Queridos hermanos y hermanas:
Después de haber celebrado ayer con solemnidad la Navidad de Cristo, hoy
hacemos memoria del nacimiento de san Esteban, el primer mártir, para
el cielo. Estas dos fiestas están unidas por un vínculo especial, que
la liturgia ambrosiana sintetiza con esta afirmación: "Ayer el Señor nació
en la tierra para que Esteban naciera al cielo" (Al partir el pan).
Del mismo modo que Jesús en la cruz se encomendó totalmente al Padre y
perdonó a los que lo mataban, así san Esteban, en el momento de su muerte,
oró diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Hch 7, 59), y
también: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Hch 7, 60).
San Esteban es un auténtico discípulo de Jesús y un perfecto imitador
suyo. Con él comienza la larga serie de mártires que han sellado su fe
con la entrega de su vida, proclamando con su heroico testimonio que Dios
se hizo hombre para abrir al hombre el reino de los cielos.
En el clima de alegría de la Navidad no está fuera de lugar la referencia
al martirio de san Esteban. En efecto, sobre el pesebre de Belén se cierne
ya la sombra de la cruz. La anuncian la pobreza del establo donde el Niño
da vagidos, la profecía de Simeón sobre el signo de contradicción y sobre
la espada destinada a traspasar el alma de la Virgen, y la persecución
de Herodes, que hará necesaria la huida a Egipto.
No debe asombrar que un día este Niño, ya adulto, pida a sus discípulos
que lo sigan por el camino de la cruz con total confianza y fidelidad.
Atraídos por su ejemplo y sostenidos por su amor, muchos cristianos, ya
en los orígenes de la Iglesia, testimoniaron su fe con el derramamiento
de su sangre. Tras los primeros mártires han seguido otros a lo largo
de los siglos hasta nuestros días.
¡Cómo no reconocer que también en nuestro tiempo, en varias partes del
mundo, profesar la fe cristiana exige el heroísmo de los mártires! ¡Cómo
no decir, además, que por doquier, incluso donde no hay persecución, para
vivir con coherencia el Evangelio hace falta pagar un alto precio!
Contemplando al Niño divino entre los brazos de María
y viendo el ejemplo de san Esteban, pidamos a Dios la gracia de vivir
con coherencia nuestra fe, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el
que nos pida razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).
* * * * *
Después del Ángelus
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes
y a cuantos participan en el rezo del Ángelus a través de la radio y la
televisión. Que el misterio del Dios hecho hombre en Belén, que iluminó
la vida del primer mártir, san Esteban, cuya fiesta celebramos hoy, alumbre
nuestro camino para dar testimonio de amor y paz. ¡Felices fiestas!
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