Mensaje del Santo Padre
Benedicto XVI |
Al Cardenal Severino
Poletto
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Con ocasión de la XX Edición
de los Juegos Olímpicos Invernales
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Vaticano, 29 de noviembre de 2005
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Al venerado hermano
Cardenal SEVERINO POLETTO
Arzobispo de Turín (Italia)
Con gran solicitud pastoral usted ha pedido a algunos presbíteros
que pongan en marcha iniciativas espirituales apropiadas con ocasión de
la XX edición de los Juegos olímpicos invernales, que tendrán lugar en
febrero de 2006 en Turín y en otras localidades de la región, implicando
a las poblaciones de las diócesis de Turín, Susa y Pinerolo. Con motivo
de este importante acontecimiento acudirán de todas las partes del mundo
numerosos atletas, dirigentes deportivos y asistentes, así como muchos
agentes de los medios de información. Además, en la solemnidad de la Inmaculada
Concepción de la santísima Virgen María, usted, venerado hermano, presidirá
una especial celebración eucarística en el palacio de deportes de Turín,
durante la cual se presentará la antorcha que todo este año ha permanecido
encendida en el santuario diocesano de la Consolata. Precisamente por
eso, en preparación de las Olimpíadas, la fecha del 8 de diciembre reviste
también el significado de una fiesta, denominada "Una luz para el deporte".
Para los cristianos, la referencia a la luz remite al Verbo encarnado,
luz del mundo que ilumina al hombre en todas sus dimensiones, incluida
la deportiva. No hay nada humano, excepto el pecado, que el Hijo de Dios,
al encarnarse, no haya valorizado. "Trabajó con manos de hombre, pensó
con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón
de hombre", como recordó también, hace cuarenta años, el concilio Vaticano
II en la Gaudium
et spes (n. 22). Entre las diferentes actividades humanas, está
la deportiva, que también debe ser iluminada por Dios, mediante Cristo,
para que los valores que expresa se purifiquen y eleven, tanto a nivel
individual como colectivo.
Aseguro desde ahora mi recuerdo en la oración, a fin de que los próximos
Juegos olímpicos constituyan para los creyentes una circunstancia oportuna
para reflexionar, como el apóstol san Pablo sugería a los cristianos de
Corinto, sobre las indicaciones que el deporte puede ofrecer con vistas
a la lucha espiritual (cf. 1 Co 9, 24-27). Ojalá que las próximas
manifestaciones olímpicas sean también para todos un signo elocuente de
amistad y contribuyan a consolidar entre los pueblos relaciones de entendimiento
solidario.
¿Cómo no reconocer cuán necesario es todo esto en nuestros días, en los
que la humanidad está marcada por muchas tensiones y anhela construir
un futuro de auténtica paz? Invoco la intercesión celestial de María Inmaculada,
para que la luz de Cristo, que ella refleja perfectamente con toda su
existencia, ilumine el corazón de los que, de diferentes modos, participarán
en las Olimpíadas. A ellos, así como a usted, venerado hermano, a monseñor
Alfonso Badini Confalonieri, obispo de Susa, a monseñor Piergiorgio Debernardi,
obispo de Pinerolo, y a las respectivas comunidades diocesanas, imparto
de corazón la implorada bendición apostólica.

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