Prof. Dr. Reinhard Messner (30.11.2000),
Intr. (ed. E. Vadillo, 92, 5-7).
[14] Contrariamente
a lo que afirma el Autor, la Iglesia enseña
que Satán es un ser real de naturaleza
angélica y no una mitificación
del mal: «Satán o el diablo
y los otros demonios son ángeles caídos
por haber rechazado libremente servir a Dios
y a su designio. Su opción contra
Dios es definitiva. Intentan asociar al hombre
en su rebelión contra Dios» (CCE
414).
[15] Tal
presentación, además de no
encontrar justificación en los textos
evangélicos, se opone a la enseñanza
de la Iglesia sobre la justificación
del hombre y el perdón de los pecados,
que requiere la respuesta personal: cf. CCE
1489-1490.
[16] Contrariamente
a lo expuesto por el Autor, la Iglesia enseña
que «el Señor Jesús dotó a
su comunidad de una estructura que permanecerá hasta
la plena consumación del Reino» (CCE
765) y que «en la vocación y
en la misión de los doce Apóstoles,
según la fe de la Iglesia, Cristo
fundó al mismo tiempo el ministerio
de la sucesión apostólica»:
Congregación para la Doctrina de la
Fe, Notificación sobre algunas
publicaciones del Prof. Dr. Reinhard Messner (30.11.2000),
13 [ed. E. Vadillo, 92, 22].
[17] La
Iglesia, sin embargo, enseña que la
resurrección de Jesucristo es un acontecimiento
histórico y trascendente: «La
fe en la Resurrección tiene por objeto
un acontecimiento a la vez históricamente
atestiguado por los discípulos que
se encontraron realmente con el Resucitado,
y misteriosamente trascendente en cuanto
entrada de la humanidad de Cristo en la gloria
de Dios» (CCE 656).
[18] El
juicio de la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre el modo de explicar
el P. Roger Haight la resurrección
de Jesucristo bien puede aplicarse a la exposición
de J.A. Pagola: «La interpretación
del Autor lleva a una posición incompatible
con la doctrina de la Iglesia. Está elaborada
sobre presupuestos equivocados y no sobre
los testimonios del Nuevo Testamento, según
el cual las apariciones del Resucitado y
el sepulcro vacío son el fundamento
de la fe de los discípulos en la resurrección
de Cristo y no viceversa»: cf. Notificación
sobre la obra «Jesus symbol of God» del
P. Roger Haight, s.j. (13.12.2004),
V [ed. Vadillo, 104, 24].
[19] Cf. Carta
al P. E. Schillebeeckx (20.11.1980),
Nota Anexa I, A, 1 (ed. E. Vadillo, 43,
24).
[20] A
la obra de J.A. Pagola cuadran bien las palabras
de la Congregación para la Doctrina
de la Fe sobre algunas publicaciones del
Prof. Dr. Reinhard Messner: «Las hipótesis
sobre el origen de los textos paralizan la
palabra bíblica como tal. Viceversa,
resulta evidente que la Tradición,
en su sentido definido por la Iglesia,
no significa manipulación de la Escritura
por medio de enseñanzas y de costumbres
sucesivas; al contrario, representa
la garantía para que la palabra de
la Escritura pueda conservar su pretensión»:
Congregación para la Doctrina de la
Fe, Notificación sobre algunas
publicaciones del Prof. Dr. Reinhard Messner (30.11.2000),
13 [ed. E. Vadillo, 92, 6].
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