Arintero
y Garrigou?Lagrange fueron, lo hemos dicho, los grandes teólogos
dominicos del siglo XX, pero sólo hasta los albores del concilio
Vaticano II. En este sentido deben ser llamados teólogos
preconciliares. El que sería el teólogo por excelencia
del Vaticano 11 fine el también dominico Ives Congar. Para
algunos, el teólogo que ha marcado la teología del
siglo XX. Y eso que, al principio, su magisterio fue tildado de
progresista debido a la originalidad y audacia de sus escritos,
tales como: "Jalones para la teología del laicado"
y "Verdadera y falsa reforma dé la Iglesia". Fue,
asimismo, pionero del ecumenismo, para cuya causa había escrito
en el lejano 1937 el libro "Cristianos desunidos". Ya
entrado en años, elaboró una hermosa y erudita trilogía
sobre el Espíritu Santo...
Al foral de su vida, enfermo y postrado en una silla de ruedas,
se retiró a la "Institución nacional de Inválidos",
en París, puesto que durante la segunda guerra mundial había
luchado valientemente para liberar a Francia del yugo nazi. A ese
recóndito lugar le llegó el título de Cardenal
de la Iglesia.
Sus funerales se celebraron en el templo de Notre?Dame de París.
Como por aquel entonces residía yo en Francia, tuve ocasión
de asistir a ellos y quedé impresionado por su solemnidad
y esplendor. Acudieron a él representaciones de numerosas
instituciones tanto civiles y políticas como religiosas;
en particular, varios Obispos venidos expresamente desde Roma para
el acto. No escribió mucho este insigne dominico sobre santa
Teresita. Sin embargo, una frase, que esculpió en su honor
(y que citaremos enseguida) vale por muchos tratados.
PÁGINA ANTOLÓGICA
La santidad de Teresa es deslumbrante y, por lo
que hace a su doctrina espiritual, siempre me ha impresionado su
perfecto equilibrio. Sin duda, los faros que la mano de Dios ha
encendido en el umbral del siglo atómico se llaman Teresa
de Lisieux y Charles de Foucauld.
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