Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años, el 28 de octubre de 1965, se celebró la séptima sesión
del concilio ecuménico Vaticano II. Le siguieron otras tres en rápida
sucesión, y la última, el 8 de diciembre, marcó la clausura del Concilio.
En la fase final de aquel histórico acontecimiento eclesial, que había
comenzado tres años antes, se aprobó la mayor parte de los documentos
conciliares. Algunos de ellos son muy conocidos y se citan a menudo; otros
lo son menos, pero todos merecen ser recordados, porque conservan su valor
y revelan una actualidad que, en ciertos aspectos, incluso ha aumentado.
Hoy quisiera recordar los cinco documentos que el siervo de Dios Papa
Pablo VI y los padres conciliares firmaron aquel 28 de octubre de 1965.
Son: el decreto Christus
Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos; el decreto Perfectae
caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa;
el decreto Optatam
totius, sobre la formación sacerdotal; la declaración Gravissimum
educationis, sobre la educación cristiana; y, por último, la declaración
Nostra
aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones
no cristianas.
Los temas de la formación de los sacerdotes, de la vida consagrada y del
ministerio episcopal fueron objeto de tres Asambleas ordinarias del Sínodo
de los obispos, celebradas respectivamente en 1990, 1995 y 2001, las cuales
recogieron ampliamente y profundizaron las enseñanzas del Vaticano II,
como testimonian las exhortaciones apostólicas postsinodales de mi amado
predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II Pastores
dabo vobis, Vita
consecrata y Pastores
gregis. En cambio, es menos conocido el documento sobre la educación.
Desde siempre la Iglesia está comprometida en la educación de la juventud,
a la que el Concilio reconoció una "importancia fundamental" tanto para
la vida del hombre como para el progreso social (cf. Gravissimum
educationis, Proemio). También hoy, en la época de la comunicación
global, la comunidad eclesial percibe toda la importancia de un sistema
educativo que reconozca el primado del hombre como persona, abierta a
la verdad y al bien. Los primeros y principales educadores son los padres,
ayudados, según el principio de subsidiariedad, por la sociedad civil
(cf. ib., 3). La Iglesia, a la que Cristo encomendó la misión de
anunciar "el camino de la vida" (cf. ib.), siente que tiene una
responsabilidad educativa especial. De diversos modos trata de cumplir
esta misión: en la familia, en la parroquia, a través de asociaciones,
movimientos y grupos de formación y de compromiso evangélico y, de modo
específico, en las escuelas, en los institutos de estudios superiores
y en las universidades (cf. ib., 5-12).
También la declaración Nostra
aetate es de grandísima actualidad, porque se refiere a la actitud
de la comunidad eclesial con respecto a las religiones no cristianas.
Partiendo del principio de que "todos los pueblos forman una única comunidad"
y que la Iglesia tiene "la misión de fomentar la unidad y la caridad"
(n. 1), el Concilio "no rechaza nada de lo que es verdadero y santo" en
las otras religiones y anuncia a todos a Cristo, "camino, verdad y vida",
en quien los hombres encuentran la "plenitud de la vida religiosa" (n.
2). Con la declaración Nostra
aetate, los padres del Vaticano II propusieron algunas verdades
fundamentales: recordaron con claridad el vínculo especial que une a los
cristianos y a los judíos (n. 4), reafirmaron la estima hacia los musulmanes
(n. 3) y los seguidores de las demás religiones (n. 2) y confirmaron el
espíritu de fraternidad universal que prohíbe toda discriminación o persecución
religiosa (n. 5).
Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os invito a releer estos documentos,
os exhorto a orar juntamente conmigo a la Virgen María a fin de que ayude
a todos los creyentes en Cristo a mantener siempre vivo el espíritu del
concilio Vaticano II, para contribuir a instaurar en el mundo la fraternidad
universal que responde a la voluntad de Dios sobre el hombre, creado a
imagen de Dios.
Después del Ángelus
Me es grato saludar cordialmente a los peregrinos de lengua española
presentes en la oración mariana del Ángelus, entre ellos a los participantes
en la procesión del Señor de los Milagros. En particular, saludo a mis
hermanos obispos de España, a las distinguidas autoridades, a los sacerdotes,
a las religiosas Celadoras del Culto Eucarístico y a los fieles, venidos
de Urgell y de Andorra, de Madrid y de Mallorca, que han tenido el gozo
de participar en la beatificación de los sacerdotes José Tapies y seis
compañeros, y de la hermana María de los Ángeles Ginard Martí, que afrontaron
el martirio a causa de la fe en Cristo. Ellos son para todos un verdadero
ejemplo de reconciliación y de amor hasta el extremo, así como un estímulo
para dar un testimonio coherente de la propia fe en la sociedad actual,
con una actitud de paz y de convivencia fraterna.
Optimizado para IExplorer 800x600 - © Copyright, Conferencia Episcopal Española |