LA VIDA, EL MEJOR
PUNTO
Mensaje de
los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones
6
de Julio de 2008
ORIENTACIONES
PARA LA PASTORAL DE LA CARRETERA
(Presentación del documento del Pontificio Consejo
para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes)
Ante la celebración el primer domingo de Julio de la Jornada
de Responsabilidad en el Tráfico, los Obispos de la Comisión
Episcopal de Migraciones queremos dirigir una invitación a las
comunidades cristianas y a la sociedad en general para una toma de conciencia
de la importancia que para automovilistas, profesionales del volante
y peatones tiene el mundo del tráfico.
El lema de este año “La vida, el mejor punto” se
enmarca de lleno en el contexto del importante y reciente Documento Pontificio
sobre Pastoral de la Carretera. Creemos que es un documento de singular
importancia, por desgracia poco conocido aún entre nosotros. Recomendando
la lectura atenta de todo el documento en sus cuatro partes, nosotros
nos limitaremos hoy a presentar una sucinta síntesis de su primera
parte: la pastoral para los usuarios de la carretera.
1.- El fenómeno de la movilidad humana.
Las Orientaciones
comienzan por analizar el fenómeno de la movilidad humana y, dentro
de él, el vertiginoso aumento del tráfico de mercancías
y del movimiento de las personas. Además de señalar los graves
problemas que este tráfico va creando (congestión, ruido, contaminación
atmosférica, utilización intensa de materias primas, y otros),
destaca también las muchas e innegables ventajas que nos proporcionan
los diversos vehículos, tanto para la vida social como para el desarrollo
económico, para concluir así: “La circulación vial
y ferroviaria es, pues, una cosa buena, además de ser una exigencia
ineludible del hombre contemporáneo” (n. 9).
2.- Iluminación desde la Palabra de
Dios.
Las Orientaciones
pasan a iluminar este fenómeno social con la luz que proyecta
la Palabra de Dios. Después de recorrer diversos pasajes del Antiguo
y Nuevo Testamento, que se refieren a la experiencia de la movilidad
humana (migraciones, peregrinaciones, deportaciones y retornos…),
se detiene especialmente en Jesús, “cuya
vida fue un caminar continuo”, y en la misión de los apóstoles
por el mundo. Recordando las palabras de Jesús – “Yo
soy el camino, la verdad y la vida…El que me sigue no caminará a
oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” -, señala
cuál
es la actitud que debe caracterizar al automovilista cristiano: “El
que conoce a Jesucristo es prudente en la carretera. No piensa sólo
en sí mismo,
y no está siempre apremiado por la prisa en llegar” (n.
19).. Y concluye: “Está comprobado que una de las raíces
de muchos problemas inherentes al tráfico es de orden espiritual.
Los creyentes encontrarán la solución de estos problemas
en una visión
de fe, en la relación con Dios, y en una opción generosa
a favor de la vida” (n. 20).
3.- Aspectos antropológicos.
Las
Orientaciones analizan a continuación algunos aspectos relacionados
con la particular psicología del conductor: evasión de
la vida diaria, tendencia a quebrantar las barreras de las prohibiciones,
sentimiento de prepotencia, euforia de la velocidad, ostentación
vanidosa de sus propias habilidades o de su vehículo, etc. Aunque
varían según las personas
y las circunstancias, en la conducción son frecuentes diversos
comportamientos poco equilibrados: falta de cortesía, gestos ofensivos,
imprecaciones y blasfemias, violaciones deliberadas del Código
de circulación.
Son dignas de consideración estas reflexiones
del documento: “El
automóvil tiende a mostrar al ser humano tal como es en su forma “primitiva”,
y eso puede ser muy poco agradable. Hay que tener en cuenta estas dinámicas
y reaccionar, recurriendo a las tendencias nobles del ser humano, al
sentido de responsabilidad y al control de sí mismos, para impedir
esas manifestaciones de regresión psicológica.” (n.
29).
4.- Aspectos morales de la conducción.
Se nos
recuerda que, hoy en día, el conducir es un aspecto fundamental
de la convivencia y expone algunas cualidades que debe tener un buen
conductor: dominio de sí mismo, prudencia, cortesía, espíritu
de servicio, conocimiento de la normativa vigente, ayuda desinteresada
a cuantos la necesitan (n. 30).
Afirma también que, por desgracia,
el comportamiento del conductor se ha desarrollado a veces al margen
de las normas éticas, con
consecuencias negativas para los mismos conductores y los peatones. En
la base de los principios éticos ha de ponerse siempre la consideración
de los peligros que para las personas y los bienes se derivan de la conducción
vial. Por ello se hace más necesaria cada día una pedagogía
a favor de la cultura de la vida (en defensa del mandamiento “No
matarás”) y también el respeto a las normas penales
establecidas por las autoridades públicas para salvaguardar los
derechos y evitar los daños causados por los accidentes.
5.- El lenguaje de los datos.
Recordando un mensaje de
Pablo VI: “Demasiada es la sangre que
se derrama cada día en una lucha absurda contra la velocidad y
el tiempo; es doloroso pensar cómo, en todo el mundo, innumerables
vidas humanas siguen sacrificándose cada día a ese destino
inadmisible”, las Orientaciones ponen ante nuestros ojos unos datos
impresionantes: 35 millones aproximadamente los fallecidos en el siglo
XX por accidentes de tráfico en todo el mundo; más de 1
millón doscientos mil, solamente en el año 2001; cerca
de 1.500 millones de heridos en el mundo a lo largo del siglo pasado,
con sus graves consecuencias de discapacidad, curaciones lentas, carga
familiar y social, daños a bienes materiales.
6.- Las normas de circulación obligan en conciencia.
El
documento del Pontificio Consejo alude a un principio elemental que debe
gravar la conciencia de todo conductor: “Cuando alguien conduce
poniendo en peligro la vida de los demás o la propia, así como
la integridad física o psíquica de las personas y también
bienes materiales considerables, se hace responsable de culpa grave,
incluso cuando ese comportamiento no provoca accidentes, pues en todo
caso implica graves riesgos” (n. 42).
Y cita estas palabras del Catecismo de la Iglesia Católica: “La
virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos: el abuso
de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en
estado de embriaguez, o por afición inmoderada de la velocidad,
ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en
las carreteras, se hacen gravemente culpables” (n. 48).
7.- Virtudes cristianas del conductor.
Al
igual que otras actividades humanas, la conducción puede y
deber ser para el cristiano un campo adecuado para cultivar las virtudes.
Son varias las que enumera el documento:
La caridad,
en primer lugar. Ella debe ser, como en toda la vida del cristiano, el “motor” de
todos los actos del conductor. Esa caridad se manifiesta, en primer lugar,
en no poner en peligro, con maniobras equivocadas o imprudentes, la vida
o la integridad de pasajeros y peatones. Otras manifestaciones de la
caridad son la cortesía
y el espíritu de servicio, la actitud comprensiva para con las
maniobras torpes de los principiantes, la atención especial prestada
a los ancianos, discapacitados y niños, a los ciclistas y a los
peatones, así como la ayuda pronta y generosa a los heridos; también
el cuidado del propio vehículo con el fin de garantizar el máximo
de seguridad. (nn. 49-50).
La prudencia ha sido considerada
siempre como una de las virtudes más necesarias e importantes
con relación
a la circulación. Exige “un margen adecuado de precauciones
para afrontar los imprevistos que se pueden presentar en cualquier ocasión”,
evitando toda distracción, la velocidad excesiva y la sobreestima
de las propias habilidades (nn. 52-53).
La justicia obliga a reparar el daño causado
a otro y a procurar que las víctimas, o sus parientes próximos,
sean debidamente indemnizados (n. 55). Además, las Orientaciones
invitan al perdón, tan característico de la conducta del
cristiano: “es preciso animar a los familiares de las víctimas
a perdonar al agresor, como signo, aunque difícil, de madurez
humana y cristiana” (n. 56).
La esperanza, basada
en la ayuda de Dios y en la propia cooperación, invita al viajero
cristiano a confiar en llegar a su destino. La roca básica de
la esperanza cristiana es siempre el mismo Dios Padre, quien nos ofrece
también la ayuda de numerosos
intercesores: los ángeles y los santos y santas, a los que nos
encomendamos en nuestros viajes. Expresamente se cita a San Cristóbal,
al Ángel de la Guarda, a San Rafael y, muy en especial, a la Santísima
Virgen, invocada por numerosos títulos referentes al camino. (nn.
57-58).
8.- Misión de la Iglesia.
Parte de la misión
profética de la Iglesia es la denuncia
de los peligros derivados del tráfico, así como de las
causas de los accidentes (condiciones del asfalto, circunstancias ambientales,
problemas de orden mecánico…), y, muy especialmente, las
derivadas del factor humano (negligencias, ligerezas graves y gratuitas,
arrogancia…).
Pero no basta la denuncia. La Iglesia debe colaborar
con la Administración
pública y con otras instituciones para crear una conciencia general
y pública con relación a la seguridad vial, y promover
una adecuada educación de los conductores, viajeros y peatones.” A
esta tarea educativa han de contribuir también las familias, las
parroquias, las asociaciones laicales y los movimientos eclesiales, así como
los medios de comunicación social y la escuela. Las Orientaciones
afirman: que la educación vial del niño “es la mejor
garantía de una generación futura más segura y correcta
en este campo” (n. 71).
La Iglesia necesita también contar
con agentes pastorales debidamente preparados para descubrir este amplio
campo de apostolado como uno de los desafíos del mundo contemporáneo,
considerando los caminos como “nuevos areópagos para el
anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo, el Salvador” (n. 78).
9.- La Pastoral de la carretera.
Las Orientaciones recuerdan
aquella petición del Concilio Vaticano
II a los obispos: que tengan “una solicitud particular por los
fieles que, por su condición de vida, no pueden gozar suficientemente
del cuidado pastoral común y ordinario de los párrocos,
o carecen totalmente de él” (n, 79). En esta categoría
se incluyen también, sin duda, los diversos destinatarios del
apostolado de la carretera. Entre estos destinatarios se incluyen, principalmente,
los conductores de camiones, autobuses y otros automóviles, los
turistas, los responsables de la seguridad del tráfico, los distribuidores
de carburante y el personal de los restaurantes de carretera. Objetivo
pastoral de este apostolado peculiar será el de acercarse a dichos
destinatarios en su propio ambiente, para transmitirles el mensaje salvador
del evangelio.
Nuestra Comisión Episcopal de Migraciones ha recibido
de la Conferencia Episcopal la encomienda de suscitar, promover y coordinar
a nivel nacional este apostolado. Corresponde a cada obispo impulsarlo
y organizarlo en su propia diócesis. Son muchos los obispos que
han creado delegaciones de apostolado de la carretera. Queremos agradecer
la colaboración
de muchos de estos delegados, a nivel nacional, con nuestro Departamento
de Apostolado de la Carretera. Quiera Dios que la publicación
y difusión de este extraordinario documento del Pontificio Consejo
sean una oportunidad excepcional para suscitar “una conciencia
eclesial más misionera…, capaz de imaginar y realizar una “pastoral
en movimiento” con miras a una auténtica y eficaz pastoral
de conjunto o integrada” (n. 83).
Al concluir la presentación
de esta apretada síntesis del
documento de la Santa Sede, no podemos menos de dirigir, una vez más,
nuestro saludo más fraterno y afectuoso a cuantos dedican gran
parte de su vida a la carretera, como profesionales o encargados de la
seguridad. Saludo que conlleva también nuestra estima, admiración
y gratitud por su cooperación inestimable al bien común,
así como el compromiso de seguir colaborando con generosidad con
todas las personas que se afanan por lograr una seguridad vial más
satisfactoria.
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