Santo Padre Benedicto XVI
|
|
Audiencia
General |
Miércoles, 25 de enero de 2006 |
Oración del Rey
Queridos hermanos y hermanas:
1. Concluye hoy la Semana de oración por la unidad de los cristianos,
durante la cual hemos reflexionado en la necesidad de pedir constantemente
al Señor el gran don de la unidad plena entre todos los discípulos de
Cristo. En efecto, la oración contribuye de modo esencial a hacer más
sincero y fructífero el compromiso ecuménico común de las Iglesias y comunidades
eclesiales.
En este encuentro queremos reanudar la meditación sobre el salmo 143,
que la liturgia de las Vísperas nos propone en dos momentos distintos
(cf. vv. 1-8 y vv. 9-15). Tiene el tono de un himno; y también en
este segundo movimiento del salmo entra en escena la figura del "Ungido",
es decir, del "Consagrado" por excelencia, Jesús, que atrae a todos hacia
sí para hacer de todos "uno" (cf. Jn 17, 11. 21). Con razón,
la escena que dominará el canto estará marcada por la prosperidad y la
paz, los símbolos típicos de la era mesiánica.
2. Por esto, el cántico se define como "nuevo", término que en el
lenguaje bíblico no indica tanto la novedad exterior de las palabras,
cuanto la plenitud última que sella la esperanza (cf. v. 9). Así pues,
se canta la meta de la historia, en la que por fin callará la voz del
mal, que el salmista describe como "falsedades" y "jurar en falso", expresiones
que aluden a la idolatría (cf. v. 11).
Pero después de este aspecto negativo se presenta, con un espacio mucho
mayor, la dimensión positiva, la del nuevo mundo feliz que está a punto
de llegar. Esta es la verdadera shalom, es decir, la "paz" mesiánica,
un horizonte luminoso que se articula en una sucesión de escenas de vida
social: también para nosotros pueden convertirse en auspicio de
la creación de una sociedad más justa.
3. En primer lugar está la familia (cf. v. 12), que se basa en la
vitalidad de la generación. Los hijos, esperanza del futuro, se comparan
a árboles robustos; las hijas se presentan como columnas sólidas que sostienen
el edificio de la casa, semejantes a las de un templo. De la familia se
pasa a la vida económica, al campo con sus frutos conservados en silos,
con las praderas llenas de rebaños que pacen, con los bueyes que avanzan
en los campos fértiles (cf. vv. 13-14).
La mirada pasa luego a la ciudad, es decir, a toda la comunidad civil,
que por fin goza del don valioso de la paz y de la tranquilidad pública.
En efecto, desaparecen para siempre las "brechas" que los invasores abren
en las murallas de las plazas durante los asaltos; acaban las "incursiones",
que implican saqueos y deportaciones, y, por último, ya no se escucha
el "gemido" de los desesperados, de los heridos, de las víctimas, de los
huérfanos, triste legado de las guerras (cf. v. 14).
4. Este retrato de un mundo diverso, pero posible, se encomienda
a la obra del Mesías y también a la de su pueblo. Todos juntos, bajo la
guía del Mesías Cristo, debemos trabajar por este proyecto de armonía
y paz, cesando la acción destructora del odio, de la violencia, de la
guerra. Sin embargo, hay que hacer una opción, poniéndose de parte del
Dios del amor y de la justicia.
Por esto el Salmo concluye con las palabras: "Dichoso el pueblo
cuyo Dios es el Señor". Dios es el bien de los bienes, la condición de
todos los demás bienes. Sólo un pueblo que conoce a Dios y defiende los
valores espirituales y morales puede realmente ir hacia una paz profunda
y convertirse también en una fuerza de paz para el mundo, para los demás
pueblos. Y, por tanto, puede entonar con el salmista el "cántico nuevo",
lleno de confianza y esperanza. Viene espontáneamente a la mente la referencia
a la nueva alianza, a la novedad misma que es Cristo y su Evangelio.
Es lo que nos recuerda san Agustín. Leyendo este salmo, interpreta también
las palabras: "tocaré para ti el arpa de diez cuerdas". El
arpa de diez cuerdas es para él la ley compendiada en los diez mandamientos.
Pero debemos encontrar la clave correcta de estas diez cuerdas, de estos
diez mandamientos. Y, como dice san Agustín, estas diez cuerdas, los diez
mandamientos, sólo resuenan bien si vibran con la caridad del corazón.
La caridad es la plenitud de la ley. Quien vive los mandamientos como
dimensión de la única caridad, canta realmente el "cántico nuevo". La
caridad que nos une a los sentimientos de Cristo es el verdadero "cántico
nuevo" del "hombre nuevo", capaz de crear también un "mundo nuevo". Este
salmo nos invita a cantar "con el arpa de diez cuerdas" con corazón nuevo,
a cantar con los sentimientos de Cristo, a vivir los diez mandamientos
en la dimensión del amor, contribuyendo así a la paz y a la armonía del
mundo (cf. Esposizioni sui salmi, 143, 16: Nuova Biblioteca
Agostiniana, XXVIII, Roma 1977, p. 677).
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española,
en particular al grupo de la fundación Interfamilias, así como a las demás
personas venidas de España y Latinoamérica. En el día que se clausura
la Semana de oración por la unidad de los cristianos, invito a todos a
unirse con sus plegarias, para que se cumpla el deseo de Jesús:
"que todos sean uno". Muchas gracias por vuestra visita.
(En polaco)
Saludo a todos los participantes en esta audiencia procedentes de Polonia
y de los diversos países. Hoy, en la fiesta de la Conversión de San Pablo
Apóstol, se publicará mi primera encíclica: "Dios es amor". Que
su lectura refuerce vuestra fe, os ayude a amar más intensamente a Dios
y a realizar actos de caridad hacia el prójimo. Que Dios os bendiga.
(En italiano)
Mi pensamiento va por último a los jóvenes, a los enfermos y
a los recién casados. Entre los jóvenes recuerdo en particular
a los estudiantes del instituto "Leopardi" de San Benedetto del Tronto,
acompañados por su obispo, mons. Gervasio Gestori, y a los alumnos de
la escuela pontificia "Pío IX" de Roma. A ejemplo del apóstol Pablo, cuya
conversión recordamos hoy, invito a todos a vivir con autenticidad la
vocación cristiana. Que el Señor os bendiga a todos.
Optimizado para
IExplorer 800x600 - © Copyright, Conferencia Episcopal Española
|