| Campaña
del Enfermo 2005 |
2. Nuestra sociedad exalta la salud y dedica esfuerzos a prevenir y curar la enfermedad. Sin embargo, se percibe que estamos construyendo una sociedad en la que no es fácil vivir de manera sana; se educa para la salud, pero no se aprende cuál es la manera más humana de enfrentarnos a la enfermedad o a la muerte y qué sentido pueden tener en la vida de una persona. El mundo de la salud es reflejo de la sociedad y necesita de los profesionales. Ellos son el capital humano con que cuenta para realizar sus fines de educar y promover la salud, prevenir la enfermedad y asistir y cuidar a los enfermos. 3. Socialmente, este mundo de la salud y la enfermedad está hoy organizado según un sistema sanitario en constante transformación y desarrollo. Un mundo decisivo donde es fácil constatar luces y sombras, logros admirables y fracasos dolorosos, gestos ejemplares y flagrantes injusticias, tanto en las estructuras como en las personas. Se viven, además, en su entorno, las experiencias fundamentales de la existencia: el nacer, el enfermar, la curación, el envejecer, el morir. Son experiencias-límite reveladoras de la condición frágil y vulnerable del ser humano, donde se vive el dolor y la impotencia, donde se plantean las cuestiones últimas de la existencia sobre su propia identidad y destino. 4. Todo ello hace que este colectivo numeroso y necesario, se muestre también necesitado. Los profesionales de la salud viven hoy una situación de crisis que tiene diversas causas: los profundos cambios que se están dando en los avances de las ciencias médicas, las relaciones de los profesionales con los enfermos y sus familias, con las instituciones sanitarias y con los organismos de los que dependen. Sin que podamos ignorar la crisis de valores que vive nuestra sociedad. 5. En esta realidad del mundo de la salud, tan rica en experiencias y, en ocasiones, tan contradictoria, creemos que han de estar presentes la luz y la fuerza humanizadora del Evangelio, y no dudamos en expresar decididamente nuestro apoyo y confianza a quienes por ser agentes sanitarios, son “custodios y servidores de la vida humana”. Queremos reconocer y valorar la inestimable labor de tantos hombres y mujeres que trabajan con generosidad y dedicación ejemplar, en condiciones no siempre fáciles. Vuestra misión junto al hombre enfermo y doliente es una de las más dignas y nobles, pues al cuidar la vida de la persona, hacéis una obra muy humana. 6. El diálogo y la colaboración son hoy imprescindibles en este servicio a la vida. Animamos a impulsar esta relación de los profesionales de la salud y de nuestras comunidades cristianas en la atención integral a los enfermos, en la cultura de la salud, en la bioética y en la asistencia a los más necesitados. Para ello, es fundamental ofrecer un nuevo concepto de salud que pueda servir a los profesionales, al sistema asistencial, a los políticos y a todo el mundo implicado en la promoción de la vida. Con el fin de procurar esta asistencia integral a las personas necesitadas de salud, la ayuda de los profesionales de la salud tendrá también en cuenta las necesidades y derechos de los enfermos y sus familiares. 7. La mútua colaboración en este campo de la humanización deberá ofrecer igualmente a los profesionales la posibilidad de reconocer el sentido último de su trabajo, descubriendo y apreciando los valores éticos y espirituales del mismo. En el ejercicio clínico, en su trabajo burocrático o en sus decisiones administrativas han de estar presentes los valores humanizadores de la solidaridad, la compasión, el respeto, la justicia. Nuestra fidelidad al evangelio de la salud nos lleva a ayudar a las personas a vivir su propia existencia de la manera más humana, cultivando la salud en todas las dimensiones del ser humano. 8. De ahí que, la Iglesia deba interpelar a la sociedad sobre el perfil de hombre que se encierra tras ese modelo predominante de salud tan tecnificado, medicalizado y burocratizado. Dicha interpelación no ha de ser sólo crítica respecto a una salud idolatrada (culto al cuerpo), o descuidada (estilos de vida insanos), o medicalizada (abuso de medicamentos y de servicios sanitarios), sino también iluminada desde la fe y la ética en aspectos tan importantes como la defensa y el cuidado de la vida; el contenido humano de una verdadera calidad de vida; la salud como tarea responsable orientada al crecimiento integral de la persona y entendida como armonía con el medio ambiente en el que se desarrolla la vida; el consumo racional de los servicios sanitarios; el sentido cristiano de la enfermedad, de la donación de órganos y sangre; la experiencia humana del envejecimiento; el sentido humano y cristiano del morir. 9. Los profesionales de la salud viven también la experiencia de la enfermedad y de la vulnerabilidad en su vida. Muchos son “sanadores heridos” que necesitan, como todos, cercanía, respaldo, apoyo y ayuda para vivir sus experiencias de forma sana y saludable. Conscientes del desgaste y del coste emocional que supone su propio trabajo, invitamos a revisar y potenciar la atención y el cuidado pastoral a los profesionales de la salud, especialmente a los que están enfermos o sufren el desgaste como consecuencia de su quehacer profesional. 10. Los profesionales cristianos han de
redescubrir igualmente la dimensión pública de su vida cristiana,
asumiendo la responsabilidad de lo que significa ser cristianos, y viviendo
como tales. Animamos a los profesionales de la salud cristianos a dar
testimonio evangélico en el ejercicio de su profesión, a
fomentar su participación activa en los organismos eclesiales y
comunidades cristianas y a formar grupos, especialmente la Asociación
PROSAC, como medio de promover un laicado cristiano en el mundo de la
salud. Que María, Madre de Salud y modelo de servicio y atención a los hermanos, nos ayude a ser presencia que acoge, escucha y acompaña. Con el ruego de que el Dueño de la mies envíe numerosos obreros a trabajar en el ancho campo de la salud, tan importante para anunciar y testimoniar el Evangelio en el mundo que nos toca vivir. Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral: José Vilaplana Blasco, Obispo de
Santander |
||||
|