Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica 2004


"CONSTRUCTORES DE ESPERANZA"

Mensaje de los Obispos de la
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Solemnidad de Pentecostés, 30 de mayo de 2004

La celebración de Pentecostés nos habla del envío del Espíritu, del comienzo de la Iglesia, de presencia en el mundo, de superación del miedo y de salida en misión hasta los confines de la tierra para anunciar a todos los pueblos la salvación de Dios El mensaje de los apóstoles, unido a su testimonio personal y a los signos que acompañan y confirman sus palabras, rompe la situación de paganismo y de idolatría en la que vivían miles de hombres y mujeres. Estos, transformados por la gracia de Dios, prestan su adhesión a Jesucristo y se convierten en testigos del Resucitado.

En nuestros días, millones de personas, renovadas interiormente por el fuego del Espíritu, han sabido recoger la herencia apostólica y ofrecen público testimonio del infinito amor de Dios a cada ser humano. Concretamente, en nuestra tierra, resulta fácil descubrir a miles de cristianos que, desde el silencio y el anonimato, entregan su tiempo, sus bienes y sus vidas en el servicio diario a los más pobres y necesitados de la sociedad. Asumiendo los valores del Reino, se esfuerzan por establecer relaciones de justicia en la convivencia diaria, proclaman con valentía la verdad, fomentan el diálogo, defienden los derechos y dignidad de todos los seres humanos y procuran el bien común de la sociedad. Como consecuencia de estos comportamientos, algunos, como en los primeros siglos de la Iglesia, tienen que sufrir los insultos, las mofas y el desprecio de aquellos, que no respetan su forma de actuar. Incluso, en algunos países de la tierra, muchos cristianos tienen que sufrir prisión o entregar sus propias vidas por confesar o celebrar su fe en Jesucristo. Se cumple así aquello que Jesús dice en el Evangelio: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”. Con su actitud están recordándonos a todos que la esperanza es más fuerte que la muerte.

En otros casos, observamos con tristeza que Dios y los valores trascendentes han quedado relegados a un segundo plano, incluso en la vida de algunos bautizados que siguen confesando su fe en Jesucristo. En estos casos, el ser humano se ha convertido en el centro absoluto de la realidad, en la medida de lo humano y lo divino. Sin negar la existencia de Dios, muchos creyentes, influenciados por las corrientes culturales del momento, han caído en las redes de la secularización, del agnosticismo práctico, de la indiferencia religiosa y en el relativismo ético y moral. Esto explica, en parte, el cansancio, el desánimo y la falta de ardor misionero de muchos cristianos que viven como si Dios no existiese. Cuando en la práctica se vive sin Dios, la virtud teologal de la esperanza decae y pierde su verdadero fundamento. En estos casos, la esperanza solamente puede apoyarse en realidades efímeras y pasajeras que nunca podrán saciar las ansias de infinito y de trascendencia que anidan en el corazón humano. Es más, si no existe una sincera adhesión a Jesucristo muerto y resucitado y una celebración de su presencia permanente en el mundo, resulta muy difícil responder a las preguntas cruciales de la existencia humana y, sobre todo, es imposible confiar que esta vida terrena tenga su prolongación más allá de la muerte.

Por otra parte, cuando los criterios evangélicos o la búsqueda del bien común no rigen las actitudes y comportamientos de los seres humanos, surge la idolatría del bienestar material, el consumismo desenfrenado, la búsqueda obsesiva de los propios derechos y privilegios y el olvido de quienes no tienen un puesto de trabajo, viven en la pobreza o, por diversas razones, han tenido que emigrar a nuestra tierra. Esto está contribuyendo a que aumente la soledad de muchos y disminuya la solidaridad en las relaciones humanas debido al individualismo. La globalización, que tiene tantos aspectos positivos y que debería favorecer una mayor unidad entre todos los pueblos de la tierra, ha propiciado la marginación de los más pobres y va dejando nuevas víctimas, desde el punto de vista económico, en la cuneta de la vida.

¿Qué hacer ante esta realidad?. Muchos cristianos, al contemplar esta realidad o al vivir inmersos en ella, se encuentran desorientados, desanimados y faltos de esperanza. Vistas las cosas desde un punto de vista simplemente humano, hay razones para vivir preocupados y desanimados, a pesar de los testimonios positivos anteriormente señalados. No obstante, cuando miramos la realidad, desde la fe en Jesucristo resucitado, presente en la Iglesia y en el mundo, mediante el don del Espíritu Santo, no es posible la desesperanza ni el desánimo.

En momentos, como el que nos toca vivir, todos los cristianos necesitamos renovar la confianza en el Dios de Jesucristo. El es quien conduce los caminos de la humanidad y los hilos de la historia por derroteros, que muchas veces no acertamos a comprender. Dios, que nos ama con amor infinito, hasta el punto de entregar a su Hijo por nuestra salvación, cuida del mundo y vela por su Iglesia. El mismo Jesús nos recuerda que no estamos solos: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt. 28, 20). Jesucristo también nos enseña que es posible la esperanza, aunque sea en medio de situaciones adversas: “No se turbe vuestro corazón ni se entristezca. Creed en Dios y creed también en mi” (Jn. 14, 1). Los cristianos sabemos que Jesucristo resucitado acompaña nuestra peregrinación por este mundo, mediante el don del Espíritu Santo, que precede y acompaña siempre la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia. Precisamente por esto, podemos confesar con alegría que Cristo es nuestra esperanza, porque El es el único que puede ofrecer respuestas definitivas y plenas de sentido a quienes le acogen en lo profundo de su corazón. Cristo puede colmar plenamente las esperanzas del ser humano, porque es el único salvador, el único que puede quitar los pecados del mundo, el que nos da la vida eterna y nos abre el camino para el encuentro definitivo con el Padre. Quien conoce interiormente a Jesucristo, conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a la posesión de la misma.

Pero no basta confesar la fe en Jesucristo como salvador, es preciso celebrarla en los sacramentos. Por medio de las celebraciones sacramentales, el Señor nos concede su gracia y nos mantiene en la firme esperanza de participar un día en plenitud de la vida eterna. En medio de las prisas y de la preocupación por llegar a resolver todos los problemas de la sociedad, es preciso no olvidar nunca que sin la ayuda del Señor nada podemos hacer. El es el primer evangelizador y el modelo de todos los evangelizadores. Contemplando su modo de proceder, no solo aprenderemos a evangelizar sino a dejarnos conducir por el don del Espíritu y por el amor del Padre en cada uno de los momentos de nuestra vida. Precisamente, con el lema elegido para la celebración del día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica, se invita a todos los cristianos a descubrir su vocación al apostolado y a impulsar la acción evangelizadora de la Iglesia, siendo “CONSTRUCTORES DE ESPERANZA” en medio del mundo.

Los obispos miembros de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar queremos agradeceros a todos los católicos españoles vuestro testimonio de amor y vuestro servicio a la misión evangelizadora de la Iglesia. Pero, juntamente con nuestra gratitud, queremos invitaros a profundizar y a desarrollar la fuerza misionera del bautismo y de la confirmación, que os permita crecer en la conversión a Dios y en el amor a los hermanos. Estamos convencidos de que la nueva evangelización solamente será posible impulsarla, si el Espíritu Santo suscita cristianos en la Iglesia con una fe personalizada, enamorados de Jesucristo, constructores de comunión eclesial, capaces de superar el activismo y dispuestos a ser transparencia del Resucitado en todos los momentos de la vida. Para el logro de todo esto, es imprescindible crecer en la relación con Dios a través de la vida de oración y mediante una sólida formación integral.

A los militantes de Acción Católica y a todos los cristianos que habéis asumido el derecho y el deber de ser testigos del Evangelio, os invitamos a integraros más plenamente en vuestras diócesis y parroquias, para celebrar la fe con los restantes miembros de la comunidad cristiana y para impulsar, en comunión con vuestros pastores, los proyectos de evangelización en las parroquias y en la diócesis, ayudando de este modo a que otros descubran su misión en la Iglesia y en el mundo. Pero, además, queremos recordaros con sincero afecto, en comunión con el Santo Padre, que os “corresponde sobre todo a los laicos la evangelización de las culturas, la inserción de la fuerza del Evangelio en la familia, el trabajo, los medios de comunicación social, el deporte y el tiempo libre, así como la animación cristiana del orden social y de la vida pública nacional e internacional” (Juan Pablo II, Pastores Gregis, n.51). En estos ambientes estáis llamados, en virtud de vuestra especial vocación, a ofrecer y a construir esperanza, dando razón de la misma a quien os la pidiere. Sabemos de vuestros sufrimientos y de vuestros desvelos por la construcción de un mundo nuevo, en el que brille la justicia, la solidaridad, el amor y la paz entre todos los hombres. Con la ayuda de la gracia, mantened la fortaleza de la fe, la perseverancia en la obra iniciada y la universalidad en el amor, para que los hermanos más necesitados descubran a través de vuestras obras la salvación de Dios. .

Recientemente, hemos celebrado los diez años de la aprobación de las Bases y Estatutos de la nueva Acción Católica por parte de la Conferencia Episcopal Española. Con las comisiones permanentes de estos movimientos y con quienes colaboraron con el Espíritu al nacimiento de la nueva Acción Católica, hemos acogido con gozo la incorporación del nuevo movimiento de Profesionales Cristianos y hemos dado gracias a Dios por tantos militantes cristianos que, con su entrega generosa y con su disponibilidad para aceptar la cruz y el sufrimiento, han sembrado la semilla del Evangelio durante tantos años en nuestros pueblos y ciudades. Teniendo en cuenta la especial vinculación del ministerio pastoral con la Acción Católica, os invitamos a recoger la antorcha de quienes nos han precedido con el testimonio de la fe, profundizando en las señas de vuestra identidad eclesial y misionera para contribuir de este modo a la realización del fin apostólico de la Iglesia. Desde la complementariedad y colaboración con los restantes movimientos eclesiales, impulsad el asociacionismo laical y no dejéis de animar y dinamizar la pastoral diocesana.

La Virgen María acompañó a los apóstoles en la espera pentecostal del Espíritu y en el nacimiento de la Iglesia. A Ella la invocamos en nuestras oraciones como Madre de la divina Esperanza, porque creyó y esperó contra toda esperanza que se cumplirían las palabras del ángel. Ella, asunta al cielo, continúa velando por la Iglesia peregrina y por cada uno de sus hijos, invitándonos a abrir nuestro corazón a los dones del Espíritu Santo hasta que llegue a pleno cumplimiento nuestra esperanza en la vida eterna. Los Obispo de la CEAS

Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Presidente
+ Mons. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Valladolid

Vicepresidente
+ Mons. Juan Antonio Reig Plá, Obispo de Segorbe –Castellón

Vocales
+ Mons. Francisco Javier Martínez Fernández, Arzobispo de Granada
+ Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
+ Mons. Antonio A. Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real
+ Mons. Atilano Rodríguez Martínez, Obispo de Ciudad Rodrigo
+ Mons. Juan García-Santa Cruz Ortíz, Obispo de Guadix
+ Mons. Casimiro López Llorente, Obispo de Zamora
+ Mons. José Angel. Sáiz Meneses, Obispo Auxiliar de Barcelona
+ Mons. Joaquín Mª López de Andújar y Cánovas del Castillo, Obispo Auxiliar de Getafe


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