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El domingo 25 de Marzo, muchas diócesis
y asociaciones celebrarán el día de la Vida. Con esta
ocasión los Obispos de la Subcomisión Episcopal para
la Familia y Defensa de la Vida queremos dirigirnos a todos para
ofrecer unos puntos de reflexión y para manifestar nuestro
apoyo y aliento a esta celebración.
1. Ante la situación
actual de España
La última Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal Española aprobó unas Orientaciones
morales ante la situación actual de España, que querían
ofrecer unos criterios para el discernimiento que hoy es necesario.
En el terreno de la vida, nos encontramos
en un momento preocupante de nuestra historia. Por un lado, los
recientes cambios legislativos han llevado a que España tenga
una de las legislaciones que menos protege la vida humana en el
mundo entero. Por otro lado, desde las instituciones se promueve
la promiscuidad sexual con la falsa esperanza de que el preservativo
o el recurso a la “píldora del día después”
permitirán una práctica “segura” del sexo.
Pero al contrario de lo esperado, las enfermedades de transmisión
sexual y los abortos siguen creciendo.
No menor preocupación suscitan
algunos temas que aparecen recurrentemente en los medios de comunicación
que pueden llegar a anestesiar las conciencias. En particular, diversos
grupos de presión y muchos medios de comunicación
promueven la regulación legal del aborto libre y de la eutanasia.
Por ello, como Pastores del “Pueblo
de la Vida” (Evangelium vitae, n. 78), tenemos que denunciar
la extensión en nuestra sociedad de una verdadera “cultura
de la muerte”, una visión del hombre que deja sin fundamento
sus derechos fundamentales y diluye en la conciencia social el valor
de la vida y la dignidad de la persona.
Nos encontramos ante un verdadero
“desafío cultural”, un cambio sin precedentes
en el corazón y la conciencia de nuestras familias y de la
sociedad. Este desafío requiere una respuesta a distintos
niveles.
2. Ayudar eficazmente a las
madres
La primera acción de promoción
de una cultura de la vida es la atención a las situaciones
donde la vida de una persona está en peligro. No basta que
animemos a una mujer a que se sobreponga a las presiones que la
empujan al aborto si no le ofrecemos los medios para ello. Por eso
es imprescindible el precioso servicio que tantas asociaciones ofrecen
a las madres embarazadas para que puedan llevar adelante su embarazo.
Queremos agradecer a todos su trabajo en este campo, a la vez que
los alentamos para que perseveren a pesar de tantas dificultades.
En este terreno asistencial tenemos
también que felicitarnos por iniciativas como Red Madre,
que permite una coordinación y sostenimiento institucional
de la ayuda a la mujer embarazada. Nuestra sociedad está
tomando conciencia de que muchas veces el aborto se produce porque
la mujer se encuentra sola ante una fuerte presión que la
empuja al aborto. La sociedad tiene la responsabilidad de ofrecer
a estas mujeres la posibilidad de elegir que su hijo llegue a nacer.
Por eso, un solo aborto es un enorme fracaso de nuestra sociedad.
3. Necesidad de conversión
para generar una cultura de la vida
Siendo insustituible la acción
asistencial, no basta esta acción para dar respuesta al desafío
cultural al que nos enfrentamos. Es necesario, sobre todo, fomentar
entre los propios católicos una experiencia de fe, es decir,
del reconocimiento de la presencia de Cristo entre nosotros, verdadera
y fiel. Tan verdadera y fiel que pueda determinar todas las dimensiones
de nuestra vida, como para que haga resplandecer en nosotros el
amor a la propia vida y la gratitud por ella, y como para suscitar
en nosotros la voluntad de ayudar y sostener siempre el amor a la
vida de los demás, tratando de hacerlo posible con nuestro
testimonio del amor de Cristo y con nuestro afecto. Llamar a esta
experiencia de fe es llamar a la conversión. Todos contribuimos
a la cultura de la muerte cuando nos sometemos a la mentalidad consumista,
cuando hacemos del poder, del dinero, del estatus o del éxito
social, los criterios que rigen el valor de la vida humana. Por
eso, la conversión es siempre la primera responsabilidad
de los católicos en relación con la vida. La primera,
y la única verdaderamente indispensable, verdaderamente insustituible,
si en verdad se ama la vida. En realidad, sólo un sujeto
social –un pueblo– agradecido por la experiencia de
la redención de Cristo puede expresar con verdad y generar
una auténtica cultura de la vida.
Luego, pero sólo en un segundo
momento, es necesaria también la presencia de intelectuales
que propongan una cultura de la vida, que sean capaces de generar
una argumentación adecuada a nuestro tiempo y que pueda iluminar
la conciencia social. Personas públicas que se comprometan
por la causa de la vida. Instituciones académicas, universitarias
y culturales que promuevan en nuestra sociedad el valor de la vida.
A las instituciones católicas y no católicas que trabajan
por defender la vida, les queremos manifestar nuestro apoyo y aliento
a su dura tarea. Esperamos que su común servicio a la vida
sea capaz de generar una unidad de acción y un espíritu
de comunión. Esta unidad será un testimonio convincente
para la sociedad y también la garantía de un trabajo
más fecundo.
4. Necesidad de incidir en
las leyes y las políticas sociales
Una cultura de la vida, si es verdadera
y no sólo un eslogan ideológico, incidirá necesariamente
en la política. Un pueblo que ama la vida actúa sobre
los partidos políticos que han de representarle para que
propongan en sus planes electorales y luego desarrollen una legislación
donde el valor de la vida sea protegido y promovido.
En el campo del aborto y de la reproducción
asistida, tenemos en España unas leyes que atentan contra
la vida, y que por tanto tienen que ser abolidas.
Pero también debemos tomar
conciencia de que si las autoridades sanitarias velaran por el cumplimiento
de la ley y de las condiciones en que el aborto está despenalizado,
no es temerario suponer que el número de abortos en España
se reduciría drásticamente. Por ello, a la vez que
pedimos a la sociedad y a los políticos la abolición
de los supuestos en los que el aborto está despenalizado,
porque es una ley gravemente injusta, instamos a las instituciones
sanitarias a que persigan estos abusos. Es una grave responsabilidad
de las autoridades.
5. La gravísima amenaza
de la eutanasia
Una de las cuestiones que vemos con
mayor preocupación es la campaña que, desde diversos
ámbitos, se realiza para promover la aceptación social
de la eutanasia. La metodología es la que se empleó
en la legalización del aborto: se presentan casos dramáticos
para que el sentimiento, aparentemente “bueno” y “piadoso”
de “ayudar” al enfermo que sufre, se imponga al recto
juicio. Es, pues, una manipulación que no por sutil es menos
real. Estos últimos días lo hemos vivido con mayor
intensidad por el desgraciado caso de todos conocido.
Además de denunciar estos
hechos como moralmente inaceptables, queremos recordar a la sociedad
que una cosa es el suicidio asistido y otra la eutanasia. La práctica
legalmente consentida de la eutanasia consiste en que una persona
da muerte a otra. Basta que miremos a países cercanos, como
Holanda, para comprender lo que esto supone y a dónde llega
la sociedad en esta pendiente resbaladiza.
Por otra parte, si consideramos la
situación de la práctica del aborto en España,
es clara la falacia de los que abogan por una despenalización
de la eutanasia en determinados supuestos y con unas rigurosas condiciones.
¿Cómo pueden garantizar que para la eutanasia se cumplirán
esas condiciones que en el aborto se ignoran?
Nuestra sociedad está a tiempo
de abandonar el camino que la lleva a la práctica de la eutanasia.
Para ello tenemos que trabajar con empeño y confianza, sin
olvidar que en esto los políticos tienen una singular responsabilidad.
En primer lugar, tenemos que ofrecer
nuestro apoyo, compañía, y los medios médicos
lícitos para aliviar el dolor y sufrimiento de los enfermos
cuya vida sufre un grave deterioro. A la vez que les descubrimos
el valor de su sufrimiento unido a la Cruz de Cristo, tenemos que
sostenerles en su lucha contra la tentación de la desesperación
o el suicidio y aliviar su sufrimiento con los medios que la actual
medicina paliativa nos ofrece.
Hay que generar una cultura de la
dignidad de la persona enferma y del valor de su vida, que despierte
en nuestra en nuestra sociedad la conciencia de la inmoralidad de
la eutanasia. Para ello la Declaración de la Comisión
Permanente de la Conferencia Episcopal Española titulada
La eutanasia es inmoral y antisocial puede ser un instrumento útil.
6. Una acción decidida
a favor de la vida
Todos tenemos la responsabilidad
de promover la vida, cada uno en la medida de sus posibilidades,
para evitar la extensión en nuestra sociedad de la cultura
de la muerte y de leyes antivida.
La verdad del evangelio exige la
coherencia de los católicos en todas las dimensiones de la
vida, y también en la vida pública. Es cierto que
la primera y más directa responsabilidad respecto de las
leyes es de los políticos que las promueven, pero los ciudadanos
tenemos la responsabilidad de no respaldar a quienes promueven leyes
que atentan, de un modo u otro, contra el valor sagrado de la vida.
El bien de la sociedad requiere que cada uno asuma más seriamente
su propia responsabilidad, también el conjunto de los cristianos
como pueblo, en la construcción de un futuro más humano.
Terminamos recordando unas palabras
de las Orientaciones morales aprobadas recientemente, para que nos
iluminen en nuestra responsabilidad y en la promoción decidida
de una cultura de la vida:
«En consecuencia, los católicos
y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar
con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas
políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido,
cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral
de la vida y a la justificación moral de sus propuestas y
programas. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el
ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y
la autenticidad de las instituciones democráticas. “Es
preciso afrontar -señala el Papa- con determinación
y claridad de propósitos, el peligro de opciones políticas
y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios
antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza
del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida
humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la
muerte natural, y a la promoción de la familia fundada en
el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento público
otras formas de unión que contribuirían a desestabilizarla,
oscureciendo su carácter peculiar y su insustituible función
social”»(Orientaciones morales ante la situación
actual de España, n. 56).
Dios quiera que este tiempo de cuaresma,
tiempo de renovación y de conversión, nos ayude a
renovar nuestro compromiso por la vida y a convertirnos a la vida.
Que la Virgen María, que en el misterio de la Encarnación
acogió en su seno al que es la Vida, Jesucristo, nos sostenga
en este camino cuaresmal que conduce a la Pascua, fiesta de la Vida.
Recibid nuestra más afectuosa bendición.
Madrid, 19 de marzo de 2007, Solemnidad
de San José
Los Obispos de la Subcomisión
Episcopal de Familia y Vida
Mons. Julián Barrio Barrio,
Presidente de la CEAS
Mons. Juan Antonio Reig Pla,
Presidente de la Subcomisión para la Familia y Defensa de
la Vida
Mons. Francisco Gil Hellín
Mons. Javier Martínez Fernández
Mons. Vicente Juan Segura
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