XC Asamblea Plenaria

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Discurso Inaugural del Excmo. y Rvmo.

Sr. D. Ricardo Blázquez Pérez

Obispo de Bilbao
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Madrid, 19-22 de noviembre de 2007


Queridos hermanos en el episcopado,
Señoras y Señores:

Al comenzar la presente Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, reciban todos mi saludo cordial. Doy la bienvenida a los Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos; este encuentro nos ofrece la oportunidad de escucharnos mutuamente, deliberar con detenimiento y adoptar las eventuales decisiones sobre las cuestiones pastorales que a todos nos conciernen. Saludo con afecto al Señor Nuncio; su presencia en la sesión inaugural es una ocasión oportuna para a través de él manifestar al Papa Benedicto XVI nuestra cordial, honda y obediente comunión. Saludo con gratitud a los colaboradores de la Conferencia Episcopal, sin cuya leal y eficaz ayuda no podría cumplir adecuadamente su cometido. Con afecto y respeto saludo a los periodistas, que cubren la información sobre nuestros trabajos, y deseo que mi saludo llegue también a cuantos reciban su comunicación.

El día 17 de octubre nombró el Papa Cardenales al Sr. Arzobispo de Valencia, Mons. Agustín García-Gasco, y al Sr. Arzobispo de Barcelona, Mons. Lluís Martínez Sistach; la elección es un reconocimiento de sus personas y de sus diócesis. Fue elegido también Cardenal el padre Urbano Navarrete, nacido en Camarena de la Sierra (Teruel); excelente profesor de Derecho Canónico y reconocido maestro de canonistas en la Pontificia Universidad Gregoriana, de la que fue también Rector; la designación muestra la gratitud del Papa a su largo, cualificado y fiel servicio a la Iglesia. En esta apertura de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española reitero en nombre propio y en el de la Conferencia nuestra cordial felicitación a los tres nuevos Cardenales. Con palabras del Papa pedimos al Señor que “sepan testificar con valor en toda circunstancia su amor a Cristo y a la Iglesia”.

Felicito al P. Martínez Camino, que ha sido nombrado anteayer Obispo Auxiliar de Madrid.

1.- Beatificación de 498 mártires.

El día 28 de octubre fue un día luminoso por fuera y por dentro; un sol radiante brillaba en la plaza de San Pedro en Roma y un gozo grande llenaba el corazón de los participantes. Fueron beatificados 498 mártires del siglo XX en España; 2 Obispos (Ciudad Real y Cuenca), 24 sacerdotes diocesanos; 462 religiosos y religiosas, 1 diácono, 1 subdiácono, 1 seminarista y 7 laicos. Prácticamente todas las diócesis estaban concernidas de cerca, o porque en ellas nacieron, o porque en sus ámbitos desarrollaron su misión, o porque en ellas dieron el supremo testimonio a nuestro Señor Jesucristo. En consonancia con esta amplitud de lugares de origen, de ejercicio de su vocación y de su amanecer a la vida eterna (el martirio era celebrado en la Iglesia antigua como “dies natalis”), tomaron parte en la celebración casi todos los Obispos de la Conferencia Episcopal Española, mostrando así que la Iglesia local es la “patria de todas las vocaciones”.

El excelente libro, publicado por EDICE y editado por la Directora de la Oficina para las Causas de los Santos, Quiénes son y de dónde vienen. 498 mártires del siglo XX en España, con el estilo específico del martirologio nos informa suficientemente acerca de la trayectoria de cada uno de los mártires, cuyos nombres ya están escritos en el libro de la vida (cf. Apoc 3,5). Haciéndome eco de la Conferencia Episcopal quiero expresar el agradecimiento a Dña. Mª Encarnación González por el trabajo generoso, diligente y esforzado que culminó en la beatificación del día 28. La fiesta litúrgica de los nuevos beatos fue fijada por el Santo Padre Benedicto XVI para el 6 de noviembre  en los lugares y modos establecidos por el derecho.

Los historiadores españoles y extranjeros han estudiado mucho y previsiblemente continuarán estudiando lo que aconteció en España en el decenio de los treinta; la bibliografía es abundantísima. Fue un periodo agitado y doloroso de nuestra historia; la convivencia social se rompió hasta tal punto que en guerra fratricida lucharon unos contra otros. Con sus conclusiones los investigadores nos ayudan a comprender hechos y datos, causas y consecuencias; sus interpretaciones, debidamente contratadas, nos acercan con la mayor objetividad posible a la realidad muy compleja. Deseamos que se haga plena luz sobre nuestro pasado: Qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, qué consecuencias trajo. Esta aproximación abierta, objetiva y científica evita la pretensión de imponer a la sociedad entera una determinada perspectiva en la comprensión de la historia. La memoria colectiva no se puede fijar selectivamente; es posible que sobre los mismos acontecimientos existan apreciaciones diferentes, que se irán acercando si existe el deseo auténtico de comprender la realidad.

Cada grupo humano –una sociedad concreta, la Iglesia católica en un espacio geográfico, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica- tienen derecho a rememorar su historia, a cultivar su memoria colectiva, ya que de esta manera profundizan también en su identidad. La Iglesia católica, por ejemplo, en el Concilio Vaticano II buscó su reforma y renovación volviendo a las fuentes. Este conocimiento que actualiza el pasado, además de ensanchar la memoria compartida por el grupo, puede sugerir actuaciones de cara al futuro, ya que memoria y esperanza están íntimamente unidas. Pero no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de buscar la paz. Recordamos sin ira las etapas anteriores de nuestra historia, sin ánimo de revancha, sino con la disponibilidad de afirmar lo propio y de fomentar al mismo tiempo el respeto a lo diferente, ya que nadie tiene derecho a sofocar los legítimos sentimientos de otro ni a imponerle los propios. La búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria. Con las siguientes palabras expresó lo que venimos diciendo Mons. Antonio Montero, Arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, en su extraordinaria obra presentada en su momento como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca: “Que los hechos se conozcan bien, pero desprovistos en todo lo posible de cualquier fermento pasional” (Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid 1961, p. VIII). Y alguien, que perdió a sus padres profundamente católicos en aquella persecución, ha afirmado en manifestaciones recientes: “Un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia”.

Al recordar la historia nos encontraremos seguramente con hechos que marcaron el tiempo y con personas relevantes. En muchas ocasiones tendremos motivos para dar gracias a Dios por lo que se hizo y por las personas que actuaron; y probablemente en otros momentos ante actuaciones concretas, sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos, ya que la “purificación de la memoria”, a que nos invitó Juan Pablo II, implica tanto el reconocimiento de las limitaciones y de los pecados como el cambio de actitud y el propósito de la enmienda. No es casual coincidencia que entre las celebraciones del Año Jubilar adquirieran un sentido peculiar tanto la conmemoración de los testigos de la fe del siglo XX, en el marco incomparable del Coliseo de Roma, como la impresionante celebración del perdón el primer domingo de Cuaresma en la basílica de San Pedro, en que el Papa, abrazado a la cruz del Señor, pidió perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia. Ya antes, en la Carta apostólica Tertio Millenio Adveniente nn. (33-37), en el umbral del tercer milenio, exhortó a que la Iglesia se preparara para reconocer las “formas de antitestimonio y de escándalo” por haberse alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, y al mismo tiempo declaró que era preciso que las Iglesias locales no perdieran “el recuerdo de quienes han sufrido el martirio”; máxime teniendo presente que, en el siglo pasado, la Iglesia ha sido de nuevo Iglesia de mártires. Los que nos han precedido como cristianos en la Iglesia pueden haber sido testigos luminosos del Evangelio, y en otras ocasiones pueden haber realizado lo que el Evangelio desaprueba. Todos nosotros, conscientes de nuestra fragilidad, debemos pedir diariamente a Dios Padre que nos libre de caer en la tentación.

La Conferencia Episcopal Española, sintonizando con el espíritu de Juan Pablo II, hizo público poco antes de cruzar el umbral del año 2000 un documento titulado La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (20 de noviembre de 1999), en que se unían pasado, presente y futuro como en el canto del Magníficat de la Virgen María. Acción de gracias por los dones recibidos, reconocimiento de nuestros pecados y petición de perdón, y confianza en las promesas de Dios. De aquel documento son las siguientes palabras que pertenecen a la segunda parte: “También España se vio arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz. Que esta petición de perdón nos obtenga del Dios de la paz la luz y la fuerza necesarias para saber rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución de las diferencias políticas y sociales” (n. 14). Debemos estudiar la historia para conocerla siempre mejor; y una vez leídas sus páginas, aprendamos sus principales lecciones: La convivencia de todos en las diversidades legítimas, la afirmación de la propia identidad de manera no agresiva sino respetuosa de otras, la colaboración entre todos los ciudadanos para construir la casa común sobre los cimientos de la justicia, de la libertad y de la paz. Recordamos la historia no para enfrentarnos sino para recibir de ella o la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para proseguir en la senda acertada.

La palabra mártir tiene varias acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. De las diferentes acepciones recuerdo ahora dos: 1) “Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana”, y 2) “Persona que muere o padece mucho en defensa de otras creencias, convicciones y causas”. Aunque nosotros nos referimos a los mártires cristianos, mostramos nuestro respeto a las personas que han mantenido sus convicciones y han servido a sus causas hasta afrontar las últimas consecuencias. La beatificación de los mártires por la autoridad apostólica de la Iglesia no supone desconocimiento ni minusvaloración del comportamiento moral de otras personas, sostenido con sacrificios y radicalidad. Ante toda persona que lucha honradamente por la libertad de los oprimidos, por la defensa de los pobres y por la solidaridad entre todos los hombres inclinamos nuestra cabeza, remitiendo a Dios el juicio último de su vida y de la nuestra.

Los mártires cristianos -también los 498 beatificados el día 28 de octubre- certifican con su muerte la importancia de la fe en Dios. Esta fe los orientó mientras vivían y, en sublime lección, afrontaron la muerte poniendo en manos de Dios su existencia entera, confiados en su amor y en su fidelidad. A la hora de la verdad, el poder de la fe fue para ellos lo decisivo. Con la luz y la fuerza de la fe pusieron en juego lo más personal y básico, es decir, la misma vida. Podemos decir con palabras de J. Ortega y Gasset pronunciadas en un contexto distinto: Los incitó a morir lo que los había excitado a vivir. Los mártires, situados ante la alternativa, no deseada ni provocada por ellos, de renegar de la fe en Dios y así salvar la vida, o de mantenerse adheridos al Señor y así perderla, prefirieron en un gesto admirable entregar la vida temporal, confiando que de su amor omnipotente recibirían la Vida eterna. En ellos se cumplieron literalmente las palabras de Jesús: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35). Comparadas con esa alternativa sobre la vida o la muerte, otras opciones de carácter cultural, político, ideológico, o social quedan en un nivel muy distinto. La fe en Dios, la confianza en la verdad del Evangelio, la esperanza en la Vida eterna, ejercieron sobre los mártires un poder que nos sobrecoge. El martirio es como un test que comprueba  inequívocamente la calidad de un cristiano. La estatura espiritual y moral de los hombres alcanza en los mártires la talla suprema.

Los mártires, consiguientemente, nos interrogan acerca de la valentía y de la humildad de nuestra fe; y, por lo mismo, denuncian sin palabras los acomodos y componendas a que podemos someter la altísima relevancia de la fe. Benedicto XVI dijo el domingo 28 después de rezar el “ángelus”: “Damos gracias a Dios por el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a Él y a la Iglesia. Con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de amor a Dios y a los hermanos”.

Los mártires proclaman con su sangre convertida en elocuente palabra: Podéis arrancarnos la vida, pero no la fe en Dios que nos ama; el poder de la Verdad, ejercido suavemente sobre nuestra conciencia, pone un límite infranqueable que nos fortalece para no ceder ni a los halagos ni a las amenazas. Porque el alma sólo es de Dios, hay una zona en el centro de la personalidad del hombre donde únicamente Dios es el Señor; el hombre tiene las llaves de la puerta de su corazón que sólo libremente abre a Dios (cf. Apoc 3,20); los mártires tienen una zona reservada al amor a Dios y donde brilla la dignidad del hombre creado a su imagen y semejanza, que no pueden forzar ni la crueldad de los tormentos ni el temor a la muerte.

Me permito citar unas palabras muy atinadas, que unen teología, mística y poesía, de un eminente teólogo de nuestra Iglesia: “Esta divina palabra –Dios- no la podemos olvidar, ni asegurar como propiedad, ni usar como moneda de cambio para los gastos diarios. Tampoco podemos callarla, ni dejarla en vacío o arrojarla contra el prójimo. Tenemos que devolverle su peso y su luz, su lumbre y su gracia. Porque ella sigue siendo santa y santificadora, a pesar de haber sido manchada y ensangrentada por los hombres. Ha habitado en tantos corazones justos, ha suscitado tanto amor y esperanza, tanta paz y justicia, que al proferirla vienen a nosotros como olas bienhechoras toda la verdad, la compasión, todas las flores y frutos que han brotado en su seno” (O. González de Cardedal, Dios, Salamanca 2004, p. 9). Los mártires, siguiendo a Jesús, que dio un bello testimonio con su confesión ante Poncio Pilato (cf. 1 Tim 6,13), profesaron admirablemente la fe en Dios; en su corazón Dios se convirtió en fuente de amor, de valor, de serenidad, de esperanza y de perdón. Los mártires, que desde el principio de la historia de la Iglesia suscitaron la admiración no sólo de los hermanos cristianos sino también de los paganos, riegan y vivifican el árbol de la Iglesia. Con fórmula concisa expresó Tertuliano esta misteriosa fecundidad: La sangre de los mártires es como una semilla, la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Cuando el autor de la Carta a los Hebreos establece el contraste entre la antigua alianza sellada por Dios con Israel junto al monte Sinaí y la nueva alianza sellada con la humanidad, pondera entre otros elementos la excelencia de la sangre de Jesucristo, Mediador de la nueva y eterna alianza, sobre la sangre de Abel. La pasión de Jesús ha otorgado a sus palabras y a la Escritura entera su significación definitiva y salvífica. A diferencia de la sangre de Abel, que clamaba desde el suelo hasta Dios pidiendo venganza (cf. Gén 4,10), la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel” (Heb 12,24): La voz que viene del cielo es en adelante la de la sangre de Jesús, que ofrece perdón (cf. A. Vanhoye, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo, Salamanca 1984, pp. 215-216). Porque Jesús el Maestro murió perdonando (cf. Lc 23,34), lo imitaron desde el principio (cf. Act 7,60), y fueron sus discípulos invitados a bendecir a los perseguidores (cf. Rom 12,14). Como Dios estaba en Cristo perdonando a la humanidad, puso en boca del Apóstol  “la palabra de la reconciliación” (cf. 2 Cor 5,19). Llama la atención que el ofrecimiento del perdón a los perseguidores haya sido una constante, a veces con expresiones bellísimas, de nuestros mártires.

Los mártires, habiendo sido perdonados y queridos por Dios, ofrecen también el perdón. No denuncian ni señalan a nadie, no guardan rencor en su corazón; siguiendo a Jesús, su sangre pronuncia también una palabra de perdón. Esta reacción de los mártires es de una generosidad humanamente incomprensible; sólo puede explicarse porque el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesucristo, alienta en su corazón. Apoyados en la conducta de los mártires, que murieron perdonando, se afirmó reiteradamente en la beatificación y en su entorno anterior y posterior este mensaje: La beatificación de los mártires no va contra nadie, a nadie se echa en cara su muerte, a nadie se acusa, a nadie se pide cuentas. He aquí algunas expresiones autorizadas de la coherencia que debe existir entre la conducta de los mártires y la nuestra: “Con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica” (Benedicto XVI). “Su muerte constituye para todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones, a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando siempre el bien común, la concordia y la paz” (Card. T. Bertone). “Los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación” (Mensaje de la Conferencia Episcopal Española del día 26 de abril de 2007). Su muerte es una siembra de paz y de reconciliación generosa entre todos. Hacemos memoria de un capítulo de la historia de nuestra Iglesia, muy doloroso en su tiempo y hoy hondamente gozoso, que nos invita a asimilar la magnífica lección de fe en Dios y de misericordia que nos dejaron los mártires. ¡Que su ejemplo e intercesión nos fortalezcan en la transmisión de la fe, en la comunión eclesial, en la colaboración al bien común de la sociedad y en los trabajos por la paz!

Los mártires nos enseñan a mantener la fidelidad a Dios, el amor a Jesucristo y el servicio a los hombres, no sólo en el último trance y en las situaciones cruciales de la vida, sino también en la existencia cotidiana. Frente al desgaste por el paso del tiempo y contra la amenaza de la rutina, la entereza de los mártires nos invita a superar la mediocridad. La fidelidad sacrificada y constante tiene que ver también con lo heroico. ¡Que el discurrir diario y a veces monótono de la vida no trivialice el amor sino lo acrisole!

Los mártires reflejan la vitalidad de nuestras diócesis y congregaciones religiosas en las que o bien nacieron y crecieron en la fe, cumplieron su misión o rindieron el supremo testimonio de amor a nuestro Señor Jesucristo. En la hora de la prueba definitiva sorprende el vigor de su fe. Estos mártires son nuestros y dignifican a nuestras familias y comunidades cristianas, pero no son patrimonio exclusivo de nuestras Iglesias locales, ya que pertenecen a Jesucristo y por ello a la Iglesia universal. Más aún, tienen mucho que decir a nuestra sociedad y a toda la humanidad, ya que su grandeza moral levanta la calidad del mundo; su forma de morir nos dice que merece la pena buscar la fuente de donde mana semejante generosidad y entrega.

2.- “Iglesia en España y Pastoral de las migraciones”

Se presenta a la aprobación de esta Asamblea Plenaria una nueva redacción del documento “Iglesia en España y Pastoral de las migraciones” que ha sido preparado por la Comisión Episcopal de Migraciones. Es un documento amplio y rico, que contiene reflexiones teológicas y orientaciones prácticas. Pretende responder a la nueva situación del fenómeno de las migraciones. En los siguientes términos describe su intención: “Dotar a nuestra Iglesia, que camina en España, de un instrumento para responder al fenómeno social de la emigración, para ofrecer una ayuda eficaz a las víctimas de los movimientos migratorios, para acoger a nuestros hermanos en la fe y afrontar el reto de una nueva evangelización con todas las exigencias que plantea, para ayudar a la Iglesia a ser signo e instrumento de la acción de Dios en nuestro tiempo para todos los hombres y mujeres, que viven en nuestro país, sea cual sea su procedencia, cultura, religión o condición social”. Estamos convencidos de que prestará un buen servicio a la pastoral de la Iglesia y, además, será una llamada de atención a los ciudadanos ante el fenómeno social de la migración que afecta e interpela a toda la sociedad.

Aunque las migraciones sean coextensivas a la historia de la humanidad, constituyen hoy una característica de nuestra época. El Papa Benedicto XVI ha calificado las migraciones como “uno de los signos de nuestro tiempo”. Son movimientos de población dentro de los mismos continentes y sobre todo hacia los continentes más ricos.

Por lo que se refiere a nuestro país, el fenómeno migratorio ha cambiado de signo en los últimos años. Hemos pasado de ser país de emigración a ser uno de los países de Europa con más elevado número de inmigrantes; esta inversión, además, se ha realizado en poco tiempo. Las cifras son elocuentes: En diez años el número de extranjeros ha pasado de 542.314 en 1996 a 4.144.166 en 2006. En los últimos cinco años se ha dado una media de crecimiento de 500.000 por año. La experiencia de haber sido pueblo de emigración debe recordarnos aquellas palabras del Éxodo: “Forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (22,20); y particularmente las de Jesús en el Evangelio: “Fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25,35).

El documento al que nos referimos pretende responder a las exigencias de la nueva situación del fenómeno de las migraciones y actualizar las orientaciones y sugerencias pastorales sintonizando con las últimas directrices de la Iglesia católica. La conmemoración del XXV aniversario de la Instrucción De Pastorali Migratorum Cura ofreció la oportunidad a la Conferencia Episcopal Española de hacer público en 1994 el documento Pastoral de las Migraciones en España; pues bien, la Instrucción Erga Migrantes Caritas Christi, publicada el año 2004 por el Consejo Pontificio de Pastoral para los Emigrantes y los Itinerantes, nos ofrece de nuevo la ocasión de aplicar esta Instrucción a nuestra realidad concreta, profundamente cambiada en los últimos años. El amor de Cristo, la Caritas Christi, que anima la vida de la Iglesia, debe abarcar a todos. Adoptará en la práctica “diversas formas y expresiones, según la condición de los destinatarios de la acción de la Iglesia. Será una pastoral en el sentido estricto para los católicos. Revestirá el carácter de pastoral ecuménica entre los hermanos cristianos de otras tradiciones. Se centrará más en el diálogo interreligioso con los creyentes de otras religiones y estará siempre marcada, con unos y con otros, por el amor de Cristo. Pero nadie quedará fuera del cuidado y atención de la Iglesia”.

Un inmigrante no es sólo mano de obra para producir; es, ante todo, una persona, miembro de la familia humana, hermano nuestro, hijo de Dios. La visión humana y cristiana del hombre nos impulsa a promover la acogida, el respeto, la ayuda, la comprensión, la solidaridad. La integración de los inmigrantes exige, tanto por parte del país de acogida como por parte de los trabajadores y de sus familias, un esfuerzo paciente y sostenido; los inmigrantes deben ser reconocidos en sus derechos humanos y laborales y ellos a su vez deben respetar las leyes y tradiciones legítimas del país que los recibe. Si unos y otros trabajan en la búsqueda de la integración de los inmigrantes, los posibles brotes de rechazo y exclusión serán sofocados fácilmente. Con estas reflexiones teóricas y prácticas, surgidas de una experiencia larga y eficaz, presta la Conferencia Episcopal -así confiamos y deseamos-, una ayuda valiosa a nuestras diócesis e incluso a toda la sociedad española

3.- Centenario del nacimiento del Cardenal Tarancón

El día 14 de mayo de 1907 nació en Burriana (Castellón de la Plana) el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón. En la apertura de la presente Asamblea Plenaria lo recordamos con profunda gratitud. Nuestra memoria es homenaje y reconocimiento de su persona y de su obra. Fue, en una coyuntura crucial, un don de Dios para la Iglesia y la sociedad española. Evocamos hoy al Cardenal Tarancón, conscientes de que forma parte relevante de nuestra historia. Aunque las personas se sucedan y las urgencias pastorales cambien, la Iglesia es hogar de todos los cristianos y es católica también en la pluralidad de generaciones y la variedad de situaciones históricas. Hacemos memoria ante Dios de quienes nos han precedido con la señal de la fe, con la dedicación al servicio del Evangelio y con la entrega personal a la misión de la Iglesia, en medio de gozos, fatigas y sufrimientos.

En una mirada retrospectiva, recapitulando el Cardenal Tarancón el decenio en que presidió la Conferencia Episcopal Española, manifestó la intención que le había guiado. “Me propuse dos objetivos: Aplicar a España las enseñanzas del Concilio Vaticano II en lo referente a la independencia de la Iglesia de todo poder político y económico, y procurar que la comunidad cristiana se convirtiese en instrumento eficaz de reconciliación para superar el enfrentamiento entre los españoles que había culminado en la guerra civil”. La Iglesia en el Concilio no sólo promovió una renovación profunda de sus actitudes y estructuras internas, sino también orientó de manera distinta las relaciones con el mundo, con la sociedad y con el hombre. Estos cambios eran más delicados, en nuestra Iglesia por la riqueza de la vida cristiana que estaba en cambio, y en la sociedad, a la que se debían evitar traumas innecesarios en la transición de un régimen personal a un régimen democrático con los numerosos y profundos cambios implicados. Fueron directrices para Tarancón tanto el amor a la Iglesia como el servicio a nuestro pueblo; fue consciente de la situación singular y de la alta responsabilidad que se le confiaba cuando pensó en él Pablo VI para liderar a la Iglesia en aquella delicada situación y cuando la Conferencia Episcopal lo eligió y reeligió como su Presidente.

Actuando en sintonía con las directrices del Papa Pablo VI y expresando, además, lo que las nuevas generaciones de Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares anhelaban, pudo cumplir el encargo con dedicación y acierto. Sus dotes humanas y experiencia pastoral lo hicieron apto para recibir tal misión en aquella hora histórica; con la desenvoltura que le caracterizó diría de sí mismo que era un hombre a quien pusieron en un puesto difícil en un momento difícil. De alguna manera era Don Vicente memoria viva de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad; hombre de espíritu abierto, avizor del futuro, sensible como un sismógrafo a los movimientos subterráneos de la sociedad, de natural optimista y decidido, hábil y sagaz. Fue una persona que, asumiendo el encargo otorgado y la responsabilidad real y simbólica que se le reconoció, contribuyó poderosamente a que nuestra Iglesia acometiera los cambios necesarios. Imprimió a la Iglesia un dinamismo que le permitió acompañar a la sociedad en una encrucijada de gran trascendencia para ambas, ya que debían tomar decisiones de largo alcance. El Cardenal Enrique y Tarancón buscó siempre la concordia, respetando la pluralidad y fomentando el diálogo; con buen instinto supo rodearse de valiosos colaboradores. Sin olvidar el pasado miraba al futuro, y por ello confiaba en las nuevas generaciones y les daba la palabra. Afirmaba abiertamente que la Iglesia veía con buenos ojos la llegada de la democracia y el pluralismo que le es inherente.

Damos gracias a Dios porque a través del Cardenal Tarancón la Iglesia respondió con dignidad y clarividencia al desafío que le planteaban la aplicación del Concilio en aquella fase concreta y la transición de nuestra sociedad. A la distancia de varios decenios y con la perspectiva que nos proporciona el tiempo transcurrido, podemos reconocer que la Iglesia estuvo a la altura del momento histórico; y la sociedad española quedó en general satisfecha de la transición de un régimen a otro, por cuyo éxito felicitaron otros países al nuestro. La actitud con que fue aplicado el Concilio y con que se afrontaron los cambios sociales y políticos no fue sólo coyuntural; aunque la situación presente sea en muchos aspectos diversa, hay valores permanentes. En la galería de Presidentes de la Conferencia Episcopal ha sido colocado el retrato del Cardenal Tarancón, que nos recuerda un tramo decisivo de nuestra historia. Como los demás retratos de la galería, es obra que agradecemos de Sor Isabel Guerra.

4.- Hace 25 años nos visitó el Papa Juan Pablo II

Hace veinticinco años, el día 31 de octubre de 1982, a las seis de la tarde - una hora después de su llegada al aeropuerto de Barajas - Juan Pablo II entraba en esta casa. Después de saludar a los Obispos, se dirigió directamente a la capilla para postrarse en profunda oración ante el Sagrario. Era la primera vez que un Papa visitaba España. Quiso comenzar su visita pastoral encontrándose con los Obispos. Y quiso que aquel encuentro quedara expresamente enmarcado por la presencia eucarística del Resucitado. En nuestra capilla, por primera vez, un Sucesor de Pedro, rodeado por todos los miembros de la Conferencia Episcopal, se arrodillaba en nuestro suelo ante Jesucristo, presente en la Eucaristía. Esa misma noche, terminado el encuentro con los Obispos, el Papa salía de esta casa para presidir la vigilia eucarística que la Adoración Nocturna había preparado en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Antes, en esta aula, había dirigido a los Obispos un memorable discurso que releemos con gusto en estos días. Juan Pablo II inauguró así oficialmente esta casa, como conmemora la lápida que flanquea, abajo, la puerta de la capilla. La sede de nuestra Conferencia ha quedado de este modo felizmente unida a su primera visita apostólica y a su memoria.

No puedo pretender hacer ahora ni siquiera un breve resumen de los diez días de intenso peregrinar de Juan Pablo II por buena parte de la geografía española, visitando a todos los sectores del pueblo cristiano. Pero deseo subrayar que aquellas inolvidables jornadas supusieron una gracia de Dios muy especial para la Iglesia que peregrina en España. Podríamos decir que aquel viaje apostólico del Papa constituyó de hecho para nosotros como el comienzo de una nueva etapa del camino eclesial posterior al Concilio Vaticano II. Juan Pablo II confirmó de modo muy vigoroso a sus hermanos de España en la fe de Jesucristo. Por una parte, su presencia actuó como un revulsivo para el alma cristiana de nuestro pueblo  incluidos, naturalmente, los pastores - que se sintió reconocida y querida por el Papa y, al mismo tiempo, espoleada y animada a la fidelidad y a la esperanza. Por otra parte, sus palabras y sus gestos dirigieron una vez más la mirada de nuestras Iglesias y de todos nosotros a lo que constituyó desde el principio el centro de su ministerio: a Jesucristo como único salvador del ser humano y al hombre como camino de la Iglesia. Si algunas dificultades habían podido dar paso a ciertos miedos, volvimos a escuchar con gozo de los labios del Papa en nuestras iglesias y en nuestras plazas: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!"

La última encíclica de aquel gran Papa, que versó sobre "La Iglesia que vive de la Eucaristía" (Ecclesia de Eucharistia), nos invitó a todos a reavivar la fe y la pastoral sobre la Eucaristía. El vigente Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal, para los años 2006-2010, se centra también en "vivir de la Eucaristía", como reza su título. Recordemos que estos Planes Pastorales se comenzaron a hacer con motivo de la visita del Papa que ahora conmemoramos. El primero de ellos, de 1983, se titulaba: "La visita del Papa a España y el servicio a la fe nuestro pueblo". Pienso que la realización del actual Plan, que prevé la celebración de un Congreso Eucarístico a modo de colofón de las actividades programadas, es un excelente modo de agradecer a Dios el pontificado de Juan Pablo II y de continuar con el trabajo de la nueva evangelización, impulsado por él.

Ponemos en manos de María, la madre del Señor y estrella de la evangelización los trabajos de esta Asamblea.


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