1. La unidad, meta del ecumenismo cristiano, motivo de oración y súplica
esperanzada
1.- La unidad visible de la
Iglesia es el gran objetivo del movimiento ecuménico al que las
Iglesias cristianas no pueden renunciar si han de ser fieles a la
súplica de Cristo al Padre: “Que sean perfectamente uno como
nosotros somos uno, para que el mundo conozca que tú me has enviado”
(Jn 17,23). Los cristianos somos conscientes de que nuestra división
resta credibilidad al anuncio del evangelio y es un signo visible
del pecado de los discípulos de Cristo, llamados a superarlo con
la gracia que nos ha sido dada por su sacrificio en la cruz. Cristo
el Señor, llevando sobre sí mismo las marcas del pecado de los hombres,
“de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba
de la enemistad” (Ef 2,14).
La unidad vendrá como don sólo después
de una larga andadura de conversión, cuya duración sólo Dios conoce.
Por eso, la unidad visible de la Iglesia ha de ser objeto de nuestra
oración y de nuestra esperanza. Hemos de tener fe en que la oración
de Cristo no puede quedar sin la respuesta del Padre, porque la
oración de Cristo, “único Mediador entre Dios y los hombres”
(1 Tim 2,5) y “sumo sacerdote de los bienes futuros” (Hb
9,11) es escuchada siempre por el Padre. Las palabras de Jesús dirigidas
al Padre son fuente de confianza plena para sus discípulos en el
poder de la súplica del Redentor del mundo: “Padre te doy gracias
por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas”
(Jn 11,41).
Sin esta confianza en la eficacia
de la oración de Jesús no podremos mantener la firme esperanza de
alcanzar la unidad anhelada por las Iglesias, sobre todo si atendemos
a los síntomas de cansancio o escepticismo con que algunos cristianos
acogen los pasos que se han ido dando desde la clausura del Vaticano
II. Sólo después de muy grandes esfuerzos, en un clima de recíproca
confianza entre los cristianos de diversas confesiones, han podido
ser vencidos prejuicios históricos y agravios que exigían y aún
exigen la purificación de la memoria.
2. Los logros del Ecumenismo, objeto de acción de gracias
2 A los cuarenta años, en
efecto, de la clausura del Vaticano II, podemos mirar atrás con
optimismo, y constatar el largo trecho recorrido por las Iglesias
cristianas hacia la reconstrucción de la unidad visible de la Iglesia
una y santa de Cristo. Hemos de dar gracias a Dios porque nos ha
permitido hacernos conscientes de que la unidad visible de la Iglesia
no llegará si no es mediante un hondo proceso de conversión a Dios
de todos los cristianos, tal como desde los albores del ecumenismo
moderno en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, supieron verlo,
no sin inspiración divina, los grandes apóstoles pioneros del movimiento
ecuménico.
Sí, debemos de bendecir a Dios porque
mediante las mociones del Espíritu Santo hemos adquirido clara conciencia
de que es más lo que nos une que lo que nos separa; y, conscientes
de ello hemos reconocido, con humilde confesión de nuestra culpa,
que no hemos sabido mantenernos en la unidad que Cristo quiso para
su Iglesia. Por eso, los cristianos nos sentimos hoy llamados a
proseguir el camino de la conversión a Cristo y a no desfallecer
en la empresa ardua pero esperanzadora de reconstrucción de la unidad
cristiana.
3 Entre las cosas importantes
de las que hemos adquirido conciencia en estos cuarenta años transcurridos
desde la clausura del Concilio Vaticano II, se encuentra la convicción
de que, en verdad, la Iglesia una y santa fundada por Cristo está
presente en la Iglesia Católica con plenitud de medios, sin excluir
su presencia en grados diversos en otras Iglesias cristianas. Nuestra
convicción de fe en la presencia del misterio de Cristo en la santa
Iglesia Católica no excluye, en palabras del Concilio, que los católicos
reconozcamos que “los que han recibido el bautismo están en una
cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia Católica”; y
que, “además de los elementos o bienes que conjuntamente edifican
y dan vida a la propia Iglesia, se pueden encontrar algunos, más
aún, muchísimos y muy valiosos, fuera del recinto visible de la
Iglesia Católica” (Vaticano
II: Decreto Unitatis redintegratio, n. 3).
Los católicos, reconociéndolo así,
quisiéramos para todas las Iglesias históricas y Comunidades eclesiales,
agrupadas en las grandes Comuniones confesionales, aquellos elementos
de los que carecen y que nosotros creemos pertenecen a la identidad
de la verdadera Iglesia tal como Cristo la quiso. Hoy, a pesar de
las dificultades surgidas, gracias al diálogo teológico hemos podido
constatar, con gozo y hondo sentimiento de gratitud a Dios, que
nuestra comunión con las Iglesias orientales y ortodoxas es casi
plena. Podemos reconocernos recíprocamente como «Iglesias hermanas»
que, por la misericordia de Dios, han conservado la sucesión apostólica
en la doctrina y el ministerio, y viven de aquella plenitud de vida
sacramental que emana de la palabra y de las acciones de Cristo
y de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Gracias
sean dadas a Dios, pues “toda dádiva buena y todo don perfecto
viene de arriba, desciende del Padre de las luces” (Sant 1,17).
Gracias hemos de dar a Dios por el
acuerdo de 1998 sobre la doctrina de la justificación
con las Iglesias de tradición luterana, que en estos últimos
años nos ha permitido avanzar unidos hacia una comprensión del misterio
de la Iglesia indisociable de Cristo, Mediador único, y prolongación
de su humanidad para la salvación del mundo; pues la Iglesia, enseña
el Concilio, es en verdad “como un sacramento o signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”
(Vaticano II: Constitución
Lumen gentium, n. 1).
El diálogo con la Comunión anglicana
nos ha permitido ver hasta qué punto es sustancialmente convergente
la comprensión del sacramento de la Eucaristía y del sacramento
del Orden. Es de esperar, además, que el acuerdo de 1999 sobre la
autoridad en la Iglesia se traduzca en tomas de decisión concordes
por parte de ambas confesiones, en relación con el ejercicio del
ministerio en la Iglesia, decisiones que nos permitan superar las
legítimas reservas que persisten para lograr un acuerdo sustancial
sobre el misterio de la Iglesia.
4 Aunque es mucho lo que hemos
avanzado, queda todavía un largo camino por recorrer. Hemos de superar
la tentación del cansancio y de la desesperanza, pensando que nunca
lograremos la meta deseada y dando con ello mayor poder a pecado
que a la gracia. Necesitamos reavivar en nosotros el diálogo
de la caridad que alimenta el clima fraterno que identifica
a los discípulos de Cristo y es el marco óptimo para proseguir en
la ardua tarea de llevar adelante las conversaciones interconfesionales,
a fin de alcanzar la unidad doctrinal que nos ha de llevar a recitar
al unísono la confesión de fe. Sólo después podremos alcanzar la
meta de la unidad que nos permitirá celebrar juntos la Eucaristía.
Por esto, hemos de superar aquellas dificultades que surgen de nuestros
malentendidos históricos que perviven en acontecimientos de hoy,
dando lugar a los recelos entre las Iglesias, provocados por el
puesto y la influencia de las Iglesias en la vida de las sociedades
cristianas que han vivido iluminadas por la luz del Evangelio. Todas
las Iglesias han de aunar hoy esfuerzos para proponer el Evangelio
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, profundamente afectados
por una mentalidad secularizada y laicista, que parece tener la
pretensión de desalojar a Dios y los mandamientos de su ley de la
sociedad contemporánea, necesitada de principios morales seguros
que salvaguarden la dignidad del ser humano.
5 Por esta razón necesitamos
orar juntos y no dejarnos vencer por la presión de grupos sociales
que no ocultan su voluntad de oponerse a una civilización de inspiración
cristiana. Hemos de orar unidos, utilizando los cauces que nos ofrece
nuestra común confesión de la trinidad de Dios y de la divinidad
de Cristo Salvador, sin renunciar a la fidelidad que las distintas
confesiones cristianas debemos a la propia conciencia eclesial.
De modo habitual, todos los cristianos hemos de orar como miembros
de nuestra propia Iglesia, en la cual hemos sido bautizados y vivimos
la fe en Cristo como miembros vivos de su Cuerpo místico. La Iglesia
de cada uno es el lugar donde hemos sido iniciados en la oración
y donde ocupamos el lugar de orantes que nos corresponde. Después,
ocasionalmente y cuando las circunstancias lo aconsejen, hemos de
orar también unidos en la plegaria ecuménica, respetando
lo que es posible hacer juntos y lo que no lo es todavía, sin quemar
etapas y siempre con la mira puesta en la unidad visible que anhelamos,
en todo momento conscientes de las palabras de Cristo Señor que
constituyen el lema del Octavario de oración por la unidad de los
cristianos elegido para este año: «Donde dos o tres se reúnen
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).
3.
Un camino de unidad para el nuevo siglo
6 Mientras avanzamos por la
senda del ecumenismo teológico y mientras el diálogo de la caridad
nos acerca unos a los otros, la Iglesia se ve impulsada a la misión
que le da razón de ser en el mundo. La Semana de Oración por la
unidad nos sitúa este año ante la llamada al testimonio común de
Cristo que está pidiendo de nosotros una sociedad que se aleja más
y más de la visión cristiana de la vida. Por eso, con la búsqueda
de la confesión de fe común, hemos de proseguir en llevar adelante
la nueva evangelización de la sociedad de Europa a la cual proponer
el Credo que da sentido a la vida, teniendo muy en cuenta que los
países cristianos de la vieja Europa están hoy tentados por una
cultura laicista y a los que el ángel del Señor vuelve a recordar
que es preciso reavivar “el amor de antes” (Ap 2,4) por Cristo
y por su Iglesia.
La presencia de Jesús en la Iglesia
no permite la defección de los discípulos de Cristo, aun cuando
la Iglesia haya de pasar épocas de oscuridad e inseguridad acerca
de sí misma y de su futuro. Por esta razón, reunidos en el nombre
de Cristo, los cristianos podrán afrontar con seguridad las dudas
que el tiempo presente siembra en el corazón de tantos cristianos.
Sólo permaneciendo en la Iglesia, asiduos en la oración y “con
los ojos fijos en Jesús, iniciador y consumador de la fe” (Hb
12,2), podremos salir al encuentro del mundo dispuestos a dar testimonio
de Cristo.
Nos hemos reunido en ocasiones diversas
a lo largo de las últimas décadas y el camino emprendido que acabamos
de evocar no tiene marcha atrás; pero sólo podremos proseguirlo,
si los pasos que hayamos de dar hacia la unidad visible de la Iglesia,
por pequeños sean, son un logro vivido como resultado de la oración
de quienes se saben, aun separados por la división, congregados
en la única Iglesia, para bendecir y alabar el Nombre, que Dios
otorgó a su Hijo, “que está sobre todo nombre” (Fil 2,9).
7 En este caminar juntos en
la fe y en la oración, sintiéndonos llamados a reunirnos en la única
Iglesia, los cristianos hemos de practicar un «ecumenismo cotidiano»
que a todos es posible. Este ecumenismo de cada día consiste en
reconocer en cada bautizado un ser humano injertado en Cristo y
vivificado por su Espíritu gracias al común bautismo que nos aúna
en la fe y nos introduce en el misterio de salvación de la Iglesia.
Reconociendo en los cristianos a
quienes son miembros de la Iglesia y conscientes de que con ellos
formamos el cuerpo místico de Cristo, estamos en condiciones de
orar unos por los otros; y de hacerlo con aquella confianza que
nos da la común invocación de Cristo como Salvador del mundo y Señor
de la historia humana, aun cuando la historia que los hombres hacemos
cada día escape aparentemente al señorío del Resucitado. La fe nos
dará fuerza a todos los bautizados para sabernos unidos en él, sabiendo
que “Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de muertos
y vivos” (Rom 14,9).
Nunca como hoy se hace necesario
un «ecumenismo espiritual» que nos ayude a todos los cristianos
a vivir en la comunión de los santos, alentados por la común
inspiración del Espíritu, que reparte dones y carismas para edificación
común del Cuerpo de Cristo. Un ecumenismo en el que,“teniendo
dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada” (Rom
12,6), todos cooperemos en la búsqueda de la unidad. Si “mucho
puede hacer la oración del justo”, la intercesión de unos por otros
es, en efecto, participación común en la comunión que un día alcanzará
plena visibilidad para el mundo.
8 El ecumenismo espiritual
nos ayudará a dar pasos seguros hacia empresas comunes, sosteniendo
con la oración los trabajos iniciados con miras a la celebración
de la proyectada Tercera Asamblea ecuménica de Iglesias de Europa,
que tendrá lugar Dios mediante en Sibiu (Rumanía) del 4 al 8 de
septiembre de 2007. En esta nueva asamblea de Iglesias, los cristianos
de Europa hallaremos sin duda nuevos caminos para el testimonio
común, ahondando en los acuerdos ya logrados sobre la presencia
de los cristianos en la vida pública y la actuación común de las
Iglesias en la nueva sociedad europea que se está construyendo no
sin dificultades y tensiones.
Los trabajos preparatorios de esta
nueva asamblea de Iglesias de Europa se desarrollan ya bajo el lema
elegido para tan gozoso encuentro: “La luz de Cristo ilumina a todos.
Esperanza de renovación y unidad en Europa”. Sí, Cristo es la luz
que ha iluminado la vida de Europa, continente primero evangelizado
y evangelizador hasta los tiempos actuales. Hemos de orar para que
esta luz de Cristo permanezca iluminando la vida de los pueblos
de Europa. Hemos de contribuir a acrecentar la luz de Cristo aunando
esfuerzos en pro de una nueva evangelización capaz de inspirar la
vida de las personas y de los grupos sociales, la vida de los pueblos
y las leyes de los Estados.
Hemos de hacerlo en un nuevo clima
de libertad y compartiendo el bienestar de los europeos con cuantos
han llegado hasta nosotros en busca de una vida más digna del hombre.
Por esta razón, lo hemos de hacer con clara conciencia de que, cuando
los europeos nos hemos apartado del evangelio, hemos sucumbido a
las ideologías que han sembrado de odio y de muerte el espacio del
que fue expulsado Cristo. Sin cejar en el testimonio del evangelio,
los cristianos hemos de sembrar de esperanza la expectativa de futuro
de una Europa asediada por su propio bienestar y por la insatisfacción
de tantos grupos humanos que en ella han buscado dignidad y paz
social y no han podido superar la marginación.
Hemos de buscar los medios de superar
definitivamente las heridas de un pasado aún no plenamente digerido,
abriéndonos al espíritu universal del Evangelio y a la reconciliación
que Jesús trae a quienes acogen su palabra y aceptan su invitación
a participar de la vida divina. Él la ofrece sin distinción a quienes
creen en su nombre y le confiesan vivo y presente en la historia
de la humanidad y en la historia personal de cada ser humano redimido
por su sangre, acceso universal a Dios y fundamento de fraternidad.
Sólo Cristo podrá sanar los corazones de los hombres y abrir el
alma de los pueblos a la comunión que él ofrece a los hombres convocándolos
a la congregación en su Iglesia una y santa.
Os saludan con afecto y bendicen
vuestro esfuerzo por la unidad.
Adolfo,
Obispo de Almería y Presidente
Santiago, Arzobispo
de Mérida-Badajoz
José, Obispo de Tui-Vigo
Román, Obispo de Vic
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