Carta del Santo Padre Benedicto
XVI |
Al Prefecto de la Congregación
para los Institutos de
Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica
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Con ocasión de la Plenaria de la Congregación
para los Institutos de Vida Consagrada y
las Sociedades de Vida Apostólica
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Castelgandolfo, 27 de septiembre de 2005
Memoria de San Vicente de Paúl |
Venerado hermano
Mons. FRANC RODÉ
Prefecto de la Congregación
para los institutos de vida consagrada
y las sociedades de vida apostólica
Con ocasión de la plenaria de esa Congregación, de buen grado dirijo mi
saludo cordial a todos los que participan en ella. En particular, lo saludo
a usted, al secretario y a cuantos trabajan en el dicasterio que usted
preside. Uno a mi saludo la expresión de mi gratitud y de mi alegría:
gratitud, porque conmigo compartís la atención y el servicio a las personas
consagradas; alegría, porque a través de vosotros sé que me dirijo al
mundo de las mujeres y de los hombres consagrados que siguen a Cristo
por el camino de los consejos evangélicos y del respectivo carisma particular
sugerido por el Espíritu.
La historia de la Iglesia está marcada por las intervenciones del Espíritu
Santo, que no sólo la ha enriquecido con los dones de sabiduría, profecía
y santidad, sino que también la ha dotado de formas siempre nuevas de
vida evangélica a través de la obra de fundadores y fundadoras que han
transmitido su carisma a una familia de hijos e hijas espirituales. Gracias
a ello, hoy, en los monasterios y en los centros de espiritualidad, monjes,
religiosos y personas consagradas ofrecen a los fieles oasis de contemplación
y escuelas de oración, de educación en la fe y de acompañamiento espiritual.
Pero, sobre todo, continúan la gran obra de evangelización y de testimonio
en todos los continentes, hasta la vanguardia de la fe, con generosidad
y, a menudo, con el sacrificio de la vida hasta el martirio. Muchos de
ellos se dedican totalmente a la catequesis, a la educación, a la enseñanza,
a la promoción de la cultura y al ministerio de la comunicación. Están
junto a los jóvenes y sus familias, a los pobres, a los ancianos, a los
enfermos y a las personas solas. No existe ámbito humano y eclesial donde
no estén presentes de modo a menudo silencioso, pero siempre activo y
creativo, casi como una continuación de la presencia de Jesús, que pasó
haciendo el bien a todos (cf. Hch 10, 38). La Iglesia
da gracias por el testimonio de fidelidad y de santidad dado por tantos
miembros de los institutos de vida consagrada, por la oración incesante
de alabanza y de intercesión que se eleva de sus comunidades, y por su
vida gastada al servicio del pueblo de Dios.
Ciertamente, no faltan pruebas y dificultades en la vida consagrada de
hoy, así como en los otros sectores de la vida de la Iglesia. "El gran
tesoro del don de Dios -habéis recordado al final de la precedente plenaria-
se halla en frágiles vasijas de barro (cf. 2 Co 4, 7) y el misterio
del mal acecha también a quienes dedican a Dios toda su vida" (Caminar
desde Cristo, 11). Más bien que enumerar las dificultades que
encuentra hoy la vida consagrada, quisiera confirmar a todos los consagrados
y consagradas la cercanía, la solicitud y el amor de toda la Iglesia.
La vida consagrada, al inicio del nuevo milenio, tiene ante sí desafíos
formidables, que sólo puede afrontar en comunión con todo el pueblo de
Dios, con sus pastores y con el pueblo de los fieles. En este contexto
se inserta la atención de la plenaria de la Congregación para los institutos
de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, que afronta tres
temáticas bien precisas.
La primera se refiere al ejercicio de la autoridad. Se trata de
un servicio necesario y valioso, para asegurar una vida auténticamente
fraterna, en la búsqueda de la voluntad de Dios. En realidad, es el mismo
Señor resucitado, nuevamente presente entre los hermanos y las hermanas
reunidos en su nombre (cf. Perfectae
caritatis, 15), quien indica el camino por recorrer. Solamente
si el superior, por su parte, vive en obediencia a Cristo y en sincera
observancia de la regla, los miembros de la comunidad pueden ver claramente
que su obediencia al superior no sólo no es contraria a la libertad de
los hijos de Dios, sino que además la hace madurar en conformidad con
Cristo obediente al Padre (cf. ib.,
14).
El otro tema elegido para la plenaria concierne a los criterios
de discernimiento y aprobación de nuevas formas de vida consagrada. "El
juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable ―recuerda
la constitución dogmática Lumen
gentium, hablando de los carismas en general― pertenece a quienes tienen la autoridad
en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu,
sino probarlo todo y retener lo que es bueno" (n. 12). Es lo que tratáis
de hacer también vosotros durante estos días, sin olvidar que vuestro
trabajo valioso y delicado debe desarrollarse en un contexto de acción
de gracias a Dios, que también hoy sigue enriqueciendo con carismas siempre
nuevos a su Iglesia, con la creatividad y la generosidad de su Espíritu.
El tercer tema que habéis afrontado atañe a la vida monástica.
Partiendo de situaciones contingentes, que también requieren concretas
intervenciones sabias e incisivas, vuestra mirada quiere abarcar el vasto
horizonte de esta realidad, que tanto significado ha tenido y tiene en
la historia de la Iglesia. Buscáis los caminos oportunos para impulsar
en el nuevo milenio la experiencia monástica, que la Iglesia necesita
también hoy, porque reconoce en ella el testimonio elocuente del primado
de Dios, constantemente alabado, adorado, servido y amado con toda la
mente, con toda el alma y con todo el corazón (cf. Mt 22, 37).
Por último, me agrada constatar que la plenaria se sitúa en el marco
de la solemne celebración que el dicasterio ha organizado con ocasión
del 40° aniversario de la promulgación del decreto conciliar Perfectae
caritatis sobre la renovación de la vida religiosa. Deseo que
las indicaciones fundamentales dadas entonces por los padres conciliares
para el camino de la vida consagrada sigan siendo también hoy fuente de
inspiración para cuantos consagran su existencia al servicio del reino
de Dios. Me refiero, ante todo, a lo que el decreto Perfectae
caritatis califica como "vitae religiosae ultima norma",
"norma definitiva de la vida religiosa", es decir, "el seguimiento de
Cristo". Una auténtica renovación de la vida religiosa sólo puede darse
tratando de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer
nada al único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra la esencia
más profunda de todo carisma del fundador o de la fundadora.
Otra indicación de fondo que el Concilio dio es la de la entrega generosa
y creativa de sí a los hermanos, sin ceder jamás a la tentación de encerrarse
en sí mismos, sin conformarse jamás con lo conseguido y sin abandonarse
al pesimismo y al cansancio. El fuego del amor, que el Espíritu infunde
en los corazones, impulsa a interrogarse constantemente sobre las necesidades
de la humanidad y sobre cómo afrontarlas, sabiendo bien que sólo quien
reconoce y vive el primado de Dios puede afrontar realmente las verdaderas
necesidades del hombre, imagen de Dios.
Quisiera recoger aún una indicación entre las muchas significativas dadas
por los padres conciliares en el decreto Perfectae
caritatis: el empeño que la persona consagrada debe poner
en cultivar una sincera vida de comunión (cf. n. 15), no sólo dentro de
cada una de las fraternidades, sino también con toda la Iglesia, porque
los carismas deben custodiarse, profundizarse y desarrollarse constantemente
"en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne" (Mutuae
relationes, 11).
Estos son los pensamientos que me urge confiar a vuestra reflexión sobre
los temas afrontados por los trabajos de la plenaria. Os acompaño con
la oración y, a la vez que sobre vosotros y sobre vuestra actividad invoco
la ayuda de Dios y la protección de la Virgen santísima, como prenda de
mi afecto, a cada uno envío mi bendición.
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