LXXVI ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL

LA FAMILIA, SANTUARIO DE LA VIDA
Y ESPERANZA DE LA SOCIEDAD
(parte I)
Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española
Madrid, 27 de abril de 2001

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ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN: Cristo revela el amor
CAPÍTULO 1: Una mirada a nuestra sociedad y a nuestra cultura
1.1.  
Una mirada de fe
1.2.  
Ambigüedad de los valores de la cultura dominante
1.3.  
Deformación del sujeto personal
1.4.  
Un concepto ideológico del género
1.5.  
Desprestigio de la familia
1.6.  
Desvalorización de la vida
1.7.  
La mirada de Jesucristo
CAPÍTULO 2: El evangelio del matrimonio y de la familia
2.1.  
Una antropología adecuada e integral: la pregunta a Jesucristo sobre la persona, el matrimonio y la familia
2.2.  
La vocación al amor y la diferencia sexual
 
2.2.1.    Amor y corporeidad
2.2.2.    Educación para el amor
2.2.3.    Amor, vocación humana y lógica del don
2.3.  
La relación entre el matrimonio y la familia
 
2.3.1.    “Hemos creído en el amor”
2.3.2.    La unión de los esposos y la transmisión de la vida
2.3.3.    Familia y ecología humana
2.4.  
El sacramento del matrimonio y la familia cristiana
2.4.1.    Revelación del misterio de Dios
2.4.2.    La comunión hombre-mujer y el sacramento Cristo-Iglesia
2.4.3     La familia, iglesia doméstica
CAPÍTULO 3: El evangelio de la vida humana
3.1.  
La dignidad de la vida humana y su carácter sagrado
3.2.  
La vida humana, amenazada por la “cultura de muerte”
3.3.  
El respeto de la vida humana en su comienzo
3.4.  
El respeto y la promoción permanentes de la vida humana
3.5.  
El respeto y cuidado de la vida humana doliente y terminal
3.6.  
La protección legal de la vida humana
3.7.  
La pastoral de la Iglesia y la protección de la vida humana
CAPÍTULO 4: Cultura de la familia y de la vida en la construcción del porvenir de nuestra civilización
3.1.  
4.1.      La familia y la vida humana, bienes fundamentales de la persona y de la sociedad
3.2.  
4.2.      Promoción de políticas familiares adecuadas
 
4.2.1.    Identidad familiar en el contexto social
4.2.2.    La familia como sujeto social
3.4.  
4.3.      Algunos ámbitos esenciales de la política familiar en la actualidad
3.5.  
4.3.1.    La vivienda
4.3.2.    La educación
4.3.3.    Medios de comunicación social
4.3.4.    El régimen fiscal
4.3.5.    La estructura laboral
4.3.6.    El sistema sanitario y los servicios sociales
4.3.7.    La integración de los emigrantes
4.3.8.    Algunas situaciones que necesitan una especial protección
3.6.  
4.4.      La familia y la vida en la nueva evangelización de la Iglesia
CONCLUSIÓN:Haced lo que Él os diga
María, Reina y Madre de las familias

 

SIGLAS
ADS
León XIII, Carta encíclica Arcanum divinae sapientiae, 10.II.1880
CA
Juan Pablo II, Carta encíclica Centessimus annus, 1.V.1991
CC
Pío XI, Carta encíclica Casti connubii, 31.XII.1930
CCE
Catechismus Catholicae Ecclesiae, 15.VIII.1997
CDF
Santa Sede, Carta de los derechos de la familia, 22.X.1983
CF
Juan Pablo II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2.II.1994
CIC
Codex iuris canonici, 25.I.1983
ChL
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 30.XII.1988
DM
Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in misericordia, 30.XI.1980
EV
Juan Pablo II, Carta encíclica Evangelium vitae, 25.III.1995
FC
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, 22.XI.1981
FR
Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et ratio, 14.IX.1998
GS
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Gaudium et spes, 7.XII.1965
HV
Pablo VI, Carta encíclica Humanae vitae, 25.VII.1968
LG
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 21.XI.1964
LE
Juan Pablo II, Carta encíclica Laborem exercens, 14.IX.1981
MD
Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, 15.VIII.1988
NMI
Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, 6.I.2001
RH
Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominis, 4.IV.1979
SD
Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris, 11.II.1984
SRS
Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, 30.XII.1987
VcS
Pío XII, Discurso Vegliare con sollicitudine, 29.X.1951
VS
Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, 6.VIII.1993

INTRODUCCIÓN
CRISTO REVELA EL AMOR
Necesidad de un amor verdadero

1.      “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”[1]. Esta afirmación de Juan Pablo II al inicio de su pontificado expresa la condición humana, algo que toda persona experimenta. Todo hombre necesita el amor para reconocer la dignidad propia y de los otros y para encontrar un sentido valioso a su vida. Es el amor que le pueden ofrecer, en primer lugar, sus padres, su familia y, después, tantas otras personas. Y también la sociedad.

 

          Efectivamente, la vida de las personas está decisivamente condicionada por la cultura de la sociedad en que vive. Cuando el amor por la verdad y el bien del hombre no impregna la cultura de las relaciones sociales y de la administración pública, el puesto central de la persona es sustituido por bienes menores, como los intereses económicos, de poder o de bienestar meramente material.

El hombre no puede vivir sin amor

2.      Pero hay una forma de amor que aparece mucho más ligada a la realización de la persona, al logro de una vida plena, porque expresa relaciones que constituyen a la persona como tal: es el amor de los padres a los hijos (que está en el origen de cada persona, que viene a la existencia como hijo), y el amor del hombre y la mujer (pues la dimensión esponsal es también constitutiva de la persona).

 

          La felicidad de las personas guarda una relación intrínseca con ese amor familiar. Por ello, muchos de los sufrimientos que marcan la vida de tantos hombres y mujeres hoy tienen que ver con expectativas frustradas en el ámbito del matrimonio y la familia. Y es que a la persona no le basta cualquier amor: necesita un amor verdadero, es decir, un amor que corresponda a la verdad del ser y de la vocación del  hombre.

Amor en la familia y en la sociedad

          Los cristianos sabemos que sólo en el misterio de Cristo se revela y se cumple en plenitud el misterio de la vida humana en todas sus dimensiones[2]; sólo en el Hijo amado puede cada ser humano encontrar el amor del Padre eterno que sacia los anhelos más profundos de todos los corazones. Ese amor infinito llena de sentido la vida familiar y la convivencia social.

“Yo he venido para que tengan vida” (Jn 10,10) 

Misión de la Iglesia: la evangelización

3.         La predicación del Evangelio es la primera misión que Cristo encomienda a los apóstoles y a sus sucesores, los obispos, quienes tenemos el deber de llevarla a cabo en toda su integridad[3]. Nuestra primera tarea es anunciar a Jesucristo, el Salvador de todo hombre, el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14,6). En comunión pastoral con el sucesor de Pedro queremos seguir su invitación para adentrarnos en la contemplación del rostro de Cristo -en quien resplandece el hombre nuevo- y secundar dócilmente su envío misionero: ¡echad de nuevo las redes![4].

Proclamación del evangelio de la vida y de la familia

 

4.       La vida humana es siempre buena noticia. Aunque surja o se halle en circunstancias difíciles toda persona humana es un regalo, un don de valor inestimable. Cada ser humano constituye por su sola existencia una clara llamada a la comunión, al amor ofrecido y recibido. El amor esponsal de un hombre y una mujer, que se entregan y prometen de por vida como cónyuges, crea el hábitat natural para la acogida amorosa de la vida humana. Este es el proyecto hermoso y perenne de Dios creador, que bendice la comunión matrimonial con el don del hijo (cfr. Gén 1-3). El don maravilloso de la vida humana suscita en quienes lo reciben admiración, gratitud y anhelos de cultivarlo mediante la propia donación.

 

          En la familia –cuna y custodia de la vida- el ser humano, hombre y mujer, nace y crece como persona, como hijo, como hermano, gracias al modelo de los padres. La familia educa a la persona hacia su maduración y edifica la sociedad hacia su desarrollo progresivo. Como “célula” del organismo social la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa[5]. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la sociedad.

 

          Además, en la familia cristiana el bautizado recibe la primera enseñanza evangélica y es introducido a la vida de la fe. Por eso la familia es “iglesia doméstica”[6], núcleo de la gran familia de los hijos de Dios en Cristo, y participa de su misión en orden a formar la humanidad nueva[7].

La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad

 

5.         Al volver a hablar de la familia y de la vida humana lo hacemos desde la fe, atendiendo a la situación actual de nuestra sociedad, que tanto ha cambiado en estos últimos años[8]. Plantearse este tema desde el Evangelio supone, en primer lugar, una disposición a abrirse a su mensaje, a querer descubrir y realizar la verdad en Aquél que quiso compartir la vida del hombre, nacer en el seno de una familia (cfr. Mt 1 y Lc 2) y ser el Esposo de la Iglesia, que sigue viviendo de su entrega amorosa (cfr. Ef 5,32). 

          Desde esta perspectiva, esta instrucción quiere ser una llamada a renovar la vida de los matrimonios y las familias cristianas reafirmando su vocación eclesial y social. También quiere ser una ayuda para quienes, con un corazón abierto, buscan la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la familia. El horizonte de esta instrucción está unido a la misma esperanza que despierta la familia en su realidad. Tiene un carácter programático, apunta a un futuro a construir.

Evangelización de nuestra sociedad

Familia y esperanza

6.        Nos dirigimos con gratitud a todos aquellos que quieren vivir plenamente la realidad familiar. En primer lugar, a las familias cristianas, a cada uno de sus miembros, pues sois cauce de la esperanza para nuestra sociedad: ¡Sí, queridas familias, estáis llamadas a ser la sal y la luz de la civilización del amor! (cfr. Mt 5,13-16). Queremos  animar en su vocación a los esposos y a los padres; queremos alentar a los movimientos y asociaciones familiares. Comprendemos vuestras dificultades. Sabed que Cristo, el Esposo, está con vosotros (cfr. Mt 28,20). ¡No tengáis miedo! (cfr. Lc 12,22-32). ¡Vivid en Cristo como testigos intrépidos de la buena nueva de la vida y de la familia! La semilla del bien puede siempre más que la del mal. No os dejéis abatir por los ambientes adversos. Queridos padres, no cejéis en el empeño de educar a vuestros hijos en el amor verdadero, en el sentido de la vida y de la sexualidad. ¡Transmitid con gozo y perseverancia a los jóvenes –que son el futuro de la sociedad- la grandeza del amor fiel y el sentido de la vida humana en toda su dignidad!

Destinatarios:

Familias

 

          Apelamos, también, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los fieles laicos que acompañan a los esposos y a sus hijos en el descubrimiento y desarrollo de su vocación. Aunque en ocasiones vuestra siembra del Evangelio sea entre lágrimas, a su tiempo, con la gracia de Dios, cosecharéis con abundancia (cfr. Sal 126,5).

Sacerdotes,  personas consagradas y fieles laicos

          Esta reflexión, además, se dirige al conjunto de la sociedad y a sus gobernantes, en especial a los agentes culturales y sociales, educadores, profesores y catequistas, así como a los profesionales de la salud. Reconocemos vuestros desvelos por el bien común. Os confiamos esta reflexión sobre la verdad que nos ofrece el Evangelio del matrimonio, la familia y la vida. Cristo no violenta sino que promueve al máximo la razón humana y descubre lo genuinamente humano, lo que posibilita el auténtico desarrollo de las personas y de los pueblos. Su enseñanza es salvaguarda de la dignidad de toda persona humana y del progreso social en justicia, solidaridad y libertad.

Gobernantes y agentes culturales y sociales

7.      Esta instrucción se estructura en cuatro partes. En primer lugar, dirigimos una mirada a nuestra sociedad y a nuestra cultura en lo que concierne al valor de la vida humana, al matrimonio y a la familia. Queremos analizar las claves antropológicas de nuestra civilización. Pretendemos adecuarnos, desde la fe, a la mirada misericordiosa del Padre, encarnada en los ojos humanos de Cristo y de su Iglesia (capítulo 1). En segundo lugar, presentamos algunos elementos esenciales del evangelio del matrimonio y la familia (capítulo 2), y de la vida (capítulo 3); es el plan amoroso del Creador y Salvador de todos los hombres. En tercer lugar, ofrecemos criterios de juicio y orientaciones para promover el protagonismo de la familia en la mejora de nuestra sociedad (capítulo 4). 

Estructura de los temas

Cristo, plenitud del hombre

8.     Este anuncio esperanzador que presentamos también va dirigido al corazón de cada persona. Todos deseamos la plenitud de vida. Este evangelio es verdadero y es posible; es la felicidad del hombre y el progreso de los pueblos. Jesucristo no es sólo el Maestro sino también el Redentor del hombre. Él sana con la gracia de su Espíritu nuestro corazón enfermo y nos hace capaces de superar las rupturas del pecado y renovar la comunión conforme al designio originario del Padre. Él perdona nuestras culpas. Él fortalece nuestra debilidad. Su misericordia infinita restaura nuestra miseria.

Cristo hace posible la plenitud de la vida y la verdad de la familia

 

          A cuantos se sienten abatidos queremos ofrecer el acompañamiento de la Iglesia, fundada por el mismo Cristo y enviada a continuar su tarea. A cuantos se sienten huérfanos, en la intemperie hostil de un mundo cada vez más deshumanizado, despojados de justicia y de amor, queremos abrir de par en par las puertas de la Iglesia, Hogar familiar donde fructifica la caridad fraterna, donde hay vida en  abundancia.

La Iglesia, morada del hombre nuevo

          En esta hora decisiva, en la que está en juego el verdadero respeto de toda vida humana y la construcción de la civilización del amor, contamos con el testimonio de tantas familias que viven el proyecto de Dios y lo hacen creíble.

Las familias cristianas, evangelio vivo

           A todos os animamos a seguir adelante con humildad y confianza. Con los ojos puestos en Jesucristo, muerto en la cruz para darnos vida, resucitado y glorioso, presente en la Eucaristía para renovar la nueva y eterna alianza de Dios con sus hijos. A todos os animamos a una renovación espiritual en el camino de la santidad. En nombre de Cristo hemos de echar nuevamente las redes (cfr. Lc 5,1-11) y cultivar con esmero su viña (cfr. Mt 20,1-16). Con la certidumbre de que trabajamos con el Dueño de la viña, esperamos de su gracia una nueva primavera para la familia y para la vida.

Con los ojos fijos en Cristo

 


CAPÍTULO 1
UNA MIRADA A NUESTRA SOCIEDAD Y A NUESTRA CULTURA

1.1.      Una mirada de fe

Lo verdaderamente humano

9.         La mirada que dirigimos a la vida, el matrimonio y la familia en nuestra sociedad actual es una mirada de fe por un doble motivo. En primer lugar, porque esa fe nos hace participar de aquella primera mirada de Dios con la que el Creador vio que todo era bueno (cfr. Gén 1,31) y nos da esos ojos nuevos que nos permiten redescubrir lo bueno, lo verdaderamente humano (cfr. Flp 4,8)[9]. En segundo lugar, porque mirar el matrimonio y la familia nos lleva a descubrir la necesidad de una “fe humana”[10]. La familia es el primer lugar donde una persona se confía a otra con una entrega verdadera. Esta fe humana que se vive en la familia nos abre a la fe en el otro, para poder construir una sociedad esperanzada, y a la fe en Dios.  La mirada de fe resulta decisiva para descubrir, conocer y vivir la verdad completa de todas las realidades, sobre todo las que se refieren al ser humano, a su vida y a su destino trascendente.

Bondad y confianza

10.       Son muchas las ocasiones en que los obispos españoles nos hemos pronunciado sobre la situación de nuestra sociedad, también en lo que afecta a la verdad moral propia del matrimonio, la familia y la vida. No hemos dejado de señalar los logros y las dificultades en estos campos. Uno de los logros que se ha dado en la sociedad española y que queremos de nuevo poner de manifiesto es la progresiva maduración de nuestra convivencia democrática[11]. Esto incluye elementos muy positivos en la afirmación de unos valores destinados a la convivencia en un clima de libertad, respeto, pluralismo, tolerancia, con un marco de progreso económico en un Estado de bienestar. 

          Junto a estos logros, es obligado afirmar también importantes adquisiciones de carácter moral, como una mayor sensibilidad en lo que corresponde a la defensa de las libertades individuales y la igualdad de derechos. Esto supone un rechazo creciente contra las manifestaciones tiránicas, los racismos, las violencias de distinto tipo –también en la familia-, las desigualdades sociales, los clasismos más o menos ocultos, una denuncia sin paliativos contra el terrorismo, una lucha sincera contra diversas manifestaciones inhumanas como son la miseria, la ignorancia o el rechazo a los inmigrantes. 

          En el ámbito específico de la familia hemos de constatar como elementos de progreso: el mayor reconocimiento de  la igualdad de hombre y mujer, la mayor libertad en las relaciones y en la elección del matrimonio, el hecho de que los hijos sean recibidos más conscientemente, etc.

          La solidaridad con los desfavorecidos, la preocupación por los desempleados, el crecimiento del voluntariado social, el respeto a los que tienen otra cultura o el cuidado de una conciencia ecológica son también importantes adquisiciones de nuestra sociedad.

Importantes logros de nuestra sociedad y de nuestra cultura

1.2.      Ambigüedad de los valores de la cultura dominante

Aceptación de graves distorsiones

11.       Pero, como pastores, hemos de advertir que muchos de estos elementos presentes en nuestra vida social sufren ciertas ambigüedades a causa de la cultura dominante, que los desfigura en la tarea de formar integralmente a la persona.

          Nos interesa sobre todo destacar la ambigüedad en lo que corresponde al ámbito de la familia y la vida. Se produce ahí la asombrosa situación de que, a pesar de que las encuestas demuestran que es una institución altamente valorada de modo privado por las personas, existe un rechazo manifiesto en su aceptación pública. De tal manera que se llegan aconsiderar normales en una “situación democrática” distintas realidades que perturban seriamente la institución familiar y el respeto a la vida humana. Entre otras, podemos citar la extensión del divorcio con las graves consecuencias personales que genera; de las parejas de hecho con la inestabilidad que producen en la vida de las personas y de la sociedad; y, cada vez más, la petición de un pretendido “matrimonio” entre homosexuales con una grave confusión en la comprensión de la sexualidad[12]. Entre los temas que se refieren a la transmisión de la vida se encuentran la trágica aceptación social del aborto, la eutanasia, la esterilización, la Fivet, la clonación “terapéutica”, etc. Muchas de estas cuestiones ya han sido legalizadas, como el divorcio, la despenalización del aborto en algunos supuestos[13] y las “Técnicas de reproducción asistida”[14] e, incluso, han sido aceptadas por sentencias del Tribunal Constitucional[15].

Aceptación legal y social de graves distorsiones éticas

12.       La gravedad y número de estos problemas está a la vista de todos. Nos encontramos en una situación histórica nueva en nuestra sociedad. Como pastores nos preocupan en la medida en que afectan a las personas en lo más íntimo, mientras que nuestra sociedad parece querer ocultar sus dificultades con soluciones superficiales e ingenuas que pretenden ignorar la repercusión personal y social que producen. Éste es el drama que se oculta tras la paradoja de una familia (cuna y santuario de la vida) apreciada en su función personal y vilipendiada en su dimensión social. Nos hallamos ante un orden social tremendamente paradójico porque esconde la problemática que padecen muchas personas, queriendo amparar esa problemática humana con unos servicios sociales que aseguren una vida individual solo materialmente adecuada. Pero, ¿acaso pueden las estructuras frías e impersonales ocuparse verdaderamente de las personas, sobre todo cuando éstas sólo pretenden asegurarles un mínimo de bienestar material?

          Nuestra mirada de fe no se queda en las estructuras, nos ayuda a contemplar el corazón del hombre (cfr. 1 Sam 16,7). Por eso, al entrar en esta cuestión no estamos invadiendo un terreno ajeno, sino que nos hacemos eco de los apremiantes deseos de gran número de personas cuyo principal problema es su propia familia. ¡Cuántos hombres y mujeres no saben qué hacer para tener una mejor convivencia familiar, o ayudar verdaderamente en esto a sus hijos! Querer silenciar esta voz bajo el argumento de una pretendida “neutralidad” social ante una cuestión meramente “privada”, supone callar ante el clamor de tantas familias que piden una atención urgente. Hemos de constatar que hoy, por la evolución negativa de los problemas antes apuntados, en España, la familia padece graves males y es hora de afrontar sin complejos sus causas y sus soluciones.

Salvar la familia 

Las raíces de una cultura inadecuada
13.       La contradicción interna entre la valoración positiva de la familia como un valor real y su menosprecio como elemento social nos señala una importante incoherencia en la racionalidad que está en la base de la construcción de nuestra sociedad[16]. Incoherencia que pone de manifiesto un modo erróneo de concebir la convivencia social. No le basta al hombre un bienestar material y exterior si fracasa en lo más importante para él. Así nos encontramos con que muchas personas viven un problema dramático, y es la dificultad para realizar un auténtico proyecto de vida y de familia, como pide su corazón, pues tropiezan con una valoración social puramente económica y utilitarista de la persona y de la familia. En estas circunstancias, la ausencia de una ayuda adecuada y cercana sume al hombre en una amarga frustración.

Materialismo y frustración

14.       Los cristianos debemos denunciar aquellos aspectos de nuestra cultura que no favorecen la personalización de cada hombre y cada mujer y su llamada a formar una auténtica comunión de personas. Son factores que provocan una fractura íntima que conduce a la dificultad de concebir la propia vida y, por consiguiente, el matrimonio y la familia, como una auténtica vocación.

          Este hecho está más acentuado por la extensión cultural de una determinada censura que relega del ámbito público al privado toda pregunta por Dios y por la trascendencia. Se abre así una profunda ruptura entre la fe y la vida que debilita las convicciones personales.

Obligación de advertir

15.       La ambigüedad que destacábamos antes es fruto de un largo proceso cuyo interés se centra en una convivencia fundada no en convicciones sino en acuerdos de compromiso. Se da una gran importancia a los procedimientos formales y las cuestiones inmediatamente prácticas, mientras se evita, una y otra vez, todo diálogo sobre las cuestiones fundamentales y los ideales comunes que se llegan a considerar irrelevantes para la vida social.

Pragmatismo político: mero procedimiento sin fundamento

Rechazo de Dios

16.       Este proceso comienza con la secularización de la sociedad en la edad moderna, a consecuencia de la cual muchas de las realidades humanas, incluida la vida y el proyecto familiar se piensan como realidades cerradas a la trascendencia y cuyo contenido pasa a ser considerado como meramente terrenal[17].

          El desarrollo de los acontecimientos, en cambio, parece insistir en que el intento sistemático de construir una convivencia sin Dios se vuelve siempre contra el hombre. En primer lugar en su corazón porque, llamado a una comunión con Dios y abierto a lo infinito, queda encerrado en el horizonte estrecho de la vida en este mundo. Las palabras de San Pablo son profundamente reveladoras: “porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció” (Rom 1,21). A esta verdad fundamental, el Apóstol añade (vv. 22-32) toda una serie de males morales que denigran a las personas y hieren la convivencia, algunos de los cuales afectan muy directamente a la familia y la vida.

Eclipse de Dios y eclipse del hombre (cfr. EV, 21)

Razón ofuscada

17.       Cuando se produce este fenómeno de oscurecimiento de la presencia de Dios, incluso como horizonte vital que transciende al mundo, se crea en los hombres un ánimo refractario a cualquier realidad que no caiga bajo el control humano. Toda verdad trascendente se llega a mirar por algunos con sospecha o incluso se pretende reinterpretar de modo reductivo. No estamos ante un mero juego intelectual que intente un sistema coherente cerrado a la trascendencia, es –como dice el Apóstol- un auténtico ofuscamiento de la inteligencia humana que se halla como colapsada en la búsqueda de una verdad plena, que responda a las preguntas fundamentales de la dignidad del hombre y que sea capaz de fundar la convivencia social.

Reduccionismo  del conocer

18.       Ante los grandes valores e ideales se extiende en muchos sectores un profundo escepticismo que actualmente afecta gravemente al campo moral. Con esta afirmación no nos referimos al rechazo de la normativa moral propuesta por la Iglesia, sino, sobre todo, a la incapacidad del hombre para construir su vida en la verdad.

          Al dejar de creer en la verdad de los valores absolutos, la inteligencia deja de interesarse por la cuestión del sentido para centrarse en una razón instrumental, que sólo resuelve problemas inmediatos por medio del cálculo y la experimentación, pero que permanece cerrada al misterio del hombre, por lo que es incapaz de descubrir el valor personal y la belleza de lo humano[18]. Todo se mide y se valora por su productividad y su utilidad.

Endurecimiento del corazón

          Muchos llegan a juzgar imposible conocer con una certeza moral principios firmes en los que asentar la realización del hombre, como son el sentido de la vida de la persona, del matrimonio y de la familia. Son realidades fundadas en una verdad profunda y rica en humanidad. Podemos reconocer en ello el “endurecimiento del corazón” (cfr. Mt 19,8) que entenebrece la percepción de la verdad originaria del matrimonio disolviéndola en conveniencias sociológicas.

Hipertrofia de la razón técnica

19.       Las consecuencias de este modo de afrontar la vida son muy graves. Al hombre, reducido su horizonte vital a lo que puede dominar, se le valora sobre todo como un homo faber y todo su trabajo se mide en razón de la sola productividad. A pesar de los adelantos técnicos, se observa paradójicamente cómo el trabajo ahoga muchas veces la vida de las personas con exigencias que no tienen en cuenta la realización de la persona y su vida familiar. Se sacrifican muchas cosas a un “sistema de producción” impersonal, competitivo y tiránico.

Productividad hasta la despersonalización

Deformación de la libertad

20.       En el plano moral se produce una deformación del valor de la libertadque pierde así su aspiración interna hacia la plenitud humana. Desarraigada de su finalidad interna, que la dirige a realizar el amor verdadero, la libertad queda reducida a la elección de cosas según un arbitrio personal, al margen de la verdad del hombre.

          Cuando esto sucede, los únicos límites que se descubren para la libertad vienen de la presencia de otras personas también libres. La relación entre personas se enmarca así en un conflicto de libertades y límites. Todo es posible con tal de no violentar la libertad ajena. Pero, ¡qué drama se esconde tras esta concepción de la libertad! Cuando la libertad se percibe y se define sólo a través de meros contenidos extrínsecos y negativos, la persona llega a vivir entregada a las emociones, y acaba esclava de sus propias apetencias superficiales. Esta concepción de la libertad produce un profundo conflicto entre las diversas dimensiones de la persona: racional, afectiva e instintiva.

Libertad sometida a las apetencias superficiales

21.       Podemos hablar entonces de un concepto perverso de la libertad[19]. No nos estamos refiriendo sólo a un error antropológico, sino a una forma de entender la existencia humana con unas consecuencias profundamente negativas en la vida personal y social. Por una parte, una libertad sin dirección aboca al hombre a un nihilismo corrosivo en la medida en que pierde el contacto más profundo con los valores e ideales verdaderos: todo sería válido, incluso los comportamientos destructivos[20]. Mientras que los deseos más profundos –de sentido, de paz, de horizontes trascendentes, de amar y ser amado, etc.- permanecen insatisfechos, se debilitan y  empobrecen las relaciones interpersonales. Si la libertad del hombre no le conduce a amar con todo el corazón, se convierte en algo nocivo y frustrante del sentido de su existencia.

Libertad sin base en la comunión ni ordenación a la misma

Utilitarismo e individualismo

22.       En el ámbito público esto se plasma en la adopción de una ética utilitaria dominada por los intereses individuales; en cambio, en el ámbito privado, el juicio moral se deja al arbitrio de un “sentido moral” subjetivo, que se traduce en una concepción ética “a la carta”. En ambos casos, se desemboca en una tendencia individualistaen la que la figura del “otro” aparece como un rival potencial y como un competidor en el intercambio de bienes materiales. Así entendemos que la propia libertad tienda a afirmarse como dominio sobre los demás. Uno de los efectos más claros de esta concepción es el intento de justificación de actos intrínsecamente nocivos[21]. Todo tipo de aberraciones, incluido el aborto, el suicidio, la pederastia, el turismo sexual, etc., llegan a aparecer incluso como derechos de la libertad individual. ¿Acaso no se ha perdido el sentido de la libertad, deformando a la persona?

Derrumbamiento del sentido ético