Verdad, memoria y solidaridad: clave para la paz y la reconciliación

Mensaje de la Comisión de Conferencias Episcopales
de la Unión Europea (COMECE) sobre la paz

Bruselas, 11 de marzo de 1999


Preámbulo

(1) Los Obispos miembros de la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) deseamos aprovechar el cambio de siglo que se aproxima para expresar nuestra opinión sobre la paz y sobre la manera de alcanzarla y de conformarla. Estimamos que una de nuestras primeras responsabilidades es la de pronunciarnos sobre los procesos políticos y sociales que influyen en la vida de los hombres y de los pueblos en el seno de Europa y fuera de sus fronteras. Desde nuestro papel de representantes de los diferentes episcopados de los países de la Unión Europea, nos dirigimos aquí a todos los ciudadanos de Europa y no sólo a los que comparten nuestro credo, sino también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Nos dirigimos, en particular, a quienes por su actuación política y social desempeñan un papel singular.

 

(2) Ya en la Biblia se nos pide que busquemos ardientemente la paz. En efecto, en el Antiguo Testamento los profetas nos recuerdan continuamente el lazo indisoluble entre la justicia y la paz. El Nuevo Testamento, alaba, especialmente por medio de San Mateo en las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, los méritos de quienes trabajan por la paz (cfr. Mt 5, 9). La Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II y los mensajes solemnes de los papas de este siglo dedican una atención particular a las cuestiones de la ética de la paz. Después del Papa Juan XXIII, que había dedicado una encíclica al tema de la paz, el Papa Juan Pablo II subraya en su encíclica «Centesimus annus» que «la verdadera paz nunca es el resultado de la victoria militar, sino algo que implica la superación de las causas de la guerra y la auténtica reconciliación entre los pueblos» (CA 18). En su mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1999, el Papa subraya que la paz sólo puede encontrarse donde la dignidad y los derechos del hombre son respetados y protegidos.

 

(3) Las Conferencias ecuménicas de diversos países se han pronunciado igualmente sobre la paz en muchas ocasiones, lo cual manifiesta la importancia de esta preocupación. Nosotros sabemos que la idea de una Europa unida y el espíritu de paz están intrínsecamente relacionados. Después de la catástrofe de las dos guerras devastadoras de este siglo, los políticos de muchos países de nuestro continente se reunieron para edificar progresivamente una Europa común, buscando estructuras políticas y sociales que impidan la guerra en esta región del mundo y permitan a los pueblos y a las naciones vivir en paz. A pesar de todos los progresos, por los que les estamos agradecidos, la preocupación continúa siendo actual. Incluso se puede añadir que un buen criterio para evaluar moralmente el proceso de integración europea es su capacidad para contribuir a la paz entre las diversas naciones europeas.

 

(4) Incumbe hoy a los que disponen de capacidad de decisión política, así como a todos los que en la sociedad asumen una responsabilidad pública, cualquiera que sea, buscar juntos las condiciones que permitan la instauración de una paz justa, la única forma de paz capaz de impedir las guerras. Somos conscientes de que la forma como los responsables conciben la instauración de una paz equitativa depende de su visión del mundo y de sus concepciones morales, que pueden ser diferentes. Así, encontrar un consenso de base entre estas concepciones diversas es una tarea tan necesaria como urgente.

Movidos por un deseo de paz cristiana, deseamos poder participar en el éxito de esta tarea. Siguiendo la respuesta dada por Jesús a la pregunta que le habían hecho los discípulos sobre cómo saber interpretar los signos de los tiempos (cfr. Lc 21, 5-28), debemos estar atentos al sufrimiento de los hombres y a la necesidad de combatirlo, en lugar de refugiarnos en tentativas de justificación ideológica. Nosotros recordamos que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, no sólo en nuestra vida privada, sino también en la vida política y en el campo de las relaciones internacionales. Siendo conscientes de los límites con los que tropiezan a menudo los esfuerzos por instaurar una política exterior aceptable en el plano ético, sostenemos que debe hacerse todo lo posible para multiplicar y extender las condiciones que permitan su realización.

 

Las evoluciones positivas

(5) Antes de nada, queremos subrayar hasta qué punto nos alegramos al constatar que los desafíos del cambio político que ha tenido lugar en Europa al final de los años 80 han sido asumidos y que se está en vías de encontrarles respuesta.

 

(6) En general, las fronteras han dejado de separar físicamente a los hombres. La reunificación de Europa, dividida en dos potencias militares extraordinariamente armadas, se ha podido realizar sin traumas, lo cual ha reducido sensiblemente la amenaza de una guerra nuclear devastadora. Las organizaciones e instituciones internacionales, como el Consejo de Europa, la Unión Europea y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), se han desarrollado y han tejido una red cada vez más densa de estructuras que protegen la seguridad. La Alianza Atlántica prepara detalladamente las misiones que le incumben en el campo de la cooperación con los países de Europa central y oriental. Los países que se vieron obligados a adoptar una actitud de neutralidad en la coyuntura de la confrontación entre el Este y el Oeste, hoy tienen abiertos debates de política exterior para determinar su participación en la consolidación de un orden pacífico.

 

(7) La caída de las dictaduras comunistas en los países de Europa central y oriental se ha realizado sin derramamiento de sangre. Los sistemas jurídicos de muchos de estos países, inspirados en la hegemonía de un partido único, han sido desmantelados dejando su lugar, casi en todas partes, a un régimen constitucional democrático en el cual los derechos fundamentales del hombre y las libertades personales disponen de una protección eficaz contra toda injerencia del Estado. Allí donde han podido ser introducidas estas reformas fundamentales, la mayoría de las personas ya no tolera como algo inevitable, aunque fuera insoportable, los instrumentos de represión política, antes tan corrientes.

 

(8) Poco a poco, en los países del Centro y Este de Europa se aventuran a buscar, con extremada prudencia, cómo aprender a convivir con las «sombras del pasado» y cómo mitigar, a veces después de mucho tiempo, el dolor de las heridas infligidas a las víctimas. Dar este paso es particularmente urgente en estos países y todo hace creer que su importancia será reconocida en lo sucesivo, aunque sea en grado diverso y con modalidades diferentes.

Por citar otras situaciones ejemplares, los pasos decididos que se han emprendido hasta ahora para vencer pacíficamente el apartheid en Sudáfrica, muestran que los esfuerzos de reconciliación en el interior de los Estados no se limitan al contexto europeo. El modelo de la «Comisión de Verdad y de Reconciliación» sudafricana muestra claramente que una sociedad no puede alcanzar una paz interior duradera mientras se esfuerce en eludir la cuestión del peso del pasado. Con el mismo espíritu, nuestro hermano el Obispo Gerardi, salvajemente asesinado, ha prestado una ayuda preciosa para que el proyecto de «revivir los sucesos del pasado» sea llevado a buen fin, después de los treinta años de guerra civil que han destrozado a Guatemala. De esta manera ha creado una de las condiciones principales para permitir al hombre recordar la historia viéndola desde el ángulo de la verdad. Sólo esta forma de actuar evitará que se desnaturalice y minimice después el sufrimiento vivido por las víctimas de la injusticia y la violencia.

 

La vergüenza y la tristeza

(9) Estos progresos van acompañados por sucesos y cambios, por desgracia más bien inquietantes, ante los cuales no podemos sentir más que vergüenza y tristeza.

 

(10) En efecto, hemos fracasado en nuestro deseo de evitar la vuelta de la guerra a Europa. Así, hemos asistido a la desmembración de Yugoslavia, marcada por terribles manifestaciones de violencia cuya principal víctima ha sido la población civil. La escalada de la violencia en los Balcanes nos ha mostrado hasta qué punto pueden ser tan frágiles muchas de las experiencias de vida en común de los ciudadanos. También ha revelado que es raro poder contar a largo plazo con la solidaridad en las relaciones políticas impuestas esencialmente por la presión externa o por la represión interna.

 

(11) Las disensiones que han golpeado la antigua Yugoslavia constituyen, por otra parte, un nuevo tipo de conflicto. No se basan en las diferencias entre los Estados, sino que se deben a las deficiencias en justicia política y social en el interior de los Estados. Los principales problemas que debe afrontar la política de paz después del fin de la guerra fría consisten esencialmente en la escalada de este tipo de conflictos y en el riesgo latente de que puedan extenderse a los países vecinos. Por otra parte, en tales conflictos se ve aparecer el peligro de las ideologías nacionalistas que intentan refrescar los recuerdos todavía vivos de los sufrimientos y de las injusticias padecidas y se manifiesta por infundir en los corazones de los hombres un espíritu de violencia contra sus conciudadanos.

 

(12) Los conflictos internos no se limitan al Centro y Este de Europa. Aunque cada situación de crisis y de conflicto tiene sus propios condicionamientos, es igualmente verdad que ciertas regiones de Europa occidental, como el País Vasco, Irlanda del Norte, y Córcega en un grado menor, han sido sacudidas hasta hace poco por la violencia y el terror. También en estas regiones el proceso de paz avanza penosamente y con numerosos retrocesos.

 

(13) Hasta hoy no hemos conseguido controlar y contener suficientemente la proliferación de armas convencionales ni hemos podido impedir la extensión de la tecnología nuclear con fines militares. Las pruebas atómicas realizadas en la India y en Pakistán a principios de 1998 han puesto claramente de manifiesto los graves peligros producidos por tales tendencias incontroladas. Se recordará también que las grandes potencias nucleares nunca han respetado la obligación de desarme total a la que estaban comprometidas por tratado. Hasta el momento, todavía no se ha decidido investigar las causas de los conflictos políticos que justifiquen el deseo de poseer un armamento moderno.

 

(14) En muchos Estados de Europa central y oriental, numerosas personas han visto el fin del conflicto entre el Este y el Oeste ciertamente como una liberación, pero también y sobre todo como el principio de nuevas incertidumbres acerca de su porvenir personal. Las estructuras políticas, económicas y sociales a las que estaban acostumbrados, aunque fuera para rechazarlas, han sido destruidas por esta fractura que ha marcado el fin de una época. Este cambio ha desorientado a numerosas personas y ha supuesto la pérdida de algo que creían poseer sólidamente y de lo que se sentían orgullosas. Muy rápidamente estas personas se han cuestionado cómo conciliar en el futuro con la justicia social las libertades nuevamente adquiridas.

 

(15) Para los Estados de Europa occidental, las cuestiones de justicia política y social se hacen cada vez más urgentes. El aumento del paro (en particular entre los jóvenes), el consumo de drogas, la criminalidad y el clima creciente de intolerancia y de reacciones de violencia hacia las minorías nacionales, los extranjeros y los emigrantes, amenazan con destruir la paz en el interior mismo de la sociedad. Estos cambios, cuyas raíces traspasan parcialmente el ámbito nacional, muestran que la cohesión de las sociedades occidentales es puesta en peligro por las injusticias y las desigualdades sociales y exigen la renovación de los consensos fundamentales en materia de solidaridad nacional e internacional y de la protección de la dignidad individual de la persona humana.

 

(16) A escala internacional, el terrorismo y la criminalidad organizada amenazan la estabilidad de los regímenes políticos, incluso de los que tienen carácter democrático, y la seguridad de los ciudadanos. Las dificultades de la lucha contra estos fenómenos en el marco de un Estado de derecho contribuyen a minar la cohesión del Estado y de la sociedad a favor de la libertad y de la democracia. Nos preocupan tanto las consecuencias sociopolíticas de estos comportamientos, como los factores que los provocan.

 

Los desafíos actuales

(17) En esta situación, incumbe sin ninguna duda una responsabilidad particular a las fuerzas políticas y sociales que tienen la capacidad de influir sobre las posibilidades de garantizar el mantenimiento de los consensos fundamentales. Por tanto, también concierne a las Iglesias y a las comunidades religiosas que, aunque en más de una ocasión se vieron implicadas en el origen y el desarrollo de conflictos armados, ahora deben utilizar su influencia para mantener y favorecer la paz.

 

(18) Como Obispos, nos dirigimos no solamente a todos los que comparten la misma fe con nosotros, sino también, como ya lo hemos dicho, a todos los hombres de buena voluntad que pueden contribuir al advenimiento de una sociedad de paz duradera. El mapa político de Europa y del mundo no permite ya establecer una completa separación entre los problemas que concierten a la responsabilidad de la paz de la comunidad internacional y los que por tradición se han considerado siempre como cuestiones de equidad que deben ser reguladas en el interior de los Estados.

 

(19) Después de todo, los sucesos que deploramos, ¿no encuentran su raíz común en una reivindicación excesiva de intereses particulares en detrimento del interés colectivo percibido en su globalidad? Es el interés colectivo el que debería guiarnos hacia una acción solidaria en el seno de los sistemas sociales y políticos. ¿No son dirigidas nuestras acciones por el deseo de satisfacer el interés particular por medios nacidos de la lucha de poderes? ¿No implica esto forzosamente que en las mismas estructuras donde se realizan estas acciones, los criterios de legitimidad imparcial no pueden ser valorados suficientemente? Precisamente porque reconocemos los progresos realizados en el pasado en la búsqueda de medios para garantizar la paz, tememos que estas estructuras no puedan desarrollar todas sus potencialidades porque están muy poco inspiradas por un espíritu de solidaridad internacional. Los avances vacilantes de la Unión Europea en materia de política exterior y de seguridad encuentran aquí, sin ninguna duda, una de sus causas más profundas.

 

(20) Recordamos, a este propósito, que los enormes progresos observados en las relaciones entre los pueblos y los Estados después de la segunda guerra mundial se han debido, en particular, al deseo de paz y de justicia compartido por todas partes. Las relaciones que se han establecido entre Francia y Alemania pueden servir de ejemplo a este propósito. La concepción tradicional, que veía por principio en el otro un adversario y un rival político, por no decir un enemigo, ha podido ser vencida gracias a la voluntad de paz de agentes concretos, de una y otra parte, que han sabido infundir el coraje y la voluntad necesarios para poner en acción una colaboración política y económica. Solamente esta forma de obrar ha permitido cuestionar la mentalidad y los modelos de comportamiento tradicionales, y concentrarse más en los desafíos a los que, cada día más, se enfrentan juntamente los pueblos de Europa y del mundo.

 

(21) Hacemos una llamada para que la adaptación indispensable y urgente de los sistemas políticos a las tareas que se deben realizar para conservar la paz se acompañe de una conversión de los corazones. La nueva mentalidad que esta conversión engendrará permitirá evitar que la búsqueda de la paz se limite a los intereses particulares de cada Estado y de cada pueblo. Mirándolos con más detalle, estos intereses no constituyen más que una parte del interés colectivo del conjunto de la humanidad, que puede ser llamado «interés común mundial». Sólo la perspectiva de tal interés común mundial permite identificar los campos en los que la satisfacción de los intereses puramente nacionales pierde su legitimidad porque lesiona los derechos y los intereses elementales de los otros, corriendo el riesgo de engendrar injusticias o de confirmar las injusticias ancestrales.

 

(22) Estos hechos repercuten en todos los campos de la vida política y social y se extienden a cuestiones relativas al reforzamiento de la paz por los medios clásicos de política exterior, al desarrollo continuo del derecho internacional, pasando por los problemas complejos del dominio de los grandes movimientos económicos, sociales y ecológicos, que hoy son designados genéricamente por el vocablo «mundialización». Vista desde este ángulo, la extensión de las estructuras de una Europa unida adquiere un nuevo sentido que permite establecer un lazo entre la felicidad de las personas, de los grupos, de las naciones y de la comunidad de los pueblos. En nuestra opinión, el «interés común mundial» pide la realización urgente de ciertas tareas.

 

Fundar el porvenir de Europa sobre la solidaridad y la justicia

(23) Los Estados miembros de la Unión Europea se han concentrado hasta el momento en sus propias opciones sobre este plan, aunque todavía hoy se encuentran en el comienzo de la extensión de las instituciones europeas, y no sólo en el campo de la política de seguridad, sino también en cuestiones esenciales de política económica y social. Hasta el momento en que se realice la ampliación de la Unión Europea, importa que se busquen acuerdos y soluciones buscando un equilibrio de intereses que pueda ser considerado como justo y solidario para todas las partes interesadas. Ello exige que las partes económica y políticamente fuertes estén dispuestas a consentir sacrificios sustanciales aunque afecten a sus avances, siempre que se vea necesario para suprimir la miseria, la pobreza y la desestabilización. Como afirmó el Papa Juan Pablo II en Viena a principios de 1998, se trata de acortar progresivamente «la distancia inhumana de los niveles de vida entre los pueblos de Europa».

 

(24) La ausencia de una política orientada por este principio se manifiesta hoy claramente en la forma de tratar a escala europea los problemas de las migraciones internacionales. Nos parece inquietante que la preocupación por la indispensable solidaridad con los refugiados y los solicitantes de asilo sea apenas perceptible en las actuales proposiciones de ley sobre el derecho de asilo y el derecho de los refugiados, que se debaten tanto en los diversos Estados miembros como en las instituciones europeas. Los países de acogida potenciales buscan a menudo pretextos para justificar su rechazo, utilizando el argumento de la propia seguridad y protección. Esta situación es muy preocupante visto el número creciente de personas que huyen de sus países como consecuencia de conflictos interétnicos y de guerras civiles. Nos parece que olvidamos cada vez más que somos corresponsables de su destino dentro del respeto a su dignidad humana.

 

(25) La consideración de los intereses nacionales debe ser compatible con la protección de los refugiados y perseguidos y con la garantía de sus derechos fundamentales. De una manera más precisa, ningún individuo puede ser obligado a regresar a una región donde corra el riesgo de padecer tortura u otras formas de trato cruel e inhumano. Antes de devolver a las personas que han buscado refugio entre nosotros para escapar de una guerra exterior o civil, debemos examinar con cuidado si la situación en el lugar permite defenderlos eficazmente de toda nueva agresión y reintegrarlos progresivamente a la sociedad. Por otra parte, este deseo de Europa de actuar en común, en particular en el campo de la política de inmigración, constituye uno de los principales retos a conseguir de cara a la integración de Europa. Nos permitimos insistir en este punto, porque tenemos la clara impresión de que la voluntad política de adoptar y de imponer las decisiones indispensables y tolerables en el marco europeo es deficiente en este campo.

 

(26) El principio del justo equilibrio de los intereses merece igualmente una atención particular en las relaciones con los países no afectados por la ampliación, en un próximo futuro, de las instituciones europeas. Las relaciones en el campo de la política exterior y de la seguridad, así como en el de la cooperación económica, deben ser concebidas de manera que no den la impresión de que Europa intenta preservar su prosperidad económica y su estabilidad política exterior en detrimento de otros socios internacionales. Por el contrario, es deber de una Europa económicamente fuerte, influyente y altamente integrada, implicarse, en función de sus poderes, en la puesta en marcha de estructuras más equitativas entendidas en el ámbito de la economía mundial. Igualmente, para llegar a una política de seguridad que tenga en cuenta el interés general de la comunidad de los pueblos, es indispensable desarrollar la noción de seguridad en una perspectiva universal. Conviene considerarla como una política de seguridad común, no sólo en los Estados prósperos del espacio occidental europeo o del Atlántico norte, sino también de los países que no forman parte, por diversas razones, de las actuales estructuras multilaterales de política de seguridad. Desde el punto de vista de Europa en su conjunto, hace falta subrayar que los hombres y las mujeres de los países del Centro y Este de Europa tienen legítimamente el mismo derecho a la seguridad que los ciudadanos de los Estados miembros de la Unión Europea o de la OTAN; por tanto, conviene tener en cuenta la necesidad elaborar y extender un reglamento de paz. Recordamos, por fin, que el criterio decisivo de la calidad política y de la legitimidad ética de los proyectos para garantizar la seguridad europea o mundial depende de la forma de aplicarlos directamente a las personas más afectadas por la miseria, la violencia y la falta de libertad; es decir, a los débiles, a los vulnerables, a los refugiados y a las personas perseguidas por razones políticas, étnicas o religiosas.

 

Ampliar las posibilidades de prevención de la violencia

(27) Los sucesos sangrientos de estos últimos años, que han marcado no solamente a la antigua Yugoslavia, sino también a los países de África central y oriental, nos enseñan que si, frente a situaciones de crisis, descuidamos la puesta en práctica lógica y planificada de medios y de métodos de prevención de los conflictos y de una acción política a su debido tiempo, quedarán comprometidas las posibilidades de hacer frente a una escalada de la violencia. Las Naciones Unidas y sus agencias trabajan en la solución pacífica de los conflictos con actuaciones que no podemos más que alabar. En la tradición de la doctrina cristiana sobre la paz, subrayamos que se debe propugnar prioritariamente una política que permita evitar la violencia y que un eventual recurso a la violencia en casos extremos exige criterios de legitimidad ética.

 

(28) Después de examinar los informes sobre las atrocidades cometidas, debemos sacar en conclusión que el recurso a las intervenciones militares, no solamente llega muy tarde en la mayoría de los casos, sino que indica que ha habido graves negligencias en las fases que preceden inmediatamente a los conflictos armados. Si se quiere evitar que las intervenciones militares de la comunidad internacional se conviertan en el último recurso político, se debe actuar de suerte que los medios de control preventivo de los conflictos y de tratamiento precoz de las crisis sean utilizados con más determinación de la que estamos acostumbrados. Destacamos esto porque las intervenciones armadas tienen a menudo su propia lógica, especialmente si se las considera a la luz de los criterios éticos que han sido desarrollados por la tradición cristiana para reducir y limitar la violencia.

 

(29) Constituyen un buen ejemplo de tratamiento preventivo de los conflictos las misiones de larga duración de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa en ciertos países de Europa central y oriental, cuyos mandatos se dirigen a hacer respetar los derechos del hombre y de las minorías y apoyar el proceso de democratización, sobre todo con ocasión de conflictos inminentes entre la autoridad de tutela y las minorías étnicas. Sería conveniente evaluar las experiencias que se han realizado sobre el terreno e integrarlas en un modelo global de política de prevención. Este tipo de modelo debería tener en cuenta el hecho de que las actuaciones que han tenido éxito en la gestión de conflictos contribuyen ya por sí mismas a impedir la aparición de nuevas tensiones y su escalada de violencia.

 

(30) Las Iglesias y las comunidades religiosas tienen también que jugar su propio papel para que alcancen el éxito estos esfuerzos. Pedimos a sus representantes que participen en las múltiples reflexiones que se promueven y no solamente en las de carácter político, teniendo como base los modelos de prevención de conflictos y de gestión del post-conflicto.

 

Garantizar los intereses legítimos de las minorías

(31) Con la defensa de los intereses legítimos de las minorías, se abre una vía que permite tratar, hasta regularlos por medio de medidas políticas, numerosos conflictos internos que sin ellas correrían el riesgo de desarrollar una dinámica propia cada vez más difícil de controlar. La protección insuficiente de las minorías es una de las principales razones para justificar las tentativas de secesión fomentadas por grupos en el seno de unidades nacionales. Las peticiones de rectificación de fronteras que a menudo van unidas a tales reivindicaciones muestran que, si no se toman en consideración suficientemente los intereses de las minorías, pueden poner en peligro la paz, no solamente en el seno de los Estados, sino también en el ámbito internacional.

 

(32) Uno de los intereses a largo plazo de los Estados nacionales y de sus gobiernos, es el de eliminar todas las razones susceptibles de hacer surgir en el seno de las minorías el deseo de secesión y de rectificación de las fronteras, por la vía de la democratización y de la ampliación de las posibilidades de participación en los procesos de decisión política, así como por la adopción de formas de gobierno federal y de medidas de autonomía. Aunque tal política tropiece con dificultades considerables, se muestra como la única alternativa a la prolongación y a la intensificación de conflictos previsibles y de graves consecuencias, hasta el punto de amenazar la existencia de los Estados. La introducción de procedimientos y de formas de organización democráticas no es sin embargo suficiente por sí misma para garantizar que las decisiones tomadas son buenas y éticamente justificadas. Una democracia viva, que se preocupe efectivamente del bienestar de sus miembros permitiendo solucionar pacíficamente las oposiciones y los conflictos con medidas políticas, necesita, para sostenerse, que sus ciudadanos tengan principios morales. Estos principios son particularmente necesarios, no sólo cuando se proponen reivindicaciones, sino cuando se trata de adoptar medidas de solidaridad.

 

(33) La responsabilidad de cada Estado en la adopción de un estatuto político y jurídico razonable para las minorías debería ir a la par de un desarrollo más eficaz de los instrumentos internacionales de defensa de los derechos del hombre y de las minorías. A este respecto, hacemos referencia a la importancia política de las misiones que incumben al Alto Comisariado de las Minorías Nacionales de la OSCE y pedimos a los responsables que vigilen para que este organismo responda plenamente a su función de control pacífico de los conflictos, latentes o en curso, de las minorías.

 

Actuar contra los integrismos por medio del desarrollo duradero

(34) Los países ricos están obligados a promover la paz dentro de los diversos países desfavorecidos y entre ellos, mediante una política de cooperación para el desarrollo. Esta es una cuestión de humanidad y de justicia, pero además ellos deben ser los primeros interesados. En efecto, en un contexto de interdependencia creciente entre las diferentes regiones del mundo, los Estados ya no podrán defender sus intereses propios a largo plazo sin tener en cuentas los principios fundamentales de justicia internacional y el interés público mundial. Las profundas desigualdades socioeconómicas que existen entre los Estados, pero sobre todo dentro de ellos, constituyen ya una amenaza potencial a la paz. En una época marcada por la movilidad de los capitales y por la internacionalización creciente de las decisiones que afectan a la implantación de las empresas, se debe conceder una atención cada vez mayor a la función pacificadora que tendría una reglamentación equitativa del comercio mundial y, en consecuencia, a que haya una orientación de las decisiones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional hacia las necesidades de los países pobres y desfavorecidos.

 

(35) Parece igualmente necesario buscar cómo resolver el problema del fuerte endeudamiento de los países menos desarrollados por un medio que no pese sobre los habitantes más pobres y débiles de estos países que no deben ser hechos responsables de la situación de endeudamiento de sus países. Hacerles soportar el peso principal de esta situación es una profunda injusticia. Además de convenios generosos sobre los plazos de la deuda, se podría igualmente considerar el reducirla considerablemente, como ha hecho el Fondo Monetario Internacional con los países de América Central después del huracán de noviembre de 1998. Sin embargo, estas decisiones solamente pueden producir sus frutos si las instituciones de los países endeudados adoptan medidas preventivas para garantizar que el aplazamiento de la deuda aprovechará principalmente a los pobres.

 

(36) Una política de cooperación para el desarrollo sostenido a largo plazo en el plano social y económico constituye una contribución directa a la mejoría del destino de los más desfavorecidos de este mundo y, por otra parte, ofrece una nueva posibilidad de contrarrestar las tendencias integristas, cada día más amenazadoras. Aunque es conocido de sobra que los movimientos integristas se apoyan en móviles ideológicos y políticos, también es cierto que hay una estrecha relación entre la acogida que reciben en una sociedad concreta los movimientos integristas y el grado en que las vidas individuales son percibidas como privadas de perspectivas de futuro.

 

(37) Toda tentativa dirigida a contrarrestar las diversas corrientes integristas debe intentar cortar desde ahora mismo las raíces políticas y sociales de los integrismos y su tierra nutricia. Es el único medio de evitar que una explicación simplista reemplace el análisis diferenciado de las causas del integrismo y de sus formas extremas de terrorismo y amenace con envenenar nuestras relaciones con el mundo islámico.

 

(38) Pero el desarrollo no es sólo un asunto de economía y de estructura político-jurídica y no puede existir más que si unen sus esfuerzos en paralelo las instituciones y las organizaciones, expresión de la cultura de la sociedad, de la que forman parte las Iglesias y las comunidades religiosas. Sólo si se cumplen estas condiciones podrá surgir un clima social de tolerancia y de apertura al diálogo, que permita un resuelto compromiso de las diversas agrupaciones para un porvenir común más próspero. Comprometiéndose en este terreno, las Iglesias y las comunidades religiosas asumen una auténtica misión de educación para la paz ante los desafíos interculturales que nos esperan en el umbral del próximo milenio.

 

No tolerar ningún relajamiento de los esfuerzos de desarme y de control de armamento

(39) Además de las negligencias cometidas en el campo del desarrollo sostenido, la venta continua de armamento de todo tipo mina la paz y la estabilidad de numerosas regiones en el mundo. La facilidad con la que pueden ser adquiridas las armas corre el riesgo de favorecer de manera determinante la solución violenta de los conflictos políticos y de crear las condiciones propicias para el desarrollo de una dinámica recíproca de armamento, en la cual cada estado toma como pretexto para justificar sus propios ataques el avance real o presunto de las otras naciones consideradas como rivales. La proliferación de las modernas tecnologías de armamento facilita considerablemente en los Estados numerosas formas de represión política, acompañada de graves violaciones de los derechos del hombre.

 

(40) Importa desde ahora convencer a los amigos políticos y económicos responsables de la producción de armamento de la importancia de limitar la exportación de armas y de concluir, lo más pronto posible, acuerdos a este respecto. Saludamos aquí particularmente los esfuerzos realizados para crear un Código europeo de reglas de exportación de equipos militares y apoyamos calurosamente la decisión que el Consejo de ministros de la Unión Europea ha tomado en este sentido en mayo de 1998 a manera de primer paso. Insistimos, por otra parte, en que sean adoptados convenios eficaces a fin de garantizar el uso exclusivamente civil de bienes que puedan ser objeto de una utilización civil y militar.

 

(41) Hace falta, por otra parte, que todos los responsables políticos encargados de pronunciarse sobre el mantenimiento de un máximo nivel de armamento sean conscientes de que el control del armamento no los dispensa, sin embargo, de la obligación de buscar el desarme. Este imperativo se aplica, en particular, a las armas nucleares. Se trata de una exigencia que los Estados que poseen estas armas deben cumplir para demostrar a aquellos a quienes quieren imponer la obligación de renunciar a las armas nucleares, que ellos también están dispuestos al desarme.

 

Aprender a vivir con el peso del pasado

(42) Un conflicto regulado por la fuerza va acompañado indefectiblemente de víctimas y de sufrimiento humano a menudo inconmensurable. En el espíritu del hombre, la historia está cargada desgraciadamente de los recuerdos de guerras externas e internas. Europa ha visto cómo las dictaduras han sido cada vez más eficaces para imponer un nivel de máxima represión, para violentar y corromper moralmente y para imponer un poder sin límites. Incluso han llegado a achacar la responsabilidad de sus actos a los representantes de las Iglesia.

 

(43) Recordar lo que las víctimas han vivido les permite ser comprendidas y nivelar la separación que la sociedad puede imponer entre un mundo de culpables y un mundo de víctimas. Todas estas medidas contribuyen directamente y de forma irreemplazable a consolidar la paz en la sociedad. Las etapas de confrontación con las sombras del pasado son indispensables en numerosos lugares del planeta, y no solamente en la antigua Yugoslavia, en África central y oriental o en América Latina. Es posible que las acciones políticas y la persecución judicial de las violaciones de los derechos humanos permitan aliviarlas. Desde este punto de vista, nos alegramos de que la comunidad internacional haya llegado a ponerse de acuerdo recientemente en Roma sobre el estatuto de un Tribunal penal internacional permanente.

 

(44) Los pasos dados para convivir mejor con las sombras del pasado no son sin embargo suficientes; sólo son el primer objetivo para las sociedades civiles conscientes de su responsabilidad para mejorar el futuro de sus miembros. La participación en la búsqueda de caminos que permitan vivir dignamente con el peso del pasado constituye, a nuestro entender, una tarea particular de los movimientos cristianos deseosos de comprometerse en una mayor justicia y paz. Aquí hay un terreno de responsabilidad común para la cooperación ecuménica de las Iglesias cristianas.

 

Desarrollar la confianza mutua para la educación y la formación

(45) Los centros de formación y los programas que proponen pueden ejercer un gran influjo en la mentalidad general, ya que pueden ayudar tanto a promover estrategias políticas como a oponerse a ellas eficazmente. No es raro que el fortalecimiento o la resurrección de fantasmas, de ideologías nacionalistas y de clichés de pretendida superioridad étnica, preparen el terreno sobre el que se desarrolle esta variante de la política de fuerza. A la inversa, el poder de estos clichés portadores de violencia puede ser anulado por un diálogo directo con los miembros del grupo pretendidamente «enemigo», esforzándose por informarse sobre el desarrollo verdadero de una historia común, destacando la razón de su existencia y los elementos identificadores diferentes, y favoreciendo todas las otras formas de comunicación. En este campo, las escuelas, los institutos y las facultades religiosas tienen que jugar un papel inestimable.

 

Conclusión

(46) Numerosas personas de la vida política y social se ocupan diariamente de las tareas que acabamos de esbozar. Les damos las gracias. Este mismo agradecimiento lo dirigimos igualmente a todos los que, en cuanto miembros de la Iglesia, atentos y fieles al mensaje del Evangelio, aportan su contribución a la justicia y la paz. Podemos constatar con alegría que estos esfuerzos han dado fruto en muchos países. Pedimos a todos que no desfallezcan y que continúen sus esfuerzos a fin de que se tome conciencia, en la construcción y el desarrollo de instituciones y de instrumentos de la política europea común, de que una paz justa y duradera no es una pura utopía.

 

(47) Pueda el Espíritu de Dios preservar en nosotros estas orientaciones éticas por las cuales luchamos hoy todos juntos. Que Él nos conceda la misericordia y la fuerza para alcanzar lo que otros viven ya: la reconciliación que es un de Dios y fuente de vida nueva. Invitamos a todos los que comparten con nosotros la misma fe a formar una comunidad de oración por la paz y la reconciliación sin fronteras geográficas o lingüísticas. Pueda esta comunión en la oración darnos la fuerza para continuar con paciencia y determinación en el camino del que nosotros queremos dar testimonio: porque hemos sido reconciliados con Dios en Cristo, podemos intentar reconciliarnos los unos con los otros.

 

Bruselas, 11 de marzo de 1999

Los Obispos de la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE):

Mons. Josef HOMEYER,
obispo de Hildesheim (Alemania) - Presidente de la COMECE

Mons. Maurice COUVE de MURVILLE,
arzobispo de Birmingham (Inglaterra/Galles) COMECE

Mons. Lucien DALOZ,
arzobispo de Besançon (Francia)

Mons. Luk DE HOVRE,
obispo auxiliar de Bruselas (Bélgica)

Mons. Joseph DUFFY,
obispo de Clogher (Irlanda)

Mons. Fernand FRANCK,
arzobispo de Luxemburgo

Mons. Egon KAPELLARI,
obispo de Gurk (Austria)

Mons. Czeslaw KOZON,
obispo de Copenhague (Dinamarca)

Mons. John MONE,
obispo de Paisley (Escocia)

Mons. Attilio NICORA,
Conferencia episcopale de Italia

Mons. Januario TORGAL FERREIRA,
obispo auxiliar de Lisboa (Portugal)

Mons. Adrianus van LUYN,
obispo de Rotterdam (Países Bajos)

Mons. Antonio VARTHALITIS,
arzobispo de Corfu (Grecia)

Mons. Elias YANES ÁLVAREZ,
arzobispo de Zaragoza (España)