CARTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL SR. CARDENAL
ANTONIO MARÍA ROUCO
ARZOBISPO DE MADRID Y PRESIDENTE
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
1. Con ocasión de las celebraciones que tendrán lugar en Madrid, Burgos y Santiago de Compostela para conmemorar el 50 Aniversario de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA), me es grato hacer llegar un cordial saludo a los Pastores y presbíteros de España, que con esta Institución han mantenido vivo el empuje misionero y el espíritu de solidaridad con otras Iglesias, hermanas del Continente americano en el común compromiso de evangelizar, dando así muestras de la constante vitalidad de las antiguas raíces cristianas de esa Nación. En efecto, esta Obra iniciada hace ahora 50 años por la Conferencia de Metropolitanos de España, puede ser interpretada como la consecuencia natural de una honda conciencia eclesial y, al mismo tiempo, como una respuesta vigorosa a uno de los más urgentes desafíos de nuestra época, cual es la necesidad de tejer vínculos de colaboración y fraternidad entre las personas, los pueblos y las comunidades eclesiales, que se hace aún más apremiante en todo aquello que se refiere a la difusión de la Buena Nueva de Jesucristo.
2. En esta significativa conmemoración, deseo unirme a la acción de gracias al Señor por los más de dos mil sacerdotes de las diócesis españolas que han dedicado buena parte de su vida a colaborar con otras iglesias hermanas, movidos ante todo por la fuerza de su fe en Cristo, cuya novedad y riqueza no pueden esconder ni conservar para sí (cf. Redemptoris missio,11), así como por el aliento y la solicitud pastoral de sus Obispos, conscientes de su responsabilidad común respecto a la Iglesia universal (cf. Lumen gentium, 23; Optatam totius, 10). Su experiencia misionera les ha enriquecido, haciéndoles ver la inconmesurable fuerza salvadora del Evangelio en situaciones a veces inéditas e insospechadas para ellos, convirtiéndoles después, con frecuencia, en agentes de renovación en sus propias comunidades de origen, a las que pueden aportar perspectivas de formas de expresión de fe y de vida cristiana nacidas en el corazón creyente del Continente americano. Además, los estrechos vínculos culturales e históricos que unen a las Iglesias particulares de España con aquellas de Hispanoamérica, hacen de la colaboración sacerdotal y apostólica entre ellas un signo del particular compromiso adquirido desde el momento de la primera evangelización de América, al que han respondido generosamente los innumerables sacerdotes, personas consagradas y laicos que han acompañado el crecimiento de la fe de sus hermanos americanos a través de los siglos. Las Diócesis españolas, al establecer este servicio común de cooperación sacerdotal, lo han hecho aún más suyo, más significativo y organizado. Con él han querido reflejar, en cierto modo, la actitud del Apóstol, siempre dispuesto a "gastar" y "desgastar" su vida (cf. 2 Co 12,15) en favor de aquellos en los que ha plantado el Evangelio de Cristo (cf. 1 Co 3,6).
3. Me complace en comprobar cómo, en esta cooperación entre las Iglesias, se ha puesto un especial esmero en cultivar los lazos de fraternidad y comunión que son característicos del auténtico espíritu de servicio al Evangelio, respetando el principio de subsidiariedad y fomentando todo aquello que permite fortalecer la vida propia de las Iglesias locales, como son particularmente los seminarios y, en general, todo lo referente a la promoción de las vocaciones y a la formación del clero local. La experiencia acumulada en estos años, en que tanto España como los Países de Hispanoamérica han conocido vicisitudes diversas y situaciones cambiantes, permitirá también en el futuro encontrar aquellas formas de colaboración que mejor respondan a los nuevos desafíos de estos momentos de la historia en que la Iglesia v la humanidad se disponen a pasar el umbral del Tercer milenio. Alguno de estos desafíos, como es la presencia creciente de una población hispana en países de América del Norte o Europa ha comenzado ya a hacerse sentir, reclamando una respuesta pastoral generosa y decidida también por parte de las Iglesias de lengua española. En otros casos, el desarrollo de las perspectivas que ahora se perciben está aún envuelto en muchas incertidumbres y ambivalencias, como ocurre con el llamado fenómeno de la globalización, que afecta de un modo particular a América (cf. Ecclesia in America, 55). La causa del Evangelio no es ajena a estas nuevas realidades, que están transformando rápidamente la fisonomía humana y social tanto del viejo como del nuevo mundo. Por el contrario, tiene en ellas un papel decisivo, puesto que, al ser universal por naturaleza, el mensaje de Cristo es en sí mismo fermento de integración, animada por el respeto a la más alta dignidad de las personas y los pueblos y en busca de una nueva civilización de la solidaridad y del amor. En este contexto, la colaboración sacerdotal y apostólica entre las comunidades cristianas puede ser considerada como una de las respuestas más válidas al desafío de "asegurar una globalización en la solidaridad" (Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1998, 3), así como una de las "formas" que caracterizan la nueva Evangelización, al poner de relieve "el deber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para trabajar donde sea necesario" (Ecclesia in America, 52).
4. Mientras expreso mi sincero reconocimiento por los trabajos realizados en estos años por la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana, ruego a la Virgen María, Estrella de la Evangelización, que guíe los pasos de esta benemérita Institución, para que continúe dando abundantes frutos, sea siempre signo elocuente de la comunión y la fraternidad que han de reinar entre las Iglesias y sea ejemplo de la estrecha y cada vez más necesaria colaboración entre ellas. Con estos deseos imparto de corazón la Bendición Apostólica a cuantos forman o han formado parte de esa Obra, así como a los que se unen a ella en la acción de gracias al Señor por su cincuentenario.
Vaticano, 3 de junio, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, del año 1999
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