| Día
de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2002 |
Mensaje
de los Obispos de la
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar Solemnidad de Pentecostés, 19 de mayo de 2002
La situación de la pobreza de todo tipo, en la que malviven millones de seres humanos y, al mismo tiempo, la cercanía y el amor desinteresado de tantos fieles laicos, que diariamente entregan sus vidas por amor a Cristo al servicio de los más necesitados, hacen crecer la esperanza de que el Reino de Dios está actuando en nuestro mundo. En efecto, “la Iglesia sabe bien que ninguna realidad temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva” (SRS 48). La contemplación de la realidad nos dice que existen millones de hombres y mujeres, jóvenes, adultos y niños que, teniendo derecho a los bienes y servicios necesarios para vivir dignamente, no pueden utilizarlos. En la actualidad existen en el mundo más de 1500 millones de pobres de solemnidad, es decir, que no llegan con sus ingresos al mínimo indispensable para vivir dignamente. Tienen que resolver sus problemas con menos de un dólar por día. A estos hay que sumar los 1000 millones de analfabetos, los 800 millones que sufren desnutrición y los 750 millones que no disponen de servicios sanitarios. ¿Qué deben hacer los fieles cristianos laicos? ¿Es Posible cambiar esta sangrante realidad? Cada fiel laico debe ser consciente que, como miembro de la Iglesia, se le ha confiado una tarea original insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos (cf CFL 28). Pero la comunión eclesial ya presente y operante en la acción personal de cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar asociado de los fieles laicos (Cf. CFL 29). De modo que el apostolado seglar asociado, en general, y los movimientos de Acción Católica en particular, en su acción solidaria pueden participar responsablemente en la vida y misión de la Iglesia. Se trata de “comprometerse en una presencia la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre” (CFL 30). En este sentido, los movimientos y asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad. Las cifras anteriormente reseñadas, que narran la realidad de la pobreza, pueden parecer frías y no decir nada, si detrás de las mismas no se percibe el rostro envejecido y la mirada triste de un ser humano con la misma dignidad y con los mismos derechos, que cada uno de nosotros. Estas cifras señalan una desigualdad injusta y homicida y constituyen una vergüenza para la conciencia de cualquier ser humano civilizado, pues los bienes que Dios ha puesto a disposición de la humanidad no están al alcance de todos. Como consecuencia de ello, una gran parte de la humanidad no puede llevar una vida digna y tiene graves dificultades para cumplir con el mandato dado por Dios de crecer y dominar la tierra. Con frecuencia se ha mirado la pobreza sólo desde el punto de vista material y no se ha prestado la debida atención a la pobreza cultural, que se concreta en el analfabetismo; a la pobreza espiritual, que nace de la falta de libertad religiosa y a la pobreza política, que impide a muchos ciudadanos participar activamente en la construcción de la propia nación. Hablando de pobrezas, “¿cómo no hemos de pensar en la persistente difusión de la indiferencia religiosa y del ateísmo en sus más diversas formas, particularmente en aquella –hoy quizá más difundida- del secularismo? (...) El hombre arranca las raices religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar a los más diversos ídolos” (CFL 4). A estas formas de pobreza hay que sumar las llamadas "nuevas pobrezas", como pueden ser "la drogadicción, el sida, el abandono de los mayores, la marginación y discriminación social" (Plan Past. CEE. n. 57). Al intentar analizar las causas de la pobreza, nadie se siente aludido. Los culpables son siempre los otros. Suele decirse que las situaciones de pobreza son un resultado de la negligencia de los países pobres, de las catástrofes naturales o de la fatalidad. Sin embargo, cuando se analiza la realidad en toda su profundidad, se comprueba que son fundamentalmente las acciones u omisiones de los países ricos y desarrollados así como las actuaciones de ciertas minorías de los países en vías de desarrollo, las que provocan estas situaciones de indigencia. Por tanto, todos deberíamos hacer un examen de conciencia para descubrir el uso que hacemos de los bienes recibidos de Dios y para asumir nuestra parte de responsabilidad ante la existencia de millones de pobres. El Santo Padre señala que "los responsables de la gestión pública, los ciudadanos de los países ricos, individualmente considerados, especialmente si son cristianos, tienen la obligación moral ‑según el correspondiente grado de responsabilidad‑ de tomar en consideración, en las decisiones personales y de gobierno, esta relación de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su forma de comportarse y la miseria y el subdesarrollo de tantos miles de hombres" (SRS. 9). Ante estas distintas situaciones de pobreza y de miseria, en las que se debaten millones de hermanos, muchos reclaman justicia, pero no es suficiente. Es preciso dar paso a la solidaridad, alimentada por el amor a los semejantes: ''La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por si sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se la permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones" (DM. 12). Además, es preciso tener en cuenta que la solidaridad entre los pueblos y entre las personas no se establece simplemente por el hecho de que exista una interdependencia a nivel mundial, sino por la toma de conciencia de que cualquier persona, que experimente en sus carnes el sufrimiento, es una afrenta para todo el género humano. Lo que da sentido a la solidaridad es la consideración del ser humano como persona y la firme decisión de poner todos los medios a nuestro alcance para superar las causas que provocan, mantienen o acrecientan el dolor de tantos hermanos. La solidaridad, así considerada, implica sacrificio, renuncia a todo egoísmo y actitud de desprendimiento. De lo contrario puede quedarse en un sentimiento filantrópico, superficial y transitorio. Por eso el Papa Juan Pablo II señala que "la solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos". Ciertamente no resulta fácil vivir con esta firme determinación, pero, con la ayuda de la gracia divina, es posible vencer el afán de ganancia y la sed de poder, "estando dispuestos a entregar la vida por los otros en vez de explotarlos y servirlos en lugar de oprimirlos para el propio provecho (Mt. 10, 40‑42; Mc. 10, 42‑45) " (SRS. 38). Los cristianos, cuando contemplamos la virtud de la solidaridad a la luz de la Palabra de Dios, podemos percibir muchos puntos de contacto entre ésta y la caridad. Cuando la solidaridad es contemplada desde la fe se reviste de las dimensiones cristianas de la gratuidad, del perdón y de la reconciliación. Por ello, el ser prójimo de otro lleva consigo no sólo el reconocimiento de la persona como un ser humano con sus derechos y su dignidad, sino la consideración del otro como imagen del Padre, redimido por la sangre de Jesucristo y animado por la fuerza del. Espíritu Santo. En consecuencia, nadie puede ser excluido de nuestro amor. Todos deben ser amados, aunque sean nuestros enemigos, con el mismo amor con el que Dios les ama. Es más, el discípulo de Cristo tiene que estar dispuesto incluso a "dar la vida por los hermanos" (I Jn, 3,16). El discípulo de Jesucristo, atento a todas las situaciones de pobreza y marginación, debe descubrir en los necesitados el rostro de Cristo sufriente. El mismo Señor nos recuerda que cada vez que damos de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedamos al forastero, vestimos al desnudo o visitamos a los privados de libertad, a El mismo se lo hacemos (Mt. 25, 35‑36). En los pobres hay una presencia especial de Cristo que "impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos" (NMI. 49). Precisamente por esto, además de buscar la eficacia en la atención al necesitado, debemos vivir la cercanía y la solidaridad con el que sufre "para que no vea la ayuda que le prestamos como una limosna humillante sino como un compartir fraterno" (NMI. 50). En nuestros días debemos dar gracias a Dios porque son muchos los cristianos, los grupos y movimientos eclesiales que, impulsados por la fe en Jesucristo, dedican su tiempo a acoger, escuchar y prestar ayuda desinteresada a los más pobres de la sociedad, así como a luchar contra las causas que provocan la pobreza y la injusticia. En este sentido recuerda el Papa a los cristianos la necesidad de "actuar de tal manera con los pobres, en cada comunidad cristiana, que se sientan como en su casa” (NMI. 50). Pero, frente a estos comportamientos solidarios, se percibe con frecuencia en nuestro mundo un afán desmedido de poder y de dinero, que conduce al olvido y la indiferencia ante los derechos, necesidades y problemas de los más pobres. Por ello, la Iglesia en este Día de Pentecostés invita una vez más a los miembros de la iglesia y a los hombres de buena voluntad a revisar su comportamiento con los marginados de la sociedad, desde una actitud de verdadera conversión. Esta conversión debe ir acompañada del firme propósito de compartir los bienes con los necesitados y de participar activamente en la vida social, económica y política, con el fin de encontrar proyectos que eviten formas de explotación mezquina y que conviertan a los seres humanos en meros instrumentos de producción. Para ello no basta la actuación individual; es preciso unir esfuerzos y establecer relaciones con otras personas preocupadas por los problemas de quienes sufren pobreza y marginación social. El análisis de aquellas estructuras sociales contrarias a la voluntad de Dios y a la dignidad de la persona no puede dejar a nadie indiferente. Estas situaciones de pecado están reclamando de los cristianos y de la sociedad en general acciones e iniciativas concretas para remediar los males que provocan, pues no es posible compaginar la fe en Jesucristo con este tipo de estructuras sociales: "No os acomodéis al momento presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rom. 12, 2). El Día de Pentecostés, los Apóstoles recibieron la fuerza del Espíritu Santo que les ayudó a salir de sí mismos, a superar el miedo y a dar testimonio público del Resucitado hasta los confines de la tierra. El mismo Espíritu continúa actuando hoy en la Iglesia y en el corazón de los creyentes, haciéndoles partícipes de la misión profética, sacerdotal y real del Señor Jesús y recordándoles la urgencia de la evangelización. Pero no debemos olvidar que esta evangelización, que es responsabilidad de todos los bautizados, cada uno según su propio carisma y ministerio, comporta "inseparablemente las dimensiones del anuncio, de la celebración y del servicio de la caridad" (Ev.Vitae. 78), ni que, sin ceder nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales, esta vertiente ético-social se propone, sobre todo a los fieles laicos, como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano (cf. NMI 52). Al final de este mensaje en la Solemnidad de Pentecostés, Día del Apostolado Seglar y Día de la Acción Católica, los obispos de la CEAS exhortamos a los fieles cristianos laicos a asociarse en los movimientos apostólicos, pues su carácter comunitario y orgánico consigue mejor un doble objetivo muy necesario para nuestra Iglesia: hacer presente y visible a la Iglesia como comunidad y conseguir una mayor eficacia en el apostolado y en la acción. Es un anhelo del Concilio Vaticano II aún sin conseguir del todo. Comisión Episcopal de Apostolado Seglar Presidente: Vicepresidente: Vocales: |
Optimizado para IExplorer 800x600 - © Copyright,
Conferencia Episcopal Española |