Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años se concluía el concilio ecuménico Vaticano II, cuya
rica enseñanza abarca numerosos campos de la vida eclesial. En particular,
la constitución pastoral Gaudium
et spes realizó un atento análisis de la compleja realidad del
mundo contemporáneo, buscando los modos más adecuados para llevar a los
hombres de hoy el mensaje evangélico. Con ese fin, acogiendo la invitación
del beato Juan XXIII, los padres conciliares se esforzaron por escrutar
los signos de los tiempos, interpretándolos a la luz del Evangelio, para
brindar a las nuevas generaciones la posibilidad de responder adecuadamente
a los interrogantes perennes sobre el sentido de la vida presente y futura,
y sobre el planteamiento correcto de las relaciones sociales (cf. Gaudium
et spes, 4). Entre los signos de los tiempos reconocibles hoy
se pueden incluir ciertamente las migraciones, un fenómeno que a lo largo
del siglo recién concluido asumió una configuración, por decirlo así,
estructural, transformándose en una característica importante del mercado
del trabajo a nivel mundial, como consecuencia, entre otras cosas, del
fuerte impulso ejercido por la globalización. Naturalmente, en este "signo
de los tiempos" confluyen diversos componentes. En efecto, comprende las
migraciones internas y las internacionales, las forzadas y las voluntarias,
las legales y las irregulares, también sujetas a la plaga del tráfico
de seres humanos. Y no se puede olvidar la categoría de los estudiantes
extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el mundo.
Con respecto a los que emigran por motivos económicos, cabe destacar el
reciente hecho de la "feminización" del fenómeno, es decir, la creciente
presencia en él de la mujer. En efecto, en el pasado, quienes emigraban
eran sobre todo los hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres; sin
embargo, entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar a sus respectivos
maridos o padres, o para reunirse con ellos donde se encontraban ya. Hoy,
aun siendo todavía numerosas esas situaciones, la emigración femenina
tiende a ser cada vez más autónoma: la mujer cruza por sí misma
los confines de su patria en busca de un empleo en el país de destino.
Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido en la principal
fuente de ingresos para su familia. De hecho, la presencia femenina se
da sobre todo en los sectores que ofrecen salarios bajos. Por eso, si
los trabajadores emigrantes son particularmente vulnerables, entre ellos
las mujeres lo son más aún. Los ámbitos de empleo más frecuentes para
las mujeres son, además de los quehaceres domésticos, la asistencia a
los ancianos, la atención a las personas enfermas y los servicios relacionados
con el hospedaje en hoteles. En estos campos los cristianos están llamados
a manifestar su compromiso en favor del trato justo a la mujer emigrante,
del respeto a su feminidad y del reconocimiento de sus derechos iguales.
No se puede por menos de mencionar, en este contexto, el tráfico de seres
humanos, sobre todo de mujeres, que prospera donde son escasas las oportunidades
de mejorar la propia condición de vida, o simplemente de sobrevivir. Al
traficante le resulta fácil ofrecer sus "servicios" a las víctimas, que
con frecuencia no albergan ni la más mínima sospecha de lo que deberán
afrontar luego. En algunos casos, hay mujeres y muchachas que son destinadas
a ser explotadas, en el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso
en la industria del sexo. Al no poder profundizar aquí el análisis de
las consecuencias de esa migración, hago mía la condena que expresó Juan
Pablo II contra "la difundida cultura hedonista y comercial que promueve
la explotación sistemática de la sexualidad" (Carta
a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 5). Aquí se halla todo
un programa de redención y liberación, del que los cristianos no pueden
desentenderse.
Por lo que atañe a la otra categoría de emigrantes, la de los que piden
asilo y de los refugiados, quisiera destacar que en general se suele afrontar
el problema constituido por su ingreso, sin interrogarse también acerca
de las razones que los han impulsado a huir de su país de origen. La Iglesia
contempla este mundo de sufrimiento y de violencia con los ojos de Jesús,
que se conmovía ante el espectáculo de las muchedumbres que andaban errantes
como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 36). Esperanza, valentía, amor
y también "creatividad de la caridad" (Novo
millennio ineunte, 50) deben impulsar el necesario compromiso,
humano y cristiano, para socorrer a estos hermanos y hermanas en sus sufrimientos.
Sus Iglesias de origen deben manifestarles su solicitud con el envío de
asistentes de su misma lengua y cultura, en diálogo de caridad
con las Iglesias particulares de acogida.
Por último, a la luz de los actuales "signos de los tiempos",
merece particular atención el fenómeno de los estudiantes extranjeros.
Su número, también gracias a los "intercambios" entre las diversas universidades,
especialmente en Europa, registra un aumento constante, con los consiguientes
problemas, también pastorales, que la Iglesia no puede descuidar. Esto
vale de modo especial para los estudiantes procedentes de los países en
vías de desarrollo, para los cuales la experiencia universitaria puede
constituir una ocasión extraordinaria de enriquecimiento espiritual.
A la vez que invoco la asistencia divina para quienes, impulsados por
el deseo de contribuir a la promoción de un futuro de justicia y paz en
el mundo, trabajan con empeño en el campo de la pastoral al servicio de
la movilidad humana, envío a todos, como prenda de afecto, una especial
bendición apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2005
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