|
Frente al mal, está el bien;
frente a la muerte, la vida (Sir 33,14)
1. Promover una cultura de
la vida
Coincidiendo con
la solemnidad de la Encarnación del Señor, que este
año se celebra el 31 de marzo, la Iglesia en España
celebra la VII Jornada por la Vida, que es una invitación
a la oración y a proclamar el valor sagrado de toda vida
humana desde su comienzo en la fecundación hasta su fin
natural. De esta oración debe brotar un compromiso decidido
para vencer al mal a fuerza de bien, a la «cultura de la
muerte» promoviendo una cultura que acoja y promueva la vida.
El misterio de la Encarnación
del Señor nos invita
a considerar la grandeza y dignidad de la vida humana. Como nosotros,
el Hijo de Dios comenzó su
vida humana en el seno de su Madre. Por eso, este misterio nos recuerda que
desde el momento de la concepción, la vida humana tiene un valor sagrado
que todos debemos reconocer, respetar y promover: «la vida del hombre
es don de Dios, que todos están llamados a custodiar siempre»[1].
Los
obispos sentimos el deber de promover en la Iglesia y en la sociedad
el valor de la vida humana, alentando todas las iniciativas que
promueven la familia y la vida como, por ejemplo, la moratoria
internacional sobre el aborto.
2. «Nunca se puede
legitimar la muerte de un inocente»
Hace
poco, la sociedad española se ha sentido conmovida por ciertas
prácticas abortivas y la crueldad de los medios utilizados
para ocultarlas. Esta realidad, que los obispos venimos denunciando
desde hace años[2],
ha suscitado de nuevo el debate sobre el aborto en nuestra sociedad.
Como ya dijimos[3],
aun considerando como un gran avance el cese de la práctica
ilegal del aborto, la acción
genuinamente moral y humana sería la abolición de la «ley
del aborto», que es una ley injusta[4].
Juan Pablo II nos dijo en Madrid en 1982: «Quien negara la defensa a
la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya
concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima
violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un
inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad»[5].
Invitamos a los fieles a que eleven
su oración al Señor para
que ilumine la conciencia de nuestros conciudadanos, especialmente la de los
políticos.
Que el Dios de la vida les ayude a comprender y remediar el enorme drama humano
que el aborto supone para el niño en el seno de su madre, para la propia
madre, y para la sociedad entera. La ley del aborto debe ser abolida, al tiempo
que hay que apoyar eficazmente a la mujer, especialmente con motivo de su maternidad,
creando una nueva cultura donde las familias acojan y promuevan la vida. Una
alternativa importante es la adopción. Miles de esposos tienen que acudir
a largos y gravosos procesos de adopción mientras en España más
de cien mil niños murieron por el aborto durante el año 2006.
3. La conciencia del católico
ante la vida humana
Nos
dirigimos ahora a los católicos para recordarles sus obligaciones
morales y de conciencia. Ningún católico, ni en el ámbito
privado ni público, puede admitir en ningún caso
prácticas como el aborto, la eutanasia o la producción,
congelación y manipulación de embriones humanos,
La vida humana es un valor sagrado, que todos debemos respetar
y que las leyes deben proteger.
No puede
sostenerse que el aborto es inadmisible para un católico
pero que esto no obliga al que no lo es. Al contrario, «el
cristiano está continuamente
llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques
a que está expuesto
el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones
que tienen raíces profundas en la ley natural y que por
consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta
conciencia»[6].
Por
eso, si algún católico albergara dudas sobre este
tema, debería
acudir a la oración para pedir la luz del Espíritu
Santo. También
podrá informarse de las razones por las que la Iglesia sostiene,
siempre con argumentos teológicos, filosóficos y
científicos sólidos,
el valor y la dignidad de la vida personal desde la fecundación
hasta la muerte natural.
4. Dios ama también la vida enferma y débil
La
vida es una realidad maravillosa que no deja de sorprendernos.
Cuantos más datos nos proporciona la ciencia, mejor podemos
comprender que la vida del hombre, creado a imagen y semejanza
de Dios, es un misterio que desborda el ámbito de lo puramente
bioquímico.
En su constante
progreso, la ciencia afirma cada vez con más fuerza que
desde la fecundación
tenemos una nueva vida humana, original e irrepetible, con una
historia y un destino únicos. Una vida que tiene que ser
acogida, respetada y amada: «es
compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe
respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil
y necesita atención
y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal»[7].
Pedimos
al Señor que en esta Jornada, contemplando el misterio de
su encarnación,
sepamos acoger como la Virgen María el don de la vida, y
aprendamos de la madre del amor hermoso a defender y promover la
vida en todos sus momentos, proclamando que «frente a la
muerte está la vida» (Sir 33,14).
Madrid, 8 de marzo de 2008
Los Obispos de la Subcomisión
Episcopal de Familia y Vida
Mons. Julián Barrio Barrio, Presidente
de la CEAS
Mons. Juan Antonio Reig Pla,
Presidente de la Subcomisión para la Familia
y Defensa de la Vida
Mons. Francisco Gil Hellín
Mons. Vicente Juan Segura
Mons. Manuel Sánchez Monge
[1] Benedicto
XVI, Discurso a los participantes en la XXII Conferencia
Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de la
Salud, 17-XI-2007.
[2] Como ejemplo
remitimos nuestras notas para la Jornada de la Vida: «La
vida humana, don precioso de Dios» (2005); «Amar
y promover la vida» (2006); «Por una cultura de
la vida» (2007).
[3] cf. Por
una cultura de la vida. Nota de los Obispos de la Subcomisión
de Familia y Vida, 2007.
[4] Nos referimos
a la Ley Orgánica 9/1985 que despenaliza el aborto en
ciertos supuestos (artículo 417bis del código
penal).
[5] Juan Pablo
II, Homilía en la Misa de las Familias, Madrid,
2-XI-1982.
[6] Benedicto
XVI, Discurso a los participantes en la asamblea general
de la Academia Pontificia para la Vida, 20-III-2007
[7] Benedicto
XVI, Angelus 3-II-2008.
|