| Día de las Migraciones 2003 |
| "ESTA
CASA ES DE TODOS. Carta Pastoral
de los Obispos de la 28 de Septiembre de 2003 1.- Las migraciones, realidad global y compleja Las migraciones, que a menudo comportan una dramática odisea para sus protagonistas, se han convertido en un fenómeno global en el mundo actual, revisten una compleja problemática y están dando lugar a una creciente pluralidad cultural y religiosa en nuestra sociedad. Su realidad nos interpela tanto a las comunidades cristianas como a la sociedad y los Gobiernos sobre el sentido del hombre, de la sociedad, de la cultura y de las mismas instituciones. El inmigrante, que es, ante todo, una persona y no un mero instrumento a nuestro servicio, es considerado en no pocas ocasiones como un simple “recurso humano” del que nos beneficiamos, minusvalorando el tiempo que lleva entre nosotros, su contribución a nuestro bienestar, y no apreciando suficientemente sus raíces familiares, culturales y religiosas. «Las migraciones pierden así la dimensión de desarrollo económico, social y cultural que poseían históricamente»3 . La llegada del inmigrante se produce en un marco de fractura y asimetría sociales, generadas –entre otras causas– por esta concepción utilitarista de considerarlo como mano de obra barata. A ello se une, con frecuencia, la vinculación de la inmigración con la inseguridad ciudadana; la diversidad cultural y religiosa; las situaciones de paro y de precariedad laboral existente en nuestro país y que afectan especialmente a los jóvenes que buscan su primer empleo; la escasez y carestía de la vivienda; la saturación no infrecuente de los servicios sociales; el fracaso escolar y, en general, las deficiencias todavía no superadas de modo satisfactorio entre nosotros. Todo ello genera desconfianza, levanta suspicacias y perjudica la relación entre la población autóctona y la inmigrante, sobre todo si ésta es considerada como una competencia no deseada. No es infrecuente, por eso, que la inmigración sea vivida con tensiones y conflictos dolorosos tanto por los propios inmigrantes como por quienes les recibimos. Sin embargo nunca deberíamos ver en el inmigrante al “otro”, al extranjero, y menos a alguien que provoca el rechazo, sino a una persona a la que hemos de asociar y hacer sitio para construir juntos un futuro de esperanza. El hecho de que proceda de un mundo cultural distinto, incluso con creencias y tradiciones diferentes, debería ser considerado, más que como un factor de miedo, como una posibilidad de enriquecimiento mutuo. 2.- Construir juntos una sociedad fraterna, sin anular las diferencias Construir una convivencia verdaderamente humana en el contexto de una sociedad plural nos exige poner el acento en las semejanzas. No se trata de negar las diferencias, pero tampoco de absolutizarlas hasta el punto de que nos impidan colaborar juntos en la construcción de la sociedad. La aceptación del inmigrante en su diversidad cultural y la integración del mismo supone un auténtico desafío tanto para quienes los recibimos como para los mismos inmigrantes. El estimulante lema que enmarca la Jornada: “Esta casa es de todos. La construimos juntos” quiere marcar un camino que sabemos no es fácil, y que, en algunos casos, resulta verdaderamente arduo. Pero no debemos desanimarnos, pues ésta es nuestra tarea común. Inmigrantes y auctóctonos, por encima de las diferencias, estamos llamados a construir juntos una convivencia profundamente humana a base de actitudes y gestos de respeto, solidaridad, amistad y fraternidad, realizados con sencillez y constancia en la vida diaria. En este quehacer los inmigrantes y sus familias ni deben de renunciar a sus mejores valores, ni deben desaprovechar la ocasión de abrirse con sencillez a los mejor de nuestra cultura, máxime cuando se constata con lúcido realismo que su estancia entre nosotros puede prolongarse más de lo previsto en un principio. Si aceptamos al inmigrante como trabajador hasta en nuestros propios hogares, pero nos resistimos a hacerle sitio en la convivencia diaria, en las tareas de la ciudad y aún en la vida de la comunidad cristiana, ¿no será que lo que determina nuestros comportamientos no es precisamente la esperanza en el hombre, sino el miedo, los recelos o la desconfianzas? Construir juntos la casa común
es tarea de todos, también de los propios inmigrantes, pues «en
el sentido ético, a los derechos corresponden también obligaciones...
Los derechos sin deberes se convierten en privilegios. Los deberes sin
derechos son solo exigencias 3.- Misión de la comunidad cristiana respecto a los inmigrantes La Iglesia es consciente de que tiene la misión de ser “germen seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano” 5 . Nuestras parroquias han de ver en los inmigrantes a hermanos llamados a compartir los bienes provenientes de Cristo. Cuando se trata de cristianos, éstos han de poder reconocer en nuestras comunidades su misma fe y compartir la original expresión de la misma con igualdad de derechos. En la Iglesia nadie es extranjero. Si se trata de no cristianos, la misma fe ha de llevarnos a reconocer y a servir en ellos a Cristo, recordando sus palabras: «Era extranjero y me acogisteis» 6 . “Asociar a los hombres y mujeres inmigrantes, que viven y trabajan entre nosotros, a la construcción de nuestro pueblo, de nuestro barrio y de nuestra comunidad es la acción propia de una comunidad cristiana que vive la catolicidad como una apertura esencial a todo lo que es obra del Espíritu en cada pueblo” 7. Este es el único camino para alimentar la esperanza, ahuyentar la indiferencia y rechazar el espectro de la xenofobia y el racismo. Es la acción urgente frente al deterioro humano que los repliegues egoístas provocan socavando muchas veces nuestra convivencia diaria. La Iglesia, Madre y Maestra, afirma, una vez más, que la dignidad humana es inalienable e indivisible, que no se puede negar la igualdad fundamental de los seres humanos en nombre de sus diferencias, que todos hemos de seguir trabajando para que se respete la dignidad de toda persona, para que el inmigrante sea acogido como hermano y para que toda la humanidad forme una familia unida, que sepa valorar con discernimiento las diversas culturas que la componen. A este respecto, nos atrevemos a sugerir a nuestras comunidades algunas pistas de trabajo concreto:
En el seno de la acción política,
de los centros de creación y de difusión de la cultura,
en el ámbito de la educación y del bienestar social, así
como en el campo laboral y en las decisiones En este orden de cosas, queremos señalar que sigue siendo considerable la cifra de inmigrantes irregulares. Son, como ha señalado el Papa Juan Pablo II en repetidas ocasiones, “los más vulnerables, junto con los refugiados, los que buscan asilo, los desplazados a causa de continuos conflictos violentos en muchas partes del mundo, y las víctimas –en su mayoría niños y mujeres– del terrible crimen del tráfico humano»9”. Estas situaciones conllevan un deterioro humano grave y entrañan una gran dificultad para la integración; favorecen la economía sumergida, generan delincuencia y pueden alimentar la xenofobia en detrimento de la convivencia y de la armonía social. Sabemos que la problemática es compleja y que los equilibrios en la convivencia social son frágiles. Supuesto el reconocimiento de la responsabilidad primera del Estado para legislar sobre la regulación de los flujos migratorios, nos parece que sería bueno agotar las posibilidades que ofrece la vigente normativa legal a fin de dar solución al mayor número de situaciones de irregularidad de la forma más generosa posible. Así mismo queremos apelar a la responsabilidad de los grupos, organizaciones o personas individuales que, movidos por supuestas actitudes de solidaridad, influyen en las decisiones de emigrar, incluso de manera irregular, con falsas expectativas de empleo. La primera víctima de la ilegalidad es el mismo inmigrante “ilegal”. De igual manera hay que insistir en que cada vez que no se garantizan los derechos socio-laborales de los trabajadores inmigrantes se está faltando no sólo a elementales exigencias del derecho sino también de la moral. Por esta vía ilegal e inmoral se les devuelve a la clandestinidad, impidiéndoles ejercer su ciudadanía.
Que la Virgen María, nuestra Madre, que experimentó la dureza de la emigración nos ayude a construir juntos, por encima de nuestros orígenes, un solo pueblo, una familia en que sea posible una convivencia verdaderamente humana y fraterna. 1 Juan Pablo II. Mensaje Jornada mundial de Migraciones, 2003. 2 Ibidem. 3 Ibidem. 4 Ibidem. 5 Vaticano II. L.G.9. 6 Mt. 25. 7 Juan Pablo II. Mensaje Jornada Mundial Migraciones, 2003. 8 Ibidem. 9 Ibidem. 10 Ibidem. 11 Juan Pablo II. Redemptoris Missio 11. Optimizado para IExplorer
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