XXXVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

RIQUEZA, RIESGO Y RESPONSABILIDAD
DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal
de Medios de Comunicación Social

23 de mayo de 2004

La celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales viene marcada este año por la efeméride del 40 aniversario (1963-2003) del Decreto Inter Mirifica del Concilio Vaticano II, el primero que una asamblea conciliar dedica a las comunicaciones sociales que tan decisivamente están influyendo en la vida y cultura de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, hasta el punto de ser calificada la nuestra como “sociedad de la información”.

Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte ha señalado al Concilio Vaticano II como “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido -manifiesta también el Papa- una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza" (n.57). Este juicio que hacemos propio, podemos afirmar que vale también plenamente para cuanto se refiere al magisterio conciliar sobre las comunicaciones sociales.

Vigencia de la doctrina del Vaticano II

A pesar de las enormes transformaciones que se han producido en el último medio siglo en los medios de comunicación y la velocidad con que éstas han transcurrido, los contenidos fundamentales del Decreto Inter Mirifica siguen estando vigentes y constituyen para nosotros una orientación segura con la que, en el espíritu positivo que caracteriza al Vaticano II, iluminar estos nuevos y complejos ámbitos culturales en los que hemos de proseguir con la evangelización. En esta tarea ya no podemos prescindir de los medios de comunicación, porque ellos constituyen los nuevos areópagos (cf. Juan Pablo II. Enc. Redemptoris Missio, 37) desde los que proclamar el mensaje de Jesús. Es más: la misma comunicación social necesita ser evangelizada por los cristianos, especialmente por los seglares, pues como señala el Concilio, “corresponde principalmente a los laicos penetrar de espíritu cristiano esta clase de medios a fin de que respondan a la gran esperanza del género humano y a los designios divinos” (IM, n.3).

Damos gracias a Dios por las numerosas obras eclesiales en la pastoral de las comunicaciones sociales que, por impulso del Concilio, se han llevado a cabo en estas décadas en España: bien sea en el ámbito de la Iglesia diocesana, con la creación y desarrollo de las delegaciones de MCS, bien se trate de iniciativas de la Iglesia en España, entre las que cabe destacar las facultades de Comunicación pertenecientes a Universidades Católicas, así como la Cadena COPE y el incipiente proyecto Popular TV, sin olvidarnos de numerosas realizaciones que tanto en el sector editorial como en el de la prensa escrita (semanarios, revistas, etc.) e Internet realizan numerosos institutos religiosos, asociaciones y movimientos seglares. Les alentamos a seguir con renovada ilusión en esta importante labor.

Coherencia y unidad

Así mismo, pedimos a Dios que nuestra Iglesia, fiel a su larga tradición comunicativa, sea aún más creativa y decidida a emprender nuevos proyectos en este campo, y a consolidar y renovar, conforme a los fines de la nueva evangelización, los existentes. Sólo el mandato misional de extender el Reino de Dios y contribuir a la construcción de nuestro mundo conforme a él, y no otros objetivos por legítimos que éstos puedan parecer, constituye la razón de ser de los medios de comunicación de la Iglesia. Otros objetivos han de estar siempre subordinados a su misión evangelizadora.

La tarea en el campo de las comunicaciones sociales se nos ha tornado hoy no sólo importante, sino también urgente, si queremos que el mensaje y la vida de la Iglesia sean conocidos de manera clara y coherente por la opinión pública española, y en particular por nuestros propios fieles. Para ello es necesario que todos estemos decididos a coordinar las numerosas y variadas iniciativas eclesiales existentes, en un empeño común, renunciando a particularismos ineficaces y apostando por la unidad y la comunión. En este sentido es conveniente establecer los oportunos cauces o instancias eclesiales que fijen los proyectos comunicativos a realizar y hagan eficaz el trabajo conjunto. Como siempre, la unidad -en este caso en la comunicación- hará más creíble (cf. Jn 17,21) y significativa a la Iglesia y su mensaje en la sociedad española, de lo que, en la sociedad de la información, depende en no poca medida la vitalidad moral y la cohesión social de nuestro pueblo.

Al mismo tiempo que exhortamos a todas las instancias eclesiales a que se sumen a un esfuerzo común en proyectos de comunicación que los pastores les propongan, pedimos a los fieles que los apoyen con su audiencia y colaboren en su sostenimiento económico. También en esto la Iglesia precisa ser ayudada en sus necesidades.

Riqueza y riesgos

Por otra parte, en consonancia con el lema elegido para la Jornada de este año: Los medios de comunicación social en la familia: un riesgo y una riqueza, es necesario dirigir también nuestro trabajo a propiciar una buena relación de los medios de comunicación con la institución básica de la sociedad y de la Iglesia: la familia.

Siguiendo el Mensaje del Papa Juan Pablo II para esta Jornada, los obispos reconocemos la gran riqueza que pueden aportar a la familia los medios de comunicación, correctamente usados, para que contribuyan al sano entretenimiento, a la mejora de la formación de los más pequeños, y a la necesaria información de los mayores.

Así mismo, somos conscientes de la enorme importancia que los medios tienen en la conformación de la sociedad, hasta el punto de que han llegado a relegar a un segundo plano la influencia educadora de la escuela y hasta de la misma familia. Prueba de ello son, por ejemplo, los datos que ofrecen numerosos estudios y estadísticas sobre el excesivo e incontrolado tiempo que dedican los más jóvenes y los mayores al consumo televisivo, en detrimento de la convivencia familiar y de su aprovechamiento educativo en el caso de los niños.

En este sentido pedimos a los responsables de los medios, especialmente los audiovisuales, un mayor esfuerzo para la producción de adecuados programas educativos, así como de un aumento del tiempo dedicado a la emisión de programas infantiles de calidad, exentos de violencia y de aquello que pueda afectar negativamente al adecuado desarrollo integral de los niños y de los jóvenes.

Desgraciadamente, dejándose llevar en muchos casos de una exclusiva visión mercantilista de la comunicación, se ha instalado en una parte importante del sector televisivo español un bajo perfil ético y cultural en muchos de sus contenidos, lo que constituye un atentado continuado a la salud moral y cultural de sus usuarios. Especialmente doloroso e injusto es el fenómeno llamado “telebasura” cuando se ensaña en la ridiculización de la concepción auténtica de la familia y de los sentimientos religiosos de los católicos y hasta en el ataque abierto o solapado.

No puede justificarse esta práctica con el recurso, sin más, a la libertad de expresión. Ésta, cuando no se usa con justicia, se vuelve en contra del adecuado ejercicio del derecho de la información, al no armonizarse éste con el respeto debido al resto de los derechos fundamentales de la persona, como son el de la intimidad, el del honor, el de la libertad religiosa, etc. Derechos estos de los que también son depositarios los católicos, que constituyen la gran mayoría de nuestro pueblo, y la misma Iglesia como institución.

Para excusar esta patología televisiva tampoco se puede apelar al refrendo de audiencias numerosas a las que previamente se les induce machaconamente al consumo de dichos productos audiovisuales y no se les da, en la práctica y al alcance de los bolsillos de la gente humilde, otras alternativas televisivas, debido la homogenización mimética de este tipo de programas en las mismas bandas horarias en las parrillas de casi todas las cadenas.

Gracias a Dios, esta visión de la situación no es exclusiva de los obispos, sino que son ya numerosas y coincidentes otras voces, provenientes de los más diversos sectores sociales, que han denunciado esta situación negativa en parte de la programación televisiva española -especialmente en el “prime time”- que oscurece el trabajo de otros programas de televisión, muchos de ellos de gran calidad y a los que sería injusto extender este juicio.

Invitación a la responsabilidad y a la formación

Ante esta situación no cabe en absoluto la pasividad en ninguno de los actores sociales, por lo que, en primer lugar, como dijimos en nuestro mensaje del año 2001 y seguimos manteniendo ahora: ”Es obligación de la Administración preservar unos mínimos de calidad ética y estética en los medios, sobre todo en el ámbito televisivo, y pensamos que un instrumento que contribuiría a ello sería la creación en España, al igual que ya existe en la mayor parte de los países europeos, de un Consejo Audiovisual que, gozando de la mayor representatividad social posible, velase por la calidad de los “productos” audiovisuales a la que tienen derecho los ciudadanos como consumidores” (n.6). La anunciada reforma de la Televisión Pública por parte del Gobierno recientemente constituido puede ser la ocasión para abordar la creación de este Consejo Audiovisual tantas veces demandado, que ya existe en otros países.

Por otro lado, el público ha de asumir también una mayor responsabilidad en el uso de los medios. Ha de llevarla a cabo mediante un sano y maduro sentido crítico que, para los católicos, ha de estar guiado por la doctrina de la Iglesia. Especial misión tienen, en este sentido, los padres y educadores, sin olvidar a la propia comunidad cristiana.

Como acertadamente supo prever el Concilio Vaticano II, uno de los retos más importantes de la pastoral de las comunicaciones sociales está, sobre todo, en el ámbito de la educación. “Habida cuenta de que el uso de los instrumentos de comunicación social, que se dirigen a personas diversas por edad y cultura, requieren en estas personas una formación y una experiencia acomodadas y apropiadas, deben favorecerse, multiplicarse y encauzarse, según los principios de las costumbres cristianas, las iniciativas que sean aptas para conseguir este fin (sobre todo si se destinan a los jóvenes), en las escuelas católicas de cualquier grado, en los seminarios y en las asociaciones apostólicas seglares. Para realizar esto con mayor rapidez, la exposición y explicación de la doctrina y disciplina católicas en esta materia debe enseñarse en el Catecismo” (IM, n.16).

La defensa de los derechos del público tiene, además, uno de sus cauces más efectivos en las asociaciones de usuarios, en las que, salvada la libertad de información de los medios y sus profesionales, los ciudadanos puedan expresar ante las autoridades y los propios medios de comunicación su parecer y sus justas demandas en materia comunicativa.

Por último, a la par que les dirigimos nuestro recuerdo especial y nuestro reconocimiento, elevamos a Dios nuestra oración por los periodistas que han muerto violentamente en el ejercicio de su profesión por transmitir la verdad y defender el derecho a la información; queremos expresar también nuestro apoyo al resto de la profesión periodística a fin de que, como señala el Papa Juan Pablo II en su mensaje, “sean conscientes de que son los auténticos dispensadores y administradores de un inmenso poder espiritual que pertenece al patrimonio de la humanidad y está destinado al enriquecimiento de toda la comunidad humana” (n.6).

+ José Sánchez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara y Presidente
+ Antonio Montero, Arzobispo de Mérida-Badajoz
+ José H. Gómez, Obispo de Lugo
+Juan del Río, Obispo de Asidonia-Jerez
+ Joan Carrera, Obispo Auxiliar de Barcelona


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