Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2001


"CRISTIANOS LAICOS,
IGLESIA EN EL MUNDO" (1991-2001)

Mensaje de los Obispos de la
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Solemnidad de Pentecostés, 3de junio de 2001

Queridos hermanos:

La Fiesta de Pentecostés es uno de los días grandes en la memoria y liturgia de la Iglesia. Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, Pedro proclamó solemnemente ese día en Jerusalén, la verdad sobre el misterio  de Cristo: “Sepa con certeza toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado”, (Hch. 2,36). La reacción de los oyentes  fue inmediata: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”. Y, a continuación, recibieron el Bautismo con el don del Espíritu Santo, empezaron a vivir en comunidad, a rezar juntos y celebrar la Eucaristía. De este modo comenzó a manifestarse la Iglesia como “misterio de comunión misionera”.

Por eso Pentecostés es también el  Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Un día para agradecer y valorar la vocación y misión de los laicos, para tomar una conciencia cada vez más clara “no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia”, (Ch.FL 16).

En el día de Pentecostés los Obispos de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar os saludamos a todos: consiliarios, miembros seglares de las Parroquias, militantes de los Movimientos Apostólicos, Asociaciones y Organizaciones de seglares. Y al mismo tiempo que damos gracias al Señor por vuestra vocación y compromiso con la Iglesia, os invitamos a renovar vuestra fidelidad al Señor y que vuestro compromiso en la Iglesia sea para servir a todos los hombres, especialmente a los más necesitados.

"¿Qué hemos de hacer, hermanos?"

Han pasado dos mil años desde que aquellos que asistieron al acontecimiento de Pentecostés se hicieron esta pregunta y se pusieron en camino en todas las direcciones de la rosa de los vientos, llevando la Buena Noticia de Jesús. Y hoy, al comenzar el Nuevo Milenio, Juan Pablo II nos hace la misma pregunta en la Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, 29.

Sabiendo que hay muchas gentes que nos dicen: “Queremos ver a Jesús” (NMI 16), y que eso nos obliga a ser “los primeros contempladores de su rostro”, para poder enseñarlo con nuestra vida y nuestra palabra a los que no lo conocen, el Papa nos señala “algunas prioridades pastorales” para nuestro trabajo apostólico, que vienen precedidas de un fuerte impulso misionero: “Duc in altum”. “Echad vuestras redes para pescar”, (NMI 1).

Y aunque todas las Diócesis animarán la acción pastoral, marcando objetivos, con esta carta programática los Obispos de la CEAS, atentos a la inspiración y fuerza que nos da el Espíritu Santo, queremos subrayar algunas de las consignas de esta Carta, que guardan relación íntima con las  tareas apostólicas de vosotros, cristianos seglares.

La santidad como urgencia pastoral

"Es el momento de proponer de nuevo a todos, con convicción, este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria" (NMI 31), que es la santidad.

El Concilio Vat.II nos habló de la “vocación universal a la santidad” (LG, V). La espiritualidad del Apostolado Seglar, vivida por sus miembros a través de las Organizaciones Laicales, ha dado como fruto la santidad de muchos seglares, en su vida ordinaria de trabajo, profesión, vida familiar y social.

Hemos celebrado, en nuestra Iglesia, la memoria de algunos de nuestros mártires de AC. ¡Qué testimonios y qué patrimonio de fe y vida santas para la Iglesia y las actuales generaciones de laicos cristianos de Acción Católica y de las demás Asociaciones y Movimientos laicales!. Durante el encuentro de Pascua “Sacerdocio y Acción Católica” con la participación de 200 sacerdotes y 37 seminaristas mayores pertenecientes a 48 diócesis, se pudo escuchar emocionadamente el relato de la experiencia y gozo vividos, en Roma, en las diócesis de Valencia, Lleida, especialmente en la Acción Católica, por la beatificación el pasado 11 de marzo de un grupo de hombres y mujeres de Acción Católica que trabajaron por la justicia social hasta el punto de dar sus vidas por Cristo en los años 1936 y 1939.

También, en el reciente Congreso del Laicado Católico, celebrado en Roma, decía el Papa: “Si la fe no se ha borrado de la vida de pueblos enteros, se debe sobre todo al valiente testimonio de los seglares, incluso hasta el martirio”, (Vaticano 21.XI.2000).

Y al abrirnos a un  nuevo milenio,  la Iglesia nos propone a todos, también a vosotros los seglares, la exigencia de la santidad. El don de la santidad que se nos confiere en el Bautismo es una exigencia y un compromiso de santidad. Por eso “ es una contradicción conformarse con una vida mediocre, vivida según una   ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntarle a un catecúmeno: ¿quieres recibir el Bautismo?, significa, al mismo tiempo preguntarle: ¿quieres ser santo?” (NMI 31).  Los caminos de la santidad están en la Iglesia abiertos a todos los bautizados  y cada cristiano los hace suyos, si quiere vivir “la plenitud de la vida cristiana y la perfección en el amor”  (LG 40).

Las Parroquias y los Movimientos Apostólicos de laicos han de proponer la santidad, como una “prioridad pastoral” y han de animar con todas sus posibilidades la “pedagogía de la santidad”, procurando que “todas las comunidades sean escuelas auténticas de oración” y trabajando porque todos sus miembros se eduquen en el “arte de la oración” personal y comunitaria. Una oración que les lleve al “al encuentro con Cristo, no sólo en la petición, sino en la acción de gracia, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto, hasta ‘el arrebato del corazón’”.

Y dentro de esta pedagogía de la santidad, que valora en todo momento la “primacía de la gracia”, queriendo vivir la presencia del Resucitado, hemos de ser fieles a la Eucaristía Dominical, al Sacramento de la Reconciliación, a la escucha y el anuncio de la Palabra. Los cristianos que no cuiden la oración “ante tantos modos con que el mundo de hoy pone a prueba nuestra fe, no sólo serán cristianos mediocres, sino ‘cristianos en riesgo’” (NMI 34).

Vocaciones y Asociaciones Laicales

La Iglesia valora en toda su originalidad las distintas vocaciones que configuran el misterio de comunión eclesial, pero, en la perspectiva del nuevo milenio, nos invita a tener una mirada muy atenta y a señalar entre  las prioridades pastorales la promoción de las vocaciones laicales  y sus asociaciones. “En particular, es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales, a buscar el reino de Dios ocupándose las realidades temporales y ordenándolas, según Dios, y a llevar a cabo “en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde... con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres” (NMI 46).

Todos los cristianos estamos llamados a la santidad y tenemos la misma dignidad, porque las notas comunes a todos los bautizados,  como don de santidad, son: la incorporación a Cristo por el Bautismo, la pertenencia al Pueblo de Dios y la participación en la triple función de Cristo: profética, real, sacerdotal.   Pero la nota específica de los laicos es su carácter secular, vivir en el mundo, ordenando los asuntos temporales y vivir allí su vocación a la santidad. “El mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los laicos” (Ch. FL 14, 15). “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y la guía de las más variadas tareas pastorales, deben ejercer por lo mismo una singular forma de evangelización” (EN 70).

El Concilio Vaticano II (AA 20), recomienda con todo encarecimiento estas instituciones, que responden ciertamente a las necesidades del apostolado de la Iglesia en muchas naciones, e invita a los sacerdotes y a los seglares, que trabajan en ellas, a que hagan cada vez más efectivas las notas... (1ª. Fin apostólico de la Iglesia. 2ª. Protagonismo de los laicos. 3ª Unidos a manera de cuerpo orgánico y 4ª. Bajo la superior dirección de la Jerarquía), y cooperen siempre fraternalmente en la Iglesia con todas las otras formas de apostolado.

Por este motivo, el mismo Concilio, en el Decreto sobre el Ministerio Pastoral de los Obispos, dice. “Urjan con solicitud el deber que tienen los fieles de ejercer el apostolado cada uno según su condición y aptitud, y recomiéndenles que tomen parte y colaboren en los diversos campos del apostolado seglar, sobre todo en la Acción Católica” (CD, 16).

A los diez años de la aprobación por la Asamblea Plenaria del Episcopado Español del documento  “los Cristianos Laicos, Iglesia en el Mundo”, la Acción Católica sigue colaborando estrechamente unida al ministerio pastoral en cada Iglesia particular y en la Iglesia en España, siguiendo la inciativa del Santo Padre, en su Exhortación Apostólica “Christifideles laici, 31”, que recoge la doctrina conciliar. Todos los que militan en estos Movimientos deben sentir el mayor apoyo y cercanía de sus propios obispos.

El Concilio Vaticano II, cuando ve en el apostolado asociado un “signo de comunión y de la unidad de la Iglesia de Cristo” (CL 31), nos descubre que hay que hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo (NMI 43). Y, tiene gran importancia para la comunión el deber, y en la misma Carta Apostólica se nos invita a “promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en la más nuevas los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es  don de Dios  constituyendo una auténtica primavera del Espíritu... Una atención especial se ha de prestar, también, a la Pastoral de la familia...” (NMI 46,47).

Testigos del amor

Como no puede ser de otro modo las comunidades y los cristianos, que quieran transparentar en su vida el misterio de Cristo, tienen que ser testigos del amor: “Que como yo os he amado, así os améis, también, los unos a los otros” (Jn. 13.34).

Y porque la Iglesia está llamada  a  ser “signo e instrumento de la íntima comunión con Dios y de la unidad del género humano”, ésta Carta nos pide que trabajemos para: “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). Un objetivo para la vida de nuestras organizaciones laicales y para cada uno de los laicos cristianos: Que vivamos la comunión, que la enseñemos con todas nuestras actitudes, preferencias, valoraciones, palabras y gestos. Casa y escuela: vivirla en el corazón y enseñarla siempre. La Carta nos describe el itinerario de la comunión.

Como principio educativo, antes de proponer ninguna iniciativa, hemos de proponer una espiritualidad de comunión.

— Que nuestra fe en la Trinidad nos ayude a entender y vivir la comunión con todos los hombres: "Que ellos sean uno, para que el mundo crea", (Jn 17,21).

Que en la unidad profunda del Cuerpo Místico, veamos en el hermano de fe “uno que me pertenece”. Esta visión de fe enriquecerá todas las  relaciones con los otros cristianos y grupos eclesiales.

Que descubramos todo lo positivo que hay en el otro y lo lleguemos a entender “como un don para mí”,  alguien que me ayuda con su presencia y lo bueno de su vida.

Esta comunión  me lleva a ayudar siempre a los otros a llevar sus cargas, a crecer en la relación con “un amor activo y concreto a cada persona”, despertando en la Iglesia “una nueva imaginación de la caridad”.

Y dentro de esta espiritualidad de comunión se nos compromete a animar todos los Organismos de Comunión, entre ellos el más inmediato a nuestra vida apostólica, que es el Consejo de Pastoral, en el que nos encontramos sacerdotes, religiosos y laicos y nos educamos y construimos  la comunión, escuchándonos, valorando a los otros, discrepando, manteniendo siempre el dialogo de la unidad que edifica a la Iglesia.

Y en este camino es muy importante que valoremos también, una ascética de comunión, que nos ayuda a poner el esfuerzo de cada día para que los sentimientos, las actitudes, opciones, palabras, el deseo de compartir, el ejercicio de la reconciliación, el compromiso por la paz y la justicia, en una educación y opción permanentes, nos haga ser siempre testigos y artífices de la comunión.

Y no podemos terminar este saludo de Pentecostés, sin recordar con gratitud a vuestras familias que colaboran estrechamente con vosotros. Al mismo tiempo agradecemos a los  Consiliarios y sacerdotes que os acompañan,  que sigan en ese servicio tan callado y tan necesario. Y para todos vosotros cristianos laicos, que estáis comprometidos en la Iglesia y en el mundo, pedimos la presencia del Espíritu Santo, para que todos podamos ser, como se nos pedía en el Congreso del Laicado Católico “Testigos de Cristo en el Nuevo Milenio”.

Contando en todo momento con la ayuda de Santa María, la Estrella de la Nueva Evangelización. Un fuerte abrazo,

Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Presidente
Mons Braulio RODRÍGUEZ PLAZA, Obispo de Salamanca

Vicepresidente
Mons. Juan Antonio REIG PLÁ, Presidente de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida

Vocales
Mons. José Mª CONGET ARIZALETA, Obispo de Jaca
y Consiliario de la Acción Católica

Mons. Juan José OMELLA OMELLA, Obispo de Barbastro-Monzón
y Consiliario de la Acción Católica

Mons. Francisco J. CIURANETA AYMÍ, Obispo de Lleida
y vocal de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida

Mons. Javier MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, Obispo de Córdoba y
vocal de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida

Mons. Antonio ALGORA HERNANDO, Obispo de Teruel y Albarracín
y responsable de Pastoral Obrera

Mons. Juan GARCÍA SANTACRUZ ORTÍZ, Obispo de Guadix
y responsable del Foro de Laicos

Mons. César Augusto FRANCO MARTÍNEZ, Obispo auxiliar de Madrid
y responsable de Pastoral de Juventud

Mons. Alfonso MILIÁN SORRIBAS, Obispo auxiliar de Zaragoza

Mons. Casimiro LÓPEZ LLORENTE, Obispo de Zamora


Optimizado para IExplorer 800x600 - © Copyright, Conferencia Episcopal Española