ASAMBLEA PLENARIA EXTRAORDINARIA

EL PAN DEL CAMINO

Mensaje de a la Iglesia que peregrina en España

Santiago de Compostela, 29 de mayo de 1999


Junto al sepulcro del Apóstol Santiago, nos hemos reunido los Obispos en Asamblea extraordinaria, dentro del Año Santo Compostelano y con motivo del Congreso Eucarístico Nacional.

Con los fieles de nuestras diócesis que han peregrinado hasta Compostela, afirmamos nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Como los Apóstoles, "testigos... que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección" (Hech 10,41), "os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros... y os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo" (1 Jn 1,3-4).

Al ver a tantos peregrinos que llegan hasta la "casa del Señor Santiago ", hemos recordado que todos los cristianos caminamos hacia la casa del Padre; que Jesucristo, el Camino, (Jn 14,6) es a la vez compañero y alimento para nuestro caminar. Él orienta nuestros pasos con la verdad de sus palabras (cf Jn 14,6), aviva nuestra esperanza y nos pone en ascuas el corazón (cf Lc 24,13-35). Con su Cuerpo, que es pan de la vida recibimos el vigor para cultivar la fe y la semilla de la vida eterna (cf Jn 6,32-58).

En la adoración del Santísimo Sacramento hemos contemplado a nuestro único Maestro, que hoy como ayer continúa acompañándonos para ofrecer la gracia y la misericordia de Dios Padre a todas las gentes, ofreciéndose Él a sí mismo como alimento para que "no desfallezcan por el camino" (Mt 15,32).

Acogiendo el mandato que dio a los apóstoles: "Haced esto en conmemoración mía" (1 Cor 11,24), hemos celebrado el memorial de su pasión con sus mismas palabras: "Tomad y comed, esto es mi Cuerpo entregado por vosotros", "Tomad y bebed, ésta es mi sangre... derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados". Y por la comunión eucarística hemos sido incorporados a su Muerte y Resurrección, junto a tantos cristianos que han participado con nosotros en la Santa Misa.

"Señor, danos siempre de ese Pan"

Movidos por la fe, en nuestra peregrinación por esta vida, pedimos el alimento de la Eucaristía que necesitamos para caminar hasta la Vida eterna.

Como el Pueblo de Dios por el desierto (cf Ex 16) necesitamos del "maná que ha bajado del cielo" (Jn 6,58) para superar las tentaciones de volver a la esclavitud, de sumergimos en el consumismo, de ceder ante lo fácil, y de adorar y servir a otros poderes que nos separan de Dios.

Como el profeta Elías, ante el peso y la fatiga de la misión evangelizadora, escuchamos también la invitación del Señor que nos regala el alimento: "Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Re 19,7). En el sacramento de la Eucaristía recuperamos las fuerzas para seguir luchando, como el profeta, contra cualquier tipo de idolatría (cf 1 Re 18) y de injusticia (cf 1 Re 21).

Como los discípulos de Emaús (cf Lc 24,13-35), cuando atardece y se oscurece la fe, hemos reconocido al Señor en la intimidad serena de la casa acogedora de la Iglesia y en la fracción del pan. En la Eucaristía se nos abren los ojos del corazón para reconocerlo como el compañero que se une a nuestro camino cuando sentimos desesperanza o dudas de fe. Necesitamos la Eucaristía para reintegrarnos a la comunidad y salir nuevamente a la evangelización, con el testimonio de nuestro encuentro con Jesucristo Resucitado.

Como los apóstoles, y entre ellos Santiago, el primero que dio la vida por Cristo, también nosotros escuchamos la voz amiga del Señor que nos ha preparado la lumbre y nos invita: "Venid a comer"(Jn 21,12). Él conoce nuestros trabajos y las dificultades de la tarea apostólica. Necesitamos reforzar la fe, y creer más en su Palabra y en su presencia que en nuestras competencias y habilidades. Él puede perdonarnos las debilidades y negaciones, nos acerca a su amor, nos confirma otra vez la misión en medio del mundo y nos invita de nuevo a su seguimiento.

Necesitamos, pues, de la Eucaristía para seguir caminando y por eso le pedimos: "Señor, danos siempre de ese Pan" (Jn 6,34).

"Tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo"

Jesucristo, que como el padre de familia presidía la mesa de los discípulos y les partía el pan, lo hizo de una manera nueva y singular en su última Cena, la primera Eucaristía. El Pan que ahora daba, ya no era pan, sino su propio Cuerpo y el vino que ofrecía era su propia Sangre. Así instituyó la Eucaristía,

La Eucaristía es, por tanto, el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Jesucristo. Él se entregó por nosotros hasta la muerte y ahora se nos da como fuente de vida. Él es el Cordero del sacrificio de la Pascua, al que Dios Padre no sustituyó, pues para liberar al esclavo, entregó al Hijo que quita el pecado del mundo (Cf Jn 1,29). En la cruz derramó la sangre de la Nueva Alianza y su sacrificio se perpetúa en la Cena Eucarística para la salvación de la humanidad. Jesucristo, herido por nuestras heridas (cf Is 53,4-7) y roto por nuestras rupturas, por la fuerza del Espíritu Santo restaura la amistad con Dios Padre, regenera la fraternidad entre los hermanos y nos devuelve la propia dignidad perdida.

En el Cuerpo entregado del Señor se nos brinda el amor y la ternura del Padre misericordioso, a quien se le parte el corazón por las miserias de los hijos pródigos. Este amor del Padre ha de provocar en nosotros una llamada continua a la conversión y a volver a la casa paterna, donde hay pan en abundancia, cuando bajo el señuelo de libertad tantas veces nos estamos muriendo de soledad y de hambre (cf Lc 15,17-20),

El abrazo reconciliador del Padre nos remite a la mesa festiva del banquete. El Señor también regaló a su Iglesia el don de poder perdonar los pecados, a través de la mediación de los Apóstoles y de sus sucesores, cuando dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados" (Jn 20,22-23). En el sacramento de la Penitencia se imparte el perdón antes de partir y de repartir el Pan de la Eucaristía.

Los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía se reclaman mutuamente como signos eficaces de un Dios pródigo en amor a todos sus hijos. Son las señales del Pastor herido por salvar la oveja perdida y las del Cordero sacrificado por nuestra verdadera libertad. Os exhortamos a celebrar el sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía, como signos de correspondencia a su amor. También en esto los obispos, con la gracia de Dios, queremos ser ejemplo para vosotros.

La Eucaristía es, además, Pan repartido. Sin Eucaristía no hay Iglesia y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Por eso, junto al altar de la "confesión" del apóstol Santiago, sentimos la responsabilidad de agradecer a Dios el regalo de los sacerdotes y de comprometernos todos en una constante, confiada y gozosa pastoral de las vocaciones para el sacerdocio ministerial. De nuestros niños y jóvenes, con una adecuada iniciación cristiana y bien acompañados en su proceso de fe, podrán germinar los sacerdotes del futuro que sigan repartiendo, en el ejercicio de la caridad pastoral, el don del perdón y el Pan de la Palabra y de la Eucaristía.

Por el sacerdocio ministerial Jesucristo prolonga su acción salvadora en la historia y se hace contemporáneo a cada generación. Así ha sido a lo largo de los dos milenios de cristianismo y así continuará siendo, por su misericordia, porque Él nos ha prometido: "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).

La Eucaristía es también Pan compartido. Compartir supone, para los peregrinos, hacer un alto para descansar y gozar del encuentro amistoso. Así es la Eucaristía para los hermanos. Es la comunión que crea comunión: con el Señor, cuyo cuerpo sacramental se nos da, y con los hermanos convocados a la comunión eclesial. Somos compañeros, es decir, los que comen el pan juntos, pues "aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan" (1 Cor 10,17). La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia. Ella es sacramento de salvación y signo de unidad. La comunión eucarística es fuente de comunión eclesial y fermento de unidad y de pacificación humana. Los cristianos, por tanto, tenemos que empeñarnos en construir la paz en nuestra sociedad.

La Eucaristía es la fuente y la cumbre de la Iglesia y de toda la evangelización (SC 10; PO 5), la "acción de gracias" a Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, en la que Cristo, a la vez sacerdote, víctima y altar, se entrega para la Vida del mundo.

Por eso, desde los primeros tiempos los cristianos dieron tanta importancia a la reunión para escuchar a los apóstoles, participar en la fracción del pan, orar juntos y vivir la comunión (Hech. 2,42). Y particularmente en el Domingo, el día de la Resurrección del Señor, el día de la Iglesia y de los hermanos, el día del descanso y de la libertad. Por eso, con el Papa Juan Pablo 11 os exhortamos a vivir con gozo el Día del Señor participando en la Misa dominical. Es tiempo de compartir y alegrarse juntos, de descansar y recobrar fuerzas, tiempo imprescindible para todo caminante.

De la experiencia profunda de comunión nace, como difusión espontánea del amor, la necesidad de darse a los demás personalmente en entrega y servicio. Y la llamada a la comunicación de bienes y a compartirlos con los pobres. De ahí la vinculación de la ofrenda de dones con la Eucaristía. Ésa fue la disposición de aquella viuda de Sarepta y su hijo, que tan sólo disponían de un puñado de harina y, al entregarlo generosamente al profeta, no se les agotó sino que se les multiplicó (cf 1 Re 17,7-16). Así hicieron los apóstoles, que pusieron los panes y peces de un joven (Jn 6,9) delante del Señor, para que salieran multiplicados de sus manos en favor de la muchedumbre necesitada.

El encargo de Jesús "Dadles vosotros de comer" (Mt 14,16) es apremiante también hoy. No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de nuestros hermanos. Consecuencia de unas celebraciones eucarísticas vivas es el compromiso personal y comunitario con los pobres. Participar en la Eucaristía, comporta implicarnos en una mejor distribución de los bienes de la tierra y de los bienes espirituales, haciendo presente y adelantando el Reino de Dios ya aquí y ahora. Por eso la Eucaristía también significa la caridad de la Iglesia y a la vez alienta el compromiso de los laicos por construir el mundo según los planes de Dios, en la defensa de la paz y de los derechos humanos y ayudando al hombre a que se realice en plenitud. Así la Eucaristía es además anuncio profético y semilla del "hombre nuevo" y del Reino que ha comenzado ya con la venida de Jesucristo, hace dos mil años, y que se consumará cuando Él vuelva gloriosamente para recapitular todas las cosas (Cf Ef 1,10).

"E-ultr-eia", "E-sus-eia"

Al dirigir este mensaje desde el "finis terrae", en la conclusión del Congreso Eucarístico Nacional, al Pueblo de Dios que peregrina en cada una de nuestras diócesis, damos gracias a Dios porque, en la tradición que nos entronca con los primeros momentos de la evangelización, la Eucaristía siempre ha caracterizado nuestra genuina identidad: la fe de nuestros concilios, la piedad de la liturgia hispano-mozárabe, el fervor de las procesiones del "Corpus Christi", la filigrana de nuestras custodias, la expresividad de la música sacra, la catequesis de los autos sacramentales, la Adoración al Santísimo en nuestras iglesias, la inspiración eucarística de muchos institutos de vida consagrada, de cofradías y asociaciones, la inocencia de las Primeras Comuniones y la esperanza serena del Viático, la contemplación mística de nuestros santos y el testimonio de nuestros mártires por la Eucaristía.

En la parábola de la levadura (cf Mt 13,33) Jesucristo evoca lo que había visto desde niño en Nazaret cuando su Madre preparaba el pan para el hogar. A María acudimos también nosotros como hijos para que nos enseñe a desear y saborear el Pan de la Vida que ha bajado del cielo y que se encamó en Ella. La Madre de Jesús mantuvo unidos a los discípulos en la oración y en la espera de Pentecostés. Según la venerable tradición del Pilar de Zaragoza, la Virgen animó al apóstol Santiago a seguir el camino evangelizador en nuestra tierra. Que Santa María interceda por nosotros para que no desfallezcamos en el camino.

A vosotros, jóvenes, que "sois valientes" (Cf 1 Jn 2,14) y tenéis espíritu de caminantes, los obispos os invitamos a participar en el encuentro europeo que tendrá lugar aquí mismo el próximo mes de agosto, como aquella histórica Jornada Mundial de la Juventud con el Papa en el Monte del Gozo. Que esta peregrinación sea un nuevo estímulo para vivir mejor la Eucaristía: participad cristianamente en la celebración del Domingo, comulgad bien preparados por el sacramento de la Reconciliación, experimentad la cercanía y amistad de Jesús en la oración ante el Sagrario, y sed signos del amor de Cristo en el compromiso con los necesitados.

Todos, como pueblo de Dios, alimentados con el Pan de la vida eterna, con la misión de ser nuevos evangelizadores en el umbral del tercer milenio, continuemos proclamando con esperanza, como los peregrinos a Santiago: "Más allá, más arriba", "E-ultr-eia, E-sus-eia".