«Sin embargo, nuestra ciudadanía
está en
el cielo» (Flp 3, 20). Estas palabras de san Pablo
nos invitan a considerar una verdad profunda de nuestra vida cristiana
y familiar. Somos ciudadanos del cielo, y en la tierra estamos
de camino hacia nuestra patria definitiva. El nacimiento del Hijo
de Dios, que llenos de gozo contemplamos estos días, tiene
como fin rescatarnos de las tinieblas para que podamos entrar en
su luz maravillosa (1 Pe 2, 9), aquella luz que ilumina
la Jerusalén celestial (Ap 22, 4-5).
1. LOS MÁRTIRES, CIUDADANOS
DEL CIELO
El veintiocho de octubre pasado,
la Iglesia en España ha
celebrado con gozo la beatificación de 498 mártires.
En su vida, y singularmente en su martirio, se han mostrado como
un ejemplo para nosotros. Ellos nos muestran cómo «la
capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad
y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad»[1].
Los obispos españoles deseamos que su testimonio fortalezca
la vida y la identidad cristiana de las familias, y se convierta
así en «semilla de nuevos cristianos»[2].
En efecto, nuestros mártires eran cristianos como nosotros,
educados en familias cristianas como muchas de las nuestras, donde
recibieron los valores fundamentales para su vida[3]:
la fe en Dios Padre, el seguimiento de Cristo y la fuerza del Espíritu
para responder a las difíciles circunstancias del tiempo
que vivieron. Como las familias de los mártires fueron capaces
de educarles en la fe, también hoy las familias pueden,
con la ayuda de Dios y con su testimonio de vida, educar cristianos
cuya santidad ilumine el comienzo de este tercer milenio.
2. IDENTIDAD DE LA FAMILIA
CRISTIANA
Vivimos inmersos en una sociedad
compleja, donde no falta la propuesta de una cultura laica que
quiere organizar la vida social como si Dios no existiera. Los
obispos españoles advertimos recientemente
cómo, en este contexto, es posible que surjan «actitudes
de rechazo, o bien, de desconfianza y oscurecimiento de la propia
cultura y de la propia fe en el deseo de evitar posibles confrontaciones»[4].
Es decir, nos encontramos ante un debilitamiento de la identidad
cristiana, que también afecta a las familias.
El lema escogido
para esta Jornada de Familia y Vida nos recuerda quienes somos:
hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Queremos así fortalecer
a las familias cristianas, recordándoles su grandeza y dignidad.
Lo hacemos con unas hermosas palabras de S. León Magno que
la liturgia del día de Navidad nos invita a considerar: «Cristiano,
reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza
divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda
a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro.
Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas
para ser trasladado a la luz del Reino de Dios»[5].
a) La integración
de fe y vida
En particular queremos recordar
a las familias cristianas dos rasgos que constituyen su identidad.
El primero es la integración
de fe y vida. La fe no puede reducirse a una experiencia privada,
extraña por tanto a la vida familiar. La fe debe penetrar
en la vida de cada uno y en la vida de la familia, manifestándose
por consiguiente en todas las dimensiones de la existencia. Los
padres cristianos deberán dar ejemplo a sus hijos, en el
testimonio de una vida inspirada en el Evangelio y alimentada en
los sacramentos, muy especialmente en la Eucaristía dominical.
b) La inserción en
la comunidad eclesial
El segundo rasgo que queremos destacar
es la inserción en
la comunidad eclesial. No hay familia cristiana al margen de la
Iglesia. Para esta integración es fundamental el desarrollo
de la pastoral familiar, de modo que nuestras comunidades parroquiales
sean cada vez más una «familia de familias cristianas»[6],
donde la familia entera pueda participar en la Eucaristía
dominical, fuente y cumbre de la vida parroquial. Esta inserción
de la familia en la comunidad eclesial se realiza también
a través de los movimientos familiares[7],
que deben ser una ayuda para vivir el misterio de la comunión
eclesial.
Solamente una familia cristiana
con una identidad fuerte será capaz,
en estos tiempos adversos, de transmitir la fe y de ser, ante los
hombres, signo luminoso de la verdad, la bondad y la belleza del
matrimonio y de la familia.
3. EL FORTALECIMIENTO DE LA IDENTIDAD CRISTIANA:
ALGUNOS RETOS ACTUALES
a) La Iniciación
cristiana
Para tener matrimonios y familias
cristianas necesitamos formar primeramente cristianos. Estos se
forman en la Iniciación
cristiana. En la celebración del sacramento del Matrimonio
nos encontramos frecuentemente personas con una fe muy débil,
cuya Iniciación cristiana no ha sido suficiente. La Iglesia
debe afrontar este problema pastoral desde la raíz, fortaleciendo
el proceso de formación del sujeto cristiano en la Iniciación
cristiana. «En consecuencia, el primer fundamento de una
pastoral familiar renovada es la vivencia intensa en nuestra
Iglesia en España de la iniciación cristiana»[8].
Esta renovación de la Iniciación cristiana no puede
prescindir de la familia[9].
b)
La educación cristiana de los hijos
Las familias
cristianas están llamadas a educar como ciudadanos
del cielo a sus hijos. Para ello cuentan con la preciosa colaboración
de la escuela católica[10].
Los mártires son también un fruto excelente de la
educación cristiana que recibieron. Su ejemplo puede ayudar
hoy a las familias a educar en la fe a los hijos y transmitirles
valores como el sacrificio, la renuncia, el dominio propio y el
respeto, sin los cuales la convivencia familiar y social se deteriora
gravemente.
Entre estas dificultades que las familias encuentran en su labor
educativa está la imposición de una nueva formación
moral mediante la Educación para la Ciudadanía. Las
familias cristianas tienen que saber que en los centros educativos
se va a dar, como cada vez es más manifiesto, una formación
moral en franca contradicción con la fe cristiana.
Para aclarar cualquier duda queremos recordar que «esta “Educación
para la ciudadanía” de la LOE es inaceptable en la
forma y el fondo: en la forma, porque impone legalmente a todos
una antropología [es decir, una visión del hombre]
que sólo algunos comparten y, en el fondo, porque sus contenidos
son perjudiciales para el desarrollo integral de la persona»[11].
Por ello, «los padres harán muy bien en defender con
todos los medios legítimos a su alcance el derecho que les
asiste de ser ellos quienes determinen la educación moral
que desean para sus hijos»[12].
Es más, sería una falta de solidaridad por parte
de las familias que llevan a sus hijos a la escuela católica
adoptar una postura «pasiva y acomodaticia»[13],
justificándose en que sus hijos recibirían una formación
moral conforme al ideario del centro, mientras un elevado número
de alumnos queda indefenso ante la imposición de una ética
laica.
CONCLUSIÓN
«Gloria a Dios en el cielo» (Lc 2,
14). El canto de los ángeles anunciando el Nacimiento del Salvador
nos invita a elevar los ojos al cielo, donde está nuestra
ciudad definitiva. Nuestra vocación a participar en la vida
divina es el sentido de nuestra vida. Aunque vivimos en la tierra,
nuestra ciudadanía está en el cielo. En efecto: los
cristianos «pertenecen a una sociedad nueva, hacia la cual
están en camino y que es anticipada en su peregrinación»[14].
Esta verdad funda nuestra identidad cristiana.
En estos días de Navidad, tan familiares y por eso tan entrañables,
invitamos a las familias a contemplar el misterio del Dios hecho
hombre, a fortalecer su identidad cristiana y a vivir con gozo
nuestra vida terrena aspirando los bienes del cielo (Col 3,
1-2).
Que el Señor bendiga a todos en esta Navidad.
Los Obispos
de la Subcomisión Episcopal para la Familia
y Defensa de la Vida
Mons. Julián Barrio Barrio, Presidente
de la CEAS
Mons. Juan Antonio Reig Pla, Presidente
de la Subcomisión
Mons. Francisco Gil Hellín
Mons. Javier Martínez Fernández
Mons. Vicente Juan Segura
[1] Benedicto
xvi, encíclica Spe salvi, 38.
[2] cf.
Tertuliano, Apologético 50,13: PL 1, 534.
[3] cf.
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de clausura del
V Encuentro Mundial de las Familias (9 de julio de 2006).
[4] LXXXIX
Asamblea Plenaria de la CEE, La escuela católica.
Oferta de la Iglesia en España para la educación
en el siglo xxi (27 de abril de 2007), 7.
[5] S.
León Magno, Sermón 21, 3: PL 54, 192-193.
[6] Benedicto
XVI, Discurso a la Asamblea del Consejo Pontificio para
los Laicos, Roma (22 de septiembre de 2006).
[7] LXXXI
Asamblea Plenaria de la CEE, Directorio de la pastoral
familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre
de 2003), 274.
[8] Ibíd.,
22; cf. LXX Asamblea Plenaria de la CEE, La iniciación
cristiana. Reflexiones y orientaciones, 18.
[10] cf. LXXXIX
Asamblea Plenaria de la CEE, La escuela católica.
Oferta de la Iglesia en España para la educación
en el siglo xxi (27 de abril de 2007). En este documento,
los obispos hemos reflexionado ampliamente sobre la identidad
de la escuela católica, cuyo proyecto educativo «pretende
desarrollar todas las capacidades del ser humano desde la óptica
de la Vida, la Palabra y la Persona de Jesucristo, al que todos
pueden en su crecimiento escuchar, imitar y seguir compartiendo
y promoviendo sus valores y su forma de vida en toda su actividad
escolar y extraescolar. Esta propuesta educativa de la escuela
católica se concibe como formación integral» (n.
18).
[11] Comisión
Permanente de la CEE, La Ley Orgánica de Educación
(LOE), los Reales Decretos que la desarrollan y los derechos
fundamentales de padres y escuelas (28 de febrero de 2007),
12.
[13] cf. Comisión
Permanente de la CEE, Nueva declaración sobre la
Ley Orgánica de Educación (LOE) y sus desarrollos:
profesores de Religión y «Ciudadanía» (20
de junio de 2007), 13.
[14] Benedicto
xvi, encíclica Spe salvi, 4.
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