Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 1998


EL COMPROMISO CRISTIANO
PRESENCIA DEL ESPÍRITU

Mensaje de los Obispos de la
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Solemnidad de Pentecostés de 1998

Queridos hermanos:

Nuestra palabra va dirigida a todos, pero de una manera especial a los laicos, hombres y mujeres, jóvenes, mayores y niños, que os sentís testigos del Señor y participáis en la vida de la Iglesia, individualmente o asociados y estáis comprometidos para que el Reino de Dios se haga realidad en el mundo.

La Fiesta de Pentecostés podemos decir que es el Día de la Iglesia. Es el día en que sale a la calle en Jerusalén. Y a partir de ese momento se hará presente en los templos y en la familia, en la escuela y en la universidad, en las fábricas, en los talleres, en las oficinas y en el campo y en el mar, en los hospitales, en las cárceles en todos los lugares donde hay un cristiano, un miembro del Pueblo de Dios, con conciencia clara de que la Iglesia, de la que forma parte, es Sacramento universal de Salvación, "Signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad entre los hombres", (LG 1). "La lglesia es a la vez camino y término del designio de salvación. Prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo; realizada en la cruz redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo, como asamblea de todos los redimidos de la tierra. (Cf. Ap 14.4"). (CAT 778).

En este día de Pentecostés, "por la efusión del Espíritu Santo" la Iglesia, como decíamos, comenzó a caminar por la sendas de la Historia. Un grupo de los que oían el primer sermón de Pedro sobre la Resurrección del Señor: "Sepa con certeza toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis", (Hc 2.22.36), se sintieron tocados en el corazón y contestaron a sus palabras: "Hermanos, ¿qué tenemos que hacer?

Ahí empezó todo. Recibieron en el Bautismo el Espíritu Santo prometido y se unieron en comunidad, para escuchar la Palabra, celebrar la Eucaristía, rezar y crecer en el amor y en el servicio. El Espíritu Santo era la luz y la fuerza de aquellas primeros cristianos, que guardaban viva la memoria de Jesús y podían realizar con su presencia las maravillas que hizo el Señor que sobre todo, hacía nuevo su corazón por el amor. (Cf. Jn 14.26; 14.12; Hc 4.8; 3.6; Rom 5.5).

Por todo eso, la Iglesia ha subrayado esta Fiesta de Pentecostés como Día preeminente de los cristianos laicos, el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica.

LAS PRIORIDADES DEL AÑO DEL ESPÍRITU

En el itinerario hacia el Año 2000, la Iglesia con razón pretende y pide que este año 98 vivamos con fuerza "el reconocimiento de la presencia y de la acción del Espíritu Santo", "su presencia santificadora dentro de la comunidad de los discípulos de Cristo", (TMA 46. 44).

En concreto, la "Tertio Millenio Adveniente" nos marca a todos, también a los fieles laicos, objetivos, que es importante tenerlos en cuenta, para cuidarlos en nuestra vida personal y para orientar el camino en los planes pastorales de las Parroquias y en las líneas de trabajo de los Movimientos Apostólicos.

Los hemos concretado en un lema sugerente: El compromiso cristiano, presencia del Espíritu.

1. Comprometidos en renovar la fe en el Espíritu Santo. "El reconocimiento de la presencia y la acción del Espíritu Santo".

Es importante comprometernos en renovar esta fe en la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia y en cada uno de nosotros. La Iglesia es un renovado Pentecostés. Y los bautizados somos "templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros", (Cf. 1 Cor 6.19).

Toda la vida de Jesús, desde la Encarnación (Lc 1.35), hasta la Muerte (Jn 19.30), estuvo animada y sostenida por la fuerza del Espíritu Santo. "Jesús, lleno del Espíritu Santo... era conducido al desierto...", "El Espíritu me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres...", "Se llenó Jesús de gozo en el Espíritu Santo.." (Lc 4.1; 5.18; 1 0.21).

Nos prometió además el Espíritu Santo con su Resurrección: "De lo más profundo de todo aquél que crea en mí, brotarán ríos de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en Él", (Jn 7.37. 40).

Será el Espíritu de la verdad, de la fortaleza, del consuelo, del amor. (Cf. Jn 16.7; 7.13; 15.26). Los Hechos de los Apóstoles, narran la historia de la Primera Iglesia y son el mejor testimonio de cómo el Señor cumplió su palabra enviándoles toda la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

Por eso, este Año del Espíritu Santo es un tiempo de atención especial al Sacramento de la Confirmación, que en la fe de la Iglesia, con la imposición de las manos y la unción del Santo Crisma, nos concede los siete Dones del Espíritu Santo. Dones que nos ayudan a conocer a Dios y reconocerlo como Padre, -temor y piedad-, los que nos facilitan el gusto de Dios y nos adentran en su conocimiento, -sabiduría, ciencia e inteligencia-, y los dones que nos dan luz y coraje, para vivir en cristiano y ayudar a los hermanos, -don de consejo y fortaleza-.

Y con la presencia del Espíritu en nuestra vida sabremos valorar nuestro compromiso y encontrar nuestro puesto en la Iglesia, porque "es el mismo Espíritu, el que según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para bien de la Iglesia". (1 Cor 12.1-11), (TMA 45).

Todos los cristianos estamos llamados a ser hombres y mujeres del Espíritu, que nos dejamos enseñar por su Palabra, santificar por los Sacramentos, animar por la oración y con su ayuda vivimos en un Pentecostés continuado, por la comunión afectiva y comprometida con la Iglesia.

"El reconocimiento de la presencia y la acción del Espíritu Santo".

Es importante comprometernos en renovar esta fe en la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia y en cada uno de nosotros. La Iglesia es un renovado Pentecostés. Y los bautizados somos "templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros", (Cf. 1 Cor 6.19).

Toda la vida de Jesús, desde la Encarnación (Lc 1.35), hasta la Muerte (Jn 19.30), estuvo animada y sostenida por la fuerza del Espíritu Santo. "Jesús, lleno del Espíritu Santo... era conducido al desierto...", "El Espíritu me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres...", "Se llenó Jesús de gozo en el Espíritu Santo.." (Lc 4.1; 5.18; 1 0.21).

Nos prometió además el Espíritu Santo con su Resurrección: "De lo más profundo de todo aquél que crea en mí, brotarán ríos de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en Él", (Jn 7.37. 40).

Será el Espíritu de la verdad, de la fortaleza, del consuelo, del amor. (Cf. Jn 16.7; 7.13; 15.26). Los Hechos de los Apóstoles, narran la historia de la Primera Iglesia y son el mejor testimonio de cómo el Señor cumplió su palabra enviándoles toda la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

Por eso, este Año del Espíritu Santo es un tiempo de atención especial al Sacramento de la Confirmación, que en la fe de la Iglesia, con la imposición de las manos y la unción del Santo Crisma, nos concede los siete Dones del Espíritu Santo. Dones que nos ayudan a conocer a Dios y reconocerlo como Padre, -temor y piedad-, los que nos facilitan el gusto de Dios y nos adentran en su conocimiento, -sabiduría, ciencia e inteligencia-, y los dones que nos dan luz y coraje, para vivir en cristiano y ayudar a los hermanos, -don de consejo y fortaleza-.

Y con la presencia del Espíritu en nuestra vida sabremos valorar nuestro compromiso y encontrar nuestro puesto en la Iglesia, porque "es el mismo Espíritu, el que según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para bien de la Iglesia". (1 Cor 12.1-11), (TMA 45).

Todos los cristianos estamos llamados a ser hombres y mujeres del Espíritu, que nos dejamos enseñar por su Palabra, santificar por los Sacramentos, animar por la oración y con su ayuda vivimos en un Pentecostés continuado, por la comunión afectiva y comprometida con la Iglesia.

2. Comprometidos en la Nueva Evangelizacion. "El Espíritu es también en nuestra época el agente principal de la Evangelización". Anunciar a Jesucristo es el objetivo prioritario de todo el Jubileo 2000. Y no podía ser de otro modo, porque "evangelizar es la gracia y misión de la Iglesia, su identidad más profunda", (EN 14).

El compromiso a esta misión evangelizadora llama a todos, también a los seglares: "Los fieles cristianos, precisamente por ser miembros de la lglesia, tienen como vocación y misión anunciar el Evangelio", (ChL 33)

En la Encíclica "Redemptoris Missio", Juan Pablo II, nos habla de tres situaciones que se dan en el mundo con respeto a la Nueva Evangelización:

  • "Pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales, donde Cristo y su Evangelio no son conocidos... Es la misión ad gentes".

  • "Comunidades cristianas... con fuerza de fe y de vida... que irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal".

  • "Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países de vieja cristiandad... donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen como miembros de la lglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una " nueva evangelización" o " reevangelización", (RM 33)

Los laicos, por propia vocación secular estáis llamados a vivir en el corazón del mundo y en estas situaciones indicadas, (EN 70), lo hacéis, sobre todo, de una manera asociada, que os ayude con el compromiso a ser testigos del Señor y de su Espíritu en los ambientes, donde Cristo no será anunciado sino es por vosotros. Sois protagonistas primeros de esta Nueva Evangelización, la evangelización de la secularidad. El Papa habla de los areópagos modernos, que han de recibir el anuncio del Evangelio: El mundo de la comunicación, con su "nueva cultura", "el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio", (RM 37).

Sin olvidar los lugares permanentes de vuestra presencia: familia, trabajo, diversión, mundo de la política, tareas sindicales, asociaciones civiles, etc. que siempre os necesitan como evangelizadores con vuestra vida y la palabra. Aquí se puede recordar la consigna de los Obispos Españoles: "La nueva evangelización se hará, sobre todo, por los seglares o no se hará", (CLIM 148).

Vuestro compromiso evangelizador y misionero es presencia del Espíritu del Señor en nuestro mundo actual.

3. Comprometidos en redescubrir la virtud de la esperanza. "La actitud fundamental de la esperanza, de una parte mueve al cristiano a no perder de vista la meta final, que da sentido y valor a su entera existencia y de otra parte le ofrece motivaciones sólidas y profundas, para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios", (TMA 46).

En toda la misión evangelizadora, en el compromiso por "buscar el Reino de Dios y su justicia", (Mt 6.33), estamos llamados a ser los hombres y mujeres del espíritu de las Bienaventuranzas, que saben encontrar motivos de esperanza más allá de lo inmediato, de la lógica de los propios esfuerzos. La esperanza teologal nos hace ver el presente proyectado hacia el futuro. La esperanza cristiana encuentra en Dios, en su Espíritu, en el cumplimiento de las promesas, toda la luz y la fuerza necesarias para seguir construyendo el Reino de Dios. Sin el Espíritu se desvanece la esperanza, sin la esperanza se bloquea el compromiso.

A los cristianos que vivimos el día a día, con la experiencia de Dios en el corazón, la esperanza nos hace ver más allá de nuestros propios ojos, nos comunica una fuerza que supera nuestros cálculos. La esperanza nos ayuda a soñar despiertos, nos hace vivir con lucidez en el presente, en el ya, en la historia de cada día, con sus luces y sombras, con la experiencia del pecado personal y colectivo, que retarda la salvación, con los logros y los fracasos. Por la esperanza sabemos que caminamos con el todavía no, hacia "los cielos nuevos y la tierra nueva en la que habita la justicia", (GS 39).

Los cristianos, seglares, sacerdotes y religiosos, sólo podemos medir nuestro compromiso y confiar en nuestros proyectos salvadores, por la calidad de la esperanza, que nos regala el Espíritu del Señor. La Tertio Milenio Adveniente nos recuerda las palabras de San Pablo: "Sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro, interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza", (Rm 8.22.24).

4.- Contemplar e imitar a María en su compromiso. "Mujer dócil a la voz del Espíritu Santo". Así contemplamos a María. Vivió aquél primer Pentecostés y sintió la plenitud del Espíritu Santo, que ya había vivido en los momentos de la Encarnación: "El Espíritu vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra", (Lc 1.35)

Y nos pide la Tertio Milenio Adveniente que contemplemos a María como la mujer del silencio, que escucha la Palabra y la sabe esperar contra toda esperanza. Ella es más que nadie la pobre de Yavé, que se fió de las promesas del Señor, pudo recibir las maravillas de Dios, (Cf. TMA 48) y fue fiel a su compromiso hasta la cruz.

Que la celebración de la Fiesta de Pentecostés nos ayude a preguntarnos como los primeros cristianos: "¿Qué tenemos que hacer?" como creyentes en el Resucitado. Estamos bautizados con el fuego del Espíritu para ser los testigos del Evangelio, que el mundo necesita.

Mons. D. Victorio Oliver Domingo, Obispo de Orihuela-Alicante
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza, Obispo de Salamanca
Mons. D Javier Azagra Labiano, Obispo de Cartagena
Mons. D. Luis Gutiérrez Martín, Obispo de Segovia
Mons. D. José Mª Conget Arizaleta, Obispo de Jaca
Mons. D. Miguel J. Asurmendi Aramendia, Obispo de Vitoria
Mons. D. Francisco J. Ciuraneta Aymí, Obispo de Menorca
Mons. D. Juan García-Santacruz Ortiz, Obispo de Guadix-Baza
Mons. D. Carlos López Hernández, Obispo de Plasencia
Mons. D. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Segorbe-Castellón


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